Conociendo a Maite Doñágueda. Radio Cunit, Programa 31

DestacadoConociendo a Maite Doñágueda. Radio Cunit, Programa 31

En esta ocasión y a pesar de la fecha (todavía por decidir si continuamos celebrando el día de Todos los Santos o decididamente nos hemos pasado a Halloween con todas sus consecuencias) no hablaremos ni de miedo, ni de espíritus, ni de fantasmas. Dedicamos el programa a una de las más entrañables y valiosas integrantes de la P.A.E., alguién que no sólo es capaz de escribir relatos excelentes, aborda además con enorme solvencia el difícil arte de la Poesía: Maite Doñagueda

Pero no sólo hablaremos de poesía y como abordar este difícil arte, también nos aventuramos a conocer más a la persona que da soporte a la poeta y transmite a esta las sensaciones y vivencias que sirven, filtradas y procesadas, como alimento a sus versos. El compromiso social, la tarea docente que desde hace años viene ejerciendo en su barrio (Sant Adrià del Besos) a través del Taller de Escritura Un Vent de Sal, la inspiración tras su poemario Entre las doce y las cinco, forman parte de este programa indispensable.

Iván Albarracín, Benjamín Recacha, Gemma Solsona, Alberto García y yo mismo dedicamos este programa a charlar con ella y conocerla un poco mejor. Estáis invitados a conocerla con nosotros, podéis escucharlo aquí o, como siempre, seguirnos en el canal de ivoox.

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Rebelión (Parte 2)

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Rebelión (Parte 1)

Aquel 4 de marzo no pude tener peor idea que aquella. En mi defensa y si de algo sirve, estaba cansado de discutir y tampoco sería esta la primera vez dijese aquello, de hecho lo repetía siempre que la discusión se alargaba y no veía como finalizarla, en esos momentos cuando ya ni recordábamos porqué discutíamos en esa ocasión. Nunca pasó por mi cabeza llevarlo a cabo, ni ella imaginaba que yo fuese a cumplirlo. Como tantas otras frases que repetimos y repetimos por costumbre o como muletilla, respuestas que hemos vuelto automáticas ante un estímulo familiar, volvemos a usarlar sin pensar en las consecuencias porqué sabemos que no las tendrá, nunca las ha tenido.

—«¡Un día me lío la manta a la cabeza, cojo la puerta y me voy!».
«¡No se que estás esperando. Ahí tienes la puerta!»

Como ya he dicho, tantas veces lo habíamos repetido antes de aquella, sin imaginar siquiera que esta sería la última y definitiva, que sabíamos que nada cambiaría, unos instantes de silencio tras pronunciarlas si acaso y después cada uno se daría media vuelta y marcharía a cualquier sitio, a perdernos de vista y descansar. Discusión finalizada.

Pero algo diferente sucedió en aquella ocasión, aún antes de pronunciarla completa y sin yo saber el porqué, me sentí impulsado al dormitorio. Imagino que mi esposa respondería lo mismo de siempre, no escuché en esta ocasión la réplica. Mientras ella debía estar pronunciándola yo me ocupaba de arrancar con un elegante tirón la fea manta que habitualmente reposaba a los pies de nuestra cama, recuerdo de dios sabe quién -su madre probablemente- y cómo pude me la líe en torno a la cabeza. Si alguna vez habéis llevado una toalla enrollada al pelo, imaginad la misma sensación con algo que pesa y abulta diez veces más, incómodo en el mejor de los casos. Una vez terminé esta primera tarea, tocaba la segunda. De camino a la puerta una parada para buscar herramientas, así que mientras con una mano sujetaba el enredo de mi cabeza, rebuscaba a tientas con la otra en el cajón del mueble del recibidor, el lugar habitual donde guardamos las herramientas a falta de una caja adecuada.

Por lo que pude escuchar mientras rebuscaba y farfullaba, la parte del farfullo no era atribuible a lo dicho sino al desorden que siempre reinaba en aquel templo de la ferretería en que habíamos convertido el cajón, no sólo yo tenía problemas con las frases hechas. Mi vecino del 3º 3ª parecía tenerlos semejantes sino mayores a los míos. Mientras me pinchaba un dedo con dios sabrá que, bajar la cabeza cuando tienes un turbante que abulta el doble que tu cabeza es harto complicado, pude escuchar a mi vecino proferir a grandes voces, presumo que acompañadas de considerables aspavientos aunque esto último sólo puedo suponerlo, otra frase hecha que a poco le pasese como a mi se tornaría fatídica: «¡El día que se me hinchen las narices, te vas a enterar!». Dicho y hecho, o eso parecía por los angustiados berridos y juramentos que comenzó a soltar la señora y los lamentos del presunto narigón.

Terminada la tarea de desmontar la puerta, la empotré como pude bajo el brazo y me dirigí a las escaleras, el ascensor hubiese sido mejor opción pero entre mi súbito incremento de altura y el estorbo de la puerta no me ví capaz de esperar su llegada y menos aún entrar en él. Me marchaba sin desearlo, pero sin poder evitarlo, como si me empujasen físicamente a hacerlo. Camino al exilio pase delante del 3º 3ª y a través de la puerta entreabierta, supongo que la bronca sucedió justo después de entrar o antes de salir, pude confirmar la certeza de la expresión que no hacía mucho mi vecino oso emplear y ¡por dios que estaban hinchadas!, puedo asegurar que su esposa se estaba enterando de ello, además de media vecindad, si estaban por estos menesteres y no ocupados en sus propios problemas. A pesar de todos mis problemas, pensé por un momento que afortunadamente no formaba parte de mis costumbres mencionar inflamaciones o hinchazones, yo era más de excursiones. Y ya pensando, al hilo de las narices, pasó por mi cabeza mi gerente, aficionado como era a recordarnos a todos que nuestro trabajo o mera presencia, si el día estaba siendo especialmente malo, tenían la capacidad de producirle inflamación en los bajos, ¿estaría sufriendo ahora una creciente opresión en el boxer?. Espero que si.

No se como terminaría el apéndice de mi vecino ni, ya puestos a imaginar, los colgantes de mi gerente. Pero si como a mi me pasaba, todavía continúo marchando puerta en ristre y manta encasquetada, no se detuvo la inflamación, a buen seguro aquello tuvo un fin exuberante y trágico cuando no explosivo.

A pesar de haber visto las consecuencia en mi vecino, no estaba preparado para lo que me esperaba en la calle. El espectáculo era sin duda dantesco, centenares de capullos alfombraban las aceras cómo si el día del corpus se hubiese adelantado aquel año. Visto lo visto después, el final de aquellos pobres desgraciados convertidos en adornos no fué lo peor que podía haberles pasado. Aquí y allá se veían perros y cerdos de los que colgaban prendas a medio poner, o quizá a medio quitar quién sabe. Los perros aullaban, desconsolados unos, apremiados por encontrar un árbol libre los otros. En esta búsqueda coincidían con los cerdos, aunque si estos los buscaban era para ponerse a hozar ruidosamente en los alcorques, quizá esperasen encontrar allí, entre las colillas y resto de basuras que suelen acumular estos lugares, trufas.

Aterrados hombres de mediana edad huían de ancianas arpías que los seguían esgrimiendo fiambreras, de estas escapaban exquisitos aromas que llenaban el aire de perfume a comida casera. Tantos eran y tan atribulados estaban que casi me atropellaban en sus frenéticas carreras, entre estos penitentes y los cerdos que trotaban calle arriba y abajo mi marcha hacía ningún sitio, cuando en mala hora solté el dicho de marrás olvidé indicar donde tenía intención de marchar, no hacía más que verse entorpecida, aumentando así la incomodidad que ya portaba y por partida doble.

La puerta no hacía más que molestarme la pusiera como la pusiese, en posición horizontal mis dedos no alcanzaban a sujetarla bien, sólo llegaba con las puntas de los dedos y esto a costa de mucho esfuerzo y casi descoyuntarme el hombro. En vertical no podía cargarla a la espalda y debía llevarla frente a mi, cuando así lo hacía mi única visibilidad quedaba reducida a lo que podía verse a través de la mirilla que por fortuna decidimos colocar. Si a estos engorros añadimos las decenas de payasos que se paraban a preguntarme si era yo del gremio y los graciosos que todavía había, esos que en mitad de tanta tragedia, o comedía vaya vd. a saber, aún tenían tiempo y ánimo para golpear con los nudillos la hoja que yo con tanto trabajo cargaba. Debían saber lo que estaba pasando porque ninguno acompañó la llamada con el consabido: «¿Se puede?». Si esperaban que yo respondiese a la chufla con algún “adelante” o “pase”, no fue el caso, no sabía yo las consecuencias de aquellas convenciones y no tenía intención de agravar mi precaria situación. Me resultó harto dificil no apostrofar a ninguno de ellos con el “joputa”, “mecagontusmuertos” o “cabronazo” que se pasaron por mi cabeza y se asomaron a mis labios, el primero y el último por no convertirlos en desgraciados y el de en medio por no tener que desplazarme yo hasta sabe dios que necrópolis a ensuciar a sus difuntos.

La manta anudada en mi cabeza, que además de hacerme parecer un fakir megalómano me obligaba a realizar extraños movimientos con el cuello para mantenerla en su lugar, el peso y tamaño de la puerta y el resto de estorbos que antes he mencionado me obligaban a realizar frecuentes paradas. En varias de ellas intenté abandonar al menos la puerta, imposible, la fuerza que me obligaba a marchar no me impedía pararme a descansar, pero no me permitía alejarme un paso de mis obligados acompañantes. Estas interrupciones y mi continúo deambular me permitieron ver de primera mano decenas de escenas perturbadoras, aunque no tengo intención, ánimo ni ganas de compartirlas todas.

Los bares resultaban en estas nuevas circunstancias lugares infernales, debido quizá a la confianza que en ellos exhiben los clientes habituales y la desinhibición que produce la ingesta de alcohol, los efectos de las palabras incontraladas eran allí múltiples, evidentes y terribles sin duda. En casi todos se podían encontrar esponjas rebosantes de cerveza manteniendo un precario equilibrio sobre los taburetes que habían ocupado en su forma anterior. A un tipo regordete, un aburrido camarero intentaba embutirle en el gaznate y a presión, ayudándose para ello con el palo de una escoba, un gargantuesco pincho de tortilla. Mientras esto sucedía, al otro extremo de la barra otro mozo insistía, sin atender a las quejas, en ataviar a un atildado ejecutivo con un ínfimo bikini que a todas luces no le sentaba nada bien. Muchos eran los que escapaban de estos locales con cañas puestas en diferentes lugares, los más afortunados entre la ropa o sujetas mediante algún otro artificio, los menos con ellas insertadas en diferentes lugares, dolorosos todos ellos. Peor suerte tuvieron los que llevados por sus apetitos habían pedido un pincho. Otros intentaban, sin éxito, deglutir diferentes artefactos: tapas de inodoro, de latas de conserva e incluso de esas que embellecen las llantas de los automóviles. A partir de aquel día una actividad tan usual como acompañar con sólidos una bebida sería un riesgo. En otro bar cercano al primero, además de las esponjas y el uso indiscriminado de cañas y pinchos que ahora parecía habitual en estos establecimientos, un mesero se afanaba, sin atender los atroces gritos del parroquiano, en cobrarse -ayudado en la tarea con una cucharilla de café- la cuenta extrayendo uno de los ojos del infeliz.

Pero en estos nuevos tiempos, no sólo en los bares se fraguaban tragedias, podías encontrarlas en cualquier lugar. Sin ir más lejos el concesionario de coches de la esquina, allí un atildado vendedor se arremangaba mientras se acercaba, empuñando con firmeza un destornillador, a uno de sus clientes firmemente sujeto a un escritorio por dos de sus adláteres. Hoy el desgraciado abonaría con uno de sus riñones el anhelado 4×4 por el que ayer hubiese tenido que empeñarse hasta las cejas para adquirir, afortunado de él hoy bastaría un organo redundante para saldar la deuda.

Mientras descansaba sentado en un lateral de la que había portal de mi hogar y cerca del concesionario donde en esos momentos se realizaba la evicerasción parcial, tuve la oportunidad de contemplar otro de los efectos de la maldición que nos asolaba sin tregua. En otro momento ver aquello hubiese resultado cómico, la expresión de cansancio y temor de los obligados a realizarla eliminaban ese efecto. En un banco cercano, un grupo de personas realizaba una sencilla acción: entraban para volver a salir momentos después, esperaban un instante en la puerta y repetían la acción, una vez tras otra, sin pausa ni descanso. Como sucedió con los demás desventurados que fui encontrando aquel día, no se que sería de aquellos, una vez hube descansado lo que me dejó mi propia tarea volví a vagabundear, allí los dejé empeñados en sus idas y venidas.

Aquel día todas nuestras expresiones, incluso las que debían ser hermosas y reconfortantes, se tornaban horribles y descorazonadoras acciones. Como sucedió con aquella muchacha que encontré en el parque a la caída de la tarde, cuando ya todos debían saber que no podíamos jugar con lo que antes era habitual. Hurgaba entre llantos en el pecho abierto del que debió ser su novio, sólo paro cuando encontró allí lo que buscaba. Tras arrancarlo a tirones, lo guardo pringoso y goteante como estaba en un pequeño bolso, en el que casi no pudo encajarlo, y marchó llorando y gimiendo. Es lo que pasa desde entonces, debemos ser precavidos en nuestros ofrecimientos, sobre todo si ofreces tu corazón a quién, por obligación, está dispuesto a reclamarlo.

Dejo a vuestro cargo la tarea de imaginar todo lo que sucedió aquel aciago día y los que habrían de seguirle. Pensad en cualquiera de las barbaridades que expresamos diariamente sin pensar, todas esas que hasta entonces deciámos sin preocupación, pensad luego que ya no son meros sonidos o ideas sino sentencias que se cumplen inexorablemente. Lo que hasta entonces habíamos creido banal e inocuo, chanza y fanfarronería, se había tornado inicuo en un instante y se estaba cobrando un abultado peaje.

Cargado con la puerta que en mi ignorancia había invocado y con un terrible dolor de cuello, continué caminando hacía el horizonte lamentando a cada instante no haber expresado un destino cuando decidí, sin yo saberlo, pronunciar mi maldición.

***

Que llevó a esta rebelión es algo que me temo nunca sabremos. Parece que las humildes palabras se cansaron de nuestros abusos, aborrecieron de las mentiras y engaños en los que las hicimos partícipes, rechazarón nuestra pretensión de usarlas para causar dolor y tristeza o acaso nunca creimos en su verdadero poder. Ahora casi las hemos perdido, salvo por las pocas cartas que podemos escribir y mientras decidan dejarnos hacerlo, con su ausencia, poco a poco, vamos olvidando lo que somos, nuestras ideas y nuestros sueños.

Créditos: Agradecer a StarzySpringer la imagen y a pixabay que la comparta.

Epílogo:

¿Que hace que unos proyectos prosperen y otras se agosten?, ¿de donde viene la inspiración?. Respecto a esto, no lo se, no tengo ni las más remota idea. Si supiese como hacerlo y donde encontrarla, todos los bosquejos que llenan varios cuadernos, cuadernillos y libretas acabarían convertidos en historias, me temo que no será así. Lo siento porque a todas les tengo mucho cariño y algo me dice que un puñado serían realmente buenas en manos de otro con más maña que la mía.

Es probable que lo que acabo escribiendo en estas páginas no sea lo más brillante o novedoso, sólo aquello a lo que soy capaz de encontrarle forma. Escribo las ideas para que las soy capaz de encontrar desarrollo, las otras deben esperar su turno, continúan un lento proceso de fermentación neuronal que a veces da fruto, por mi parte, me toca aceptar que muchas quizá nunca pasen la prueba y no puedan crecer como me gustaría.

En este caso, Rebelión, lleva esbozado en papel casi dos años. La primera tentación fue darle salida en su formato original, en torno a un 25% de su extensión final. Si me dejase llevar por los impulsos, así habría sido, como me cuesta hacerlo, lo dejé reposar, tenía la sensación de que podía sacar algo más de la historia y ahora que sale a la luz, continúo teniéndola, creo que la historia da para más. Si es así, volveré a ella, si no encuentro la forma, al menos sale a la luz.

Por si alguien no ha entendido algunos de los usos que he ido haciendo aquí de frases hechas, en particular de una, decirles que aquellos desgraciados obligados a entrar y salir eternamente de un banco o comercio cualquiera, lo hacen a consecuencia de una excusa que todos hemos empleado para dejar el coche mal aparcado “un momento”, sobre todo si precisábamos de una explicación rápida a la autoridad o al propietario del garaje que hemos bloqueado y lleva diez minutos tocando el claxon porque no le dejamos marchar: “será (o era, si ya nos han pillado) un momento, entrar y salir”. Aunque originalmente fuese esa nuestra intención, que no siempre lo es, tampoco podemos saber que vaya a ser así cuando la empleamos, forma como tantas otras, parte de los pequeños engaños, frases oportunistas y convenciones que empleamos a diario sin pensar si quiera en su verdadero significado. En esta ocasión aquellos que la emplearon, como tantas otras veces, no podías pensar que fuese a volverse completamente real y les obligase a entrar y salir, esta vez sí, hasta la extenuación.

Creo que no debería haber demasiadas dudas con el resto, si no es así, estaré encantado de explicar a quién me lo solicité el significado que tiene para mi aquello que he ido empleando aquí.

Confío que nunca suceda lo aquí descrito, creo que me resultaría muy complicado vivir en un mundo en el que no pudiese emplear el sarcasmo o la ironía.

El cuarto de las ratas

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Caía la noche de Agosto mientras yo miraba a través de las rendijas de la vieja persiana, nada se movía al contraluz de la otra ventana del cuarto de las ratas.

Hasta donde yo sé, y llevo viviendo más de 15 años en esta casa, nunca han habido ratas en ese cuarto.

La primera vez que entramos nos pareció el lugar perfecto para hacer un estudio, el espacio que le faltaba a la casa para ser perfecta.

Todos aquellos que me conocéis sabéis bien que soy muy imaginativo, no me importa hablar de fantasmas, escribir sobre ellos o dedicar una tarde a contar historias con ellos como protagonistas, aunque jamás he sido capaz de asustar con ellos. Pero no creo que existan, contradicciones.

Por eso, la primera vez que me pareció ver una sombra moviéndose contra la ventana sin persianas que ocupa la pared trasera del cuarto, descarté cualquier explicación no racional. La segunda vez, además era de noche, hice lo mismo. Aunque esta vez lo comenté durante la cena con la familia, el resultado fue que ninguna de mis niñas entró nunca más en aquel cuarto cuando estaba oscuro. Me tocaba a mi y como hacemos cuando somos niños, entraba con la intranquilidad que siempre producen las creencias, ¿y si estás equivocado?, por suerte no había interruptor y me evitaba el pensamiento de otra mano aferrado la mía al intentar encenderlo.

Al final, no reformamos el cuarto, continúa igual que la primera vez que lo vimos, la única diferencia es que la porquería que lo atesta es nuestra y antes había otra que no nos pertenecía.

Mis niñas ya no están, mi chica murió hace un par de años y el trasto dejó de serlo hace mucho y se ha ido a vivir con su propia pareja. Ley de vida lo llaman.

Continúo aquí, aunque me cueste subir los quince peldaños de entrada y las plantas que cuidaba mi niña haga tiempo que han muerto. Costumbre supongo, ¿donde voy a ir sólo?.

Ahora que tengo fantasmas propios y nadie a quién asustar con mis historias inventadas, continúo sin creer en ellos.

Pero he vuelto a ver la sombra en la misma ventana sin persianas y cada vez me cuesta más entrar en el cuarto de las ratas.

Rebelión (Parte 1)

DestacadoRebelión (Parte 1)

Algo bueno debía salir de todo esto. Quizá lo sea que hemos recuperado las cartas, y no me refiero a los naipes, hablo de misivas y epístolas. Los carteros que hacía mucho dejaron de repartirlas para llenar nuestros buzones con publicidad, propaganda electoral y notificaciones oficiales, correspondencia que nadie quería, vuelven a traer noticias y son esperados con ilusión, llamen una o más veces.

Ahora no precisan sellos, el reparto se hace sin franqueo. Volvemos, tanto tiempo después, a escribirlas y enviarlas, al menos quienes alguna vez lo hicimos y recordamos como era. Antes de que los correos electrónicos, whatsapps, mensajes instantáneos (que siempre fueron a la comunicación lo mismo que el soluble es a un café, un sucedáneo) y las redes sociales, las enviasen al olvido y la prehistoria.

Es gracias a ellas que podemos mantener un simulacro de comunicación, es lo único que nos queda. Casi nadie habla ya, no nos atrevemos y las pocas veces que lo hacemos empleamos el menor número de palabras posible y aún estas pocas las usamos con extremo cuidado. Estas interacciones tan comunes antes, se limitan ahora a inofensivos saludos (de los que el tan habitual “hola” ha quedado desterrado) o vacías cortesías. Lo mismo que hacemos al hablar, sucede con cualquiera de los medios electrónicos antaño tan exitosos.

Sin embargo y por el momento al menos, continúan siendo inofensivas si están escritas en papel, a mano o en las viejas máquinas de escribir que como por arte de magia han ido apareciendo aquí y allá, dios sabrá donde las guardaban los que ahora otra vez pueden usarlas. Quizá suceda lo mismo si las imprimimos, pero la verdad es que tenemos miedo de encender los ordenadores y no conozco a nadie que se haya atrevido a probarlo. Podemos escribir cualquier cosa, siempre que lo hagamos por lo medios antes mencionados, y no sucede nada. Si nada cambia, si continúan siendo inofensivas, podréis leer lo que sigue. Si no es así, si la enfermedad ha llegado también al papel, supongo que no importará que sepáis o ignoréis.

El cuatro de marzo fue el día, el año no lo recuerdo, se que desde entonces han pasado algunos aunque no sabría decir cuantos, en silencio parece que el tiempo pasa más lentamente y podrían parecerme cien cuando sólo diez han transcurrido. Tampoco tiene mayor importancia conocer la fecha exacta, saberlo no cambiará nada y esta historia si ha de escribirse, seguro que encontrará testigos más disciplinados que yo, alguno que tomase nota exacta del momento. Si lo hizo en papel quizá no se olvide el momento en que todo esto comenzó.

Aquel día mi padre cansado de discutir con su esposa, mi madre, repitió lo que tantas veces había dicho antes, sin más consecuencia hasta entonces que una bronca conyugal, un periodo más o menos amplío de caras alargadas por el enfado e incómodos silencios, antes de pasar página. Supongo que las relaciones, las que perduran al menos, se basan también en eso, en la capacidad de pasar página. «¡Un día me lío la manta a la cabeza, cojo la puerta y me voy!», eso fue lo que mi padre profirió, nada que no hubiese oído yo antes. La diferencia en esta ocasión fue que resultó ser cierta el adagio, y no sólo en lo que hacía referencia a la marcha, visto lo que vendría después hubiese sido este mal uno menor, sino de manera literal. Y marcho, pero no sin antes enrollarse, cual enorme y abultado turbante, en la cabeza la manta que habitualmente cubría la cama de mis padres y desmontar trabajosamente, el enredo en la cabeza sin duda no fue de ayuda, la puerta de entrada. Por suerte para él, nunca a pesar de las muchas veces que lo habían hablado, se decidieron a cambiar la de contrachapado que teníamos por una blindada, la desidia y la tacañería sirvieron para que no se lesionase al cargarla.

De esta guisa, con una manta mal arrollada en la cabeza y sujetando con dificultad una puerta bajo el brazo, fue la última vez que vi a mi padre. Que fue de él y donde terminó su viaje, no lo se, nunca recibimos noticias suyas, tampoco mi madre y yo hablamos mucho, ni de esto ni de nada, desde entonces. Si sé, en cambio, que aquello no fue más que el principio de una ordalía que aún durando poco, acabó con el mundo tal y como lo había conocido hasta entonces.

Rebelión (Parte 2)

 

Abusones

DestacadoAbusones

De unos te evades como mejor puedes, de otros sencillamente huyes (generalmente corriendo lo más rápido que tus torpes piernas te permiten, que como imaginaréis no es mucho, por algo tenías asignados un abusón de cabecera y otro de la guardia). Quedarán unos pocos, aquellos a los que no has podido engañar con tu mímesis o has sido incapaz de dejar atrás por piernas, a ese resto no te quedan más narices que enfrentarte.

Todos los que hemos tenido y aún hoy tenemos la enorme suerte de conocer personal de tan exquisita calaña y selecta estirpe sabemos que invariablemente existen estas alternativas: evasión, fuga o enfrentamiento. Hay otras lo se, pero he decidido no incluirlas aquí. Quizá por nostalgia de mis primeros encuentros, aquellos que tuvieron lugar cuando estaba yo en edad propicia para la omnipresencia de aquellos a los que la entrada toma prestado el nombre. Quizá porque me parece más poético reducir las alternativas a estas tres que me suenan armónicas o quizá debido a que por entonces, mi tierna cabeza (entiéndase esta por contenido y no por continente) e inmaduro instinto  no sabían de más y puestos a preferir, preferían siempre las dos primeras.

La tercera generalmente era obligada y sólo la consideraba cuando el proyecto de cabrón (cabroncete) no se dejaba engañar con monsergas o mis torpes carreras (todas y siempre lo han sido y lo serán) finalizaban inexplicablemente frente a un obstáculo empeñado, como suelen estarlo todos debido a su testaruda naturaleza, en no moverse pese a mis perentorias necesidades.

Abundando en mis huidas, tema que tiene su enjundia y daría para dedicarle una entrada en solitario, podía ocurrir que el matón fuese reincidente y por ventura lo viese yo a una distancia suficiente y que me permitiese emprender una huida preventiva. Esta debiera haber servido para mantener alejados mis problemas y aliviar la tensión inherente a este tipo de relaciones. Sin embargo no era raro en estos casos que la prisa y la confusión asociada a este tipo de actividad, unido todo ello a mi elevadísima torpeza (que todavía conservo casi intacta) hiciesen que me aturullase. Si así sucedía, en vez de fijarme en lo que estaba haciendo, escapaba al tuntún y podía equivocar el sentido de la marcha. El error tenía como consecuencia un indeseable acercamiento a mi presunto y todavía ignorante perseguidor en vez del alejamiento que era mi intención original. Si era el caso, el personaje en cuestión solía aprovechar la oportunidad, que todos sabemos pintan calva por su preocupante ausencia de vellosidades, una vez recuperado de la agradable sorpresa que representaba ver a una presa habitual acercarse alegremente, cuando lo natural hubiese sido lo opuesto. Ya sabéis que si a caballo regalado no debes mirarle el dentado, a pringado despistado dale lo esperado. Si yo les ponía a huevo el abuso no les quedaba otra que aprovechar la tesitura, lo contrarío hubiese sido ir contra natura, el universo siempre prefiere las soluciones simples y nada más simple que retorcer un brazo si se ofrece a quién por naturaleza siente inclinación a disfrutar de dicha acción.

Retomando lo esbozado al comienzo -antes de la digresión de las carreras- sólo si fallaban las dos primeras opciones, o me equivocaba yo al ejecutar la segunda, no me quedaba otra que apechugar con lo que había y aceptar con trágica resignación el enfrentamiento. Sabiendo eso sí que tenía muchas probabilidades, si no había un maestro cerca o no encontraba el mamón otra presa mejor, de volver a casa un día más con un ojo a la funerala. Si este era el caso, yo argumentaría ante mis padres que el percance se debió a un malhadado y siempre involuntario “balonazo” (excusa barata que empleé en un par de ocasiones al volver al domicilio paterno en tan deplorable estado).

Me parecía entonces que esta explicación daba cumplida y factible razón al tono amoratado y ligera inflamación de mi ojo siniestro -por su localización que no por su actitud- sin provocar preocupación, o eso creía yo entonces, a mis atribulados padres sobre posibles enfrentamientos de patio. Con el paso del tiempo me he preguntado en varias ocasiones si mis progenitores llegaron a creer alguna vez esta excusa o sólo lo disimulaban para no añadir más escarnio a la lesión. Y aún en caso de creer que su hijo pudiese ser tan torpe, no tengo claro ahora si lo dicho les hurtaba preocupación o sólo la cambiaba. No se preocuparían por posibles peleas de patio, pero sin duda debían sentirse muy intranquilos sobre mi capacidad para desenvolverme con solvencia en la vida. No siendo capaz de cruzar un patio sin recibir balonazos, ¿que no podría sucederme en ocasiones más comprometidas?.

Toca dejar la segunda digresión que los recuerdos de una infancia y juventud felices, pese a los esporádicos balonazos, me han llevado a cometer y vuelvo al poético comienzo de este escrito. Si recordáis, hablaba en él de evasión, fuga o enfrentamiento como posibles actitudes ante un abusón. De ellas, a pesar de todo lo que nos han enseñado y contado (más si cabe a los chicos/hombres/varones/machos), ninguna es vergonzante. Vendría a cuento aquí un inspirado símil que he ideado, aceptar como única opción validad la tercera sería como suponer que la única alternativa honorable de la gacela es enfrentarse varonilmente al predador. Los que pasamos tantas tardes viendo en la “segunda” como los leones cazaban y se zampaban a las preciosas gacelas de Thomson, nunca vimos recriminación por parte del resto del rebaño cuando tocaba salir por patas. De la misma forma que el gacelo -gacela macho- acepta sin plantearse dilema moral alguno que si la naturaleza a dotado al león de unos dientes y garras desmesurados y a el sólo de unas finas y estilizadas patitas no es por sentido estético, sino porque los unos -los leones- traen un equipamiento de serie diseñado para la ejecución y la carnicería y los otros -los gacelos- equipan patitas para usarlas bien y ponerles difícil a los primeros el almuerzo. De igual forma no pasará nada si nosotros aceptamos que en el reparto de papeles a unos les tocó el de abusica y a otros el de ponerles difícil la satisfacción de sus irresolutos traumas.

Siempre encontraremos abusones, tipos mayores en el patio del cole o en el parque, veteranos y sargentos mayores en el ejército. Algunos jefes, encargados y responsables en el tajo, vecinos tarados, conductores impacientes y desquiciados en el atasco, conocidos tóxicos que sólo pretendan utilizar lo que de útil para sus planes tengas,  parejas que te consideren material fungible, de uno o varios usos dependiendo de tus habilidades venéreas, y siempre y en todo lugar, tus propios temores. Todos ellos creen ser merecedores de miedo y respeto, cuando no confunden ambos términos, bido a su fuerza o destreza, posición, rango, atractivo, sexo o conocimientos. Siempre podrás optar por enfrentarte, mimetizarte o huir, sólo tu decides que peleas estás dispuesto a perder y de cuales quieres retirarte. Cuando te hinchan un ojo, te arrestan, te ponen de patitas en la calle, te rompen el corazón o te quedas sólo el sábado por la noche. Sólo hay una condición, al volver a casa y mirarte en el espejo debes sentirte orgulloso del ojo morado que intenta mirarte desde el reflejo.

Epílogo: Espero de esta entrada que todo el mundo sepa interpretar lo que de excesivo, irónico y sarcástico contiene.

Es cierto que en mi infancia y juventud, allá por los años 70 y principios de los 80, encontré -como todos en aquella época y temo que también en esta- abusones, matones y cabroncetes varios. Cierto es también que en un par de ocasiones volví a casa con un ojo levemente amoratado (en una de estas tenía que retratarme para el carnet de identidad y las prisas e insistencia de mi madre obligaron a que me sacase las fotos con el ojo a la virulé. Se convirtió así aquel retrato, durante el tiempo que la identificación me duró, en gráfico recuerdo de aquel enfrentamiento, además de mostrar que no tuve tiempo de peinarme y un corte de pelo nefasto) y empleé sin mucha confianza la burda excusa del balonazo. Si funcionó, o fracasó y no me lo dijeron, ni lo se ni he querido averiguarlo después, tampoco es necesario saber si todo lo que imaginamos en la infancia tuvo éxito como creíamos o sólo lo aparentó a nuestros ignorantes ojos.

Chanzas aparte, no creo haber sufrido acoso escolar, ningún grupo se preocupó de hacerme la vida imposible o fastidiarme de manera reiterada, no más que al resto al menos. Si esto era “mal de muchos” y no eramos entonces capaces de entender lo que realmente nos sucedía, no lo creo. Los encontronazos, que sin duda se produjeron en abundancia, los considero normales y algo inevitable asociado a la forzada, larga y descontrolada convivencia entre individuos de todo tipo, origen, edad y madurez en los larguísimos ratos de estancia en los enormes patios de mi viejo colegio. Mi opinión, que algo debe valer porque yo estaba allí, es que todo aquello no era más que el resultado de la inmadurez de todos nosotros, una enorme falta de control de nuestras emociones e imitación de comportamientos “ancestrales”. Si a esto le unimos que aquel fue un tiempo en el que salíamos como podíamos de una larga etapa de oscuridad y que la educación e incluso la vida familiar, todavía incluían (en una cantidad variable pero nunca despreciable) el castigo, incluido el físico, como parte, sino esencial si importante, de su desarrollo, no deberíamos extrañarnos que el patio del cole reflejase lo que aprendía en otros momentos.

Con los matones (de ellos siempre pensé que lo eran más por inseguridad y necesidad de imitar e integrarse en un grupo que por verdadera voluntad de fastidiar) nos enfrentábamos como podíamos y no pocas veces jugábamos, nadie era abusón a tiempo completo y muchos de los juegos entonces se diferenciaban poco del enfrentamiento y podían satisfacer la necesidad de dominación de casi todos, cualquiera que haya jugado al “churro, media manga y manga entera” me entenderá .

Tanto es así, que en muchas ocasiones nos provocaban más temor los profesores, maestros y curas de la orden a al que pertenecía el centro donde estudié, que los encuentros que pudiésemos tener en el patio. Contra los profes poco podías hacer, huir no estaba permitido, enfrentarse era impensable y sólo quedaba en estos casos el engaño, el ruego, la súplica o la fortuna.

Tema aparte eran los cuatro tarados armados con pistolas. A todos aquellos que ahora despotrican, exageran y sacan los pies del tiesto, es bueno recordarlos que entonces si estábamos recién salidos de una dictadura, que pese a quién pese había muchos que todavía y durante bastante tiempo la recordarían con nostalgia -incluso sin haberla conocido-, que este nuestro país todavía no había cambiado como lo haría unos años después y continuábamos teniendo una capa de incultura e ignorancia que aún hoy se resiste a caer.

En este revuelto entorno de vez en cuando te encontrabas con uno de estos personajillos, jovenzuelos con pistolas heredadas de unos padres más tarados aún que ellos y que a pesar de su juventud, o quizá debido a ella y su poca experiencia, creían que sus ideas y creencias les facultaban para portar aquellos trastos. Si sus padres, máxima autoridad conocida, les permitía y alentaba a llevarlas, ¿que tenían que decir al respecto maestros y compañeros? Por fortuna, nunca vi a ninguno de ellos utilizarla, pero si tuve la oportunidad de presenciar como las exhibían e incluso amenazaban con ellas. Cuando a uno de estos colgados se le cayó un cargador en clase, el profe de turno, el mismo que no tenía problemas en otras circunstancias para “sacudirnos el polvo”, en aquella ocasión no hizo más que pedirle, por favor por supuesto, que no volviese a sacar aquel cacharro en clase.

Así y todo, convivíamos con estos prendas y con otros igual de tarados, aunque estos en vez de pistola llevasen navaja y fuesen colgados y hasta las orejas de dios sabrá cuando llegaban a clase. Con todos hablábamos y nos soportábamos como mejor podíamos y el sentido común nos daba a entender, nunca vi a nadie pasar a mayores. Como sucede en la charcas del Kalahari, todos íbamos allí y nunca sucedió una tragedia.  

El tema de las navajas dio mucho de sí, se pusieron de moda y gran parte de los ahorros de muchos de nosotros fueron a parar a quienes las vendian, automática la mayoría de las veces (influencia de The Warriors y pelis semejantes que por entonces hacían relativo furor), hierros que comprábamos en la cuchillería que por entonces había en la Plaza de Chueca (en la esquina que todavía a día de hoy hace la calle Gravina con la de San Gregorio) Nunca tuvimos el menor problema en aquel lugar a pesar de nuestra corta edad, escogíamos sin problema entre los modelos allí expuestos ante la  tranquila mirada del dependiente, nunca se mostró extrañado ni preocupado por el repentino ardor navajero que parecía invadir a los jovenzuelos que por allí parábamos de vuelta a nuestras casas.

Fruto de esta manía, el que más y el que menos llevaba algún instrumento cortante en la cartera. Recuerdo a un compañero, como sucedió con el cargador, que por descuido dejó caer una en clase. El ruido alerto al “Pedete” (legendario profesor de biología conocido por ese nombre a causa de su baja estatura y mucha afición a la botella) quién exigió que se entregasen cuantas llevásemos encima. La procesión que se montó entonces fue desternillante, la cara de nuestro docto maestro fue cambiando acorde el montón chairas y facas iban creciendo, en número y tamaño, para finalizar, entre las risas de todos nosotros, con algo parecido a una bayoneta. A consecuencia de aquello no hubo ningún castigo, no recuerdo que se retuviesen los pinchos y tampoco mostramos mayor intranquilidad, no pocos habíamos comprado una o acompañado a algún amigo o conocido a comprarla, lo que sorprendía al profesor era bien conocido entre sus alumnos.

De todos los que aquí he mencionado y conocí entonces he olvidado el nombre y de muchos la cara, demostración me parece a mi que aquellos episodios no pasaron de ser uno más de los muchos que viví en mi infancia. Quizá por esto haya optado por un abusón tan entrañable como Nelson para encabezar esta entrada.

Después del cole continué encontrándolos y estos han sufrido suertes diferentes en mi memoria. De algunos recuerdo nombre, cara y rango, como es el caso de un sargento primero de Regulares de nombre igual al de una población a la que la casualidad o los designios de mis superiores habrían de llevarme a realizar maniobras, precisamente en su compañía. A los demás los he olvidado y si recuerdo al sargento es por sus vanos intentos de doblegarnos, porque en un par de ocasiones me llamó perro -no por ladrar sino por no hacer lo que el esperaba de mi- y por su parecido con otro ficticio y de nombre Arensivia que también me acompañó en aquellos días, este desde las páginas de El Jueves y de la mano del genial Ivá. Además creía yo por entonces que me iba a comer el mundo y estaba destinado a éxitos sin medida, así que poco podía hacer el personaje para mellar mi confianza -si estáis interesado en saber algo más de él, aquí tenéis una vieja historia que lo menciona-

En el trabajo también los he encontrado, con la novedad en este caso de que algunos de estos personajes eran mujeres y se empeñaban con tanta o más saña que su iguales varones en joder con ganas al personal, será por la necesidad de destacar en un mundo eminentemente masculino, pero hijas de puta lo eran como el que más. También es cierto que ni los unos ni las otras representan una pequeña minoría en el entorno laboral, aunque lo ideal sería que desapareciesen, se soportan igual que lo hicimos con los que encontramos en la infancia o vestidos de verde.

En mis relaciones personales he tenido más suerte y no recuerdo ningún personajes tóxico. De las mujeres, me hubiese gustado que alguna me apreciase tanto como para darme el papel de objeto sexual, pero me temo que mis habilidades, en esto como en tantas otras cosas, no pasan de ser medias -que no mediocres- y ya sabemos que la media está muy poblada y dificulta la elección, no tuve en este caso a la estadística de mi parte.

Espero que hayáis disfrutado de la entrada, si no ha sido así, decídmelo y trataré de corregir los errores que sin duda he cometido.

Y resultaron entrañables…

Y resultaron entrañables…

Contaba el Viernes que teníamos debate sobre malos malísimos el sábado, en Salamanca. La charla resultó un éxito, aún contando con mi presencia. No suele ocurrir que nos graben, en esta ocasión lo hicieron y el resultado podéis verlo en Youtube

Si le dáis un vistazo, decidme que os parece, sólo podemos mejorar con vuestras críticas y opiniones.

Malvados Entrañables (Charla en Hispacon 17/11 -Salamanca-)

Malvados Entrañables (Charla en Hispacon 17/11 -Salamanca-)

A todos aquellos que lean este blog con cierta asiduidad el título les resultará familiar; no es esta la primera ocasión en la que escribo sobre este tema, ya lo hice a raíz de uno de nuestros programas de radio, dedicado -como imaginaréis- a estos personajes.

De aquel artículo hace algo más de dos años; pero tanto nos gustan que no sabemos resistirnos a su embrujo y volvimos a visitarlos en otro programa, grabado en esta ocasión en octubre del año pasado (de este también escribí reseña, la tenéis por aquí).

Como dicen que “no hay dos sin tres”, nos embarcamos en el tercer encuentro; sin embargo, no será la radio el lugar donde nos encontremos con estos peligrosos individuos, nos vamos hasta Salamanca para hacerlo. La P.A.E. asiste un año más a la Hispacon y aprovechando el marco y la oportunidad que se nos brinda, volvemos a reflexionar sobre villanos, malvados, malos, bellacos y malandrines; canallas todos ellos que se diferencian los unos de los otros por la cantidad de maldad y simpatía que combinan en su quehacer. Cuanto mayor maldad más cercanos se encuentran de la villanía, edulcorados y rebajados con simpatía nos las veremos con malandrines y atractivos canallas.

De una u otra, resultan inevitables en casi cualquier historia. Tanto es así que en caso de no existir, nos veríamos los escritores y aspirantes en la obligación de inventarlos porque los necesitamos. Precisamos de la discrepancia y el antagonismo que suscitan y alimentan, nada hay como la “maldad” -la bondad resulta sin duda mucho más aburrida- para realzar, denigrar o perfilar a un personaje, bien sea por poseerla y usarla en abundancia, bien por lo contrario: oponerse heroicamente a sus representantes. El resultado deseado de esta confrontación sería un par de personajes contrastados, definidos, equilibrados (no hago referencia a la salud mental, me refiero aquí al equilibrio que producen los extremos en competencia) y atractivos; ambos, incluso el que sabemos que acabará derrotado. Los malos ampulosos, bocazas e irreales resultan tan aburridos como los “buenos” insípidos, tediosos, aburridos, planos y sin contrastes; estos, además de aburrirnos no se hacen merecedores de oponentes formidables y sin estos, les hurtamos las victorias colosales, no existen estás frente a oponentes mediocres (por más que en el fútbol intenten endosarnos de estas una cada dos semanas).

Tirando de este hilo y los contrastes se me ocurren algunos ejemplos, a saber.

Moriarty engrandece a Holmes con cada derrota, sin perder un ápice de su potencial, confiamos en que vuelvan a encontrarse y nos engañamos imaginando, cuando no deseando, un desenlace diferente. Como efecto colateral, Lestrade se nos ocurre cada vez más estúpido.

Voldemor hace soportable a Harry Potter. En mi caso, que me disculpen los fans, si no existiese tan satánico oponente sólo esperaria de Potter que se convirtiese en una afable y aburrida promesa fracasada o en un madurito con síndrome de Peter Pan.

Vader vuelve irrelevante a Skywalker y, a cambio, hace imprescindible la desfachatez, frescura y atractivo de Solo. El primero transita desde un villano memorable e icónico hasta un “soy malo porque el mundo me hizo así” que es una pizca frustrante. El segundo mantiene, para nuestro alivio, la esencia intacta. Hasta el penúltimo pastiche en el que se vuelve padre imperfecto y frustrado, lástima.

Si pasamos a mayores, Satán hace necesario a Dios, tanto es así que no nos causa extrañeza incongruencia que por fuerza representa que un ser omnipotente cuente con adversario alguno. En ocasiones me pregunto si la historia no será al revés y no habrá sido Satán quién inventó a Dios para engañarnos y hacernos creer que tenemos alguna posibilidad de no acabar en la residencia de Pedro Botero y fastidiarnos aún más cuando descubramos que nunca existió cielo alguno.

Jack, el único realmente conocido, visibiliza a Abberline. Sin el destripador no conoceríamos a quién lo investigó, y aún así he tenido que buscarlo en Google para recordar su nombre, conocía su existencia pero olvidé su nombre.

Jason nos descubre, enfrentándonos por tanto a nuestro oscuro ego, el inusitado placer asociado a eliminar adolescentes estúpidos.

Tenía intención de incluir en esta breve relación a Saddam y Bush (tanto padre como hijo lo combatieron convirtiéndolo en malvado y excusa familiar), pero me temo que el intento no salió muy bien, no podía ser de otra forms, era casi imposible hacer necesario a un personaje por naturaleza y actitud contingente.

Casi finalizando incluyo a Saurón, malo malísimo que precisa de tres maravillosos libros, la unión de varias razas y especies, toda la magia blanca disponible y la voluntad de millones de lectores para ser derrotado y que levante la mano quién no haya deseado que retorne si ello diese origen a una continuación tan genial como lo es “El señor de los anillos”.

He hablado por aquí de algunos malvados descomunales, pero no todos son de este tipo, en el título hablo de los entrañables, aunque me temo que hasta los aborrecibles acaban cayendo en esta categoría, primero porque los extremos se atraen irremisiblemente y porque todos son de nuestra creación y como hijos, más o menos descarriados, los queremos.

De estos y todos los que se nos ocurran trataremos Iván Albarracín, Julía Díez, Manuel Gris y yo mismo en la charla. Si os pilla cerca de Salamanca consideradlo otro motivo, menor sin duda pero importante, para visitarla, si no tenéis esa suerte, ahí están los programas y seguro que volvemos a tratar este tópico en otra ocasión, “somos tan débiles que hasta nuestras debilidades nos vencen” (esto último es de Quino y solo a él pertenece la idea, yo me limito a repetirla)

Miedo.

Miedo.

El olvidado perfume que empleaba tu abuela y no has vuelto a oler desde que ella murió, flotando ahora de habitación en habitación de su vieja casa.

Golpes, voces destempladas y desarticuladas que se filtran desde la casa de al lado y puedes escuchar a través de las delgadas paredes. La misma casa que lleva deshabitada treinta años y tiene tapiadas puertas y ventanas.

En el viejo trastero que sólo acumula recuerdos carcomidos, una difusa silueta recortada en la ventana, allí donde no debería haber nadie.

Diez años recordando aquel trece de noviembre y a pesar de que es imposible, todas y cada una de esas noches has sentido el peso y el calor de su cuerpo tendido a tu lado en vuestra cama.

Todo estas situaciones y otras muchas son susceptibles de producir miedo, si quién las cuenta sabe hacerlo. De esto hablaremos en Gerona el próximo Sábado, en el marco del festival Acocollonat 2018 (VIIIª Semana del Cine Fantástico y de Terror de Gerona) participamos en una charla que tendrá al Miedo como principal invitado.

Podéis acompañarnos, disfrutar de la charla y de una ciudad preciosa. ¡Temblad Malditos!

Estropear una buena historia . Radio Cunit, Programa 30

Estropear una buena historia . Radio Cunit, Programa 30

Los escritores pensamos que todo aquello que sale de nuestra pluma o nuestro teclado es bueno, por algo ha salido de nuestro magín. Es de lamentar que no siempre acertemos, en ocasiones lo que escribimos es, en el mejor de los casos mediocre y en el peor malo.

Si habitualmente hablamos de aquello que nos gusta, en esta ocasión hablamos de lo contrario, si algo no nos agrada es estropear lo que queremos narrar. En esta línea, hace algunas semanas escribí una entrada al respecto, en este programa ampliamos lo allí expuesto, si en aquella hablaba de longitudes incorrectas (quedarse corto o pasarse varios pueblos) aquí tratamos este y otros temas que si no se cuidan, acaban arruinando una buena idea.

Escucharnos no asegura que aprendáis que hacer, a cambio si os contamos algunas de las cosas que hemos aprendido a no repetir. No garantizamos nada, pero seguro que algo podemos descubriros.

Gemma Solsona, Alberto García, Iván Albarracín, Benjamín Recacha, Maite Doñágueda y yo mismo dedicamos este programa al difícil arte de estropear. Disfrutad escuchándolo, al menos tanto como nosotros nos hemos divertido haciéndolo. Podéis escucharlo aquí o, como siempre, seguirnos en el canal de ivoox.

Hablamos de H.P. Lovecraft. Radio Cunit, Programa 29

Hablamos de H.P. Lovecraft. Radio Cunit, Programa 29

La primera vez que escuché hablar de Lovecraft fue en el colegio, como sucedía con casi todo lo “prohibido” y divertido en aquellos años. Un compañero de aula que hubiese sido digno protagonista de una de las historias de aquel a quién me descubrió, me habló del personaje en uno de los recreos y al volver a clase me enseño el libro que estaba leyendo, no recuerdo cual de lo muchos títulos del autor era, si recuerdo que pertenecía a la excelente colección que Alianza Editorial tenía de él. Por curiosidad me acerqué a la sección circulante que por entonces había en la Biblioteca Nacional y me llevé a casa alguno de aquellos volúmenes. Si comencé con “En las montañas de la Locura” o fué “El caso de Charles Dexter Ward” lo primero que leí tampoco lo recuerdo, si se que después de la primera fueron varias las visitas que hice y agoté los fondos que la biblioteca tenía del autor.

Con algunos años más y mejor dotado de fondos, repetí la lectura, en aquella ocasión no fue necesario pasar por la biblioteca, sustituí esas visitas por otras al templo de los libros que siempre fue para mi la tienda de Espasa Calpe en la Gran Vía. No agoté en esta ocasión los fondos pero casi. Desde entonces son muchos los libros de Lovecraft que me acompañan, algunos en mis estanterías y otros esperando en cajas hasta que complete el traslado a Barcelona que inicié allá por el año 2003.

Siempre es buen momento para recuperar las historias de terror cósmico de Lovecraft, conocer la panoplia de dioses y personajes que construyó es un ejercicio placentero del que os invito a disfrutar.

Gemma Solsona, Alberto García, Iván Albarracín y yo mismo compartimos con vosotros nuestro cariño por este personaje y esperamos saber animaros a conocerlo si por desventura aún no lo habéis leído. Podéis escucharnos aquí o, como siempre, seguirnos en el canal de ivoox.

Sábado 20 de Octubre, nos vemos en Cervera

Sábado 20 de Octubre, nos vemos en Cervera

A lo largo del año tienen lugar en diferentes pueblos de Cataluña las ferias denominadas Vila del Llibre, no os contaré mucho más sobre la iniciativa, si estáis interesados podéis encontrar más información en su web www.viladelllibre.cat, si os diré que se trata de una muy interesante idea: dedicar el fin de semana a una feria en la que se reúnen escritores y editoriales, los unos para hablar de lo que saben hacer, los otros para ofrecernos la oportunidad de engrosar nuestras bibliotecas, siempre magras.

En este año 2018 ya han tenido lugar dos de estas ferias, la primera en Montblanc, en La Pobla de Segur la segunda, en ambas hubo presencia de la P.A.E. Este fin de semana tendrá lugar la tercera y será en Cervera. Como en las dos anteriores la P.A.E. estará presente y no sólo con estand, también colaboramos en varias charlas. En mi caso acompañaré a Gemma Solsona y Rosario Curiel hablando sobre brujas.

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Si os apetece escucharnos, sobre todo a ellas yo tengo limitada experiencia con las brujas, acercaos a Cervera este fin de semana, además de comprar algún libro y escuchar alguna charla interesante podéis disfrutar de un hermoso lugar. Si os decidís, os esperamos con los brazos abiertos y algunas pócimas.