La extravagante idea de Eleuterio

Como pudo Eleuterio recopilar las direcciones de correo de todos los habitantes del planeta con acceso a una cuenta es algo que ya nunca sabremos. 

A su favor: paciencia, constancia y una extraordinaria sensibilidad para el orden; en contra: era esencialmente imbécil. Si, fue por su imbecilidad que nuestro mundo, y nosotros con él estuviésemos a punto de desaparecer. 

Se esto porque siendo el responsable de informática, me vi inmerso a la fuerza en la investigación que aquel episodio causó. Leí de primera mano todos y cada uno de los informes elaborados por los expertos; en ellos se explicaba con total claridad lo afortunados que fuimos al detener aquel mensaje (aunque realmente fue la casualidad quién hizo el trabajo) antes de que alcanzase los principales relays de correo alegremente distribuidos por todo el mundo; de no haber sido así, el colapso hubiese resultado además de trágico, inevitable.  

Así lo explicaba el Dr. Turingio en su detallado pero muy farragoso estudio; para tragarse tal salvajada de datos, los discos duros en esos dispositivos hubiesen precisado imprimir una brutal fuerza centrífuga a sus componentes; esta aceleración, unida al efecto Coriolis y el no menos importante mareo de los electrones periféricos, habría causado por narices, siempre en la muy docta opinión del Dr., un apretujamiento extremo de datos, bytes, megabytes y terabytes que hubiese conducido dichos cacharros a colapsarse en una pequeña e incómoda singularidad. 

Como resultado de lo anterior, un conjunto creciente de singularidades -micro agujeros negros- se habría extendido por el planeta. No mucho después y a consecuencia de su mutua atracción y conocida promiscuidad, todos ellos se hubiesen agregado a lo bruto y sin la más mínima urbanidad en uno único mucho más grueso y voraz. El desbocado efecto gravitatorio de este último, hubiese reducido el tamaño de nuestro planeta al de una pelota y a nosotros a pringoso y muy compacto polvillo. Si la pelota era de ping-pong, golf, futbol o rugby no lo dejaba nada claro Turingio en su aburridísimo informe o yo no supe leerlo debido a los enormes bostezos que su lectura me produjo. 

Como supondréis, a todos nos hubiese encantado hinchar a collejas a Eleuterio, justo antes de preguntarle que narices pasó por su muy abultada cabeza cuando decidió que sería una idea excelente enviarle un video de gatitos a todos los habitantes conectados de la tierra. 

No fue posible, ni las collejas ni el interrogatorio. Tras los primeros instantes de desconcierto, hallamos a Eleuterio desplomado sobre su teclado en un abundante charco de sangre, el mismo que nos obligaría a tirar el carísimo teclado ergonómico que el departamento de salud laboral nos obligó a comprarle para evitar que volviese a sufrir, el muy cenutrio, tunel carpiano.  

En su mesa yacía el infeliz, sonriente y degollado con elegancia. Un corte fino y preciso abría una segunda sonrisa en su blanquísimo rostro. Justicia poética, nuestro servidor de correo era más viejo que la tos –que también parecía aquejarle- y francamente obsoleto, incapaz de gestionar adecuadamente el pantagruélico aluvión de mensajes que la ocurrencia de Eleuterio había generado, entre quejas, gruñidos, jadeos y ruidos amenazadores comenzó a devolverlos con bastante mala leche. El equipo del finado no era mucho más joven que el servidor, los compramos juntos de saldo, y por tanto incapaz de gestionar los mensajes devueltos; no le quedó otra al disco duro que ponerse a bailar el mambo hasta que se soltó de sus venerables guías, se partió y envió libres y furiosos un par de afilados pedazos al desgraciado que se sentaba delante. Eleuterio.

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