Hoy recogemos en nuestras páginas una triste noticia: Cierra el Valhalla. Además de la falta de permiso municipal de apertura (a pesar de las reiteradas amonestaciones y multiples avisos recibidos en sus muchos años de actividad, los propietarios siempre se han negado a tramitar la solicitud y regularizar así una situación francamente anómala), se unen ahora los graves incumplimientos y deficiencias en varias normativas laborales, seguridad e igualdad de oportunidades entre otras, detectados durante la última inspección de trabajo realizada, a raíz de una denuncia anónima, en este icónico lugar.

Esta luctuosa nueva se une a otra ya conocida por nuestros lectores y que nos conmovió hace un par de semanas: La clausura por orden judicial del Yanna. Si ahora hablamos de incumplimientos en las normativas municipales y laborales, entonces nos hacíamos eco de las denuncias de explotación y falta de condiciones higiénicas presentadas por varias huríes.

Pero no sólo estos míticos lugares se encuentran en problemas y trance de desaparición; El Infierno tiene los suyos desde hace algunos siglos. Local que nadie reconoce haber visitado y a pesar de ello, del que todos hablamos, no es capaz de superar la crisis que lo aqueja desde finales de los 80. Los sucesivos cambios de nombre y actividad, aparente al menos, no han solucionado los graves desequilibrios que lo aquejan. En los foros y mentideros a los que ha tenido acceso este diario ya se menciona como seguro que S. Atanás (propietario secular del lugar) esta a punto de presentar un abultado ERE con la intención de reflotar este milenario lugar y renovar una plantilla francamente decrépita e inmovilista.

De no mediar una solución externa, el Sr. Atanás lleva semanas negociando con varios fondos buitre y otros carroñeros, es posible que seamos la primera generación que no pueda visitar este lugar de culto en la vida disipada de la humanidad.

Seremos así los primeros de entre los humanos que no puedan disfrutar de los prohibidos placeres que siempre han sido seña de identidad y bandera del local. Aunque atendiendo a lo que nos cuentan parroquianos habituales del lugar, los únicos placeres que en sus calderas podían disfrutarse ya eran más gastronómicos que carnales y aún estos dejaban mucho que desear. Malos corderos y peores cochinillos servía Pedro Botero en sus antes atestadas mesas.

A este paso, sólo nos quedarán los paraisos más inocentes e insulsos como destino tras la muerte. Al cronista que esto escribe, y a muchos con él, no le entusiasma pensar en una eternidad mirando la faz de dios mientras tañe la lira, mal por supuesto, los dioses no me dotaron tampoco de oido.

No soporto pensar en una eternidad sin café, cigarrillos, lujuria o carajillos y es por ello que me planteo adoptar el ateismo como única solución. Prefiero la súbita desaparición, esfumarme a un lento, aburrido y eterno declinar.

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2 comentarios en “Paraisos perdidos

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