Rojas y espesas dos gotas caen al suelo. Con fastidio me quedo mirándolas durante un instante. Sólo he comenzado y a pesar de todas mis precauciones ya hay manchas. No me gustan, tampoco el desorden. Nunca, menos aún hoy, todo tiene que ser perfecto, estar limpio, terminado y en su lugar cuando llegue. No quiero que nada salga mal, me gusta.

Aunque no pueda olvidarme de las malditas gotas, convertidas en manchas ahora, intento apartarlas de mi cabeza, dejarlas de lado. Seguro que habrá más antes de que termine, ya me ocuparé de ellas. Ahora, aunque me desagrade tengo que continuar. Es necesario que termine lo que he empezado.

Si se mueve podría cortarme, así pues sujeto con fuerza el cuerpo contra el mármol. Con precaución tanteo con el filo hasta encontrar el lugar donde debo apretar. Resuelto, me apoyo con firmeza y presiono, se resiste al tajo y el corte no es completo, no es tan fácil ni tan frágil cómo creía, pensaba que sería más sencillo hacer todo esto. Empiezo a ponerme nervioso, no puedo perder mucho tiempo más con esto, no tardará en llegar y no puede encontrarme así. Vuelvo a intentarlo, haciendo más fuerza esta vez. Durante un instante parece que aguantará, no es así, con un un crujido y un chirrido de acero, la cabeza se separa.

Despacio, con mucho cuidado retiro el cuchillo. En vano, todas mis precauciones resultan inútiles cuando no puedo evitar que dos pequeñas gotas salten y manchen el puño de mi camisa. Mi camisa nueva. Maldiciendo suelto el cuchillo y miro desolado los puntitos rosados que manchan el, hasta ahora impoluto, puño de mi recién estrenada y flamante camisa. Me la quito, inútil remedio a estas alturas, y la cuelgo del pomo de la puerta, lejos de nuevas y más aparatosas manchas.

Antes de continuar aparto la cabeza, la reservo. Un estrecho y rojizo hilo parece empeñado en mantenerla unida al cuerpo y ha ido formando, donde reposaba hasta ahora, un charco pequeño y repulsivo. No imaginaba que esto pudiese ser tan sucio, cuando termine tendré que limpiar todo a fondo. No me gustaría encontrar restos, hoy no.

Decidido a terminar doy la vuelta al cuerpo; otro charquito sobrepasa el borde y se vacía en el suelo, sobre mis zapatos. Más ansioso aún, me los quito junto a los calcetines. Los aparto hasta que quedan a salvo al lado de la puerta, bajo la camisa. Dejaría todo y me pondría a limpiar ahora mismo, no soporto este desorden ni chapotear en el suelo manchado, menos aún con los pies desnudos. Reprimo el impulso, queda mucho por hacer, ya me ocuparé cuando termine. Descalzo e intentando ignorar todas las manchas, continúo con el despojo que reposa sobre el mármol. A diferencia de lo sucedido con el cuello, el filo parece cortar sin dificultad el cuerpo. Lo abro en canal, me quedo mirando la blanca carne tierna.

Para terminar queda otra, me giro hacía ella. Forcejea, pero la he sujetado bien, es imposible que pueda escapar y tampoco tendría donde. Con fuerza, la aprieto contra el mármol.

***

Suena el timbre mientras me abrocho el último botón. Me pongo la chaqueta camino a la puerta, estiro la manga y cubro los dos puntitos en el puño de mi camisa. Antes de abrir doy un vistazo y compruebo que todo esté en orden, limpio y preparado.

—¡Manuel querido! ¿cómo estás?

—Bien Eloisa, te esperaba. Espero que te guste la langosta a la parrilla.

Nota: Es probable que a una historia cómo esta le venga bien un poco de música, ¿que tal esta: https://open.spotify.com/track/5L5fwo8nQjcFhSMTWpLOes?

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