Dedicatoria

Dedicatoria

¿Será cierto que nuestro pasado nos persigue, paciente e incansable, hasta alcanzarnos? Creo que si y la razón se debe a que en realidad no precisa seguir nuestros pasos, nunca lo dejamos por completo atrás.

Tiempo agotado, consumido, quemado y del que a pesar de todo nos afanamos en conservar las cenizas. Cenizas, restos que nos obligamos a acarrear; abundantes en ocasiones, exiguos casi siempre. Así transformados nos acompañan y forman parte velada de nuestro presente, completan el equipaje con el que inevitablemente viajamos hacía adelante. Recuerdos en el mejor de los casos, sombras casi siempre, pesadillas en el peor. Experiencia y sabiduría si hemos aprendido a destilar de lo acontecido la esencia, dejando evaporar todo lo demás.

Restos de la travesía o naufragio si por desventura no hallamos en aquella ocasión ruta segura a puerto conocido.

Basta con acercarnos a la orilla del mar que es nuestro tiempo, el ya vivido y el que nos resta por vivir, para ver como alcanzan la orilla los pedazos de aquellas olvidadas jornadas. En eso estaba hace unos días, paseando por la orilla de mi propio océano, cuando las olas decidieron dejarme un regalo, uno en forma de vieja dedicatoria. Una que recuerdo haberla escrito en papel blanco y ahora leo en otro que amarillea, caprichos del tiempo, incansable también en la búsqueda de colores.

Lo que decía aquella dedicatoria ya no importa, la escribió alguien que el tiempo ha cambiado y aquella a quién estaba dirigida tampoco está ya, el mismo tiempo que amarilleó el papel y cambió a quien la redactó la hizo crecer.

Lo único que si permanece y no es un recuerdo es la historia que cuenta la dedicatoria. La misma historia que hoy escribiría si encontrase el libro adecuado y las palabras precisas para narrarla.

Créditos: Fotografía de U. Leone

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Abusones -Corolario-

Abusones -Corolario-

Probablemente Abusones no precise de este corolario, yo si. Allí, en la entrada original, la historia decidió seguir sus propios impulsos, de tal forma que cuando me acercaba al final me vi en la obligación de tomar una decisión: finalizarla con el maravilloso epílogo que finalmente incluí o poner este. Tal y como había desarrollado el escrito, esto no encajaba ni empleando un escoplo; eso me fastidiaba, creía que esta parte que ahora publico, completa lo descrito en la entrada original y la conduce desde el recuerdo de aquellos buenos viejos tiempos hasta nuestros días, tiempos en los que somos más viejos pero no más buenos. Por suerte para los que escribimos y desgracia de aquellos que nos leéis, hay varios recursos para encajar piezas dispares. Los capítulos son uno, poco apropiado en el caso que nos ocupa, ni la extensión soportaba los capítulos ni la temática los animaba. Se me ocurrió otro, el que empleó aquí: colocar un corolario después del epílogo y quedarse tan fresco. Yo os suelto lo que quiero y vosotros podéis ignorarlo olímpicamente, todos contentos.

No me disperso más y voy a lo que importa, terminar lo empezado.

Si vuelvo al principio de lo escrito en aquella entrada, leo lo siguiente: “Hoy continúo encontrando personajillos como aquellos”. Abusones encontraremos a lo largo de toda nuestra vida, aunque el número de ocurrencias sea menor que entonces, por suerte. Sucede con estos lo mismo que con los imbéciles, descerebrados y desequilibrados, parece que todos ellos fuesen capaces no solo de sobrevivir a la infancia y juventud sino de medrar (reproducirse, protegerse y agruparse) en el tiempo, en estas condiciones resultarán inevitables los encuentros. Siendo semejantes los personajes, si existe alguna diferencia entre lo que sucede ahora y lo que entonces pasaba, debe estar en nuestro comportamiento. Nuestra cabeza ya no es tierna ni inmaduro el instinto, el aprendizaje y la madurez nos ha enseñado nuevas alternativas donde antes sólo veíamos tres: fuga, evasión o enfrentamiento.

De las tres originales, el enfrentamiento continúa siendo la última y menos deseable. El paso de los años nos vuelve más civilizados (cobardes también), ese tiempo y nuestra experiencia nos van puliendo hasta que creemos firmemente que liarnos e a guantazos, sean estos reales o metafóricos, además de ser cansado y doloroso, resuelven poco o nada. Parte de este convencimiento proviene de un hecho que antes desconocíamos por falta de experiencia y ahora sabemos: inflarte a bofetadas en el patio del cole tiene un coste aceptable, hacerlo a partir de los 18 años puede significar pasar a disposición judicial y que te arruine la vida el juez, el bolsillo tu abogado o ambas. Esto en el caso de que la mutua palpación de rostro sea tangible y apreciable el cambio de tono que produce en la piel magullada. Si la reyerta es metafórica, intelectual o semántica el juez poco tiene que decir, salvo cuando el calibre de los improperios canjeados supera ciertos límites recogidos en el código penal. Sea el enfrentamiento y los mamporros perceptible o no, el coste de afrontarlo se torna con la edad cada vez más elevado. En estos casos, liberamos alegremente chorros de adrenalina que, también pasa con el alcohol y los bollycaos, en la madurez nos dejan hechos unos zorros, ya no estamos hechos unos niños como entonces.

Si por extrema necesidad se da este caso, la mente moderna tiende a producir unos terribles remordimientos al reconocer en el furibundo ser en que nos convertimos durante la refriega a un neardental, individuo este que la evolución preserva a buen recaudo en el fondo de nuestra personalidad y sólo para usarlo en estas azarosas circunstancias (para los puristas, aclarar que se trata de una licencia poética, se que no podemos llevar un neardental dentro cuando se trata de una rama evolutiva diferente a aquella de la que provenimos). El saber que a pesar de deformar nuestros bolsillos con el último modelo de iphone, utilizar sin medida tarjetas contactless y visionar hasta la miopía series en Netflix o HBO, continuamos siendo en esencia y en el fondo de nuestro evolucionado encéfalo reptiles agresivos, violentos y territoriales, desencadena en nuestro cerebro conectado a internet la secreción indiscriminada de “buenrollina”, esta conduce a una serie de reacciones químicas que culminan en vergüenza y remordimiento por haberte liado a bofetadas y haberle hinchado los morros al cagamandurrias de turno.

Si el reptil que guardamos oculto en la testa es más parecido a un Tiranosaurio que a una largartija, puede producirse además un efecto secundario más indeseable aún que el arrepentimiento, la satisfacción. Nos quedamos agustito siempre que las interacciones -sean estas palpables o enunciables- entregadas exceda en número y/o intensidad al de las recibidas. Remarcar aquí que esta sensación a pesar de que pueda parecer en primera instancia placentera y reconfortante es siempre y en su totalidad detestable.

Si el enfrentamiento continúa siendo la última de las opciones, la huida sería aún la más popular sino fuese porque ya no estamos para muchos trotes y menos aún galopes, salvo los que han prestado atención a su forma física, no es mi caso, si tengo forma es porque carecer de ella no es viable, así y todo me encuentro tan cerca del amorfismo como lo permite la supervivencia; tampoco podría asegurar que la poca que tengo sea física, más bien creo que es espiritual y contemplativa. Así planteado, si joven y en más plenitud física de la que estaré nunca, corría a cámara lenta, ahora que ya no corro ni para coger el autobús imaginad la velocidad a la que podría escapar. Si a mi ausencia de forma añadimos los lugares y circunstancias en los que se producen los encuentros, parece evidente que la tan habitual fuga se ha vuelto casi imposible. Lo que en esencia es natural en la infancia y en el patio del colegio, no lo es en la madurez y en un office, bar o local de asueto, perseguirse alrededor de la máquina de café es inaceptable. La huida ahora sólo es posible andando deprisa y siempre que el abusón no esté al tanto.

La mímesis es la única de las mencionadas en el artículo original que continúa siendo perfectamente aplicable y vigente, si bien con algunos cambios. Si entonces se basaba principalmente en el rebaño y en hacerse el tonto (aunque la súplica y el lagrimeo forzado también tuviesen amplío predicamento en la manada), ahora tiene su principal fundamento en el despiste, la adulación y la inevitable degeneración física asociada al paso del tiempo. Así podemos simular sordera, despiste, atontamiento, desconocimiento del idioma, interferencias debidas al ruido que nos acompaña en cualquier sitio, estupidez congénita, degeneración cerebral o reconocimiento de la superioridad moral, intelectual y evolutiva del abusón para tratar de engañarlo y evitar sufrir sus atenciones.

En las mencionadas circunstancias y estando en juego la propia supervivencia se agudiza el ingenio y el pensamiento lateral entra en juego para desvelarnos novedosas alternativas que nos permitan enfrentarnos a estos inefables y a pesar de todo entrañables individuos. Es así como se nos revelan nuevas opciones: externalización de la gestión de tan embarazosas situaciones (los guardaespaldas son la mejor opción pero no están al alcance de cualquier mindundi, los pobretones debemos buscar alternativas más baratas y consecuentemente menos efectivas, lo económico sabemos que produce efectos menores que lo oneroso), negociación, negociación con ofrecimiento de victima propiciatoria, intercambio de favores, pago compensatorio, practica de la asertividad (si la asertividad de acompaña con la exhibición de argumentos contundentes es mucho más efectiva), uso de señuelos, acogimiento a sagrado (la cantina o comedor suelen ser opciones accesibles y efectivas), distracción deportiva (el futbol es mano santa), mención de familiares o conocidos ubicados en posiciones más elevadas de la escala jerarquica y/o punitiva, subcontratación de sicarios (podría pensarse que esta alternativa es semejante a la primera y quizá lo sea, pero el corolario es mío y hago con el lo que me place), delación a la hacienda pública o autoridad fiscal competente (quién no haya defraudado al fisco y a su madre en alguna ocasión que levante la mano), denuncia a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, fortalecimiento muscular (realizado este en locales adecuados para tal actividad o en solitario) y práctica de la defensa personal (de mi persona en este caso). En última instancia y no habiendo otro remedio, puede recurrirse al asesinato (sea este ejecutado por uno mismo o mediante encargo al profesional competente), siendo esta una solución definitiva, pecaminosa en casi todas las religiones e irreversible, además de arriesgada, no es recomendable abusar de la misma.

Podría extenderme con la explicación de todas y cada una de estas alternativas, pero no es este el objetivo de este corolario, con mencionarlas doy descanso y satisfacción a mi espíritu. Si en otro momento siento la necesidad de ampliar lo expuesto ya me buscaré una alternativa para hacerlo.

Nota: Mientras buscaba una imagen para encabezar esta entrada que no perteneciese a los Simpsons (una vale, dos sería abusar) se produjo una afortunada coincidencia, Google me brindó la que finalmente incluyo. El titulo viene al pelo y me sirve para recomendaros un libro de obligada lectura. Aunque he leído poco al respecto, creo que debe ser muy difícil hacer divertida la antropología (como sucede con las matemáticas y el resto de las ciencias) conseguirlo está al alcance de pocos, Marvin Harris es uno de ellos y “Jefes, cabecillas, abusones” un perfecto ejemplo de como lograrlo (de propina conoceréis una interesante aproximación a como ha evolucionado la jefatura, dos pájaros por el precio de uno).

Abusones

DestacadoAbusones

De unos te evades como mejor puedes, de otros sencillamente huyes (generalmente corriendo lo más rápido que tus torpes piernas te permiten, que como imaginaréis no es mucho, por algo tenías asignados un abusón de cabecera y otro de la guardia). Quedarán unos pocos, aquellos a los que no has podido engañar con tu mímesis o has sido incapaz de dejar atrás por piernas, a ese resto no te quedan más narices que enfrentarte.

Todos los que hemos tenido y aún hoy tenemos la enorme suerte de conocer personal de tan exquisita calaña y selecta estirpe sabemos que invariablemente existen estas alternativas: evasión, fuga o enfrentamiento. Hay otras lo se, pero he decidido no incluirlas aquí. Quizá por nostalgia de mis primeros encuentros, aquellos que tuvieron lugar cuando estaba yo en edad propicia para la omnipresencia de aquellos a los que la entrada toma prestado el nombre. Quizá porque me parece más poético reducir las alternativas a estas tres que me suenan armónicas o quizá debido a que por entonces, mi tierna cabeza (entiéndase esta por contenido y no por continente) e inmaduro instinto  no sabían de más y puestos a preferir, preferían siempre las dos primeras.

La tercera generalmente era obligada y sólo la consideraba cuando el proyecto de cabrón (cabroncete) no se dejaba engañar con monsergas o mis torpes carreras (todas y siempre lo han sido y lo serán) finalizaban inexplicablemente frente a un obstáculo empeñado, como suelen estarlo todos debido a su testaruda naturaleza, en no moverse pese a mis perentorias necesidades.

Abundando en mis huidas, tema que tiene su enjundia y daría para dedicarle una entrada en solitario, podía ocurrir que el matón fuese reincidente y por ventura lo viese yo a una distancia suficiente y que me permitiese emprender una huida preventiva. Esta debiera haber servido para mantener alejados mis problemas y aliviar la tensión inherente a este tipo de relaciones. Sin embargo no era raro en estos casos que la prisa y la confusión asociada a este tipo de actividad, unido todo ello a mi elevadísima torpeza (que todavía conservo casi intacta) hiciesen que me aturullase. Si así sucedía, en vez de fijarme en lo que estaba haciendo, escapaba al tuntún y podía equivocar el sentido de la marcha. El error tenía como consecuencia un indeseable acercamiento a mi presunto y todavía ignorante perseguidor en vez del alejamiento que era mi intención original. Si era el caso, el personaje en cuestión solía aprovechar la oportunidad, que todos sabemos pintan calva por su preocupante ausencia de vellosidades, una vez recuperado de la agradable sorpresa que representaba ver a una presa habitual acercarse alegremente, cuando lo natural hubiese sido lo opuesto. Ya sabéis que si a caballo regalado no debes mirarle el dentado, a pringado despistado dale lo esperado. Si yo les ponía a huevo el abuso no les quedaba otra que aprovechar la tesitura, lo contrarío hubiese sido ir contra natura, el universo siempre prefiere las soluciones simples y nada más simple que retorcer un brazo si se ofrece a quién por naturaleza siente inclinación a disfrutar de dicha acción.

Retomando lo esbozado al comienzo -antes de la digresión de las carreras- sólo si fallaban las dos primeras opciones, o me equivocaba yo al ejecutar la segunda, no me quedaba otra que apechugar con lo que había y aceptar con trágica resignación el enfrentamiento. Sabiendo eso sí que tenía muchas probabilidades, si no había un maestro cerca o no encontraba el mamón otra presa mejor, de volver a casa un día más con un ojo a la funerala. Si este era el caso, yo argumentaría ante mis padres que el percance se debió a un malhadado y siempre involuntario “balonazo” (excusa barata que empleé en un par de ocasiones al volver al domicilio paterno en tan deplorable estado).

Me parecía entonces que esta explicación daba cumplida y factible razón al tono amoratado y ligera inflamación de mi ojo siniestro -por su localización que no por su actitud- sin provocar preocupación, o eso creía yo entonces, a mis atribulados padres sobre posibles enfrentamientos de patio. Con el paso del tiempo me he preguntado en varias ocasiones si mis progenitores llegaron a creer alguna vez esta excusa o sólo lo disimulaban para no añadir más escarnio a la lesión. Y aún en caso de creer que su hijo pudiese ser tan torpe, no tengo claro ahora si lo dicho les hurtaba preocupación o sólo la cambiaba. No se preocuparían por posibles peleas de patio, pero sin duda debían sentirse muy intranquilos sobre mi capacidad para desenvolverme con solvencia en la vida. No siendo capaz de cruzar un patio sin recibir balonazos, ¿que no podría sucederme en ocasiones más comprometidas?.

Toca dejar la segunda digresión que los recuerdos de una infancia y juventud felices, pese a los esporádicos balonazos, me han llevado a cometer y vuelvo al poético comienzo de este escrito. Si recordáis, hablaba en él de evasión, fuga o enfrentamiento como posibles actitudes ante un abusón. De ellas, a pesar de todo lo que nos han enseñado y contado (más si cabe a los chicos/hombres/varones/machos), ninguna es vergonzante. Vendría a cuento aquí un inspirado símil que he ideado, aceptar como única opción validad la tercera sería como suponer que la única alternativa honorable de la gacela es enfrentarse varonilmente al predador. Los que pasamos tantas tardes viendo en la “segunda” como los leones cazaban y se zampaban a las preciosas gacelas de Thomson, nunca vimos recriminación por parte del resto del rebaño cuando tocaba salir por patas. De la misma forma que el gacelo -gacela macho- acepta sin plantearse dilema moral alguno que si la naturaleza a dotado al león de unos dientes y garras desmesurados y a el sólo de unas finas y estilizadas patitas no es por sentido estético, sino porque los unos -los leones- traen un equipamiento de serie diseñado para la ejecución y la carnicería y los otros -los gacelos- equipan patitas para usarlas bien y ponerles difícil a los primeros el almuerzo. De igual forma no pasará nada si nosotros aceptamos que en el reparto de papeles a unos les tocó el de abusica y a otros el de ponerles difícil la satisfacción de sus irresolutos traumas.

Siempre encontraremos abusones, tipos mayores en el patio del cole o en el parque, veteranos y sargentos mayores en el ejército. Algunos jefes, encargados y responsables en el tajo, vecinos tarados, conductores impacientes y desquiciados en el atasco, conocidos tóxicos que sólo pretendan utilizar lo que de útil para sus planes tengas,  parejas que te consideren material fungible, de uno o varios usos dependiendo de tus habilidades venéreas, y siempre y en todo lugar, tus propios temores. Todos ellos creen ser merecedores de miedo y respeto, cuando no confunden ambos términos, bido a su fuerza o destreza, posición, rango, atractivo, sexo o conocimientos. Siempre podrás optar por enfrentarte, mimetizarte o huir, sólo tu decides que peleas estás dispuesto a perder y de cuales quieres retirarte. Cuando te hinchan un ojo, te arrestan, te ponen de patitas en la calle, te rompen el corazón o te quedas sólo el sábado por la noche. Sólo hay una condición, al volver a casa y mirarte en el espejo debes sentirte orgulloso del ojo morado que intenta mirarte desde el reflejo.

Epílogo: Espero de esta entrada que todo el mundo sepa interpretar lo que de excesivo, irónico y sarcástico contiene.

Es cierto que en mi infancia y juventud, allá por los años 70 y principios de los 80, encontré -como todos en aquella época y temo que también en esta- abusones, matones y cabroncetes varios. Cierto es también que en un par de ocasiones volví a casa con un ojo levemente amoratado (en una de estas tenía que retratarme para el carnet de identidad y las prisas e insistencia de mi madre obligaron a que me sacase las fotos con el ojo a la virulé. Se convirtió así aquel retrato, durante el tiempo que la identificación me duró, en gráfico recuerdo de aquel enfrentamiento, además de mostrar que no tuve tiempo de peinarme y un corte de pelo nefasto) y empleé sin mucha confianza la burda excusa del balonazo. Si funcionó, o fracasó y no me lo dijeron, ni lo se ni he querido averiguarlo después, tampoco es necesario saber si todo lo que imaginamos en la infancia tuvo éxito como creíamos o sólo lo aparentó a nuestros ignorantes ojos.

Chanzas aparte, no creo haber sufrido acoso escolar, ningún grupo se preocupó de hacerme la vida imposible o fastidiarme de manera reiterada, no más que al resto al menos. Si esto era “mal de muchos” y no eramos entonces capaces de entender lo que realmente nos sucedía, no lo creo. Los encontronazos, que sin duda se produjeron en abundancia, los considero normales y algo inevitable asociado a la forzada, larga y descontrolada convivencia entre individuos de todo tipo, origen, edad y madurez en los larguísimos ratos de estancia en los enormes patios de mi viejo colegio. Mi opinión, que algo debe valer porque yo estaba allí, es que todo aquello no era más que el resultado de la inmadurez de todos nosotros, una enorme falta de control de nuestras emociones e imitación de comportamientos “ancestrales”. Si a esto le unimos que aquel fue un tiempo en el que salíamos como podíamos de una larga etapa de oscuridad y que la educación e incluso la vida familiar, todavía incluían (en una cantidad variable pero nunca despreciable) el castigo, incluido el físico, como parte, sino esencial si importante, de su desarrollo, no deberíamos extrañarnos que el patio del cole reflejase lo que aprendía en otros momentos.

Con los matones (de ellos siempre pensé que lo eran más por inseguridad y necesidad de imitar e integrarse en un grupo que por verdadera voluntad de fastidiar) nos enfrentábamos como podíamos y no pocas veces jugábamos, nadie era abusón a tiempo completo y muchos de los juegos entonces se diferenciaban poco del enfrentamiento y podían satisfacer la necesidad de dominación de casi todos, cualquiera que haya jugado al “churro, media manga y manga entera” me entenderá .

Tanto es así, que en muchas ocasiones nos provocaban más temor los profesores, maestros y curas de la orden a al que pertenecía el centro donde estudié, que los encuentros que pudiésemos tener en el patio. Contra los profes poco podías hacer, huir no estaba permitido, enfrentarse era impensable y sólo quedaba en estos casos el engaño, el ruego, la súplica o la fortuna.

Tema aparte eran los cuatro tarados armados con pistolas. A todos aquellos que ahora despotrican, exageran y sacan los pies del tiesto, es bueno recordarlos que entonces si estábamos recién salidos de una dictadura, que pese a quién pese había muchos que todavía y durante bastante tiempo la recordarían con nostalgia -incluso sin haberla conocido-, que este nuestro país todavía no había cambiado como lo haría unos años después y continuábamos teniendo una capa de incultura e ignorancia que aún hoy se resiste a caer.

En este revuelto entorno de vez en cuando te encontrabas con uno de estos personajillos, jovenzuelos con pistolas heredadas de unos padres más tarados aún que ellos y que a pesar de su juventud, o quizá debido a ella y su poca experiencia, creían que sus ideas y creencias les facultaban para portar aquellos trastos. Si sus padres, máxima autoridad conocida, les permitía y alentaba a llevarlas, ¿que tenían que decir al respecto maestros y compañeros? Por fortuna, nunca vi a ninguno de ellos utilizarla, pero si tuve la oportunidad de presenciar como las exhibían e incluso amenazaban con ellas. Cuando a uno de estos colgados se le cayó un cargador en clase, el profe de turno, el mismo que no tenía problemas en otras circunstancias para “sacudirnos el polvo”, en aquella ocasión no hizo más que pedirle, por favor por supuesto, que no volviese a sacar aquel cacharro en clase.

Así y todo, convivíamos con estos prendas y con otros igual de tarados, aunque estos en vez de pistola llevasen navaja y fuesen colgados y hasta las orejas de dios sabrá cuando llegaban a clase. Con todos hablábamos y nos soportábamos como mejor podíamos y el sentido común nos daba a entender, nunca vi a nadie pasar a mayores. Como sucede en la charcas del Kalahari, todos íbamos allí y nunca sucedió una tragedia.  

El tema de las navajas dio mucho de sí, se pusieron de moda y gran parte de los ahorros de muchos de nosotros fueron a parar a quienes las vendian, automática la mayoría de las veces (influencia de The Warriors y pelis semejantes que por entonces hacían relativo furor), hierros que comprábamos en la cuchillería que por entonces había en la Plaza de Chueca (en la esquina que todavía a día de hoy hace la calle Gravina con la de San Gregorio) Nunca tuvimos el menor problema en aquel lugar a pesar de nuestra corta edad, escogíamos sin problema entre los modelos allí expuestos ante la  tranquila mirada del dependiente, nunca se mostró extrañado ni preocupado por el repentino ardor navajero que parecía invadir a los jovenzuelos que por allí parábamos de vuelta a nuestras casas.

Fruto de esta manía, el que más y el que menos llevaba algún instrumento cortante en la cartera. Recuerdo a un compañero, como sucedió con el cargador, que por descuido dejó caer una en clase. El ruido alerto al “Pedete” (legendario profesor de biología conocido por ese nombre a causa de su baja estatura y mucha afición a la botella) quién exigió que se entregasen cuantas llevásemos encima. La procesión que se montó entonces fue desternillante, la cara de nuestro docto maestro fue cambiando acorde el montón chairas y facas iban creciendo, en número y tamaño, para finalizar, entre las risas de todos nosotros, con algo parecido a una bayoneta. A consecuencia de aquello no hubo ningún castigo, no recuerdo que se retuviesen los pinchos y tampoco mostramos mayor intranquilidad, no pocos habíamos comprado una o acompañado a algún amigo o conocido a comprarla, lo que sorprendía al profesor era bien conocido entre sus alumnos.

De todos los que aquí he mencionado y conocí entonces he olvidado el nombre y de muchos la cara, demostración me parece a mi que aquellos episodios no pasaron de ser uno más de los muchos que viví en mi infancia. Quizá por esto haya optado por un abusón tan entrañable como Nelson para encabezar esta entrada.

Después del cole continué encontrándolos y estos han sufrido suertes diferentes en mi memoria. De algunos recuerdo nombre, cara y rango, como es el caso de un sargento primero de Regulares de nombre igual al de una población a la que la casualidad o los designios de mis superiores habrían de llevarme a realizar maniobras, precisamente en su compañía. A los demás los he olvidado y si recuerdo al sargento es por sus vanos intentos de doblegarnos, porque en un par de ocasiones me llamó perro -no por ladrar sino por no hacer lo que el esperaba de mi- y por su parecido con otro ficticio y de nombre Arensivia que también me acompañó en aquellos días, este desde las páginas de El Jueves y de la mano del genial Ivá. Además creía yo por entonces que me iba a comer el mundo y estaba destinado a éxitos sin medida, así que poco podía hacer el personaje para mellar mi confianza -si estáis interesado en saber algo más de él, aquí tenéis una vieja historia que lo menciona-

En el trabajo también los he encontrado, con la novedad en este caso de que algunos de estos personajes eran mujeres y se empeñaban con tanta o más saña que su iguales varones en joder con ganas al personal, será por la necesidad de destacar en un mundo eminentemente masculino, pero hijas de puta lo eran como el que más. También es cierto que ni los unos ni las otras representan una pequeña minoría en el entorno laboral, aunque lo ideal sería que desapareciesen, se soportan igual que lo hicimos con los que encontramos en la infancia o vestidos de verde.

En mis relaciones personales he tenido más suerte y no recuerdo ningún personajes tóxico. De las mujeres, me hubiese gustado que alguna me apreciase tanto como para darme el papel de objeto sexual, pero me temo que mis habilidades, en esto como en tantas otras cosas, no pasan de ser medias -que no mediocres- y ya sabemos que la media está muy poblada y dificulta la elección, no tuve en este caso a la estadística de mi parte.

Espero que hayáis disfrutado de la entrada, si no ha sido así, decídmelo y trataré de corregir los errores que sin duda he cometido.

Porque he vuelto

Porque he vuelto

“- ¿Eddie, que vas a hacer cuando te pegue una paliza?
– Levantarme y dejar que me pegues otra.
– ¿Ah si?
– Si. Pero no metas el dinero en el banco muchacho, porque si no lo hago ahora, lo hare el mes que viene en Dallas.
– Querras decir Houston, no va a haber nada en Dallas.
– Es lo mismo. Y si no es entonces sera al mes siguiente en Nueva Orleans.
– ¿Ah si? ¿Y como estas tan seguro?
– Porque he vuelto.”

!En la cima del mundo mamá, estoy en la cima del mundo!

 
De mi padre y su relación con el cine, recuerdo algunas cosas, creo que, a día de hoy, no habran cambiado demasiado.
 
La primera está relacionada con las fotos y la película que encabezan esta nota. Mi padre, detrás mío, apoyado en el sofá, viendo la imagen que aquí se muestra o alguna un poco anterior y diciendo: "Al Rojo Vivo, buena pelicula".
 
Si tenemos en cuenta que mi padre siempre preguntaba, y continua preguntando, "¿que pelicula es?, ¿es buena?", me sorprendió ya entonces y me sorprende todavía hoy que recordase esta escena y el nombre la película.
 
Mi padre tenía razón entonces y la tiene ahora, "Al rojo vivo… buena película". Me llevaría demasiado explicar porqué esta pelicula es, para mi de la misma forma que lo es para mi padre, una buena película. Otro día con más inspiración, tal vez sepa como explicarlo.
 
Lo segundo que recuerdo de mi padre y su relación con el cine, y las películas, es su trabajo en el cine Rex. Para todos aquellos que sean de Madrid, más o menos de mi edad, quizá hasta 10 años menos, recordarán en cine Rex en la Gran Vía. Ahora ya está cerrado y ni siquiera recuerdo que ocupa su lugar, ¿un hotel?, ¿un vips?, ¿un Gino’s?.
 
Todavía hoy, mi padre nos habla de su trabajo allí. Trabajó en la cafetería y fué uno de sus "pluriempleos" cuando llegó a Madrid. Nos recuerda que fué allí donde vió, muchas veces, "Por un puñado de dólares" y "El bueno, el feo y el malo". Supongo que vería muchas más, pero cuando nos habla de las películas que allí vió nos habla de estas y de "Tom y Jerry". Para los que sean más jóvenes que yo y no hayan conocido el Cine Rex, les diré que antes, en el cine, como prólogo a las películas se ponía o bien un corto o bien dibujos animados. Quizá las películas eran más cortas o quizá el cine se entendía como un espectáculo más completo, un espectáculo que debía llenar más tiempo. O quizá, los propietarios de los bares tenían que vender y siempre se vende más si hay cortes. Ahora no hay cortes, compras las palomitas al principio… o no las compras.
 
Lo tercero que recuerdo de mi padre, curiosamente mi chica también lo recuerda del suyo… será porque eran de la misma época, es verle pasando detrás mío mientras comenzaba alguna película de la Metro y decir, sin dejar lugar para la duda o la discusión: "Una del León, esta tiene que ser buena".
 
Los especialistas en publicidad de hoy en día deberían aprender de aquellos que se inventaron el León de la Metro. Si tenemos en cuenta que entonces había poca tele, la prensa no estaba tan extendida como hoy (ni siquiera había periodicos gratuitos), Internet solo funcionaba como proyecto para una red militar segura (ARPA creo que se llamaba entonces) y el resto de medios que hoy nos bombardean no se habían pensado. Crear una imagen de marca debía ser muy dificil y, pese a todo, ellos crearon una imagen sólida de marca. Tan sólida que bastaba con mi padre, y el de mi chica, viesen el León, o lo escuchasen, para saber que lo que vendría después era una buena película. ¡¡¡¡Chapeau!!!! señores.
 
Lo último que recordaré hoy de mi padre y su relación con el cine es que siempre que empezaba una película mientras el se iba a la cama, se paraba detrás de mi sillón y, con las manos en el respaldo, se quedaba mirando el comienzo. Cuando yo le decía, un poco molesto porque se quedase detrás mío, "Siéntate a verla", el siempre me respondía: "No, me voy a la cama". Espero que continúes haciéndolo, pararte, mirar y luego ir a la cama. Los recuerdos para uno comienzan a ser algo importante y, a ese mismo uno, le gusta pensar que las cosas continúan siendo tal y como las recuerda.