El cuarto de las ratas

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Caía la noche de Agosto mientras yo miraba a través de las rendijas de la vieja persiana, nada se movía al contraluz de la otra ventana del cuarto de las ratas.

Hasta donde yo sé, y llevo viviendo más de 15 años en esta casa, nunca han habido ratas en ese cuarto.

La primera vez que entramos nos pareció el lugar perfecto para hacer un estudio, el espacio que le faltaba a la casa para ser perfecta.

Todos aquellos que me conocéis sabéis bien que soy muy imaginativo, no me importa hablar de fantasmas, escribir sobre ellos o dedicar una tarde a contar historias con ellos como protagonistas, aunque jamás he sido capaz de asustar con ellos. Pero no creo que existan, contradicciones.

Por eso, la primera vez que me pareció ver una sombra moviéndose contra la ventana sin persianas que ocupa la pared trasera del cuarto, descarté cualquier explicación no racional. La segunda vez, además era de noche, hice lo mismo. Aunque esta vez lo comenté durante la cena con la familia, el resultado fue que ninguna de mis niñas entró nunca más en aquel cuarto cuando estaba oscuro. Me tocaba a mi y como hacemos cuando somos niños, entraba con la intranquilidad que siempre producen las creencias, ¿y si estás equivocado?, por suerte no había interruptor y me evitaba el pensamiento de otra mano aferrado la mía al intentar encenderlo.

Al final, no reformamos el cuarto, continúa igual que la primera vez que lo vimos, la única diferencia es que la porquería que lo atesta es nuestra y antes había otra que no nos pertenecía.

Mis niñas ya no están, mi chica murió hace un par de años y el trasto dejó de serlo hace mucho y se ha ido a vivir con su propia pareja. Ley de vida lo llaman.

Continúo aquí, aunque me cueste subir los quince peldaños de entrada y las plantas que cuidaba mi niña haga tiempo que han muerto. Costumbre supongo, ¿donde voy a ir sólo?.

Ahora que tengo fantasmas propios y nadie a quién asustar con mis historias inventadas, continúo sin creer en ellos.

Pero he vuelto a ver la sombra en la misma ventana sin persianas y cada vez me cuesta más entrar en el cuarto de las ratas.

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Rebelión (Parte 1)

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Algo bueno debía salir de todo esto. Quizá lo sea que hemos recuperado las cartas, y no me refiero a los naipes, hablo de misivas y epístolas. Los carteros que hacía mucho dejaron de repartirlas para llenar nuestros buzones con publicidad, propaganda electoral y notificaciones oficiales, correspondencia que nadie quería, vuelven a traer noticias y son esperados con ilusión, llamen una o más veces.

Ahora no precisan sellos, el reparto se hace sin franqueo. Volvemos, tanto tiempo después, a escribirlas y enviarlas, al menos quienes alguna vez lo hicimos y recordamos como era. Antes de que los correos electrónicos, whatsapps, mensajes instantáneos (que siempre fueron a la comunicación lo mismo que el soluble es a un café, un sucedáneo) y las redes sociales, las enviasen al olvido y la prehistoria.

Es gracias a ellas que podemos mantener un simulacro de comunicación, es lo único que nos queda. Casi nadie habla ya, no nos atrevemos y las pocas veces que lo hacemos empleamos el menor número de palabras posible y aún estas pocas las usamos con extremo cuidado. Estas interacciones tan comunes antes, se limitan ahora a inofensivos saludos (de los que el tan habitual “hola” ha quedado desterrado) o vacías cortesías. Lo mismo que hacemos al hablar, sucede con cualquiera de los medios electrónicos antaño tan exitosos.

Sin embargo y por el momento al menos, continúan siendo inofensivas si están escritas en papel, a mano o en las viejas máquinas de escribir que como por arte de magia han ido apareciendo aquí y allá, dios sabrá donde las guardaban los que ahora otra vez pueden usarlas. Quizá suceda lo mismo si las imprimimos, pero la verdad es que tenemos miedo de encender los ordenadores y no conozco a nadie que se haya atrevido a probarlo. Podemos escribir cualquier cosa, siempre que lo hagamos por lo medios antes mencionados, y no sucede nada. Si nada cambia, si continúan siendo inofensivas, podréis leer lo que sigue. Si no es así, si la enfermedad ha llegado también al papel, supongo que no importará que sepáis o ignoréis.

El cuatro de marzo fue el día, el año no lo recuerdo, se que desde entonces han pasado algunos aunque no sabría decir cuantos, en silencio parece que el tiempo pasa más lentamente y podrían parecerme cien cuando sólo diez han transcurrido. Tampoco tiene mayor importancia conocer la fecha exacta, saberlo no cambiará nada y esta historia si ha de escribirse, seguro que encontrará testigos más disciplinados que yo, alguno que tomase nota exacta del momento. Si lo hizo en papel quizá no se olvide el momento en que todo esto comenzó.

Aquel día mi padre cansado de discutir con su esposa, mi madre, repitió lo que tantas veces había dicho antes, sin más consecuencia hasta entonces que una bronca conyugal, un periodo más o menos amplío de caras alargadas por el enfado e incómodos silencios, antes de pasar página. Supongo que las relaciones, las que perduran al menos, se basan también en eso, en la capacidad de pasar página. «¡Un día me lío la manta a la cabeza, cojo la puerta y me voy!», eso fue lo que mi padre profirió, nada que no hubiese oído yo antes. La diferencia en esta ocasión fue que resultó ser cierta el adagio, y no sólo en lo que hacía referencia a la marcha, visto lo que vendría después hubiese sido este mal uno menor, sino de manera literal. Y marcho, pero no sin antes enrollarse, cual enorme y abultado turbante, en la cabeza la manta que habitualmente cubría la cama de mis padres y desmontar trabajosamente, el enredo en la cabeza sin duda no fue de ayuda, la puerta de entrada. Por suerte para él, nunca a pesar de las muchas veces que lo habían hablado, se decidieron a cambiar la de contrachapado que teníamos por una blindada, la desidia y la tacañería sirvieron para que no se lesionase al cargarla.

De esta guisa, con una manta mal arrollada en la cabeza y sujetando con dificultad una puerta bajo el brazo, fue la última vez que vi a mi padre. Que fue de él y donde terminó su viaje, no lo se, nunca recibimos noticias suyas, tampoco mi madre y yo hablamos mucho, ni de esto ni de nada, desde entonces. Si sé, en cambio, que aquello no fue más que el principio de una ordalía que aún durando poco, acabó con el mundo tal y como lo había conocido hasta entonces.

 

Abusones

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De unos te evades como mejor puedes, de otros sencillamente huyes (generalmente corriendo lo más rápido que tus torpes piernas te permiten, que como imaginaréis no es mucho, por algo tenías asignados un abusón de cabecera y otro de la guardia). Quedarán unos pocos, aquellos a los que no has podido engañar con tu mímesis o has sido incapaz de dejar atrás por piernas, a ese resto no te quedan más narices que enfrentarte.

Todos los que hemos tenido y aún hoy tenemos la enorme suerte de conocer personal de tan exquisita calaña y selecta estirpe sabemos que invariablemente existen estas alternativas: evasión, fuga o enfrentamiento. Hay otras lo se, pero he decidido no incluirlas aquí. Quizá por nostalgia de mis primeros encuentros, aquellos que tuvieron lugar cuando estaba yo en edad propicia para la omnipresencia de aquellos a los que la entrada toma prestado el nombre. Quizá porque me parece más poético reducir las alternativas a estas tres que me suenan armónicas o quizá debido a que por entonces, mi tierna cabeza (entiéndase esta por contenido y no por continente) e inmaduro instinto  no sabían de más y puestos a preferir, preferían siempre las dos primeras.

La tercera generalmente era obligada y sólo la consideraba cuando el proyecto de cabrón (cabroncete) no se dejaba engañar con monsergas o mis torpes carreras (todas y siempre lo han sido y lo serán) finalizaban inexplicablemente frente a un obstáculo empeñado, como suelen estarlo todos debido a su testaruda naturaleza, en no moverse pese a mis perentorias necesidades.

Abundando en mis huidas, tema que tiene su enjundia y daría para dedicarle una entrada en solitario, podía ocurrir que el matón fuese reincidente y por ventura lo viese yo a una distancia suficiente y que me permitiese emprender una huida preventiva. Esta debiera haber servido para mantener alejados mis problemas y aliviar la tensión inherente a este tipo de relaciones. Sin embargo no era raro en estos casos que la prisa y la confusión asociada a este tipo de actividad, unido todo ello a mi elevadísima torpeza (que todavía conservo casi intacta) hiciesen que me aturullase. Si así sucedía, en vez de fijarme en lo que estaba haciendo, escapaba al tuntún y podía equivocar el sentido de la marcha. El error tenía como consecuencia un indeseable acercamiento a mi presunto y todavía ignorante perseguidor en vez del alejamiento que era mi intención original. Si era el caso, el personaje en cuestión solía aprovechar la oportunidad, que todos sabemos pintan calva por su preocupante ausencia de vellosidades, una vez recuperado de la agradable sorpresa que representaba ver a una presa habitual acercarse alegremente, cuando lo natural hubiese sido lo opuesto. Ya sabéis que si a caballo regalado no debes mirarle el dentado, a pringado despistado dale lo esperado. Si yo les ponía a huevo el abuso no les quedaba otra que aprovechar la tesitura, lo contrarío hubiese sido ir contra natura, el universo siempre prefiere las soluciones simples y nada más simple que retorcer un brazo si se ofrece a quién por naturaleza siente inclinación a disfrutar de dicha acción.

Retomando lo esbozado al comienzo -antes de la digresión de las carreras- sólo si fallaban las dos primeras opciones, o me equivocaba yo al ejecutar la segunda, no me quedaba otra que apechugar con lo que había y aceptar con trágica resignación el enfrentamiento. Sabiendo eso sí que tenía muchas probabilidades, si no había un maestro cerca o no encontraba el mamón otra presa mejor, de volver a casa un día más con un ojo a la funerala. Si este era el caso, yo argumentaría ante mis padres que el percance se debió a un malhadado y siempre involuntario “balonazo” (excusa barata que empleé en un par de ocasiones al volver al domicilio paterno en tan deplorable estado).

Me parecía entonces que esta explicación daba cumplida y factible razón al tono amoratado y ligera inflamación de mi ojo siniestro -por su localización que no por su actitud- sin provocar preocupación, o eso creía yo entonces, a mis atribulados padres sobre posibles enfrentamientos de patio. Con el paso del tiempo me he preguntado en varias ocasiones si mis progenitores llegaron a creer alguna vez esta excusa o sólo lo disimulaban para no añadir más escarnio a la lesión. Y aún en caso de creer que su hijo pudiese ser tan torpe, no tengo claro ahora si lo dicho les hurtaba preocupación o sólo la cambiaba. No se preocuparían por posibles peleas de patio, pero sin duda debían sentirse muy intranquilos sobre mi capacidad para desenvolverme con solvencia en la vida. No siendo capaz de cruzar un patio sin recibir balonazos, ¿que no podría sucederme en ocasiones más comprometidas?.

Toca dejar la segunda digresión que los recuerdos de una infancia y juventud felices, pese a los esporádicos balonazos, me han llevado a cometer y vuelvo al poético comienzo de este escrito. Si recordáis, hablaba en él de evasión, fuga o enfrentamiento como posibles actitudes ante un abusón. De ellas, a pesar de todo lo que nos han enseñado y contado (más si cabe a los chicos/hombres/varones/machos), ninguna es vergonzante. Vendría a cuento aquí un inspirado símil que he ideado, aceptar como única opción validad la tercera sería como suponer que la única alternativa honorable de la gacela es enfrentarse varonilmente al predador. Los que pasamos tantas tardes viendo en la “segunda” como los leones cazaban y se zampaban a las preciosas gacelas de Thomson, nunca vimos recriminación por parte del resto del rebaño cuando tocaba salir por patas. De la misma forma que el gacelo -gacela macho- acepta sin plantearse dilema moral alguno que si la naturaleza a dotado al león de unos dientes y garras desmesurados y a el sólo de unas finas y estilizadas patitas no es por sentido estético, sino porque los unos -los leones- traen un equipamiento de serie diseñado para la ejecución y la carnicería y los otros -los gacelos- equipan patitas para usarlas bien y ponerles difícil a los primeros el almuerzo. De igual forma no pasará nada si nosotros aceptamos que en el reparto de papeles a unos les tocó el de abusica y a otros el de ponerles difícil la satisfacción de sus irresolutos traumas.

Siempre encontraremos abusones, tipos mayores en el patio del cole o en el parque, veteranos y sargentos mayores en el ejército. Algunos jefes, encargados y responsables en el tajo, vecinos tarados, conductores impacientes y desquiciados en el atasco, conocidos tóxicos que sólo pretendan utilizar lo que de útil para sus planes tengas,  parejas que te consideren material fungible, de uno o varios usos dependiendo de tus habilidades venéreas, y siempre y en todo lugar, tus propios temores. Todos ellos creen ser merecedores de miedo y respeto, cuando no confunden ambos términos, bido a su fuerza o destreza, posición, rango, atractivo, sexo o conocimientos. Siempre podrás optar por enfrentarte, mimetizarte o huir, sólo tu decides que peleas estás dispuesto a perder y de cuales quieres retirarte. Cuando te hinchan un ojo, te arrestan, te ponen de patitas en la calle, te rompen el corazón o te quedas sólo el sábado por la noche. Sólo hay una condición, al volver a casa y mirarte en el espejo debes sentirte orgulloso del ojo morado que intenta mirarte desde el reflejo.

Epílogo: Espero de esta entrada que todo el mundo sepa interpretar lo que de excesivo, irónico y sarcástico contiene.

Es cierto que en mi infancia y juventud, allá por los años 70 y principios de los 80, encontré -como todos en aquella época y temo que también en esta- abusones, matones y cabroncetes varios. Cierto es también que en un par de ocasiones volví a casa con un ojo levemente amoratado (en una de estas tenía que retratarme para el carnet de identidad y las prisas e insistencia de mi madre obligaron a que me sacase las fotos con el ojo a la virulé. Se convirtió así aquel retrato, durante el tiempo que la identificación me duró, en gráfico recuerdo de aquel enfrentamiento, además de mostrar que no tuve tiempo de peinarme y un corte de pelo nefasto) y empleé sin mucha confianza la burda excusa del balonazo. Si funcionó, o fracasó y no me lo dijeron, ni lo se ni he querido averiguarlo después, tampoco es necesario saber si todo lo que imaginamos en la infancia tuvo éxito como creíamos o sólo lo aparentó a nuestros ignorantes ojos.

Chanzas aparte, no creo haber sufrido acoso escolar, ningún grupo se preocupó de hacerme la vida imposible o fastidiarme de manera reiterada, no más que al resto al menos. Si esto era “mal de muchos” y no eramos entonces capaces de entender lo que realmente nos sucedía, no lo creo. Los encontronazos, que sin duda se produjeron en abundancia, los considero normales y algo inevitable asociado a la forzada, larga y descontrolada convivencia entre individuos de todo tipo, origen, edad y madurez en los larguísimos ratos de estancia en los enormes patios de mi viejo colegio. Mi opinión, que algo debe valer porque yo estaba allí, es que todo aquello no era más que el resultado de la inmadurez de todos nosotros, una enorme falta de control de nuestras emociones e imitación de comportamientos “ancestrales”. Si a esto le unimos que aquel fue un tiempo en el que salíamos como podíamos de una larga etapa de oscuridad y que la educación e incluso la vida familiar, todavía incluían (en una cantidad variable pero nunca despreciable) el castigo, incluido el físico, como parte, sino esencial si importante, de su desarrollo, no deberíamos extrañarnos que el patio del cole reflejase lo que aprendía en otros momentos.

Con los matones (de ellos siempre pensé que lo eran más por inseguridad y necesidad de imitar e integrarse en un grupo que por verdadera voluntad de fastidiar) nos enfrentábamos como podíamos y no pocas veces jugábamos, nadie era abusón a tiempo completo y muchos de los juegos entonces se diferenciaban poco del enfrentamiento y podían satisfacer la necesidad de dominación de casi todos, cualquiera que haya jugado al “churro, media manga y manga entera” me entenderá .

Tanto es así, que en muchas ocasiones nos provocaban más temor los profesores, maestros y curas de la orden a al que pertenecía el centro donde estudié, que los encuentros que pudiésemos tener en el patio. Contra los profes poco podías hacer, huir no estaba permitido, enfrentarse era impensable y sólo quedaba en estos casos el engaño, el ruego, la súplica o la fortuna.

Tema aparte eran los cuatro tarados armados con pistolas. A todos aquellos que ahora despotrican, exageran y sacan los pies del tiesto, es bueno recordarlos que entonces si estábamos recién salidos de una dictadura, que pese a quién pese había muchos que todavía y durante bastante tiempo la recordarían con nostalgia -incluso sin haberla conocido-, que este nuestro país todavía no había cambiado como lo haría unos años después y continuábamos teniendo una capa de incultura e ignorancia que aún hoy se resiste a caer.

En este revuelto entorno de vez en cuando te encontrabas con uno de estos personajillos, jovenzuelos con pistolas heredadas de unos padres más tarados aún que ellos y que a pesar de su juventud, o quizá debido a ella y su poca experiencia, creían que sus ideas y creencias les facultaban para portar aquellos trastos. Si sus padres, máxima autoridad conocida, les permitía y alentaba a llevarlas, ¿que tenían que decir al respecto maestros y compañeros? Por fortuna, nunca vi a ninguno de ellos utilizarla, pero si tuve la oportunidad de presenciar como las exhibían e incluso amenazaban con ellas. Cuando a uno de estos colgados se le cayó un cargador en clase, el profe de turno, el mismo que no tenía problemas en otras circunstancias para “sacudirnos el polvo”, en aquella ocasión no hizo más que pedirle, por favor por supuesto, que no volviese a sacar aquel cacharro en clase.

Así y todo, convivíamos con estos prendas y con otros igual de tarados, aunque estos en vez de pistola llevasen navaja y fuesen colgados y hasta las orejas de dios sabrá cuando llegaban a clase. Con todos hablábamos y nos soportábamos como mejor podíamos y el sentido común nos daba a entender, nunca vi a nadie pasar a mayores. Como sucede en la charcas del Kalahari, todos íbamos allí y nunca sucedió una tragedia.  

El tema de las navajas dio mucho de sí, se pusieron de moda y gran parte de los ahorros de muchos de nosotros fueron a parar a quienes las vendian, automática la mayoría de las veces (influencia de The Warriors y pelis semejantes que por entonces hacían relativo furor), hierros que comprábamos en la cuchillería que por entonces había en la Plaza de Chueca (en la esquina que todavía a día de hoy hace la calle Gravina con la de San Gregorio) Nunca tuvimos el menor problema en aquel lugar a pesar de nuestra corta edad, escogíamos sin problema entre los modelos allí expuestos ante la  tranquila mirada del dependiente, nunca se mostró extrañado ni preocupado por el repentino ardor navajero que parecía invadir a los jovenzuelos que por allí parábamos de vuelta a nuestras casas.

Fruto de esta manía, el que más y el que menos llevaba algún instrumento cortante en la cartera. Recuerdo a un compañero, como sucedió con el cargador, que por descuido dejó caer una en clase. El ruido alerto al “Pedete” (legendario profesor de biología conocido por ese nombre a causa de su baja estatura y mucha afición a la botella) quién exigió que se entregasen cuantas llevásemos encima. La procesión que se montó entonces fue desternillante, la cara de nuestro docto maestro fue cambiando acorde el montón chairas y facas iban creciendo, en número y tamaño, para finalizar, entre las risas de todos nosotros, con algo parecido a una bayoneta. A consecuencia de aquello no hubo ningún castigo, no recuerdo que se retuviesen los pinchos y tampoco mostramos mayor intranquilidad, no pocos habíamos comprado una o acompañado a algún amigo o conocido a comprarla, lo que sorprendía al profesor era bien conocido entre sus alumnos.

De todos los que aquí he mencionado y conocí entonces he olvidado el nombre y de muchos la cara, demostración me parece a mi que aquellos episodios no pasaron de ser uno más de los muchos que viví en mi infancia. Quizá por esto haya optado por un abusón tan entrañable como Nelson para encabezar esta entrada.

Después del cole continué encontrándolos y estos han sufrido suertes diferentes en mi memoria. De algunos recuerdo nombre, cara y rango, como es el caso de un sargento primero de Regulares de nombre igual al de una población a la que la casualidad o los designios de mis superiores habrían de llevarme a realizar maniobras, precisamente en su compañía. A los demás los he olvidado y si recuerdo al sargento es por sus vanos intentos de doblegarnos, porque en un par de ocasiones me llamó perro -no por ladrar sino por no hacer lo que el esperaba de mi- y por su parecido con otro ficticio y de nombre Arensivia que también me acompañó en aquellos días, este desde las páginas de El Jueves y de la mano del genial Ivá. Además creía yo por entonces que me iba a comer el mundo y estaba destinado a éxitos sin medida, así que poco podía hacer el personaje para mellar mi confianza -si estáis interesado en saber algo más de él, aquí tenéis una vieja historia que lo menciona-

En el trabajo también los he encontrado, con la novedad en este caso de que algunos de estos personajes eran mujeres y se empeñaban con tanta o más saña que su iguales varones en joder con ganas al personal, será por la necesidad de destacar en un mundo eminentemente masculino, pero hijas de puta lo eran como el que más. También es cierto que ni los unos ni las otras representan una pequeña minoría en el entorno laboral, aunque lo ideal sería que desapareciesen, se soportan igual que lo hicimos con los que encontramos en la infancia o vestidos de verde.

En mis relaciones personales he tenido más suerte y no recuerdo ningún personajes tóxico. De las mujeres, me hubiese gustado que alguna me apreciase tanto como para darme el papel de objeto sexual, pero me temo que mis habilidades, en esto como en tantas otras cosas, no pasan de ser medias -que no mediocres- y ya sabemos que la media está muy poblada y dificulta la elección, no tuve en este caso a la estadística de mi parte.

Espero que hayáis disfrutado de la entrada, si no ha sido así, decídmelo y trataré de corregir los errores que sin duda he cometido.

Fantasmas y Espíritus. Radio Cunit, Programa 26

Fantasmas y Espíritus. Radio Cunit, Programa 26

Si de fantasmas hablamos, tenemos que remontarnos a los clásicos para encontrar la primera historia escrita. Contadas, apostaría que nos acompañan al menos desde que encendimos la primera hoguera y nos sentamos a su alrededor al caer la tarde. Nada hay más reconfortante que escuchar historias de miedo a la luz y el calor del fuego.

Volviendo a las escritas, la primera se la debemos a Plinio el Joven que pudo inspirarse en una anterior de Plauto, ambas localizadas en Atenas. Desde entonces de una u otra forma estas narraciones nos vienen acompañando.

Gemma Solsona, Alberto García, Isaac Pachón, Manuel Gris y el que esto escribe dedicamos el programa a revisar lo que sabemos sobre estas historias.

Si queréis acompañarnos y encontrar más fantasmas, podéis hacerlo aquí o revisando nuestro canal en iVoox.

Conociendo a Benjamín Recacha. Programa 25 Radio Cunit

Conociendo a Benjamín Recacha. Programa 25 Radio Cunit

Cumplimos 25 programas y no hemos encontrado mejor forma de celebrarlo que entrevistar a una de las últimas incorporaciones a la P.A.E.: Benjamín Recacha aprovechamos la publicación de su último libro “Escapando del Recuerdo”, para conocer un poco más de nuestro compañero y excelente escritor.

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Isaac Pachón, Gemma Solsona y Manuel Gris acompañan al hijo de Benjamín en esta excursión a sus inspiraciones, secretos, motivos y razones para escribir.
Nos reconforta saber que todavía podemos encontrar escritores inspirados por la pasión y el deseo de contar historias.

¿Nos acompañáis?, podéis hacerlo aquí y si queréis más, seguidnos en nuestro canal de iVoox.

Nazismo y Literatura. Programa 24 Radio Cunit

Nazismo y Literatura. Programa 24 Radio Cunit

Que nos gustan los charcos lo sabe cualquiera que haya escuchado algunos de nuestros programas. No tenemos reparos en hablar de cualquier cosa, será porque nos encanta nuestra voz o será porque somos unos inconscientes, en cualquier caso si tenemos opinión y no tenemos problemas para expresarla. Cine, música, malvados, fantasía, personajes y ahora la influencia del Nacional Socialismo en la literatura.

Ucronias: The man in the high Castle -El hombre en el castillo de Philip K. Dick-, SS GB de Len Deighton, ambas convertidas en serie de mayor o menor éxito. Swastika Night, primera ucronía escrita incluso antes de que el nazismo se convirtiese en la pesadilla que finalmente fue. Aunque si tenéis interés en saber más sobre ucronias, os recomiendo contactar o asistir a alguna de las charlas de Alberto García, sin duda aprenderéis bastante al respecto y disfrutaréis de un rato diferente.

Y hablando de los totalitarismos que marcaron tan nefasta época no pudimos hurtarnos a revisar otros autores como Orwell y 1984. El paso desde ahí a Un Mundo Feliz de Huxley es corto y nosotros unos especialistas en la digresión.

No me gustaría dejar de nombrar a un par de autores que, particularmente, me encantan. Charles Stross que reinventa y conecta en El Archivo de Atrocidades, dos universos tan particulares como son la posible supervivencia del nazismo a través de la sociedad Thule y la Ahnenerbe con los mitos de Cthulhu y Hanns Heinz Ewers llamado a ser el escritor del Reich, autor de relatos tan interesantes como La Araña, y repudiado tanto por los nazis como por la historia.

Si queréis escucharnos, no tenéis más que ir aquí o buscarnos en el Canal de la PAE en ivoox.

Nueva temporada en Radio Cunit. Programa 23: Asesinos Literarios o Literatura de Asesinatos.

Nueva temporada en Radio Cunit. Programa 23: Asesinos Literarios o Literatura de Asesinatos.

Nueva temporada de radio y empezamos con fuerza, ni más ni menos que hablando de asesinos, literarios por supuesto. Inevitables protagonistas en tantas obras de todos los tiempos, no podemos resistirnos y damos un pequeño repaso al porqué de esa perversa atracción.

Gemma Solsona, Manuel Gris, Iván Albarracín, Alberto García y yo mismo nos atrevemos a charlar sobre estos terribles, por lo malvado y lo atractivo, personajes que resultan inevitables en tantos géneros y necesarios en toda buena trama de misterio que se precie.

Si queréis pasar un mal rato con nosotros, os esperamos aquí.

Y si queréis escuchar algo más, en ivoox tenéis todos los programas.