Días de Radio

Días de Radio

Hace algo menos de dos años Gemma Solsona nos propuso participar en la programación de Radio Cunit con un programa literario. Como siempre la propuesta se realizó a través de Whatsapp y como siempre las respuestas comenzaron a llegar en tromba, todas ellas a favor de hacerlo. Y nos lanzamos, encontrar el nombre no recuerdo si fue sencillo o complicado, si se que resultó acertado, nacía Adictos a las letras/Adictes a les lletres y la aventura de la P.A.E. en la radio.

Desde entonces, con mayor o menor frecuencia y con participaciones dispares (en alguna ocasión el estudio parecía el camarote de los Marx y en otras parecía la sala de estar de una familia monoparental) hemos sacado adelante 17 programas, que pronto serán 22, en los que hemos tratado temas relacionados con las letras, la música, el cine y todo aquello que pensamos forma parte del universo literario.

Hoy, Día Internacional de la Radio, no nos queda más que agradecer a este fascinante medio a Radio Cunit y Jaumix Assens Raveman la oportunidad que nos brinda de participar en una actividad tan gratificante. Espero que el año que viene la lista de programas haya crecido y continuéis disfrutándola.

Si no nos habéis escuchado, este es sin duda un buen momento para empezar: Adictos a las letras, la P.A.E. en Radio Cunit

Agradecimientos: La foto es de Annca y podéis encontrarla en pixabay

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Hacer y Comunicar

DestacadoHacer y Comunicar

Pasé mi infancia escuchando que las cosas había que hacerlas “bien”; creo que mi madre no concebía otra forma de hacerlas. Creía también, que existía una forma correcta y universal de actuar en todos los ámbitos; suponía también que era reconocida por todos, esperada e insoslayable. Aceptar este comportamiento inevitablemente correcto y adaptar nuestras acciones a él, conducía necesariamente a buenos resultados, fuesen estos aprobar un examen, encontrar un buen trabajo o ganar el cielo. No hacerlo debía conducir por fuerza a lo opuesto.

Desde este punto de vista, si hubiese sido cierto, lo que está bien debe ser universal y necesariamente reconocido como tal, no precisa de explicación, comunicación ni explicación alguna, darlas hubiese sido como si cada mañana anunciásemos lo evidente: que es de día. No lo hacemos porque es evidente y no precisa anuncio. Algo semejante pensaba ella que sucedía con lo bien realizado.  De esta forma la valoración de la bondad y corrección de toda acción o actividad, tenía para ella un fuerte contenido que podría llamar moral. Todo lo anterior resulta sin duda muy valioso desde el punto de vista del comportamiento y las relaciones, pero es completamente inútil cuando se aplica a otros ámbitos de la vida. A pesar de lo anterior, creo sin duda que acertó enseñándome lo que pudo, si no supo o no pudo enseñarme la diferencia se que no fue responsabilidad suya.

Ahora se que lo que olvido decirme es sencillo, tan importante, si no más, que hacer algo bien es comunicarlo a quién corresponde y asegurarnos de que ese alguien, lo sabe y lo entiende. En caso contrario estaremos trabajando casi en balde.

Trabajar duro y no comunicar, de una forma u otra, los resultados de nuestro trabajo es como cantar en la ducha, correr sólo o bailar delante del espejo, si pretendemos ganarnos la vida con alguna de estas actividades tenemos que asegurarnos de que aquellos que nos pagarán por ellas saben y son conscientes de que lo hacemos bien. En caso contrario lo hacemos por el “placer” de hacerlo y no como medio para ganarnos la vida. Lamentablemente parece que en muchas ocasiones con nuestro trabajo hacemos lo mismo y en vez de comportarnos como los profesionales que somos, lo hacemos como amateurs, trabajamos bien y duro, hasta tarde y los días de fiesta por el “placer” de hacerlo.

Si no queremos que sea así, necesitamos poner en marcha el adecuado plan de comunicación que nos asegure que todos aquellos que tienen intereses en nuestro trabajo, nuestros stakeholders, estén puntual y correctamente informados de aquello que hacemos, las dificultades con las que nos encontramos y como las resolvemos, las ideas que tenemos y nos permiten enfrentar nuevas situaciones, cómo trabajamos o gestionamos el grupo y como, en definitiva, resolvemos las situaciones a las que nos enfrentamos día si y día también.

Durante mucho tiempo he insistido a mis equipos sobre la importancia de comunicar al cliente aquello que hacemos, más aún cuando se finaliza en plazo, coste y calidad. En muchas ocasiones he olvidado, sin embargo, hacer lo mismo conmigo. En esto hice demasiado caso a mi madre y creí que hacer las cosas bien hechas tenían la virtud de ser reconocidas per se. La próxima prometo no olvidarme de hacéroslo saber.

Agradecimientos: La foto está sacada de pixabay y pertenece a Robinson , gracias por la contribución.

Esta entrada lleva tanto tiempo en reposo que si fuese vino sería, como mínimo, una gran reserva. Ni recuerdo la razón para escribirla, probablemente fue la convicción, en contra de las creencias de mi madre, de que no sólo basta con hacer las cosas bien, tan bien como eres capaz al menos, hay que comunicarlas. Sin este componente de comunicación falla una parte fundamental de la acción, hasta dios se encargó de comunicarnos que su más importante obra finalizó en seis días, ¿porqué no hacemos nosotros lo mismo?.

El último

El último

Lo más sobrecogedor es el silencio. Absoluta, completa y sobrecogedora ausencia de sonidos, esos que el hombre genera inconsciente, continua e inevitablemente. Conversaciones, tranquilas unas, otras que asemejaban encendidas discusiones y las que se hacían a distancia; risas de adultos, llantos y berrinches de los niños, el petardeo de una moto, las ruedas del carro de la compra o las maletas; pisadas, de suelas de cuero en invierno y de chanclas con el buen tiempo. Todos han desaparecido y nada ocupa el tranquilo vacío.

Asomado a la barandilla del centro comercial, Yahvé es consciente no tanto de las ausencias como de la irreversible y eterna tranquilidad. Y con el silencio, el convencimiento de la obra acabada y la inutilidad de continuar. Los seres que lo habían soñado para controlarlos, castigarlos y guardarlos no estaban, ni volverían. Habían marchado, todos ellos. Resignado a volver al limbo del que nunca debió salir, la deidad saltó al vacío, deseando que el estruendo al estrellarse allá abajo no perturbase el velo de silencio más que un breve instante, al igual que las olas agitan levemente la piel del mar antes de desaparecer como si nunca hubiesen existido.

Agradecimientos: La foto, como hago habitualmente, la he encontrado en pixabay y pertenece a Andrea Palmieri

Este brevísimo texto lo imaginé en una barandilla. Al igual que Yahvé, con la diferencia de que yo fumaba, me asomaba al mundo que discurría, ajeno a mis pensamientos, debajo. En contraste a lo que le causa sorpresa, la mía no provenía del silencio sino del continúo estruendo que producimos. La Calle de la Carabela la Niña resonaba, a la luz de un claro día de sol, con todos los sonidos que he expresado y algunos que no he sido capaz de recordar, antes de desaparecer bajo el centro comercial de L’Illa. El propio centro comercial está siempre rebosante de sonidos. Incluso a primera hora de la mañana puedo escuchar mis pasos, los de un compañero o los del personal de seguridad, mientras camino a la oficina. De ahí a pensar que aspecto tendría en el más absoluto silencio, no hay más que un breve trecho. Me pareció adecuado completar la escena con un protagonista de excepción, un dios contemplando este paisaje silencioso y desolador y recordando a todos los seres que lo imaginaron y dieron vida. Esta deidad, que representa a todas las que hemos inventado a lo largo de los siglos, comprende que su existencia no tiene sentido sin la presencia de aquellos que lo crearon, todos nosotros.

Nostalgia del Silencio

Nostalgia del Silencio

1. m. Sonido inarticulado, por lo general desagradable.

2. m. Litigio, pendencia, pleito, alboroto o discordia.

5. m. Ling. En semiología, interferencia que afecta a un proceso de comunicación.

No digo nada nuevo cuando expreso que vivimos en tiempos de ruido insoportable y prisas frenéticas, que no siendo lo mismo están hoy íntimamente relacionados. Se también que con lo anterior no informo de nada nuevo y probablemente sólo añado mi grano a la montaña de interferencias que parece conformar el horizonte y la banda sonora y vital de nuestro tiempo.

Más allá de los circuitos electrónicos, donde las señales espurias pueden arruinar el resultado que esperabas de ellos al diseñarlos, para mi y durante mucho tiempo el ruido no era más que lo expresado en la primera de las definiciones que incluyo al principio. Sonidos inarticulados o articulados a un volumen intolerable, que resultaban siempre y en toda ocasión molestos y desagradables. No fue hasta que empecé a interesarme por la comunicación, cuando entendí que el ruido no tiene que ser siempre sonoro o eléctrico. Mucho del ruido que nos rodea ni interfiere en las señales electrónicas ni suena. Escrito hay cada vez más, amparados en el “tengo derecho” muchos somos los que contribuimos alegremente a redactar esta cacofonía, pero no paramos ahí y así podemos encontrar algarabía en la indumentaria, los gestos, el teatro o el cine, parece que todo lo que nos rodea es susceptible de emplearse para armar follón.

No he mencionado hasta ahora otro tipo de ruido, relativamente nuevo y más omnipresente si cabe que cualquiera de los anteriores y en el que se mezclan varios de ellos. Whatsapp, las redes sociales y sus parientes más o menos cercanos han elevado la estridencia al altar de lo imprescindible y han hecho del alboroto un nuevo y apreciado arte.

Se mezclan en estas herramientas, junto a características positivas de las que sin duda son poseedoras y de las que otro día debería hablar, los ruidillos y vibraciones, la inmediatez rampante, la sobreabundancia de datos (muchos de ellos inútiles y/o incorrectos y otros que aún no siéndolo se vuelven triviales e inapreciables sumergidos en la marea de los anteriores), la reiteración, la emisión impune y la recepción forzosamente acrítica, las conversaciones cruzadas cuando no directamente divididas, la continúa demanda de atención, la ubicuidad, la omnipresencia, la urgencia y algunas otras más, indeseables todas ellas. Todo lo anterior hace, paradojicamente, de la interferencia y el ruido elemento principal de la comunicación establecida a través de ellas.

Parece que por primera vez el canal se impone al mensaje y lo modula más allá de lo necesario. No exige la necesaria adaptación que todo canal precisa, necesita de nuestra sumisión, expresada esta en forma de vigilancia permanente y respuesta fulgurante, en caso contrario podemos acabar invadidos por una sensación de urgencia o frustración. Urgencia que nos lleva a contestar inmediatamente cuando tenemos la oportunidad de leer los mensajes en el momento que se producen, sin meditar la respuesta en muchas ocasiones, y frustración en caso de no haber atendido a tiempo los avisos, sentimos entonces el temor de habernos perdido algo importante (aunque se trate de un tema banal) que ha sucedido a nuestro alrededor y de lo que podíamos haber formado parte si nuestra atención y devoción hubiese sido mayor, pero por dejadez ha sucedido sin nuestra contribución.

Parece pues que el tiempo de la reflexión ha pasado y deja su lugar al tiempo del “tengo derecho” y la opinión. A favor, que la posibilidad de comunicación y expresión se ha extendido de manera notable, acercando a cada uno de nosotros (siempre que tenga la oportunidad de conectar a internet) la posibilidad de contar lo que sabe, ha aprendido o conoce. En contra el convencimiento de que los demás tienen la obligación de escucharnos, leernos, oírnos, vernos o amarnos (ya puestos a pedir, pidámoslo todo).

Será porque me encanta hablar, pero creo que todos somos portadores del legítimo derecho a expresarnos, también si lo que expresamos es una opinión, un pastiche o una verdadera tontuna -lo que suele suceder en la mayoría de las ocasiones-, cosa diferente es que hacen los demás con ello. De la misma forma que nos ampara el derecho a expresarnos, a los otros, les guarda uno que no es menor, el de no escucharnos, leernos, vernos o mandarnos a tierras ignotas con tal que los dejemos en paz.  Si bien nadie puede impedir que hables, si se mantiene el orden y el turno, lo que se haga de tu opinión no está regido por derecho o ley alguna.

Cada vez echo más en falta el sentido común, el de la prudencia y la reflexión. Nadie dice ahora “no se” o “no tengo opinión (formada al menos)”, será porque el acceso a todos los medios que he mencionado antes y otros nuevos que sin duda aparecerán han hecho del silencio un nuevo delito. Reos todos del delito de no-opinión, componentes irredentos y reincidentes del grupo de los “tibios” o “equidistantes”, aborrecible conjunto de moda y que daría para una entrada el solito.

Porque mi opinión no importa y no debe importar, salvo que aporte nueva información, conclusiones novedosas o puntos de vista inéditos. De la misma forma que el cirujano no me pidió opinión antes de intervenir la cadera de mi amigo Fernando, ni el juez me la pedirá antes de dictar sentencia (salvo que sea jurado y en este caso no es mi opinión lo que se pide sino que cumpla con una de mis obligaciones ciudadanas), quizá vaya siendo el momento de dejar al silencio recuperar el espacio que no debió perder y recordemos que es mejor no romperlo si no sabemos como mejorarlo.

La importancia de llamarse….

La importancia de llamarse….

Lo que no se nombra, no existe. O eso podemos llegar a creer llevados por nuestro antropocentrismo, nada innominado tiene existencia real y si algo es conocido debe tener nombre y descripción aunque sea esta somera o incompleta. Ergo, lo no bautizado sólo es potencia.

Una vez fijada la necesidad ontológica del nombre, podemos ocuparnos de la importancia de estos y la necesidad de escogerlos adecuadamente. Leía hace no mucho, en un periódico de prestigio, una noticia que hablaba del Guardián del Ano del Faraón -no entraré en más detalles, los interesados pueden preguntar al Oráculo Google al respecto- no cuidador, no vigilante, no limpiador, Guardian. Aplícándome el cuento, no es lo mismo hacer una Compilación de Cuentos (suena farragoso ¿verdad?) o una Antología (esta sabe a pastiche o revuelto), que una Historia en Etapas (aquí se nota el esfuerzo y la continuidad) o un Compendio de Sabiduría Breve (deja los proverbios morales a la altura del betún).

Conclusión: busca el nombre adecuado sin prisa, no corras para hallarlo

Matías

Matías

Hoy los compañeros de la P.A.E. me han brindado la oportunidad de publicar en nuestro Blog , el mismo que con tanto cariño y esfuerzo mantienen limpio, pulido y en perfecto estado de revista Manuel Gris e Iván Albarracín

La entrada se corresponde a un relato “histórico”, podéis encontrarlo en nuestra web, para abreviaros el camino, aquí os dejo el enlace directo: Matías. Además de leerme, os recomiendo que dediquéis un rato a revisar las que me acompañan, a lo largo de las últimas semanas mis “hermanos” han ido escribiendo relatos y reflexiones que merecen ser leídas. Encontraréis diferentes estilos, sensibilidades y perspectivas, todas ellas de una calidad excelente.

En cuanto a mi relato, forma parte de un proyecto, inconcluso por el momento, que debía componerse de cuatro o cinco historias sobre otros tantos personajes. El nexo de unión entre todos ellos es la relación de amistad que mantienen, amistad nacida en la infancia y en el patio del colegio, donde los raros se unen porque no les queda otro remedio y ya se sabe que semejante atrae a semejante. Singulares todos ellos, aislados del resto en su desolación y tristeza, se reúnen en su peculiaridad y encuentran, aunque solo sea en los breves instantes del recreo, un lugar común en el que convivir y compartir el silencio y la soledad. Estoy seguro que todos hemos convivido en los patios con grupos semejantes y algunos de nosotros, entre los que me incluyo sin vergüenza, hemos formado tribus semejantes en uno u otro momento.

Confío que disfrutéis de su lectura y Matías no os resulte indeferente.

Próxima parada: FREAKS

Próxima parada: FREAKS

Le hemos pillado el gusto a esto del CineForum y después de la experiencia de NOSFERATU, nos vamos a otro clásico, sonoro en esta ocasión: FREAKS.

Además del visionado, compartiremos charla con vosotros, hablaremos de la película, de Tod Browning y seguro que encontramos una forma de conectar con la literatura, la de miedo y el resto, tenemos cuerda para rato y nos encanta compartir ratos con los que quieran acompañarnos. Por nuestra parte, si el tiempo las obligaciones y los dioses lo permiten, estaremos: Gemma Solsona, Hermes Prous, Marco Antonio López, Manuel Gris, Gonzalo Zalaya -si Suecia puede prescindir de tan destacado maestro- y el que esto escribe.

Será en Marzo, algún martes y repetiremos en La Rubia, tenéis tiempo para arreglar agendas y buscar un hueco, merecerá el esfuerzo. Nosotros nos ponemos a trabajar ya…