Abusones

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De unos te evades como mejor puedes, de otros sencillamente huyes (generalmente corriendo lo más rápido que tus torpes piernas te permiten, que como imaginaréis no es mucho, por algo tenías asignados un abusón de cabecera y otro de la guardia). Quedarán unos pocos, aquellos a los que no has podido engañar con tu mímesis o has sido incapaz de dejar atrás por piernas, a ese resto no te quedan más narices que enfrentarte.

Todos los que hemos tenido y aún hoy tenemos la enorme suerte de conocer personal de tan exquisita calaña y selecta estirpe sabemos que invariablemente existen estas alternativas: evasión, fuga o enfrentamiento. Hay otras lo se, pero he decidido no incluirlas aquí. Quizá por nostalgia de mis primeros encuentros, aquellos que tuvieron lugar cuando estaba yo en edad propicia para la omnipresencia de aquellos a los que la entrada toma prestado el nombre. Quizá porque me parece más poético reducir las alternativas a estas tres que me suenan armónicas o quizá debido a que por entonces, mi tierna cabeza (entiéndase esta por contenido y no por continente) e inmaduro instinto  no sabían de más y puestos a preferir, preferían siempre las dos primeras.

La tercera generalmente era obligada y sólo la consideraba cuando el proyecto de cabrón (cabroncete) no se dejaba engañar con monsergas o mis torpes carreras (todas y siempre lo han sido y lo serán) finalizaban inexplicablemente frente a un obstáculo empeñado, como suelen estarlo todos debido a su testaruda naturaleza, en no moverse pese a mis perentorias necesidades.

Abundando en mis huidas, tema que tiene su enjundia y daría para dedicarle una entrada en solitario, podía ocurrir que el matón fuese reincidente y por ventura lo viese yo a una distancia suficiente y que me permitiese emprender una huida preventiva. Esta debiera haber servido para mantener alejados mis problemas y aliviar la tensión inherente a este tipo de relaciones. Sin embargo no era raro en estos casos que la prisa y la confusión asociada a este tipo de actividad, unido todo ello a mi elevadísima torpeza (que todavía conservo casi intacta) hiciesen que me aturullase. Si así sucedía, en vez de fijarme en lo que estaba haciendo, escapaba al tuntún y podía equivocar el sentido de la marcha. El error tenía como consecuencia un indeseable acercamiento a mi presunto y todavía ignorante perseguidor en vez del alejamiento que era mi intención original. Si era el caso, el personaje en cuestión solía aprovechar la oportunidad, que todos sabemos pintan calva por su preocupante ausencia de vellosidades, una vez recuperado de la agradable sorpresa que representaba ver a una presa habitual acercarse alegremente, cuando lo natural hubiese sido lo opuesto. Ya sabéis que si a caballo regalado no debes mirarle el dentado, a pringado despistado dale lo esperado. Si yo les ponía a huevo el abuso no les quedaba otra que aprovechar la tesitura, lo contrarío hubiese sido ir contra natura, el universo siempre prefiere las soluciones simples y nada más simple que retorcer un brazo si se ofrece a quién por naturaleza siente inclinación a disfrutar de dicha acción.

Retomando lo esbozado al comienzo -antes de la digresión de las carreras- sólo si fallaban las dos primeras opciones, o me equivocaba yo al ejecutar la segunda, no me quedaba otra que apechugar con lo que había y aceptar con trágica resignación el enfrentamiento. Sabiendo eso sí que tenía muchas probabilidades, si no había un maestro cerca o no encontraba el mamón otra presa mejor, de volver a casa un día más con un ojo a la funerala. Si este era el caso, yo argumentaría ante mis padres que el percance se debió a un malhadado y siempre involuntario “balonazo” (excusa barata que empleé en un par de ocasiones al volver al domicilio paterno en tan deplorable estado).

Me parecía entonces que esta explicación daba cumplida y factible razón al tono amoratado y ligera inflamación de mi ojo siniestro -por su localización que no por su actitud- sin provocar preocupación, o eso creía yo entonces, a mis atribulados padres sobre posibles enfrentamientos de patio. Con el paso del tiempo me he preguntado en varias ocasiones si mis progenitores llegaron a creer alguna vez esta excusa o sólo lo disimulaban para no añadir más escarnio a la lesión. Y aún en caso de creer que su hijo pudiese ser tan torpe, no tengo claro ahora si lo dicho les hurtaba preocupación o sólo la cambiaba. No se preocuparían por posibles peleas de patio, pero sin duda debían sentirse muy intranquilos sobre mi capacidad para desenvolverme con solvencia en la vida. No siendo capaz de cruzar un patio sin recibir balonazos, ¿que no podría sucederme en ocasiones más comprometidas?.

Toca dejar la segunda digresión que los recuerdos de una infancia y juventud felices, pese a los esporádicos balonazos, me han llevado a cometer y vuelvo al poético comienzo de este escrito. Si recordáis, hablaba en él de evasión, fuga o enfrentamiento como posibles actitudes ante un abusón. De ellas, a pesar de todo lo que nos han enseñado y contado (más si cabe a los chicos/hombres/varones/machos), ninguna es vergonzante. Vendría a cuento aquí un inspirado símil que he ideado, aceptar como única opción validad la tercera sería como suponer que la única alternativa honorable de la gacela es enfrentarse varonilmente al predador. Los que pasamos tantas tardes viendo en la “segunda” como los leones cazaban y se zampaban a las preciosas gacelas de Thomson, nunca vimos recriminación por parte del resto del rebaño cuando tocaba salir por patas. De la misma forma que el gacelo -gacela macho- acepta sin plantearse dilema moral alguno que si la naturaleza a dotado al león de unos dientes y garras desmesurados y a el sólo de unas finas y estilizadas patitas no es por sentido estético, sino porque los unos -los leones- traen un equipamiento de serie diseñado para la ejecución y la carnicería y los otros -los gacelos- equipan patitas para usarlas bien y ponerles difícil a los primeros el almuerzo. De igual forma no pasará nada si nosotros aceptamos que en el reparto de papeles a unos les tocó el de abusica y a otros el de ponerles difícil la satisfacción de sus irresolutos traumas.

Siempre encontraremos abusones, tipos mayores en el patio del cole o en el parque, veteranos y sargentos mayores en el ejército. Algunos jefes, encargados y responsables en el tajo, vecinos tarados, conductores impacientes y desquiciados en el atasco, conocidos tóxicos que sólo pretendan utilizar lo que de útil para sus planes tengas,  parejas que te consideren material fungible, de uno o varios usos dependiendo de tus habilidades venéreas, y siempre y en todo lugar, tus propios temores. Todos ellos creen ser merecedores de miedo y respeto, cuando no confunden ambos términos, bido a su fuerza o destreza, posición, rango, atractivo, sexo o conocimientos. Siempre podrás optar por enfrentarte, mimetizarte o huir, sólo tu decides que peleas estás dispuesto a perder y de cuales quieres retirarte. Cuando te hinchan un ojo, te arrestan, te ponen de patitas en la calle, te rompen el corazón o te quedas sólo el sábado por la noche. Sólo hay una condición, al volver a casa y mirarte en el espejo debes sentirte orgulloso del ojo morado que intenta mirarte desde el reflejo.

Epílogo: Espero de esta entrada que todo el mundo sepa interpretar lo que de excesivo, irónico y sarcástico contiene.

Es cierto que en mi infancia y juventud, allá por los años 70 y principios de los 80, encontré -como todos en aquella época y temo que también en esta- abusones, matones y cabroncetes varios. Cierto es también que en un par de ocasiones volví a casa con un ojo levemente amoratado (en una de estas tenía que retratarme para el carnet de identidad y las prisas e insistencia de mi madre obligaron a que me sacase las fotos con el ojo a la virulé. Se convirtió así aquel retrato, durante el tiempo que la identificación me duró, en gráfico recuerdo de aquel enfrentamiento, además de mostrar que no tuve tiempo de peinarme y un corte de pelo nefasto) y empleé sin mucha confianza la burda excusa del balonazo. Si funcionó, o fracasó y no me lo dijeron, ni lo se ni he querido averiguarlo después, tampoco es necesario saber si todo lo que imaginamos en la infancia tuvo éxito como creíamos o sólo lo aparentó a nuestros ignorantes ojos.

Chanzas aparte, no creo haber sufrido acoso escolar, ningún grupo se preocupó de hacerme la vida imposible o fastidiarme de manera reiterada, no más que al resto al menos. Si esto era “mal de muchos” y no eramos entonces capaces de entender lo que realmente nos sucedía, no lo creo. Los encontronazos, que sin duda se produjeron en abundancia, los considero normales y algo inevitable asociado a la forzada, larga y descontrolada convivencia entre individuos de todo tipo, origen, edad y madurez en los larguísimos ratos de estancia en los enormes patios de mi viejo colegio. Mi opinión, que algo debe valer porque yo estaba allí, es que todo aquello no era más que el resultado de la inmadurez de todos nosotros, una enorme falta de control de nuestras emociones e imitación de comportamientos “ancestrales”. Si a esto le unimos que aquel fue un tiempo en el que salíamos como podíamos de una larga etapa de oscuridad y que la educación e incluso la vida familiar, todavía incluían (en una cantidad variable pero nunca despreciable) el castigo, incluido el físico, como parte, sino esencial si importante, de su desarrollo, no deberíamos extrañarnos que el patio del cole reflejase lo que aprendía en otros momentos.

Con los matones (de ellos siempre pensé que lo eran más por inseguridad y necesidad de imitar e integrarse en un grupo que por verdadera voluntad de fastidiar) nos enfrentábamos como podíamos y no pocas veces jugábamos, nadie era abusón a tiempo completo y muchos de los juegos entonces se diferenciaban poco del enfrentamiento y podían satisfacer la necesidad de dominación de casi todos, cualquiera que haya jugado al “churro, media manga y manga entera” me entenderá .

Tanto es así, que en muchas ocasiones nos provocaban más temor los profesores, maestros y curas de la orden a al que pertenecía el centro donde estudié, que los encuentros que pudiésemos tener en el patio. Contra los profes poco podías hacer, huir no estaba permitido, enfrentarse era impensable y sólo quedaba en estos casos el engaño, el ruego, la súplica o la fortuna.

Tema aparte eran los cuatro tarados armados con pistolas. A todos aquellos que ahora despotrican, exageran y sacan los pies del tiesto, es bueno recordarlos que entonces si estábamos recién salidos de una dictadura, que pese a quién pese había muchos que todavía y durante bastante tiempo la recordarían con nostalgia -incluso sin haberla conocido-, que este nuestro país todavía no había cambiado como lo haría unos años después y continuábamos teniendo una capa de incultura e ignorancia que aún hoy se resiste a caer.

En este revuelto entorno de vez en cuando te encontrabas con uno de estos personajillos, jovenzuelos con pistolas heredadas de unos padres más tarados aún que ellos y que a pesar de su juventud, o quizá debido a ella y su poca experiencia, creían que sus ideas y creencias les facultaban para portar aquellos trastos. Si sus padres, máxima autoridad conocida, les permitía y alentaba a llevarlas, ¿que tenían que decir al respecto maestros y compañeros? Por fortuna, nunca vi a ninguno de ellos utilizarla, pero si tuve la oportunidad de presenciar como las exhibían e incluso amenazaban con ellas. Cuando a uno de estos colgados se le cayó un cargador en clase, el profe de turno, el mismo que no tenía problemas en otras circunstancias para “sacudirnos el polvo”, en aquella ocasión no hizo más que pedirle, por favor por supuesto, que no volviese a sacar aquel cacharro en clase.

Así y todo, convivíamos con estos prendas y con otros igual de tarados, aunque estos en vez de pistola llevasen navaja y fuesen colgados y hasta las orejas de dios sabrá cuando llegaban a clase. Con todos hablábamos y nos soportábamos como mejor podíamos y el sentido común nos daba a entender, nunca vi a nadie pasar a mayores. Como sucede en la charcas del Kalahari, todos íbamos allí y nunca sucedió una tragedia.  

El tema de las navajas dio mucho de sí, se pusieron de moda y gran parte de los ahorros de muchos de nosotros fueron a parar a quienes las vendian, automática la mayoría de las veces (influencia de The Warriors y pelis semejantes que por entonces hacían relativo furor), hierros que comprábamos en la cuchillería que por entonces había en la Plaza de Chueca (en la esquina que todavía a día de hoy hace la calle Gravina con la de San Gregorio) Nunca tuvimos el menor problema en aquel lugar a pesar de nuestra corta edad, escogíamos sin problema entre los modelos allí expuestos ante la  tranquila mirada del dependiente, nunca se mostró extrañado ni preocupado por el repentino ardor navajero que parecía invadir a los jovenzuelos que por allí parábamos de vuelta a nuestras casas.

Fruto de esta manía, el que más y el que menos llevaba algún instrumento cortante en la cartera. Recuerdo a un compañero, como sucedió con el cargador, que por descuido dejó caer una en clase. El ruido alerto al “Pedete” (legendario profesor de biología conocido por ese nombre a causa de su baja estatura y mucha afición a la botella) quién exigió que se entregasen cuantas llevásemos encima. La procesión que se montó entonces fue desternillante, la cara de nuestro docto maestro fue cambiando acorde el montón chairas y facas iban creciendo, en número y tamaño, para finalizar, entre las risas de todos nosotros, con algo parecido a una bayoneta. A consecuencia de aquello no hubo ningún castigo, no recuerdo que se retuviesen los pinchos y tampoco mostramos mayor intranquilidad, no pocos habíamos comprado una o acompañado a algún amigo o conocido a comprarla, lo que sorprendía al profesor era bien conocido entre sus alumnos.

De todos los que aquí he mencionado y conocí entonces he olvidado el nombre y de muchos la cara, demostración me parece a mi que aquellos episodios no pasaron de ser uno más de los muchos que viví en mi infancia. Quizá por esto haya optado por un abusón tan entrañable como Nelson para encabezar esta entrada.

Después del cole continué encontrándolos y estos han sufrido suertes diferentes en mi memoria. De algunos recuerdo nombre, cara y rango, como es el caso de un sargento primero de Regulares de nombre igual al de una población a la que la casualidad o los designios de mis superiores habrían de llevarme a realizar maniobras, precisamente en su compañía. A los demás los he olvidado y si recuerdo al sargento es por sus vanos intentos de doblegarnos, porque en un par de ocasiones me llamó perro -no por ladrar sino por no hacer lo que el esperaba de mi- y por su parecido con otro ficticio y de nombre Arensivia que también me acompañó en aquellos días, este desde las páginas de El Jueves y de la mano del genial Ivá. Además creía yo por entonces que me iba a comer el mundo y estaba destinado a éxitos sin medida, así que poco podía hacer el personaje para mellar mi confianza -si estáis interesado en saber algo más de él, aquí tenéis una vieja historia que lo menciona-

En el trabajo también los he encontrado, con la novedad en este caso de que algunos de estos personajes eran mujeres y se empeñaban con tanta o más saña que su iguales varones en joder con ganas al personal, será por la necesidad de destacar en un mundo eminentemente masculino, pero hijas de puta lo eran como el que más. También es cierto que ni los unos ni las otras representan una pequeña minoría en el entorno laboral, aunque lo ideal sería que desapareciesen, se soportan igual que lo hicimos con los que encontramos en la infancia o vestidos de verde.

En mis relaciones personales he tenido más suerte y no recuerdo ningún personajes tóxico. De las mujeres, me hubiese gustado que alguna me apreciase tanto como para darme el papel de objeto sexual, pero me temo que mis habilidades, en esto como en tantas otras cosas, no pasan de ser medias -que no mediocres- y ya sabemos que la media está muy poblada y dificulta la elección, no tuve en este caso a la estadística de mi parte.

Espero que hayáis disfrutado de la entrada, si no ha sido así, decídmelo y trataré de corregir los errores que sin duda he cometido.

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Sueño y Locura

Sueño y Locura

“The stuff that dreams are made of” (“El material con el que se forjan los sueños”)

Sam Spade (Humphrey Bogart) en “El Halcón Maltés”

Si habéis visto la película que termina con la frase que encabeza esta entrada, quizá podáis aclararme algo, ¿de que está hecho?. Desde que la vi por primera vez, he creído que plomo es la respuesta a esa pregunta, quizá porque en ocasiones nuestros sueños pesan tanto o más que ese material.

Cada uno de nosotros cargamos, como si de plomo se tratase, con algunos de nuestros sueños y un puñado de locura. El equilibrio lo encontramos cuando dejamos que los primeros nos impulsen un poquito más allá de los límites y la segunda nos invite a imaginar algunos de los primeros, sin dejar que ni los unos ni la otra nos arrastren más allá del punto sin retorno, ese donde sabemos que nos faltarán las fuerzas para volver a la orilla.

De no hacerlo así, quizá acabemos como modernos orates tirando de un carro aparentemente atestado de basura y realmente repleto de sueños sin cumplir, pesadillas encarnadas, trabajados fracasos e insatisfacciones. Locura en definitiva.

Agradecimientos: En esta ocasión, la foto es mía, no hace falta que me lo agradezca.

Mientras escribía el título, pensé en atemperarlo buscando un sinónimo de locura que fuese más amable, menos áspero. Finalmente ha quedado como lo pensé inicialmente, áspero o no.

La foto pertenece al carro de un sin techo, este lo transporta arriba y abajo por los alrededores de mi oficina de tal manera que raro es el día que no me lo encuentro en un lugar u otro. Desde la primera ocasión, he sacada varias fotografías, me sorprendió el tamaño y que en apariencia, hasta donde puede verse, lo que guarda en el carro en lo que muestra la fotografía. Me resulta intrigante que alguien sienta la necesidad de arrastrar todos los días y a todas horas tamaña carga. Si a lo anterior añadimos que desde siempre me ha preocupado no saber que conduce a algunos de nosotros a terminar así, arrastrando un enorme carro lleno de dios sabe que, para mi era evidente desde que lo vi por primera vez que terminaría escribiendo algo al respecto, aunque sólo sea esta breve nota.

Hacer y Comunicar

Hacer y Comunicar

Pasé mi infancia escuchando que las cosas había que hacerlas “bien”; creo que mi madre no concebía otra forma de hacerlas. Creía también, que existía una forma correcta y universal de actuar en todos los ámbitos; suponía también que era reconocida por todos, esperada e insoslayable. Aceptar este comportamiento inevitablemente correcto y adaptar nuestras acciones a él, conducía necesariamente a buenos resultados, fuesen estos aprobar un examen, encontrar un buen trabajo o ganar el cielo. No hacerlo debía conducir por fuerza a lo opuesto.

Desde este punto de vista, si hubiese sido cierto, lo que está bien debe ser universal y necesariamente reconocido como tal, no precisa de explicación, comunicación ni explicación alguna, darlas hubiese sido como si cada mañana anunciásemos lo evidente: que es de día. No lo hacemos porque es evidente y no precisa anuncio. Algo semejante pensaba ella que sucedía con lo bien realizado.  De esta forma la valoración de la bondad y corrección de toda acción o actividad, tenía para ella un fuerte contenido que podría llamar moral. Todo lo anterior resulta sin duda muy valioso desde el punto de vista del comportamiento y las relaciones, pero es completamente inútil cuando se aplica a otros ámbitos de la vida. A pesar de lo anterior, creo sin duda que acertó enseñándome lo que pudo, si no supo o no pudo enseñarme la diferencia se que no fue responsabilidad suya.

Ahora se que lo que olvido decirme es sencillo, tan importante, si no más, que hacer algo bien es comunicarlo a quién corresponde y asegurarnos de que ese alguien, lo sabe y lo entiende. En caso contrario estaremos trabajando casi en balde.

Trabajar duro y no comunicar, de una forma u otra, los resultados de nuestro trabajo es como cantar en la ducha, correr sólo o bailar delante del espejo, si pretendemos ganarnos la vida con alguna de estas actividades tenemos que asegurarnos de que aquellos que nos pagarán por ellas saben y son conscientes de que lo hacemos bien. En caso contrario lo hacemos por el “placer” de hacerlo y no como medio para ganarnos la vida. Lamentablemente parece que en muchas ocasiones con nuestro trabajo hacemos lo mismo y en vez de comportarnos como los profesionales que somos, lo hacemos como amateurs, trabajamos bien y duro, hasta tarde y los días de fiesta por el “placer” de hacerlo.

Si no queremos que sea así, necesitamos poner en marcha el adecuado plan de comunicación que nos asegure que todos aquellos que tienen intereses en nuestro trabajo, nuestros stakeholders, estén puntual y correctamente informados de aquello que hacemos, las dificultades con las que nos encontramos y como las resolvemos, las ideas que tenemos y nos permiten enfrentar nuevas situaciones, cómo trabajamos o gestionamos el grupo y como, en definitiva, resolvemos las situaciones a las que nos enfrentamos día si y día también.

Durante mucho tiempo he insistido a mis equipos sobre la importancia de comunicar al cliente aquello que hacemos, más aún cuando se finaliza en plazo, coste y calidad. En muchas ocasiones he olvidado, sin embargo, hacer lo mismo conmigo. En esto hice demasiado caso a mi madre y creí que hacer las cosas bien hechas tenían la virtud de ser reconocidas per se. La próxima prometo no olvidarme de hacéroslo saber.

Agradecimientos: La foto está sacada de pixabay y pertenece a Robinson , gracias por la contribución.

Esta entrada lleva tanto tiempo en reposo que si fuese vino sería, como mínimo, una gran reserva. Ni recuerdo la razón para escribirla, probablemente fue la convicción, en contra de las creencias de mi madre, de que no sólo basta con hacer las cosas bien, tan bien como eres capaz al menos, hay que comunicarlas. Sin este componente de comunicación falla una parte fundamental de la acción, hasta dios se encargó de comunicarnos que su más importante obra finalizó en seis días, ¿porqué no hacemos nosotros lo mismo?.

Nostalgia del Silencio

Nostalgia del Silencio

1. m. Sonido inarticulado, por lo general desagradable.

2. m. Litigio, pendencia, pleito, alboroto o discordia.

5. m. Ling. En semiología, interferencia que afecta a un proceso de comunicación.

No digo nada nuevo cuando expreso que vivimos en tiempos de ruido insoportable y prisas frenéticas, que no siendo lo mismo están hoy íntimamente relacionados. Se también que con lo anterior no informo de nada nuevo y probablemente sólo añado mi grano a la montaña de interferencias que parece conformar el horizonte y la banda sonora y vital de nuestro tiempo.

Más allá de los circuitos electrónicos, donde las señales espurias pueden arruinar el resultado que esperabas de ellos al diseñarlos, para mi y durante mucho tiempo el ruido no era más que lo expresado en la primera de las definiciones que incluyo al principio. Sonidos inarticulados o articulados a un volumen intolerable, que resultaban siempre y en toda ocasión molestos y desagradables. No fue hasta que empecé a interesarme por la comunicación, cuando entendí que el ruido no tiene que ser siempre sonoro o eléctrico. Mucho del ruido que nos rodea ni interfiere en las señales electrónicas ni suena. Escrito hay cada vez más, amparados en el “tengo derecho” muchos somos los que contribuimos alegremente a redactar esta cacofonía, pero no paramos ahí y así podemos encontrar algarabía en la indumentaria, los gestos, el teatro o el cine, parece que todo lo que nos rodea es susceptible de emplearse para armar follón.

No he mencionado hasta ahora otro tipo de ruido, relativamente nuevo y más omnipresente si cabe que cualquiera de los anteriores y en el que se mezclan varios de ellos. Whatsapp, las redes sociales y sus parientes más o menos cercanos han elevado la estridencia al altar de lo imprescindible y han hecho del alboroto un nuevo y apreciado arte.

Se mezclan en estas herramientas, junto a características positivas de las que sin duda son poseedoras y de las que otro día debería hablar, los ruidillos y vibraciones, la inmediatez rampante, la sobreabundancia de datos (muchos de ellos inútiles y/o incorrectos y otros que aún no siéndolo se vuelven triviales e inapreciables sumergidos en la marea de los anteriores), la reiteración, la emisión impune y la recepción forzosamente acrítica, las conversaciones cruzadas cuando no directamente divididas, la continúa demanda de atención, la ubicuidad, la omnipresencia, la urgencia y algunas otras más, indeseables todas ellas. Todo lo anterior hace, paradojicamente, de la interferencia y el ruido elemento principal de la comunicación establecida a través de ellas.

Parece que por primera vez el canal se impone al mensaje y lo modula más allá de lo necesario. No exige la necesaria adaptación que todo canal precisa, necesita de nuestra sumisión, expresada esta en forma de vigilancia permanente y respuesta fulgurante, en caso contrario podemos acabar invadidos por una sensación de urgencia o frustración. Urgencia que nos lleva a contestar inmediatamente cuando tenemos la oportunidad de leer los mensajes en el momento que se producen, sin meditar la respuesta en muchas ocasiones, y frustración en caso de no haber atendido a tiempo los avisos, sentimos entonces el temor de habernos perdido algo importante (aunque se trate de un tema banal) que ha sucedido a nuestro alrededor y de lo que podíamos haber formado parte si nuestra atención y devoción hubiese sido mayor, pero por dejadez ha sucedido sin nuestra contribución.

Parece pues que el tiempo de la reflexión ha pasado y deja su lugar al tiempo del “tengo derecho” y la opinión. A favor, que la posibilidad de comunicación y expresión se ha extendido de manera notable, acercando a cada uno de nosotros (siempre que tenga la oportunidad de conectar a internet) la posibilidad de contar lo que sabe, ha aprendido o conoce. En contra el convencimiento de que los demás tienen la obligación de escucharnos, leernos, oírnos, vernos o amarnos (ya puestos a pedir, pidámoslo todo).

Será porque me encanta hablar, pero creo que todos somos portadores del legítimo derecho a expresarnos, también si lo que expresamos es una opinión, un pastiche o una verdadera tontuna -lo que suele suceder en la mayoría de las ocasiones-, cosa diferente es que hacen los demás con ello. De la misma forma que nos ampara el derecho a expresarnos, a los otros, les guarda uno que no es menor, el de no escucharnos, leernos, vernos o mandarnos a tierras ignotas con tal que los dejemos en paz.  Si bien nadie puede impedir que hables, si se mantiene el orden y el turno, lo que se haga de tu opinión no está regido por derecho o ley alguna.

Cada vez echo más en falta el sentido común, el de la prudencia y la reflexión. Nadie dice ahora “no se” o “no tengo opinión (formada al menos)”, será porque el acceso a todos los medios que he mencionado antes y otros nuevos que sin duda aparecerán han hecho del silencio un nuevo delito. Reos todos del delito de no-opinión, componentes irredentos y reincidentes del grupo de los “tibios” o “equidistantes”, aborrecible conjunto de moda y que daría para una entrada el solito.

Porque mi opinión no importa y no debe importar, salvo que aporte nueva información, conclusiones novedosas o puntos de vista inéditos. De la misma forma que el cirujano no me pidió opinión antes de intervenir la cadera de mi amigo Fernando, ni el juez me la pedirá antes de dictar sentencia (salvo que sea jurado y en este caso no es mi opinión lo que se pide sino que cumpla con una de mis obligaciones ciudadanas), quizá vaya siendo el momento de dejar al silencio recuperar el espacio que no debió perder y recordemos que es mejor no romperlo si no sabemos como mejorarlo.

La importancia de llamarse….

La importancia de llamarse….

Lo que no se nombra, no existe. O eso podemos llegar a creer llevados por nuestro antropocentrismo, nada innominado tiene existencia real y si algo es conocido debe tener nombre y descripción aunque sea esta somera o incompleta. Ergo, lo no bautizado sólo es potencia.

Una vez fijada la necesidad ontológica del nombre, podemos ocuparnos de la importancia de estos y la necesidad de escogerlos adecuadamente. Leía hace no mucho, en un periódico de prestigio, una noticia que hablaba del Guardián del Ano del Faraón -no entraré en más detalles, los interesados pueden preguntar al Oráculo Google al respecto- no cuidador, no vigilante, no limpiador, Guardian. Aplícándome el cuento, no es lo mismo hacer una Compilación de Cuentos (suena farragoso ¿verdad?) o una Antología (esta sabe a pastiche o revuelto), que una Historia en Etapas (aquí se nota el esfuerzo y la continuidad) o un Compendio de Sabiduría Breve (deja los proverbios morales a la altura del betún).

Conclusión: busca el nombre adecuado sin prisa, no corras para hallarlo

¿Por qué escribo?

¿Por qué escribo?

Por supuesto se trata de una pregunta retórica; cualquiera que haya tenido la increíble buena fortuna de deleitarse con la lectura de alguno de mis escritos, incluidas las listas de la compra o temas pendientes, sabría responder al menos tan bien sino mejor que yo mismo a esta cuestión. Si escribo, es para dar a todos los que me leéis la oportunidad de disfrutar y olvidaros, siquiera los instantes que necesitéis para agotar mis escritos, de vuestras mediocres y grises existencias.

La exquisita calidad de mis endebles construcciones, la excelente y correosa textura de mis personajes, el extraordinario ritmo de mis escasos diálogos y la espectacular tonalidad de mi breve paleta de sensaciones serían, cada una de ellas por separado e ineludibles en conjunto, motivaciones suficientes para dedicaros parte de mis escasos y raquíticos momentos libres. Es por todo esto que, pensando en vosotros, vierto en palabras los inabarcables pensamientos que atestan mi inagotable, aunque limitada, imaginación.

Estoy completamente seguro de que si me pongo a rebuscar y le dedico tiempo, imaginación y esfuerzo, encontraría algún “ex” más aplicable a lo que escribo, sería igual de falso y forzado que todos los anteriores, pero los haría encajar, basta un poco de maña un mucho de fuerza y un buen calzador, en el mejor de los casos, en el peor los martillazos hacen milagros.

Dejando de lado chuflas y retrancas, la verdad es otra y más simple, ¡son las historias! He pasado gran parte de mi vida imaginando historias y es probable que la razón se encuentre en mi infancia, Freud estaría orgulloso de mi. Una parte importante de mi tiempo libre lo pasaba entonces bastante solo; mis padres trabajaban como conserjes, porteros se les llamaba entonces, mi padre además compaginaba este trabajo con otro de noche; de camarero primero, de vigilante en unos grandes almacenes más tarde -el pluriempleo era algo muy común en aquellos no tan lejanos tiempos, los sueldos no daban para todo y no eran pocos los que compaginaban varios trabajos- Con tantas obligaciones, no andaban sobrados de tiempo y era poco el que podían dedicar al ocio, al suyo en primer lugar y al nuestro, mío y de mi hermano, tampoco. Se que confesar esto, llevará a todos aquellos que hoy ejercen como padres cicerone a tiempo completo a una santa indignación, inevitable reacción ante tamaña bestialidad. Les ruego desde aquí que no lo hagan, dejen la justa indignación para causas más nobles y posibles; lo hecho, hecho está y al fin y a la postre no era la mía una situación extraña o singular, muchos de nuestros vecinos y conocidos se encontraban en trance semejante y si de vale de excusa, no hemos salido tan mal; ni más ni menos tarados que otros tantos que recibieron y aún hoy reciben de sus progenitores más tiempo, de la atención, principios y calidad mejor hablamos otro día.

A lo anterior, se unía en mi caso la diferencia de edad de con mi hermano, me sacaba entonces y hoy continúa haciéndolo cinco años, apenas el 10% de lo que llevo vivido ahora, pero una enormidad en aquellos años 70. Esta diferencia nos situaba en momentos diferentes, cuando yo disfrutaba de la infancia estaba el en la adolescencia y por fuerza nuestros intereses y necesidades eran diferentes, difícil contar con un compañero de juegos en estas circunstancias. No me quedaba otra que aprender a divertirme, o aburrirme, por mis propios medios y a ello me puse con infantil entusiasmo. Por suerte contaba con mi imaginación y un magnífico escenario donde ejercerla; una vieja casona, casi palacete, sita en la calle Alcalá de Madrid, exactamente en el número 20, al lado del que todavía hoy es el Teatro Alcalá y frente a la iglesia de San José y lo que entonces era la agencia de viajes Wagon Lists. La una, la iglesia, todavía continúa siéndolo, no así la otra, el Wagon Lists dejó paso a no se que comercio que a su vez cedió el lugar que ocupaba a un VIPS. Con el cierre de estos establecimientos no se a que actividad dejará paso. La supervivencia del templo y, comparativamente hablando, la poca fortuna de los negocios nos da una idea de porque algo más de 2000 años después continuamos rezando y fiando en los dioses aunque no lo hagamos en los agentes de viajes.

Como porteros, mis padres tenían la obligación de cuidar, vigilar y guardar aquella enorme casona, asegurando que los magros servicios que prestaba a sus inquilinos no se interrumpiesen, fuese de día o de noche, laborable o fiesta de guardar -entonces las fiestas se guardaban y respetaban, no fuese que se agotasen y disolviesen. No ocurría como hoy, que gastamos y dilapidamos festivos y puentes como si en ello nos fuese la existencia- Vivíamos allí por tanto y el tiempo que yo no pasaba en la escuela, dedicado a mis tareas o fuera, en las pocas ocasiones que salíamos, lo empleaba en imaginar historias de las que siempre era yo el único protagonista y transcurrían invariablemente en aquellas seis enormes plantas, convertidas a mi antojo en castillo, selva, árido desierto o cualesquiera otro escenario que se acomodase a mis necesidades. En aquellas escaleras y rellanos, aprendí a ser pirata, vaquero, soldado, aventurero o explorador. Combatí a los indios en cada escalón de la majestuosa escalera de entrada, me embosqué en el hueco de las escaleras a la espera de las columnas que pretendían invadir mi reino imaginado. Exploré cada recodo y cada sombra, combatí monstruos y animales bajo la enorme lámpara de la entrada, me maravillé encontrando tesoros que sólo yo podía imaginar en viejos baúles y arcones. Con la ventaja de poder interrumpir cada combate y porfía para merendar, sabedor de que podría retomarlos en el punto exacto en que los dejé, fuese yo ganando o estuviese a punto de sucumbir, cuando tuviese a bien hacerlo y contase con el permiso necesario para volver a perderme en aquella enorme casona plagada de amigables fantasmas, antagonistas imaginarios e innumerables compañeros de aventura.

Hace mucho tiempo que dejamos aquella casona, cómo podéis suponer ya no se parece en nada al lugar que yo conocí y en el que tuve la oportunidad de vivir mis primeros años. Aún antes de marcharnos ya dejó de ser el paraje que yo recuerdo y en el que pase tanto tiempo viviendo historias imposibles. A principios de la prodigiosa década de los 80, un inversor de los que empezaban a despuntar por aquí, interesado en hacer dinero rápido y, sin él imaginarlo, perderlo más rápido aún, decidió convertirla en otro anodino y ampuloso edificio de oficinas.

No pudiendo arrancar de sus quicios las enormes puertas de entrada, las cortó y tiró, sustituyéndolas por otras de frágil vidrio que nunca llegaron a funcionar como se esperaba, o no cerraban bien o eran incapaces de abrirse como alguien pensó que debían hacer. La lóbrega entrada se tornó luminosa, perdiendo en el proceso además de las sombras, las posibilidades que estas brindaban a mis aventuras infantiles. La vieja lámpara de araña que colgaba en el hueco de la escalera lo largo de dos pisos e iluminaba pobremente cinco, aquella por la que más de una vez me imaginé descendiendo cual intrépido pirata -influencias sin duda de “El temible Burlón” y el “Halcón y la Flecha”- dejó su lugar a un horror que ocupaba todo la altura de aquel abismo, feísima columna de luz con más bombillas que la decoración navideña que  todos los años abrazaba los árboles de la calle Alcalá y ningún atractivo para mi imaginación. El viejo pasamanos de madera fue púlcramente cubierto por un abultado forró de terciopelo rojo, el forjado de las escaleras dorado a base de pintura y los chirriantes escalones cubiertos de hortera moqueta. Todos los pisos vacíos, pero llenos de aventuras para mi, se llenaron de bulliciosas oficinas.

Acabamos marchando de allí, mi padre ya no precisaba de dos trabajos, con uno y la ayuda de mi madre, que continúo algunos años más trabajando en uno de los pisos que sobrevivió a la transformación, bastaba.

Creo firmemente que serían aquellos años, aquellos espacios y ensayos los que me llevarían al convencimiento de que hay historias que sólo yo puedo imaginar y contar, cuentos que sólo yo conozco y puedo narrar.

¡Son las historias!. Porque todavía hoy creo que hay batallas que pelear, aunque ya no las combatan caballeros o soldados. Lugares y tiempos que descubrir, aunque ya no sean aventureros o exploradores los encargados de la tarea. Princesas que salvar, aunque las niñas prefieran vivir en sus torres y los príncipes anden ocupados con el Whatsapp. Monstruos que abatir, aunque ahora sean reales y más terribles que cualquiera de los que entonces hubiese podido imaginar o entrañables cómo nunca antes los fueron. Será por eso que escribo

Equilibrio.

Equilibrio.

Siempre me cayó bien Aristóteles. Si nos hubiésemos encontrado en Atenas, le habría invitado a unos botijos; de cerveza, no nos confundamos, de esos que por aquí llaman quintos y birras en todos lados. O no habiéndola, a lo que quiera que bebiesen en aquellos tiempos salvajes y remotos.

Hasta a unas tapitas, que siempre son un perfecto acompañamiento y excelente excusa para estas penosas tareas del trasiego alcohólico. De higos, olivas o queso feta, temo que por aquel entonces nosotros, los ibero-peninsulares (permitidme la licencia, así no se me ofende nadie y el toponímico incluye hasta a los hermanos portugueses) todavía no habíamos inventado el jamón -el de verdad, no el que llamamos de York aunque lo hagan en Girona-. Y si por ventura lo hicimos, me da en la nariz que no se exportaba; salvo que los vikingos, piratas y demás morralla que ya se paseaba por nuestras costas, además de violarnos a las mujeres y jodernos el urbanismo a base de incendios, nos esquilmasen los secaderos para financiarse las excursiones. O quizá si lo haciamos, vaya vd. a saber, que esto del Mare Nostrum parece que siempre ha sido un trajín morrocotudo de industriosos conquistadores, taimados mercaderes, pueblos fecundos y jaraneros, viajeros tarambana y diferencias irremediablemente semejantes.

Retomando el hilo que he perdido con tanta digresión, ¿de dónde viene mi simpatía por el filosófico personaje?, sin duda no se debe a mis profesores (sí, cuando yo estudiaba, la ESO era BUP y nos enseñaban -con poca fortuna, añado- filosofía, geografía, físicayquímica, lógica, latín, pre-tecnología y otras materias que ahora os sonarán a mandarín). No habiéndome transmitido tan insignes docentes (Masca, Platas, Canica, Mosca y tanto otros que motejábamos con infantil perfidia y no menos pueril impiedad) ese sentimiento, debe este por fuerza provenir de otras influencias. El tiempo quizá, el que he dedicado después y por mi cuenta a curiosear en todo aquello que tan ilustres e incompetentes próceres del saber fueron incapaces de traspasarme.

Si, por mi cuenta y por el placer de saber (y un poquito de mala leche, no lo voy a negar, que eso de apabullar a los demás con frasecillas y piezas sueltas de conocimientos vanos siempre me ha gustado, eterno aspirante a sabidillo que es uno), con el paso de los años he ido aprendiendo algunas cosas. Una de ellas, que además no he olvidado -junto a lo que es una cámara kirlian y porqué los huevos frescos no flotan-, es un pensamiento que se le atribuye al tal Aristóteles -os lo repito ahora, porque a estas alturas y con la cantidad de ramas que he transitado, lo más normal será que hayáis olvidado de quién hablábamos y porqué-. No es otro que aquel que dice: “la virtud se haya en el justo término medio”.

Si lo saco a colación, es porque en estos días de extremos me parece buen ejercicio repensarse el dicho y ya puestos al que lo parió. Nos vendría bien descansar de tanta red asocial y pensar un poco, con mesura no es malo y hasta produce cierto gustirrinin; meramente intelectual, lamento comunicar a quién espere resultados más lúbricos. Así quizá, podríamos recordar que si la tierra es habitable, se debe principalmente al hecho de encontrarse a medio camino entre la megalomaniaca estufa que es el sol y la aburrida, fría del carajo e inhóspita periferia planetaria. Si podemos joder al prójimo, engañar al vecino y fastidiar a nuestros conciudadanos es de chiripa, porque la casualidad decidió poner una nube de basura espacial en el preciso lugar, justo ahí en medio, en el que podía llegar a formar este monísimo planeta, plagado ahorabde aburridos insatisfechos, que nos han cedido en alquiler.

Y no sólo del local que habitamos se trata, en el fondo todo se refiere a puntos medios, a equilibrio, ese que tanto nos falta hoy. Esos puntos que nos permiten jugar al balancín y a la peonza, pesar las patatas, matar el rato construyendo castillos de naipes o haciendo girar una moneda. De ese sentido que nos permite andar erguidos y en línea recta. Mirar a uno y otro lado, arriba y abajo sin temer al vértigo de los extremos. Dormir como un bebé, no odiar al jefe ni gritarle al encargao, esperar nuestro turno en la cola, disfrutar de la poca armonía que seamos capaces de entonar, querer a la familia aunque no la hayamos escogido. Amar a tu pareja, incluso en esas ocasiones que no sabes que narices le pasa por las tripas. Entender que tu hija nunca será lo que habías pensado, porque tiene unos planes diferentes y mejores. Aceptar que irremediablemente, no serás aquello que soñaste, pero no ha quedado tan mal el resultado. Continuar queriendo a tus amigos, a pesar de que sea un infierno encontrar una hora para veros, tanto running, que ya no se parezcan un pijo a los que conociste y en ocasiones te crispen los nervios. Divertirte con cada partida de mus, sin importar que a veces sean los otros los que ganen y escribir lo que te apetece, sin la preocupación de que podría ser mejor, si lo hubiese escrito otro.

EPÍLOGO

Atendiendo a la definición de la R.A.E., el equilibrio es:

1. Estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente.

2. Situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse.

3. Peso que es igual a otro y lo contrarresta.

4. Contrapeso, contrarresto o armonía entre cosas diversas.

5. Ecuanimidad, mesura y sensatez en los actos y juicios.

6. Fís. Estado en el que se encuentra una partícula si la suma de todas las fuerzas que actúan sobre ella es cero.

En estos tiempos que corren (aunque en ocasiones más parece que se arrastren, por lo mucho que nos cuesta dejar atrás comportamientos caducos y rancios), casi todas ellas me resultan reconfortantes y algunas son casi proféticas. Un par, debieran ser de obligado conocimiento y cumplimiento para todo aquel que opte a la categoría de ciudadano.

Aunque en estos momentos tenga la tentación de quedarme con la primera, no habiendo quinto malo, es esta, la quinta, la que considero ideal.