Rebelión (Parte 2)

DestacadoRebelión (Parte 2)

Rebelión (Parte 1)

Aquel 4 de marzo no pude tener peor idea que aquella. En mi defensa y si de algo sirve, estaba cansado de discutir y tampoco sería esta la primera vez dijese aquello, de hecho lo repetía siempre que la discusión se alargaba y no veía como finalizarla, en esos momentos cuando ya ni recordábamos porqué discutíamos en esa ocasión. Nunca pasó por mi cabeza llevarlo a cabo, ni ella imaginaba que yo fuese a cumplirlo. Como tantas otras frases que repetimos y repetimos por costumbre o como muletilla, respuestas que hemos vuelto automáticas ante un estímulo familiar, volvemos a usarlar sin pensar en las consecuencias porqué sabemos que no las tendrá, nunca las ha tenido.

—«¡Un día me lío la manta a la cabeza, cojo la puerta y me voy!».
«¡No se que estás esperando. Ahí tienes la puerta!»

Como ya he dicho, tantas veces lo habíamos repetido antes de aquella, sin imaginar siquiera que esta sería la última y definitiva, que sabíamos que nada cambiaría, unos instantes de silencio tras pronunciarlas si acaso y después cada uno se daría media vuelta y marcharía a cualquier sitio, a perdernos de vista y descansar. Discusión finalizada.

Pero algo diferente sucedió en aquella ocasión, aún antes de pronunciarla completa y sin yo saber el porqué, me sentí impulsado al dormitorio. Imagino que mi esposa respondería lo mismo de siempre, no escuché en esta ocasión la réplica. Mientras ella debía estar pronunciándola yo me ocupaba de arrancar con un elegante tirón la fea manta que habitualmente reposaba a los pies de nuestra cama, recuerdo de dios sabe quién -su madre probablemente- y cómo pude me la líe en torno a la cabeza. Si alguna vez habéis llevado una toalla enrollada al pelo, imaginad la misma sensación con algo que pesa y abulta diez veces más, incómodo en el mejor de los casos. Una vez terminé esta primera tarea, tocaba la segunda. De camino a la puerta una parada para buscar herramientas, así que mientras con una mano sujetaba el enredo de mi cabeza, rebuscaba a tientas con la otra en el cajón del mueble del recibidor, el lugar habitual donde guardamos las herramientas a falta de una caja adecuada.

Por lo que pude escuchar mientras rebuscaba y farfullaba, la parte del farfullo no era atribuible a lo dicho sino al desorden que siempre reinaba en aquel templo de la ferretería en que habíamos convertido el cajón, no sólo yo tenía problemas con las frases hechas. Mi vecino del 3º 3ª parecía tenerlos semejantes sino mayores a los míos. Mientras me pinchaba un dedo con dios sabrá que, bajar la cabeza cuando tienes un turbante que abulta el doble que tu cabeza es harto complicado, pude escuchar a mi vecino proferir a grandes voces, presumo que acompañadas de considerables aspavientos aunque esto último sólo puedo suponerlo, otra frase hecha que a poco le pasese como a mi se tornaría fatídica: «¡El día que se me hinchen las narices, te vas a enterar!». Dicho y hecho, o eso parecía por los angustiados berridos y juramentos que comenzó a soltar la señora y los lamentos del presunto narigón.

Terminada la tarea de desmontar la puerta, la empotré como pude bajo el brazo y me dirigí a las escaleras, el ascensor hubiese sido mejor opción pero entre mi súbito incremento de altura y el estorbo de la puerta no me ví capaz de esperar su llegada y menos aún entrar en él. Me marchaba sin desearlo, pero sin poder evitarlo, como si me empujasen físicamente a hacerlo. Camino al exilio pase delante del 3º 3ª y a través de la puerta entreabierta, supongo que la bronca sucedió justo después de entrar o antes de salir, pude confirmar la certeza de la expresión que no hacía mucho mi vecino oso emplear y ¡por dios que estaban hinchadas!, puedo asegurar que su esposa se estaba enterando de ello, además de media vecindad, si estaban por estos menesteres y no ocupados en sus propios problemas. A pesar de todos mis problemas, pensé por un momento que afortunadamente no formaba parte de mis costumbres mencionar inflamaciones o hinchazones, yo era más de excursiones. Y ya pensando, al hilo de las narices, pasó por mi cabeza mi gerente, aficionado como era a recordarnos a todos que nuestro trabajo o mera presencia, si el día estaba siendo especialmente malo, tenían la capacidad de producirle inflamación en los bajos, ¿estaría sufriendo ahora una creciente opresión en el boxer?. Espero que si.

No se como terminaría el apéndice de mi vecino ni, ya puestos a imaginar, los colgantes de mi gerente. Pero si como a mi me pasaba, todavía continúo marchando puerta en ristre y manta encasquetada, no se detuvo la inflamación, a buen seguro aquello tuvo un fin exuberante y trágico cuando no explosivo.

A pesar de haber visto las consecuencia en mi vecino, no estaba preparado para lo que me esperaba en la calle. El espectáculo era sin duda dantesco, centenares de capullos alfombraban las aceras cómo si el día del corpus se hubiese adelantado aquel año. Visto lo visto después, el final de aquellos pobres desgraciados convertidos en adornos no fué lo peor que podía haberles pasado. Aquí y allá se veían perros y cerdos de los que colgaban prendas a medio poner, o quizá a medio quitar quién sabe. Los perros aullaban, desconsolados unos, apremiados por encontrar un árbol libre los otros. En esta búsqueda coincidían con los cerdos, aunque si estos los buscaban era para ponerse a hozar ruidosamente en los alcorques, quizá esperasen encontrar allí, entre las colillas y resto de basuras que suelen acumular estos lugares, trufas.

Aterrados hombres de mediana edad huían de ancianas arpías que los seguían esgrimiendo fiambreras, de estas escapaban exquisitos aromas que llenaban el aire de perfume a comida casera. Tantos eran y tan atribulados estaban que casi me atropellaban en sus frenéticas carreras, entre estos penitentes y los cerdos que trotaban calle arriba y abajo mi marcha hacía ningún sitio, cuando en mala hora solté el dicho de marrás olvidé indicar donde tenía intención de marchar, no hacía más que verse entorpecida, aumentando así la incomodidad que ya portaba y por partida doble.

La puerta no hacía más que molestarme la pusiera como la pusiese, en posición horizontal mis dedos no alcanzaban a sujetarla bien, sólo llegaba con las puntas de los dedos y esto a costa de mucho esfuerzo y casi descoyuntarme el hombro. En vertical no podía cargarla a la espalda y debía llevarla frente a mi, cuando así lo hacía mi única visibilidad quedaba reducida a lo que podía verse a través de la mirilla que por fortuna decidimos colocar. Si a estos engorros añadimos las decenas de payasos que se paraban a preguntarme si era yo del gremio y los graciosos que todavía había, esos que en mitad de tanta tragedia, o comedía vaya vd. a saber, aún tenían tiempo y ánimo para golpear con los nudillos la hoja que yo con tanto trabajo cargaba. Debían saber lo que estaba pasando porque ninguno acompañó la llamada con el consabido: «¿Se puede?». Si esperaban que yo respondiese a la chufla con algún “adelante” o “pase”, no fue el caso, no sabía yo las consecuencias de aquellas convenciones y no tenía intención de agravar mi precaria situación. Me resultó harto dificil no apostrofar a ninguno de ellos con el “joputa”, “mecagontusmuertos” o “cabronazo” que se pasaron por mi cabeza y se asomaron a mis labios, el primero y el último por no convertirlos en desgraciados y el de en medio por no tener que desplazarme yo hasta sabe dios que necrópolis a ensuciar a sus difuntos.

La manta anudada en mi cabeza, que además de hacerme parecer un fakir megalómano me obligaba a realizar extraños movimientos con el cuello para mantenerla en su lugar, el peso y tamaño de la puerta y el resto de estorbos que antes he mencionado me obligaban a realizar frecuentes paradas. En varias de ellas intenté abandonar al menos la puerta, imposible, la fuerza que me obligaba a marchar no me impedía pararme a descansar, pero no me permitía alejarme un paso de mis obligados acompañantes. Estas interrupciones y mi continúo deambular me permitieron ver de primera mano decenas de escenas perturbadoras, aunque no tengo intención, ánimo ni ganas de compartirlas todas.

Los bares resultaban en estas nuevas circunstancias lugares infernales, debido quizá a la confianza que en ellos exhiben los clientes habituales y la desinhibición que produce la ingesta de alcohol, los efectos de las palabras incontraladas eran allí múltiples, evidentes y terribles sin duda. En casi todos se podían encontrar esponjas rebosantes de cerveza manteniendo un precario equilibrio sobre los taburetes que habían ocupado en su forma anterior. A un tipo regordete, un aburrido camarero intentaba embutirle en el gaznate y a presión, ayudándose para ello con el palo de una escoba, un gargantuesco pincho de tortilla. Mientras esto sucedía, al otro extremo de la barra otro mozo insistía, sin atender a las quejas, en ataviar a un atildado ejecutivo con un ínfimo bikini que a todas luces no le sentaba nada bien. Muchos eran los que escapaban de estos locales con cañas puestas en diferentes lugares, los más afortunados entre la ropa o sujetas mediante algún otro artificio, los menos con ellas insertadas en diferentes lugares, dolorosos todos ellos. Peor suerte tuvieron los que llevados por sus apetitos habían pedido un pincho. Otros intentaban, sin éxito, deglutir diferentes artefactos: tapas de inodoro, de latas de conserva e incluso de esas que embellecen las llantas de los automóviles. A partir de aquel día una actividad tan usual como acompañar con sólidos una bebida sería un riesgo. En otro bar cercano al primero, además de las esponjas y el uso indiscriminado de cañas y pinchos que ahora parecía habitual en estos establecimientos, un mesero se afanaba, sin atender los atroces gritos del parroquiano, en cobrarse -ayudado en la tarea con una cucharilla de café- la cuenta extrayendo uno de los ojos del infeliz.

Pero en estos nuevos tiempos, no sólo en los bares se fraguaban tragedias, podías encontrarlas en cualquier lugar. Sin ir más lejos el concesionario de coches de la esquina, allí un atildado vendedor se arremangaba mientras se acercaba, empuñando con firmeza un destornillador, a uno de sus clientes firmemente sujeto a un escritorio por dos de sus adláteres. Hoy el desgraciado abonaría con uno de sus riñones el anhelado 4×4 por el que ayer hubiese tenido que empeñarse hasta las cejas para adquirir, afortunado de él hoy bastaría un organo redundante para saldar la deuda.

Mientras descansaba sentado en un lateral de la que había portal de mi hogar y cerca del concesionario donde en esos momentos se realizaba la evicerasción parcial, tuve la oportunidad de contemplar otro de los efectos de la maldición que nos asolaba sin tregua. En otro momento ver aquello hubiese resultado cómico, la expresión de cansancio y temor de los obligados a realizarla eliminaban ese efecto. En un banco cercano, un grupo de personas realizaba una sencilla acción: entraban para volver a salir momentos después, esperaban un instante en la puerta y repetían la acción, una vez tras otra, sin pausa ni descanso. Como sucedió con los demás desventurados que fui encontrando aquel día, no se que sería de aquellos, una vez hube descansado lo que me dejó mi propia tarea volví a vagabundear, allí los dejé empeñados en sus idas y venidas.

Aquel día todas nuestras expresiones, incluso las que debían ser hermosas y reconfortantes, se tornaban horribles y descorazonadoras acciones. Como sucedió con aquella muchacha que encontré en el parque a la caída de la tarde, cuando ya todos debían saber que no podíamos jugar con lo que antes era habitual. Hurgaba entre llantos en el pecho abierto del que debió ser su novio, sólo paro cuando encontró allí lo que buscaba. Tras arrancarlo a tirones, lo guardo pringoso y goteante como estaba en un pequeño bolso, en el que casi no pudo encajarlo, y marchó llorando y gimiendo. Es lo que pasa desde entonces, debemos ser precavidos en nuestros ofrecimientos, sobre todo si ofreces tu corazón a quién, por obligación, está dispuesto a reclamarlo.

Dejo a vuestro cargo la tarea de imaginar todo lo que sucedió aquel aciago día y los que habrían de seguirle. Pensad en cualquiera de las barbaridades que expresamos diariamente sin pensar, todas esas que hasta entonces deciámos sin preocupación, pensad luego que ya no son meros sonidos o ideas sino sentencias que se cumplen inexorablemente. Lo que hasta entonces habíamos creido banal e inocuo, chanza y fanfarronería, se había tornado inicuo en un instante y se estaba cobrando un abultado peaje.

Cargado con la puerta que en mi ignorancia había invocado y con un terrible dolor de cuello, continué caminando hacía el horizonte lamentando a cada instante no haber expresado un destino cuando decidí, sin yo saberlo, pronunciar mi maldición.

***

Que llevó a esta rebelión es algo que me temo nunca sabremos. Parece que las humildes palabras se cansaron de nuestros abusos, aborrecieron de las mentiras y engaños en los que las hicimos partícipes, rechazarón nuestra pretensión de usarlas para causar dolor y tristeza o acaso nunca creimos en su verdadero poder. Ahora casi las hemos perdido, salvo por las pocas cartas que podemos escribir y mientras decidan dejarnos hacerlo, con su ausencia, poco a poco, vamos olvidando lo que somos, nuestras ideas y nuestros sueños.

Créditos: Agradecer a StarzySpringer la imagen y a pixabay que la comparta.

Epílogo:

¿Que hace que unos proyectos prosperen y otras se agosten?, ¿de donde viene la inspiración?. Respecto a esto, no lo se, no tengo ni las más remota idea. Si supiese como hacerlo y donde encontrarla, todos los bosquejos que llenan varios cuadernos, cuadernillos y libretas acabarían convertidos en historias, me temo que no será así. Lo siento porque a todas les tengo mucho cariño y algo me dice que un puñado serían realmente buenas en manos de otro con más maña que la mía.

Es probable que lo que acabo escribiendo en estas páginas no sea lo más brillante o novedoso, sólo aquello a lo que soy capaz de encontrarle forma. Escribo las ideas para que las soy capaz de encontrar desarrollo, las otras deben esperar su turno, continúan un lento proceso de fermentación neuronal que a veces da fruto, por mi parte, me toca aceptar que muchas quizá nunca pasen la prueba y no puedan crecer como me gustaría.

En este caso, Rebelión, lleva esbozado en papel casi dos años. La primera tentación fue darle salida en su formato original, en torno a un 25% de su extensión final. Si me dejase llevar por los impulsos, así habría sido, como me cuesta hacerlo, lo dejé reposar, tenía la sensación de que podía sacar algo más de la historia y ahora que sale a la luz, continúo teniéndola, creo que la historia da para más. Si es así, volveré a ella, si no encuentro la forma, al menos sale a la luz.

Por si alguien no ha entendido algunos de los usos que he ido haciendo aquí de frases hechas, en particular de una, decirles que aquellos desgraciados obligados a entrar y salir eternamente de un banco o comercio cualquiera, lo hacen a consecuencia de una excusa que todos hemos empleado para dejar el coche mal aparcado “un momento”, sobre todo si precisábamos de una explicación rápida a la autoridad o al propietario del garaje que hemos bloqueado y lleva diez minutos tocando el claxon porque no le dejamos marchar: “será (o era, si ya nos han pillado) un momento, entrar y salir”. Aunque originalmente fuese esa nuestra intención, que no siempre lo es, tampoco podemos saber que vaya a ser así cuando la empleamos, forma como tantas otras, parte de los pequeños engaños, frases oportunistas y convenciones que empleamos a diario sin pensar si quiera en su verdadero significado. En esta ocasión aquellos que la emplearon, como tantas otras veces, no podías pensar que fuese a volverse completamente real y les obligase a entrar y salir, esta vez sí, hasta la extenuación.

Creo que no debería haber demasiadas dudas con el resto, si no es así, estaré encantado de explicar a quién me lo solicité el significado que tiene para mi aquello que he ido empleando aquí.

Confío que nunca suceda lo aquí descrito, creo que me resultaría muy complicado vivir en un mundo en el que no pudiese emplear el sarcasmo o la ironía.

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El cuarto de las ratas

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Caía la noche de Agosto mientras yo miraba a través de las rendijas de la vieja persiana, nada se movía al contraluz de la otra ventana del cuarto de las ratas.

Hasta donde yo sé, y llevo viviendo más de 15 años en esta casa, nunca han habido ratas en ese cuarto.

La primera vez que entramos nos pareció el lugar perfecto para hacer un estudio, el espacio que le faltaba a la casa para ser perfecta.

Todos aquellos que me conocéis sabéis bien que soy muy imaginativo, no me importa hablar de fantasmas, escribir sobre ellos o dedicar una tarde a contar historias con ellos como protagonistas, aunque jamás he sido capaz de asustar con ellos. Pero no creo que existan, contradicciones.

Por eso, la primera vez que me pareció ver una sombra moviéndose contra la ventana sin persianas que ocupa la pared trasera del cuarto, descarté cualquier explicación no racional. La segunda vez, además era de noche, hice lo mismo. Aunque esta vez lo comenté durante la cena con la familia, el resultado fue que ninguna de mis niñas entró nunca más en aquel cuarto cuando estaba oscuro. Me tocaba a mi y como hacemos cuando somos niños, entraba con la intranquilidad que siempre producen las creencias, ¿y si estás equivocado?, por suerte no había interruptor y me evitaba el pensamiento de otra mano aferrado la mía al intentar encenderlo.

Al final, no reformamos el cuarto, continúa igual que la primera vez que lo vimos, la única diferencia es que la porquería que lo atesta es nuestra y antes había otra que no nos pertenecía.

Mis niñas ya no están, mi chica murió hace un par de años y el trasto dejó de serlo hace mucho y se ha ido a vivir con su propia pareja. Ley de vida lo llaman.

Continúo aquí, aunque me cueste subir los quince peldaños de entrada y las plantas que cuidaba mi niña haga tiempo que han muerto. Costumbre supongo, ¿donde voy a ir sólo?.

Ahora que tengo fantasmas propios y nadie a quién asustar con mis historias inventadas, continúo sin creer en ellos.

Pero he vuelto a ver la sombra en la misma ventana sin persianas y cada vez me cuesta más entrar en el cuarto de las ratas.

Rebelión (Parte 1)

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Algo bueno debía salir de todo esto. Quizá lo sea que hemos recuperado las cartas, y no me refiero a los naipes, hablo de misivas y epístolas. Los carteros que hacía mucho dejaron de repartirlas para llenar nuestros buzones con publicidad, propaganda electoral y notificaciones oficiales, correspondencia que nadie quería, vuelven a traer noticias y son esperados con ilusión, llamen una o más veces.

Ahora no precisan sellos, el reparto se hace sin franqueo. Volvemos, tanto tiempo después, a escribirlas y enviarlas, al menos quienes alguna vez lo hicimos y recordamos como era. Antes de que los correos electrónicos, whatsapps, mensajes instantáneos (que siempre fueron a la comunicación lo mismo que el soluble es a un café, un sucedáneo) y las redes sociales, las enviasen al olvido y la prehistoria.

Es gracias a ellas que podemos mantener un simulacro de comunicación, es lo único que nos queda. Casi nadie habla ya, no nos atrevemos y las pocas veces que lo hacemos empleamos el menor número de palabras posible y aún estas pocas las usamos con extremo cuidado. Estas interacciones tan comunes antes, se limitan ahora a inofensivos saludos (de los que el tan habitual “hola” ha quedado desterrado) o vacías cortesías. Lo mismo que hacemos al hablar, sucede con cualquiera de los medios electrónicos antaño tan exitosos.

Sin embargo y por el momento al menos, continúan siendo inofensivas si están escritas en papel, a mano o en las viejas máquinas de escribir que como por arte de magia han ido apareciendo aquí y allá, dios sabrá donde las guardaban los que ahora otra vez pueden usarlas. Quizá suceda lo mismo si las imprimimos, pero la verdad es que tenemos miedo de encender los ordenadores y no conozco a nadie que se haya atrevido a probarlo. Podemos escribir cualquier cosa, siempre que lo hagamos por lo medios antes mencionados, y no sucede nada. Si nada cambia, si continúan siendo inofensivas, podréis leer lo que sigue. Si no es así, si la enfermedad ha llegado también al papel, supongo que no importará que sepáis o ignoréis.

El cuatro de marzo fue el día, el año no lo recuerdo, se que desde entonces han pasado algunos aunque no sabría decir cuantos, en silencio parece que el tiempo pasa más lentamente y podrían parecerme cien cuando sólo diez han transcurrido. Tampoco tiene mayor importancia conocer la fecha exacta, saberlo no cambiará nada y esta historia si ha de escribirse, seguro que encontrará testigos más disciplinados que yo, alguno que tomase nota exacta del momento. Si lo hizo en papel quizá no se olvide el momento en que todo esto comenzó.

Aquel día mi padre cansado de discutir con su esposa, mi madre, repitió lo que tantas veces había dicho antes, sin más consecuencia hasta entonces que una bronca conyugal, un periodo más o menos amplío de caras alargadas por el enfado e incómodos silencios, antes de pasar página. Supongo que las relaciones, las que perduran al menos, se basan también en eso, en la capacidad de pasar página. «¡Un día me lío la manta a la cabeza, cojo la puerta y me voy!», eso fue lo que mi padre profirió, nada que no hubiese oído yo antes. La diferencia en esta ocasión fue que resultó ser cierta el adagio, y no sólo en lo que hacía referencia a la marcha, visto lo que vendría después hubiese sido este mal uno menor, sino de manera literal. Y marcho, pero no sin antes enrollarse, cual enorme y abultado turbante, en la cabeza la manta que habitualmente cubría la cama de mis padres y desmontar trabajosamente, el enredo en la cabeza sin duda no fue de ayuda, la puerta de entrada. Por suerte para él, nunca a pesar de las muchas veces que lo habían hablado, se decidieron a cambiar la de contrachapado que teníamos por una blindada, la desidia y la tacañería sirvieron para que no se lesionase al cargarla.

De esta guisa, con una manta mal arrollada en la cabeza y sujetando con dificultad una puerta bajo el brazo, fue la última vez que vi a mi padre. Que fue de él y donde terminó su viaje, no lo se, nunca recibimos noticias suyas, tampoco mi madre y yo hablamos mucho, ni de esto ni de nada, desde entonces. Si sé, en cambio, que aquello no fue más que el principio de una ordalía que aún durando poco, acabó con el mundo tal y como lo había conocido hasta entonces.

Rebelión (Parte 2)

 

Abusones

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De unos te evades como mejor puedes, de otros sencillamente huyes (generalmente corriendo lo más rápido que tus torpes piernas te permiten, que como imaginaréis no es mucho, por algo tenías asignados un abusón de cabecera y otro de la guardia). Quedarán unos pocos, aquellos a los que no has podido engañar con tu mímesis o has sido incapaz de dejar atrás por piernas, a ese resto no te quedan más narices que enfrentarte.

Todos los que hemos tenido y aún hoy tenemos la enorme suerte de conocer personal de tan exquisita calaña y selecta estirpe sabemos que invariablemente existen estas alternativas: evasión, fuga o enfrentamiento. Hay otras lo se, pero he decidido no incluirlas aquí. Quizá por nostalgia de mis primeros encuentros, aquellos que tuvieron lugar cuando estaba yo en edad propicia para la omnipresencia de aquellos a los que la entrada toma prestado el nombre. Quizá porque me parece más poético reducir las alternativas a estas tres que me suenan armónicas o quizá debido a que por entonces, mi tierna cabeza (entiéndase esta por contenido y no por continente) e inmaduro instinto  no sabían de más y puestos a preferir, preferían siempre las dos primeras.

La tercera generalmente era obligada y sólo la consideraba cuando el proyecto de cabrón (cabroncete) no se dejaba engañar con monsergas o mis torpes carreras (todas y siempre lo han sido y lo serán) finalizaban inexplicablemente frente a un obstáculo empeñado, como suelen estarlo todos debido a su testaruda naturaleza, en no moverse pese a mis perentorias necesidades.

Abundando en mis huidas, tema que tiene su enjundia y daría para dedicarle una entrada en solitario, podía ocurrir que el matón fuese reincidente y por ventura lo viese yo a una distancia suficiente y que me permitiese emprender una huida preventiva. Esta debiera haber servido para mantener alejados mis problemas y aliviar la tensión inherente a este tipo de relaciones. Sin embargo no era raro en estos casos que la prisa y la confusión asociada a este tipo de actividad, unido todo ello a mi elevadísima torpeza (que todavía conservo casi intacta) hiciesen que me aturullase. Si así sucedía, en vez de fijarme en lo que estaba haciendo, escapaba al tuntún y podía equivocar el sentido de la marcha. El error tenía como consecuencia un indeseable acercamiento a mi presunto y todavía ignorante perseguidor en vez del alejamiento que era mi intención original. Si era el caso, el personaje en cuestión solía aprovechar la oportunidad, que todos sabemos pintan calva por su preocupante ausencia de vellosidades, una vez recuperado de la agradable sorpresa que representaba ver a una presa habitual acercarse alegremente, cuando lo natural hubiese sido lo opuesto. Ya sabéis que si a caballo regalado no debes mirarle el dentado, a pringado despistado dale lo esperado. Si yo les ponía a huevo el abuso no les quedaba otra que aprovechar la tesitura, lo contrarío hubiese sido ir contra natura, el universo siempre prefiere las soluciones simples y nada más simple que retorcer un brazo si se ofrece a quién por naturaleza siente inclinación a disfrutar de dicha acción.

Retomando lo esbozado al comienzo -antes de la digresión de las carreras- sólo si fallaban las dos primeras opciones, o me equivocaba yo al ejecutar la segunda, no me quedaba otra que apechugar con lo que había y aceptar con trágica resignación el enfrentamiento. Sabiendo eso sí que tenía muchas probabilidades, si no había un maestro cerca o no encontraba el mamón otra presa mejor, de volver a casa un día más con un ojo a la funerala. Si este era el caso, yo argumentaría ante mis padres que el percance se debió a un malhadado y siempre involuntario “balonazo” (excusa barata que empleé en un par de ocasiones al volver al domicilio paterno en tan deplorable estado).

Me parecía entonces que esta explicación daba cumplida y factible razón al tono amoratado y ligera inflamación de mi ojo siniestro -por su localización que no por su actitud- sin provocar preocupación, o eso creía yo entonces, a mis atribulados padres sobre posibles enfrentamientos de patio. Con el paso del tiempo me he preguntado en varias ocasiones si mis progenitores llegaron a creer alguna vez esta excusa o sólo lo disimulaban para no añadir más escarnio a la lesión. Y aún en caso de creer que su hijo pudiese ser tan torpe, no tengo claro ahora si lo dicho les hurtaba preocupación o sólo la cambiaba. No se preocuparían por posibles peleas de patio, pero sin duda debían sentirse muy intranquilos sobre mi capacidad para desenvolverme con solvencia en la vida. No siendo capaz de cruzar un patio sin recibir balonazos, ¿que no podría sucederme en ocasiones más comprometidas?.

Toca dejar la segunda digresión que los recuerdos de una infancia y juventud felices, pese a los esporádicos balonazos, me han llevado a cometer y vuelvo al poético comienzo de este escrito. Si recordáis, hablaba en él de evasión, fuga o enfrentamiento como posibles actitudes ante un abusón. De ellas, a pesar de todo lo que nos han enseñado y contado (más si cabe a los chicos/hombres/varones/machos), ninguna es vergonzante. Vendría a cuento aquí un inspirado símil que he ideado, aceptar como única opción validad la tercera sería como suponer que la única alternativa honorable de la gacela es enfrentarse varonilmente al predador. Los que pasamos tantas tardes viendo en la “segunda” como los leones cazaban y se zampaban a las preciosas gacelas de Thomson, nunca vimos recriminación por parte del resto del rebaño cuando tocaba salir por patas. De la misma forma que el gacelo -gacela macho- acepta sin plantearse dilema moral alguno que si la naturaleza a dotado al león de unos dientes y garras desmesurados y a el sólo de unas finas y estilizadas patitas no es por sentido estético, sino porque los unos -los leones- traen un equipamiento de serie diseñado para la ejecución y la carnicería y los otros -los gacelos- equipan patitas para usarlas bien y ponerles difícil a los primeros el almuerzo. De igual forma no pasará nada si nosotros aceptamos que en el reparto de papeles a unos les tocó el de abusica y a otros el de ponerles difícil la satisfacción de sus irresolutos traumas.

Siempre encontraremos abusones, tipos mayores en el patio del cole o en el parque, veteranos y sargentos mayores en el ejército. Algunos jefes, encargados y responsables en el tajo, vecinos tarados, conductores impacientes y desquiciados en el atasco, conocidos tóxicos que sólo pretendan utilizar lo que de útil para sus planes tengas,  parejas que te consideren material fungible, de uno o varios usos dependiendo de tus habilidades venéreas, y siempre y en todo lugar, tus propios temores. Todos ellos creen ser merecedores de miedo y respeto, cuando no confunden ambos términos, bido a su fuerza o destreza, posición, rango, atractivo, sexo o conocimientos. Siempre podrás optar por enfrentarte, mimetizarte o huir, sólo tu decides que peleas estás dispuesto a perder y de cuales quieres retirarte. Cuando te hinchan un ojo, te arrestan, te ponen de patitas en la calle, te rompen el corazón o te quedas sólo el sábado por la noche. Sólo hay una condición, al volver a casa y mirarte en el espejo debes sentirte orgulloso del ojo morado que intenta mirarte desde el reflejo.

Epílogo: Espero de esta entrada que todo el mundo sepa interpretar lo que de excesivo, irónico y sarcástico contiene.

Es cierto que en mi infancia y juventud, allá por los años 70 y principios de los 80, encontré -como todos en aquella época y temo que también en esta- abusones, matones y cabroncetes varios. Cierto es también que en un par de ocasiones volví a casa con un ojo levemente amoratado (en una de estas tenía que retratarme para el carnet de identidad y las prisas e insistencia de mi madre obligaron a que me sacase las fotos con el ojo a la virulé. Se convirtió así aquel retrato, durante el tiempo que la identificación me duró, en gráfico recuerdo de aquel enfrentamiento, además de mostrar que no tuve tiempo de peinarme y un corte de pelo nefasto) y empleé sin mucha confianza la burda excusa del balonazo. Si funcionó, o fracasó y no me lo dijeron, ni lo se ni he querido averiguarlo después, tampoco es necesario saber si todo lo que imaginamos en la infancia tuvo éxito como creíamos o sólo lo aparentó a nuestros ignorantes ojos.

Chanzas aparte, no creo haber sufrido acoso escolar, ningún grupo se preocupó de hacerme la vida imposible o fastidiarme de manera reiterada, no más que al resto al menos. Si esto era “mal de muchos” y no eramos entonces capaces de entender lo que realmente nos sucedía, no lo creo. Los encontronazos, que sin duda se produjeron en abundancia, los considero normales y algo inevitable asociado a la forzada, larga y descontrolada convivencia entre individuos de todo tipo, origen, edad y madurez en los larguísimos ratos de estancia en los enormes patios de mi viejo colegio. Mi opinión, que algo debe valer porque yo estaba allí, es que todo aquello no era más que el resultado de la inmadurez de todos nosotros, una enorme falta de control de nuestras emociones e imitación de comportamientos “ancestrales”. Si a esto le unimos que aquel fue un tiempo en el que salíamos como podíamos de una larga etapa de oscuridad y que la educación e incluso la vida familiar, todavía incluían (en una cantidad variable pero nunca despreciable) el castigo, incluido el físico, como parte, sino esencial si importante, de su desarrollo, no deberíamos extrañarnos que el patio del cole reflejase lo que aprendía en otros momentos.

Con los matones (de ellos siempre pensé que lo eran más por inseguridad y necesidad de imitar e integrarse en un grupo que por verdadera voluntad de fastidiar) nos enfrentábamos como podíamos y no pocas veces jugábamos, nadie era abusón a tiempo completo y muchos de los juegos entonces se diferenciaban poco del enfrentamiento y podían satisfacer la necesidad de dominación de casi todos, cualquiera que haya jugado al “churro, media manga y manga entera” me entenderá .

Tanto es así, que en muchas ocasiones nos provocaban más temor los profesores, maestros y curas de la orden a al que pertenecía el centro donde estudié, que los encuentros que pudiésemos tener en el patio. Contra los profes poco podías hacer, huir no estaba permitido, enfrentarse era impensable y sólo quedaba en estos casos el engaño, el ruego, la súplica o la fortuna.

Tema aparte eran los cuatro tarados armados con pistolas. A todos aquellos que ahora despotrican, exageran y sacan los pies del tiesto, es bueno recordarlos que entonces si estábamos recién salidos de una dictadura, que pese a quién pese había muchos que todavía y durante bastante tiempo la recordarían con nostalgia -incluso sin haberla conocido-, que este nuestro país todavía no había cambiado como lo haría unos años después y continuábamos teniendo una capa de incultura e ignorancia que aún hoy se resiste a caer.

En este revuelto entorno de vez en cuando te encontrabas con uno de estos personajillos, jovenzuelos con pistolas heredadas de unos padres más tarados aún que ellos y que a pesar de su juventud, o quizá debido a ella y su poca experiencia, creían que sus ideas y creencias les facultaban para portar aquellos trastos. Si sus padres, máxima autoridad conocida, les permitía y alentaba a llevarlas, ¿que tenían que decir al respecto maestros y compañeros? Por fortuna, nunca vi a ninguno de ellos utilizarla, pero si tuve la oportunidad de presenciar como las exhibían e incluso amenazaban con ellas. Cuando a uno de estos colgados se le cayó un cargador en clase, el profe de turno, el mismo que no tenía problemas en otras circunstancias para “sacudirnos el polvo”, en aquella ocasión no hizo más que pedirle, por favor por supuesto, que no volviese a sacar aquel cacharro en clase.

Así y todo, convivíamos con estos prendas y con otros igual de tarados, aunque estos en vez de pistola llevasen navaja y fuesen colgados y hasta las orejas de dios sabrá cuando llegaban a clase. Con todos hablábamos y nos soportábamos como mejor podíamos y el sentido común nos daba a entender, nunca vi a nadie pasar a mayores. Como sucede en la charcas del Kalahari, todos íbamos allí y nunca sucedió una tragedia.  

El tema de las navajas dio mucho de sí, se pusieron de moda y gran parte de los ahorros de muchos de nosotros fueron a parar a quienes las vendian, automática la mayoría de las veces (influencia de The Warriors y pelis semejantes que por entonces hacían relativo furor), hierros que comprábamos en la cuchillería que por entonces había en la Plaza de Chueca (en la esquina que todavía a día de hoy hace la calle Gravina con la de San Gregorio) Nunca tuvimos el menor problema en aquel lugar a pesar de nuestra corta edad, escogíamos sin problema entre los modelos allí expuestos ante la  tranquila mirada del dependiente, nunca se mostró extrañado ni preocupado por el repentino ardor navajero que parecía invadir a los jovenzuelos que por allí parábamos de vuelta a nuestras casas.

Fruto de esta manía, el que más y el que menos llevaba algún instrumento cortante en la cartera. Recuerdo a un compañero, como sucedió con el cargador, que por descuido dejó caer una en clase. El ruido alerto al “Pedete” (legendario profesor de biología conocido por ese nombre a causa de su baja estatura y mucha afición a la botella) quién exigió que se entregasen cuantas llevásemos encima. La procesión que se montó entonces fue desternillante, la cara de nuestro docto maestro fue cambiando acorde el montón chairas y facas iban creciendo, en número y tamaño, para finalizar, entre las risas de todos nosotros, con algo parecido a una bayoneta. A consecuencia de aquello no hubo ningún castigo, no recuerdo que se retuviesen los pinchos y tampoco mostramos mayor intranquilidad, no pocos habíamos comprado una o acompañado a algún amigo o conocido a comprarla, lo que sorprendía al profesor era bien conocido entre sus alumnos.

De todos los que aquí he mencionado y conocí entonces he olvidado el nombre y de muchos la cara, demostración me parece a mi que aquellos episodios no pasaron de ser uno más de los muchos que viví en mi infancia. Quizá por esto haya optado por un abusón tan entrañable como Nelson para encabezar esta entrada.

Después del cole continué encontrándolos y estos han sufrido suertes diferentes en mi memoria. De algunos recuerdo nombre, cara y rango, como es el caso de un sargento primero de Regulares de nombre igual al de una población a la que la casualidad o los designios de mis superiores habrían de llevarme a realizar maniobras, precisamente en su compañía. A los demás los he olvidado y si recuerdo al sargento es por sus vanos intentos de doblegarnos, porque en un par de ocasiones me llamó perro -no por ladrar sino por no hacer lo que el esperaba de mi- y por su parecido con otro ficticio y de nombre Arensivia que también me acompañó en aquellos días, este desde las páginas de El Jueves y de la mano del genial Ivá. Además creía yo por entonces que me iba a comer el mundo y estaba destinado a éxitos sin medida, así que poco podía hacer el personaje para mellar mi confianza -si estáis interesado en saber algo más de él, aquí tenéis una vieja historia que lo menciona-

En el trabajo también los he encontrado, con la novedad en este caso de que algunos de estos personajes eran mujeres y se empeñaban con tanta o más saña que su iguales varones en joder con ganas al personal, será por la necesidad de destacar en un mundo eminentemente masculino, pero hijas de puta lo eran como el que más. También es cierto que ni los unos ni las otras representan una pequeña minoría en el entorno laboral, aunque lo ideal sería que desapareciesen, se soportan igual que lo hicimos con los que encontramos en la infancia o vestidos de verde.

En mis relaciones personales he tenido más suerte y no recuerdo ningún personajes tóxico. De las mujeres, me hubiese gustado que alguna me apreciase tanto como para darme el papel de objeto sexual, pero me temo que mis habilidades, en esto como en tantas otras cosas, no pasan de ser medias -que no mediocres- y ya sabemos que la media está muy poblada y dificulta la elección, no tuve en este caso a la estadística de mi parte.

Espero que hayáis disfrutado de la entrada, si no ha sido así, decídmelo y trataré de corregir los errores que sin duda he cometido.

Abusones -Corolario-

Abusones -Corolario-

Probablemente Abusones no precise de este corolario, yo si. Allí, en la entrada original, la historia decidió seguir sus propios impulsos, de tal forma que cuando me acercaba al final me vi en la obligación de tomar una decisión: finalizarla con el maravilloso epílogo que finalmente incluí o poner este. Tal y como había desarrollado el escrito, esto no encajaba ni empleando un escoplo; eso me fastidiaba, creía que esta parte que ahora publico, completa lo descrito en la entrada original y la conduce desde el recuerdo de aquellos buenos viejos tiempos hasta nuestros días, tiempos en los que somos más viejos pero no más buenos. Por suerte para los que escribimos y desgracia de aquellos que nos leéis, hay varios recursos para encajar piezas dispares. Los capítulos son uno, poco apropiado en el caso que nos ocupa, ni la extensión soportaba los capítulos ni la temática los animaba. Se me ocurrió otro, el que empleó aquí: colocar un corolario después del epílogo y quedarse tan fresco. Yo os suelto lo que quiero y vosotros podéis ignorarlo olímpicamente, todos contentos.

No me disperso más y voy a lo que importa, terminar lo empezado.

Si vuelvo al principio de lo escrito en aquella entrada, leo lo siguiente: “Hoy continúo encontrando personajillos como aquellos”. Abusones encontraremos a lo largo de toda nuestra vida, aunque el número de ocurrencias sea menor que entonces, por suerte. Sucede con estos lo mismo que con los imbéciles, descerebrados y desequilibrados, parece que todos ellos fuesen capaces no solo de sobrevivir a la infancia y juventud sino de medrar (reproducirse, protegerse y agruparse) en el tiempo, en estas condiciones resultarán inevitables los encuentros. Siendo semejantes los personajes, si existe alguna diferencia entre lo que sucede ahora y lo que entonces pasaba, debe estar en nuestro comportamiento. Nuestra cabeza ya no es tierna ni inmaduro el instinto, el aprendizaje y la madurez nos ha enseñado nuevas alternativas donde antes sólo veíamos tres: fuga, evasión o enfrentamiento.

De las tres originales, el enfrentamiento continúa siendo la última y menos deseable. El paso de los años nos vuelve más civilizados (cobardes también), ese tiempo y nuestra experiencia nos van puliendo hasta que creemos firmemente que liarnos e a guantazos, sean estos reales o metafóricos, además de ser cansado y doloroso, resuelven poco o nada. Parte de este convencimiento proviene de un hecho que antes desconocíamos por falta de experiencia y ahora sabemos: inflarte a bofetadas en el patio del cole tiene un coste aceptable, hacerlo a partir de los 18 años puede significar pasar a disposición judicial y que te arruine la vida el juez, el bolsillo tu abogado o ambas. Esto en el caso de que la mutua palpación de rostro sea tangible y apreciable el cambio de tono que produce en la piel magullada. Si la reyerta es metafórica, intelectual o semántica el juez poco tiene que decir, salvo cuando el calibre de los improperios canjeados supera ciertos límites recogidos en el código penal. Sea el enfrentamiento y los mamporros perceptible o no, el coste de afrontarlo se torna con la edad cada vez más elevado. En estos casos, liberamos alegremente chorros de adrenalina que, también pasa con el alcohol y los bollycaos, en la madurez nos dejan hechos unos zorros, ya no estamos hechos unos niños como entonces.

Si por extrema necesidad se da este caso, la mente moderna tiende a producir unos terribles remordimientos al reconocer en el furibundo ser en que nos convertimos durante la refriega a un neardental, individuo este que la evolución preserva a buen recaudo en el fondo de nuestra personalidad y sólo para usarlo en estas azarosas circunstancias (para los puristas, aclarar que se trata de una licencia poética, se que no podemos llevar un neardental dentro cuando se trata de una rama evolutiva diferente a aquella de la que provenimos). El saber que a pesar de deformar nuestros bolsillos con el último modelo de iphone, utilizar sin medida tarjetas contactless y visionar hasta la miopía series en Netflix o HBO, continuamos siendo en esencia y en el fondo de nuestro evolucionado encéfalo reptiles agresivos, violentos y territoriales, desencadena en nuestro cerebro conectado a internet la secreción indiscriminada de “buenrollina”, esta conduce a una serie de reacciones químicas que culminan en vergüenza y remordimiento por haberte liado a bofetadas y haberle hinchado los morros al cagamandurrias de turno.

Si el reptil que guardamos oculto en la testa es más parecido a un Tiranosaurio que a una largartija, puede producirse además un efecto secundario más indeseable aún que el arrepentimiento, la satisfacción. Nos quedamos agustito siempre que las interacciones -sean estas palpables o enunciables- entregadas exceda en número y/o intensidad al de las recibidas. Remarcar aquí que esta sensación a pesar de que pueda parecer en primera instancia placentera y reconfortante es siempre y en su totalidad detestable.

Si el enfrentamiento continúa siendo la última de las opciones, la huida sería aún la más popular sino fuese porque ya no estamos para muchos trotes y menos aún galopes, salvo los que han prestado atención a su forma física, no es mi caso, si tengo forma es porque carecer de ella no es viable, así y todo me encuentro tan cerca del amorfismo como lo permite la supervivencia; tampoco podría asegurar que la poca que tengo sea física, más bien creo que es espiritual y contemplativa. Así planteado, si joven y en más plenitud física de la que estaré nunca, corría a cámara lenta, ahora que ya no corro ni para coger el autobús imaginad la velocidad a la que podría escapar. Si a mi ausencia de forma añadimos los lugares y circunstancias en los que se producen los encuentros, parece evidente que la tan habitual fuga se ha vuelto casi imposible. Lo que en esencia es natural en la infancia y en el patio del colegio, no lo es en la madurez y en un office, bar o local de asueto, perseguirse alrededor de la máquina de café es inaceptable. La huida ahora sólo es posible andando deprisa y siempre que el abusón no esté al tanto.

La mímesis es la única de las mencionadas en el artículo original que continúa siendo perfectamente aplicable y vigente, si bien con algunos cambios. Si entonces se basaba principalmente en el rebaño y en hacerse el tonto (aunque la súplica y el lagrimeo forzado también tuviesen amplío predicamento en la manada), ahora tiene su principal fundamento en el despiste, la adulación y la inevitable degeneración física asociada al paso del tiempo. Así podemos simular sordera, despiste, atontamiento, desconocimiento del idioma, interferencias debidas al ruido que nos acompaña en cualquier sitio, estupidez congénita, degeneración cerebral o reconocimiento de la superioridad moral, intelectual y evolutiva del abusón para tratar de engañarlo y evitar sufrir sus atenciones.

En las mencionadas circunstancias y estando en juego la propia supervivencia se agudiza el ingenio y el pensamiento lateral entra en juego para desvelarnos novedosas alternativas que nos permitan enfrentarnos a estos inefables y a pesar de todo entrañables individuos. Es así como se nos revelan nuevas opciones: externalización de la gestión de tan embarazosas situaciones (los guardaespaldas son la mejor opción pero no están al alcance de cualquier mindundi, los pobretones debemos buscar alternativas más baratas y consecuentemente menos efectivas, lo económico sabemos que produce efectos menores que lo oneroso), negociación, negociación con ofrecimiento de victima propiciatoria, intercambio de favores, pago compensatorio, practica de la asertividad (si la asertividad de acompaña con la exhibición de argumentos contundentes es mucho más efectiva), uso de señuelos, acogimiento a sagrado (la cantina o comedor suelen ser opciones accesibles y efectivas), distracción deportiva (el futbol es mano santa), mención de familiares o conocidos ubicados en posiciones más elevadas de la escala jerarquica y/o punitiva, subcontratación de sicarios (podría pensarse que esta alternativa es semejante a la primera y quizá lo sea, pero el corolario es mío y hago con el lo que me place), delación a la hacienda pública o autoridad fiscal competente (quién no haya defraudado al fisco y a su madre en alguna ocasión que levante la mano), denuncia a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, fortalecimiento muscular (realizado este en locales adecuados para tal actividad o en solitario) y práctica de la defensa personal (de mi persona en este caso). En última instancia y no habiendo otro remedio, puede recurrirse al asesinato (sea este ejecutado por uno mismo o mediante encargo al profesional competente), siendo esta una solución definitiva, pecaminosa en casi todas las religiones e irreversible, además de arriesgada, no es recomendable abusar de la misma.

Podría extenderme con la explicación de todas y cada una de estas alternativas, pero no es este el objetivo de este corolario, con mencionarlas doy descanso y satisfacción a mi espíritu. Si en otro momento siento la necesidad de ampliar lo expuesto ya me buscaré una alternativa para hacerlo.

Nota: Mientras buscaba una imagen para encabezar esta entrada que no perteneciese a los Simpsons (una vale, dos sería abusar) se produjo una afortunada coincidencia, Google me brindó la que finalmente incluyo. El titulo viene al pelo y me sirve para recomendaros un libro de obligada lectura. Aunque he leído poco al respecto, creo que debe ser muy difícil hacer divertida la antropología (como sucede con las matemáticas y el resto de las ciencias) conseguirlo está al alcance de pocos, Marvin Harris es uno de ellos y “Jefes, cabecillas, abusones” un perfecto ejemplo de como lograrlo (de propina conoceréis una interesante aproximación a como ha evolucionado la jefatura, dos pájaros por el precio de uno).

Cómo estropear una historia (nn formas de joder una buena idea). Episodio 1: El tamaño importa (Caballo grande ande o no ande).

Cómo estropear una historia (nn formas de joder una buena idea). Episodio 1: El tamaño importa (Caballo grande ande o no ande).

Nace esta atendiendo al compromiso que adopté al final de la entrada Cómo estropear una historia (nn formas de joder una buena idea). Por supuesto no me hago responsable de ninguna de las afirmaciones que hago aquí, si esperábais algo diferente, lo siento, no hay garantía.

El tamaño importa, ¡cuanto me fastidía decir esto!, también si hablamos de escritura, más aún en estos tiempos en los que doscientas veinte páginas (primera estrategía para incrementar la longitud de una historia, poned todos los número en letra, de esta forma un humilde 105 se convierten en “ciento cinco”, lo que podemos apañar con tres caracteres lo ampliamos hasta 12, esto sin contar la elegancia y el saber que exhibes al no poner simples cifras y mostrar al mundo que TU SI aprendiste a escribirlos) de letras apretadas y líneas amontonadas no dejan de ser una “novelita”, eso si no resulta que a algún infla-gaitas le da por llamarlo cuento largo, historia breve, novelita o semejante.

Resulta totalmente denigrante para aquellos que practicamos el noble arte de abreviar que cualquier escrito que no alcance las cuatrocientas (más espacio ganado, 10 caracteres adicionales) páginas sea considerado “menor”, una vida de lucha para convencer al mundo de que el tamaño no es significativo echada a perder por la incontinencia verborreica de algunos llena-renglones.

Podría alegarse que, por contra, Twitter ensalza la brevedad. Cierto es, pero si tenemos en cuenta que el noventa (guiño, guiño) por ciento (guiño) de lo que allí se escribe no es más que reenvío de lo que alguien ya escribió al comienzo de los tiempos y el nueve por cierto de lo que resta da asco, sólo quedaría un uno por ciento con algo de valor, de ese porcentaje, casi nada es literario. Además la red es joven si la comparamos con el universo que la circunda, dejemos pasar un tiempo e iremos viendo, ya se están produciendo cambios en la dirección indicada, a saber: los trinos comenzaron siendo de ciento y cuarenta (quince más al bote, aunque la expresión me haya quedado un poco estrambótica -adjetivo largo, podría haber usado rara y tan ricamente-) caracteres y han bastado unas pocas protestas, orquestadas sin duda por los mismos que piensan que doscientas veinte páginas es novelita, para que el trino se amplíe a doscientos ochenta caracteres de vellón. Nuestros ojos han de ver que en twitter pueda escribirse “Guerra y Paz” del tirón (sin comas ni acentos eso si).

Continuando con el tamaño, tocan ahora algunos ejemplos de brevedad que muestran la bondad de lo escueto, sin ser extenso, sería contradictorio, puedo mencionar: Los diez mandamientos, el artículo 33, los componentes básicos del ADN (cuatro miserables nucleótidos que además tienen nombres infames: adenina, timina, citosina y guanina), el número de versos de un soneto, la duración de una carrera de cien metros, mis esprints para coger el metro, la negación (aunque mis experiencias escribiendo correos para algunos clientes en ciertos paises de sudamérica me hacen poseedor de la experiencia necesaria para decir “no” en cuatro líneas sin incluir dicho adverbio), la explosión de la primera bomba atómica, el nacimiento del universo y mi éxito como escritor

Por ejemplo, los Díez Mandamientos, basándose en tan exiguo código se han enviado a los infiernos legiones de almas y más serían si no fuese porque alguno, no recuerdo cual, de los papas modernos ha declarado, dejándose llevar sin duda por eso del buenrollismo, que más que las Cuevas de Pedro Botero, el infierno es un “recurso literario”. No osó añadir que los diablos son azafatos y cicerones porque esto ya hubiese sido denigrante para Belcebú y sus secuaces y tampoco está el horno para andar perdiendo aliados. Si dios hubiese nacido hoy, los mandamientos no hubiesen bajado de diez voluminosos tochos.

Otro ejemplo, el tan conocido artículo 33, de inventarse hoy sería la fusión del código de Hammurabi y el penal.

En cuanto al ADN, no tendría menos de cien componentes intercambiables, personalizables y configurable. Nos resulta profundamente cutre que una obra tan compleja como lo es la mente de tochoman se construya con tan breve vocabulario.

A lo que iba que me estoy yendo por las ramas cual ardilla, vivimos en una época en la que las historias no pueden ser breves. Si vale como muestra, hace mucho que no escucho chistes, quizá porque no pueden alargarse hasta la media docena de páginas sin que pierdan gran parte de su gracia.

Las historias en contra de lo que pueda pensarse tiene una longitud óptima, pueden alargarse un poco o reducirse sin perder su esencia, pero no aceptan los recortes drásticos ni los alargamientos artificiosos.

Reconozco que en esto de los relatos yo peco más de escueto que de prolijo, aunque ya he hecho penitencia y propósito de la enmienda, por eso alguno hay en los que me esfuerzo por extender, a costa de estrujarme las meninges y pagarle cenas caras a la inspiración. Así me han quedado de tamaño tres-cuartos y un poco por debajo de la rodilla, siempre sin ofender al buen gusto. El salto a los capítulos es sólo cuestión de tiempo. Entre los que yo llamaré largos, alguno hay al que se le nota el estiramiento y le crujen las costuras por la tensión.

Se que algunas de mis historias podían dar más de sí, de algunos personajes podría saberse algo más y debería extender alguna situación, mea culpa. Sin embargo creo, con sinceridad, que abreviar una historia, siempre que la historia no resulte artificiosa es más aceptable que el alargamiento inmisericorde, quizá por aquello del “si breve”, que se agradece mucho si la historia pesa como el plomo.

Mecanismos para el estiramiento serían, además del potro, la digresión, lo que todos llamamos irse por las ramas, no os pondré ningún ejemplo porque esta entrada completa lo es .

Extenderse más de lo necesario en las descripciones, quizá a Umberto Eco le queden fetén pero ni todos somos el Sr. Eco ni es necesario que describamos la gélida temperatura exterior con un atracón de adjetivos y metáforas, si estamos en el polo norte y hay ventisca, lo normal es que haga un frío del carajo. Podemos adornarlo un poco e intentar transmitir la sensación de nimiedad y soledad que debe invadirte cuando ves una inmensa extensión de hielo mientras se te hielan irremisiblemente las gónadas, pero salvo que algo vaya a pasar en la tercera, empezando a contar por la derecha, colina helada, no hace falta que se describa con todo lujo de detalles. Corremos el riesgo de hacer que el lector deseé vehementemente que el embelesado observador muera congelado y se acabe su tormento, el del lector por supuesto.

A todos los que escribimos nos encanta nuestra voz, también cuando la oimos sonar en forma de palabras y frases escritas. Pero no es necesario que atiborremos al lector con historias secundarias, terciarias o cuaternarias que no aportan nada a la historia. Si nuestra obra habla sobre el amor (chico/a encuentra chica/o, etc. etc. etc.) en cualquiera de sus múltiples variantes y perspectivas, probablemente sea significativo que incluyamos una mención, descripción y somera referencia a los hechos que han llevado a los protagonistas a tan solitaria situación. Entrar a detallar el color de la ropa interior de todas y cada una de las parejas, hábitos sexuales e higiénicos de cada una de ellas, número y color de sus amigos, profesión y trayectoria podría ser excesivo. Si volverá a entrar en la historia bien está, si sólo es un recuerdo, quizá baste con decir que era un(una) hijo(a) de mala madre(padre); hijo(a) de puta(o) también es aceptable dependiendo del nivel de maldad.

Además de al sonido de nuestra voz, los escritores (perdonadme la licencia) amamos nuestras anécdotas, ocurrencias, metáforas y juegos de palabras. Este amor incondicional nos lleva en ocasiones a tener que alargar, cuando no a modificar totalmente, una situación hasta que encontramos el momento oportuno para colocar la anécdota, frasecilla o metáfora. Tanto es el cariño que las tenemos que no escuchamos los chirridos del argumento ni los quejidos de las cuadernas al someterlos a tan tremenda torsión. Cómo todos hemos dicho en alguna ocasión: “Esto, por mi narices, que entra”. Como pasa con las maletas, entrar entró pero cuando revienta la cremallera nos toca comprar una nueva.

Los personajes deben tener profundidad suficiente, esto no significa que el lector deba conocerlos mejor que a si mismo, no es relevante que se sepa que el protagonista sufre de horribles flatulencias nocturnas si la cena ha consistido en legumbres, es cierto que esto le dará un toque humano y cercano, pero como ya ocurría con el frío en el polo, quién más quién menos sabe que consecuencias conlleva consumir un cocido para cenar. Nada que objetar si pretendemos hacer mofa de la situación o si la ventosidad desencadena una situación necesaria, si no es así, fuera la flatulencia. No todos los personajes están atormentados por su pasado, temen su futuro o dedican cada instante de su existencia a reflexionar sobre el sentido último de la existencia, también hay tipos normales. También aplicaría a: el sufrimiento moral que representa para el asesino psicópata ver estallar a su gato en el micro-ondas, la honda soledad del portero del hotel cuando el último huesped entra de madrugada y sabe que el lento transcurrir de las horas que restan hasta el amanecer es lo único que le acompañará, o el portero hace algo en la historia con esa soledad o ya sabemos todos que le pagan por estar solo y aburrido por las noches (por eso y por aguantar a los turistas quejándose porque la habitación de saldo que ha reservado por buquing tiene una ventana tapiada).

Como decía un poco más arriba, historias secundarias, bienvenidas sean si enlazan correctamente con la principal, si no hay forma de hacerlas coincidir, dedícales otro libro.

Las historias tienen la vida que tienen, intentar alargarla más allá de su extensión natural hace que el lector piense reiteradamente en la eutanasia (tanto de la historia como del escritor que la imaginó). Como ya decía antes y reitero ahora, los escritores (licencia poética otra vez) nos enamorados de nuestra voz, no hay sirena que pueda competir con el encantamiento que produce en nosotros escucharla. Cada una de nuestras palabras es hermosa, necesaria y adecuada. Si sabemos que esta es una de nuestras debilidades, entregar el manuscrito -un pen-drive vamos- a una amigo de confianza, paciencia contrastada y dotes diplomáticas puede ser una alternativa. Evitar en este caso aquellos de los que sabemos que siempre nos han dicho que somos: “la puta hostia en bicicleta de carreras”, “putos genios con un talento incomprendido por la masa aborregada”, “putos cracks del teclado”, “la santísima hostia transmutada en escritor”, “la re-hostia de tres sabores”, etc. etc. etc. (putos sólo se usa con escritores masculinos, en el caso de escritoras es mejor buscar alternativas a la puta; hostia es unisex). Si finalmente decidimos pedir ayuda a estos, bien por nuestro ego; pero tengamos también la precaución de dárselo a algún otro con criterios menos explosivos y más atemperados. De estos últimos podemos esperar que nos den alguna idea para mejorar el texto (se que no os gustará oirlo, pero lo que os diré a continuación es cierto: TODOS LOS TEXTOS PUEDEN MEJORARSE. Si alguien argumenta que algunos no, quizá es porque ya han pasado ese proceso y tu no te has enterado). Con el chute de autoestima que nos han dado los primeros, las correcciones propuestas por los segundos serán pan comido. Una vez hechos los cambios propongo volver a entregárselo a los mismos, ¿que dirán los primeros?: “¡¡Joder tío, los cambios son la hostia!! ¡¡eres la puta hostia de los putos genios!!”, imaginad que pueden decir los segundos. No lo había dicho hasta ahora, pero intentad que los primeros y los segundos no se junten a la hora de entregaros las opiniones, a ver con que cara sostienes que “deberías recortar un poco la historia del encuentro en la playa desierta” cuando a tu lado un tipo enrojece de entusiasmo mientras proclama a grandes gritos: “¡¡Tío era la hostia puta con chorreras de carreras, eres tan puto genio que tu lámpara es duplex!!”

Intenta que el texto esté equilibrado, con esto quiero decir que trates de dedicarle el tiempo suficiente al desenlace, algunos he leído en los que tras trescientas páginas de idas y venidas, trajines y desencuentros, dramas y reconciliaciones, dimes y diretes el final se apaña en veinte paginillas que dejan a los personajes con la lengua fuera y al lector con cara de circunstancias cuando no, descolocado y preguntándose: “¿Tanta historia para esto?”. Recordad que los lectores somos una panda de malnacidos y hacemos con los autores lo mismo que con las compañías de móviles, a la que sale un final malo o se corta una llamada, pedimos portabilidad y cambiamos de compañía.

No te enamores de tus personajes, y si lo haces trata de entender que más bien antes que después deberás serles infiel, quizá por eso algunos de los mios no tienen nombre, me resulta más dificil enamorarme de un desconocido innominado.

Por supuesto hay más formas de elongar historias, más o menos traumáticas todas ellas, pero creo que con lo escrito ya os hacéis una idea. A ver qué se me ocurre para el próximo episodio.

Fantasmas y Espíritus. Radio Cunit, Programa 26

Fantasmas y Espíritus. Radio Cunit, Programa 26

Si de fantasmas hablamos, tenemos que remontarnos a los clásicos para encontrar la primera historia escrita. Contadas, apostaría que nos acompañan al menos desde que encendimos la primera hoguera y nos sentamos a su alrededor al caer la tarde. Nada hay más reconfortante que escuchar historias de miedo a la luz y el calor del fuego.

Volviendo a las escritas, la primera se la debemos a Plinio el Joven que pudo inspirarse en una anterior de Plauto, ambas localizadas en Atenas. Desde entonces de una u otra forma estas narraciones nos vienen acompañando.

Gemma Solsona, Alberto García, Isaac Pachón, Manuel Gris y el que esto escribe dedicamos el programa a revisar lo que sabemos sobre estas historias.

Si queréis acompañarnos y encontrar más fantasmas, podéis hacerlo aquí o revisando nuestro canal en iVoox.