Pececillos

Aquel martes, 2 de octubre, Samuel no consultó el horóscopo, como tenía por costumbre. Si lo hubiese hecho, habría podido leer lo siguiente: «Piscis: Antes del 4, Mercurio te da la espalda. En el trabajo, una compañera intentará socavar tu autoestima criticando tus ideas ante tu jefe. No dejes que perturbe tu seguridad en ti mismo. Cerca del 6, Venus te presentará dos candidatas interesantes. Haz uso de tu intuición para elegir la mejor. ¡Y disfruta!»

De haberlo leído, habría descubierto que Mercurio debía ser algo más que las bolitas plateadas con las que jugaba de niño, a pesar de las advertencias de su madre, cuando uno de aquellos viejos termómetros se rompía.

Bolitas aparte, que Mercurio le diese la espalda le preocupaba tan poco como que alguna compañera de trabajo, ¿quién sería la perra?, intentase ¿socavar?, ¡qué coño sería eso!, sus ideas ante su hefe. Que recordase, jamás había compartido ninguna con él, probablemente con nadie, sus interacciones rara vez iban más allá de algún que otro «… nos días» y «… nas tardes», más gruñido que dicho, y, siempre que podía, «¡gilipollas!», aunque esto último confiaba en haberlo susurrado y no compartido, el hefe tenía muy mala leche y las manos como manojos de morcillas, una hostia suya podía hacer que sus dientes se comportasen como palomas, volando de acá para allá. La perra podía cansarse de esperar, sentada sobre su gordísimo culo de zorra, si tenía que excavar alguna idea suya.

De la autoestima, ya se ocupaba él cada mañana, y alguna tarde, desde los 13, puntualmente como un reloj y con más entusiasmo que un mono adolescente y, si había pasta suficiente, se la fiaba a la Chenifer que la dejaba limpia y reluciente.

De perturbación sabía un rato, ¡qué manía tenían estos con los tocamientos erógenos!, y se perturbaba con fruición y sin descanso. Vicios tenía como el que más, pagando o tirando de sable.

La tal Venus hubiese despertado más su atención, no tanto por el nombre, que le hubiese sonado a tenista maciza, como por la posibilidad de montarse una juerga con ella y una de las candidatas, fantasía cumplida, él y su autoestima retozando con un par de churris… incluso tres. Lo que le faltaba de intuición, se untase eso como untase, le sobraba de calentura atrasada, para dar y regalar, sin prejuicios. Lo mismo le daba una que dos, dos que tres y tres que ninguna, mientras tuviese manos.

Ignorante de su futuro, Samuel, mente simple y gustos sencillos continúo aquel 2 de Octubre con sus obligaciones y devociones, atendiendo siempre que podía a lo único que acertó la previsión.

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