Prudencio nació con los sentimientos contados y las sensaciones limitadas. Lágrimas, risas, suspiros, orgasmos, todo aquello que los demás gastamos sin preocupación ni medida, tenía en él término y mesura.
Vivía Prudencio sin saberlo, hasta que un día Olegaria, después de reformar el amor, pego cariñosa la oreja en su pecho desnudo.
—Prudencio, aquí suena cómo si hubiese un contador.
—No mujer, será el corazón que renquea por la pasión, ya vamos siendo mayores.
—Si tú lo dices cariño, eso será.
Se durmieron después de un ratito. La orejilla bien pegadita a los pocos vellos de su cálido pecho y el sonido olvidado en el cansancio.
El día y sus trajines arrastró el extraño sonido, junto a la puerta que había que componer y la llamada que debía hacer a su cuñado, a ese extraño lugar al que llevamos todo aquello que, sin la firme voluntad de olvidarlo, si dejamos aletargar por falta de tiempo, porque no importa o no es verosímil.
Así habría quedado, tranquilo y adormecido, en el fondo del armario de la consciencia, si no hubiese sido por los continuos errores de sus anginas. Tantos fueron que acabaron con él, narcotizado y con la boca desmesuradamente abierta y sujeta por un arnés, en la silla de un cirujano.
Intentaba el galeno orientarse entre dientes, encías, humedades y paladar, cuando vio sus amígdalas. Presto y resuelto dirigía hacía ellas el filoso bisturí, cuando se percató. Conectados a sus humildes glándulas se aferraban dos diminutos cablecillos, rojo el uno y azul el otro. Extrañado y temeroso, dudo el honorable. Tuvo que ser su enfermera la que decidiese, «el rojo doctor, corte el rojo», y él que apreciaba su opinión, tanto como su figura escultural, lo cortó, y luego el azul, para que no impidiese cablecillo alguno la resección prevista.
Se recuperaba silencioso Prudencio de los efectos del éter, cuando el cirujano entró. Sin introducción y manifiesta falta de educación, le interpeló, «que sepa vd., buen señor, que tenía sus amígdalas conectadas, mediante cablecillos, a dios sabrá que. Yo que vd. me lo haría mirar». Se retiró sin más el doctor, sin esperar respuesta -Prudencio, con la garganta lacerada, no hubiese podido darla- o afirmación.
A pesar de la sorpresa de los cables y el recuerdo que trajo del sonido, no hay mayor fuerza que la costumbre ni más poderoso olvido que la rutina, y entre la una y el otro lo que parecía imposible se volvió increíble y Olegario olvidó, porque no cabía en su discurrir diario ni el contador, ni los cablecillos.
Lo imposible, que es testarudo cuando resulta no serlo, se aprovechó de una fuerte congestión y lo llevó, por precaución, a radiología.
Agotaba la espera Prudencio en la sala homónima. Salió el médico mirando, perplejo, el curioso esbozo que somos en radiografía.
—Prudencio, sé que no me creerá, pero justo al lado del corazón tiene un cuarto de contadores.
—Eso me suena imposible doctor.
—Imposible sonará, pero si lo mira. —Dijo el docto señalando— justo aquí, debajo del ventrículo, vera el cuartito, manómetros, relojes y medidores.
Extrañado, Prudencio se quedó mirando el esquelético retrato.
—¿Y que miden doctor?.
—Ni idea Prudencio, ni idea. Vaya a casa, descanse y ya veremos.
Tras descansar y mucho mirar el retrato, resultó que lo imposible ya no lo era y lo increíble estaba allí revelado. Había pues, la necesidad de diagnosticar lo que la imagen mostraba.
Incontables pruebas después, quedó claro que Prudencio donde los demás tenemos carnes y poco más, tenía una panoplia completa de diminutos instrumentos, conectados mediante cablecillos multicolores y diminutos a las asaduras y los despojos.
Avisados de su caso, los médicos de una universidad americana, de Winsconsin o por ahí, le llamarón y pesar de la dificultad –Prudencio no hablaba inglés y los de Winsconsin, al revés-, con buena voluntad y un intérprete, acordaron investigar. Sin inmiscuirse con pinchos o filos en sus interioridades, ni abrir para mirar.
Después de analizar, revisar, indagar y rebuscar, confirmaron los sabios que los aparatillos de su pecho medían, contaban y controlaban. Descontando imperturbables cada vez que sentía: Dos lágrimas y un manómetro bajaba un poquito. Tres risas y un contador, descontaba. Una noche de tranquila pasión con su Olegaria y los relojes se desplomaban.
Intrigados y excitados por la situación, le ofrecieron un buen puñado de dólares para poner una puertecilla, corredera y de titanio de la mejor calidad, por la que mirar y vigilar. Por otro puñado, querían desmontar uno de los controles, el de los suspiros -¿quién lo necesita?-, para saber cuántos de ellos tenía al empezar, cuantos le restaban para terminar y donde se conectaban los coloridos cablecillos.
Para convencerle, insistieron en hechos probados y de sobra conocidos. Que si habían llegado a la Luna, y vuelto qué fue lo difícil de verdad. Que si mataban a distancia y casi, casi sin mirar. Que si habían inventado esto, aquello y lo otro. En estas condiciones, seguro que podían desmontar un contador, por pequeño que este fuese, estudiar lo que tocase y volverlo a montar sin que ninguna pieza, esencial, sobrase. Más difíciles eran los cohetes y los Corn Flakes.
Prudencio, sería por desconfianza –que redujo en uno un elaborado termómetro-, o por vergüenza –que bajo en dos un reloj con filigrana- dijo que no y así se quedo con sus contadores y sus cablecillos y sin llevar un picaporte y una cerradura justo al lado de un pezón.
***
—Prudencio, el contador te sigue sonando. —Eso le dijo Olegaria, mientras rizaba con su dedillo inquieto los pelillos de su pecho, otro día de pasión.
—Y que dure Olegaria, y que dure. —Respondió.

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