Reflejo

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Seremos entonces irreales frutos de la imaginación, reflejos deformados de mil realidades.

No somos pues lo que aprendimos, si acaso más semejantes a lo que olvidamos. Ni lo que deseamos, aún menos a todo lo que soñamos.

No somos lo que decimos, más bien todo aquello que callamos. Ni lo poco que mostramos, antes lo mucho que nos esforzamos por ocultar.

No somos nuestras acciones, más notables son siempre las omisiones. Ni aquello que enfrentamos, de lo que escapamos nos muestra mejor.

A fuerza de espejarnos, sólo queda la imagen que reflejada.

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Fuego. Pulse Aquí

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Bomberos, policía científica e investigadores del seguro no encontraban ninguna explicación, no de las lógicas al menos; aunque a esas alturas del embrollo todos ellos hubiesen aceptado cualquiera, una ilógica también, sobre todo si eso les hubiese permitido sortear el escollo y terminar todo el jodido asunto.

El meollo no era baladí; tenía nombre, dos apellidos y estaba muerto. Un difunto testarudo que se empeñaba en tumbar todas sus hipótesis. Sin victima ya habrían dado carpetazo al negocio, el seguro hubiese pagado de mala gana y aquí paz y después gloria, cada mochuelo a su olivo y todos para casa a cenar. Pero con un muerto en danza y además en extrañas circuntancias, no había lugar para la paz ni la gloria, ni cena que no fuese pizza o lo que trajesen los ciclistas aquella noche.

Los hechos que conocían (los que ignoraban les hubiesen arreglado el asunto pero no tenían ni idea, por eso los ignoraban) eran los siguientes, a saber:

  1. El día de los hechos se produjo un incendio en la localización indicada en el atestado
  2. La hora no se conocía con total exactitud (que no se sabía, la exactitud no puede ser parcial).
  3. En la fecha, hora -aproximada- y lugar reseñados se produjo algún tipo de deflagración, seguida de una violenta combustión (nada de unas llamitas y unos hilillos de humo, un fuego de tres pares de narices) que consumió parte de las instalaciones de CEPUSA S.A. y abrasó hasta reducir a Heliodoro Martínez Hernández.
  4. La autopsia practicada revela que Heliodoro murió abrasado (la tarea del fornese fue en este caso sencilla, todos los que le habían visto llegaron a la misma conclusión, el color y la consistencia del cadaver así lo atestiguaban). No se dió en este caso asfixia prevía al achicharramiento, los pulmones no presentaban signos de ahogamiento. Sólo un dato curioso se deprende del informe, el forense indica que el aspecto  y disposición de las quemaduras lleva a pensar en una incineración simultanea y homogenea del finado.
  5. Los datos apuntan a que el incendio se inició, exactamente, en el punto en el que Heliodoro pulsó la alarma y se encontró su cuerpo. Sorprende a los investigadores que redactan el informe la presencia de ánimo que debió mostrar Heliodoro para, a pesar del violento incendio que devoraba las instalaciones, acercarse hasta el pulsador y presionarlo.
  6. A pesar de la exhaustiva investigación, no se han encontrado orígenes probables para la deflagración, la instalación electrica se hallaba en perfecto estado y acababa de ser revisada. No se hallaron cerca del lugar restos de combustible ni elementos facilmente inflamables.  No se identifican rastros de artefactos, dispositivos o iniciadores que expliquen el siniestro o voluntad alguna de provocarlo.

Lo que nadie expresaba pero todos pensaban era que el fuego parecía haber comenzado de manera expontanea en el punto exacto donde se encontraba la victima y EN ella, aunque esto último sólo se atrevían a contarlo los inconscientes o aquellos que no dejaban de pensar en lo que podía leerse en el pulsador.

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Sueño

Sueño

Se está a gusto así, los ojos cerrados y sintiendo el calor de este tímido sol de noviembre. Tantas veces he visto este jardín y tan pausadamente cambia, que lo recuerdo sin mirarlo.

Sólo las insistentes y curiosas figuras que se acostan a mi se apresuran. Curiosos personajes; débiles y jóvenes estructuras orgánicas. Empeñadas, fiando sólo en la palabra de unos dioses que ellos inventaron, en crecer, multiplicarse y dominar la tierra; la misma que no les pertenece, no más que a mi o a la hierba sobre la que descanso.

Esperaré, continuaré un poco más así; los ojos cerrados, descansando, pensando, esperando que el tiempo pase y con la noche marchen los intrusos vuelva la tranquilidad y se muestren las estrellas.

Aire (αέρα)

Aire (αέρα)

Brisa, tempestad, calma. Mil nombres inventados para la misma esencia.

Céfiro, Bóreas, Argestes, Euros, Notos. Tifón, dioses todos, imaginados para brindar existencia al movimiento.

Motor impetuoso cuando se agita. Cuando cesa, sosiego y reposo.

Susurro entre la hojas, grito en la garganta, leve soplo en el adios.

Quijote

Quijote

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No hay lugar para caballeros en estas calles asfaltadas, no resuenan cascos en el Paseo del Prado.

Los molinos perdieron la batalla ante el alprazolam. No hay sana locura, todo es insalubre lucidez.

Sancho no cabe en este burdo pedestal.

No hay galeotes, sólo esforzados turistas se afanan en la diversión.

Dulcinea marchó, no hay príncipes ya en esta Villa y Corte.

Aunque la batalla esté perdida aún antes de comenzar, el show siempre debe continuar.