Sueño y Locura

Sueño y Locura

“The stuff that dreams are made of” (“El material con el que se forjan los sueños”)

Sam Spade (Humphrey Bogart) en “El Halcón Maltés”

Si habéis visto la película que termina con la frase que encabeza esta entrada, quizá podáis aclararme algo, ¿de que está hecho?. Desde que la vi por primera vez, he creído que plomo es la respuesta a esa pregunta, quizá porque en ocasiones nuestros sueños pesan tanto o más que ese material.

Cada uno de nosotros cargamos, como si de plomo se tratase, con algunos de nuestros sueños y un puñado de locura. El equilibrio lo encontramos cuando dejamos que los primeros nos impulsen un poquito más allá de los límites y la segunda nos invite a imaginar algunos de los primeros, sin dejar que ni los unos ni la otra nos arrastren más allá del punto sin retorno, ese donde sabemos que nos faltarán las fuerzas para volver a la orilla.

De no hacerlo así, quizá acabemos como modernos orates tirando de un carro aparentemente atestado de basura y realmente repleto de sueños sin cumplir, pesadillas encarnadas, trabajados fracasos e insatisfacciones. Locura en definitiva.

Agradecimientos: En esta ocasión, la foto es mía, no hace falta que me lo agradezca.

Mientras escribía el título, pensé en atemperarlo buscando un sinónimo de locura que fuese más amable, menos áspero. Finalmente ha quedado como lo pensé inicialmente, áspero o no.

La foto pertenece al carro de un sin techo, este lo transporta arriba y abajo por los alrededores de mi oficina de tal manera que raro es el día que no me lo encuentro en un lugar u otro. Desde la primera ocasión, he sacada varias fotografías, me sorprendió el tamaño y que en apariencia, hasta donde puede verse, lo que guarda en el carro en lo que muestra la fotografía. Me resulta intrigante que alguien sienta la necesidad de arrastrar todos los días y a todas horas tamaña carga. Si a lo anterior añadimos que desde siempre me ha preocupado no saber que conduce a algunos de nosotros a terminar así, arrastrando un enorme carro lleno de dios sabe que, para mi era evidente desde que lo vi por primera vez que terminaría escribiendo algo al respecto, aunque sólo sea esta breve nota.

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Hacer y Comunicar

Hacer y Comunicar

Pasé mi infancia escuchando que las cosas había que hacerlas “bien”; creo que mi madre no concebía otra forma de hacerlas. Creía también, que existía una forma correcta y universal de actuar en todos los ámbitos; suponía también que era reconocida por todos, esperada e insoslayable. Aceptar este comportamiento inevitablemente correcto y adaptar nuestras acciones a él, conducía necesariamente a buenos resultados, fuesen estos aprobar un examen, encontrar un buen trabajo o ganar el cielo. No hacerlo debía conducir por fuerza a lo opuesto.

Desde este punto de vista, si hubiese sido cierto, lo que está bien debe ser universal y necesariamente reconocido como tal, no precisa de explicación, comunicación ni explicación alguna, darlas hubiese sido como si cada mañana anunciásemos lo evidente: que es de día. No lo hacemos porque es evidente y no precisa anuncio. Algo semejante pensaba ella que sucedía con lo bien realizado.  De esta forma la valoración de la bondad y corrección de toda acción o actividad, tenía para ella un fuerte contenido que podría llamar moral. Todo lo anterior resulta sin duda muy valioso desde el punto de vista del comportamiento y las relaciones, pero es completamente inútil cuando se aplica a otros ámbitos de la vida. A pesar de lo anterior, creo sin duda que acertó enseñándome lo que pudo, si no supo o no pudo enseñarme la diferencia se que no fue responsabilidad suya.

Ahora se que lo que olvido decirme es sencillo, tan importante, si no más, que hacer algo bien es comunicarlo a quién corresponde y asegurarnos de que ese alguien, lo sabe y lo entiende. En caso contrario estaremos trabajando casi en balde.

Trabajar duro y no comunicar, de una forma u otra, los resultados de nuestro trabajo es como cantar en la ducha, correr sólo o bailar delante del espejo, si pretendemos ganarnos la vida con alguna de estas actividades tenemos que asegurarnos de que aquellos que nos pagarán por ellas saben y son conscientes de que lo hacemos bien. En caso contrario lo hacemos por el “placer” de hacerlo y no como medio para ganarnos la vida. Lamentablemente parece que en muchas ocasiones con nuestro trabajo hacemos lo mismo y en vez de comportarnos como los profesionales que somos, lo hacemos como amateurs, trabajamos bien y duro, hasta tarde y los días de fiesta por el “placer” de hacerlo.

Si no queremos que sea así, necesitamos poner en marcha el adecuado plan de comunicación que nos asegure que todos aquellos que tienen intereses en nuestro trabajo, nuestros stakeholders, estén puntual y correctamente informados de aquello que hacemos, las dificultades con las que nos encontramos y como las resolvemos, las ideas que tenemos y nos permiten enfrentar nuevas situaciones, cómo trabajamos o gestionamos el grupo y como, en definitiva, resolvemos las situaciones a las que nos enfrentamos día si y día también.

Durante mucho tiempo he insistido a mis equipos sobre la importancia de comunicar al cliente aquello que hacemos, más aún cuando se finaliza en plazo, coste y calidad. En muchas ocasiones he olvidado, sin embargo, hacer lo mismo conmigo. En esto hice demasiado caso a mi madre y creí que hacer las cosas bien hechas tenían la virtud de ser reconocidas per se. La próxima prometo no olvidarme de hacéroslo saber.

Agradecimientos: La foto está sacada de pixabay y pertenece a Robinson , gracias por la contribución.

Esta entrada lleva tanto tiempo en reposo que si fuese vino sería, como mínimo, una gran reserva. Ni recuerdo la razón para escribirla, probablemente fue la convicción, en contra de las creencias de mi madre, de que no sólo basta con hacer las cosas bien, tan bien como eres capaz al menos, hay que comunicarlas. Sin este componente de comunicación falla una parte fundamental de la acción, hasta dios se encargó de comunicarnos que su más importante obra finalizó en seis días, ¿porqué no hacemos nosotros lo mismo?.

Nostalgia del Silencio

Nostalgia del Silencio

1. m. Sonido inarticulado, por lo general desagradable.

2. m. Litigio, pendencia, pleito, alboroto o discordia.

5. m. Ling. En semiología, interferencia que afecta a un proceso de comunicación.

No digo nada nuevo cuando expreso que vivimos en tiempos de ruido insoportable y prisas frenéticas, que no siendo lo mismo están hoy íntimamente relacionados. Se también que con lo anterior no informo de nada nuevo y probablemente sólo añado mi grano a la montaña de interferencias que parece conformar el horizonte y la banda sonora y vital de nuestro tiempo.

Más allá de los circuitos electrónicos, donde las señales espurias pueden arruinar el resultado que esperabas de ellos al diseñarlos, para mi y durante mucho tiempo el ruido no era más que lo expresado en la primera de las definiciones que incluyo al principio. Sonidos inarticulados o articulados a un volumen intolerable, que resultaban siempre y en toda ocasión molestos y desagradables. No fue hasta que empecé a interesarme por la comunicación, cuando entendí que el ruido no tiene que ser siempre sonoro o eléctrico. Mucho del ruido que nos rodea ni interfiere en las señales electrónicas ni suena. Escrito hay cada vez más, amparados en el “tengo derecho” muchos somos los que contribuimos alegremente a redactar esta cacofonía, pero no paramos ahí y así podemos encontrar algarabía en la indumentaria, los gestos, el teatro o el cine, parece que todo lo que nos rodea es susceptible de emplearse para armar follón.

No he mencionado hasta ahora otro tipo de ruido, relativamente nuevo y más omnipresente si cabe que cualquiera de los anteriores y en el que se mezclan varios de ellos. Whatsapp, las redes sociales y sus parientes más o menos cercanos han elevado la estridencia al altar de lo imprescindible y han hecho del alboroto un nuevo y apreciado arte.

Se mezclan en estas herramientas, junto a características positivas de las que sin duda son poseedoras y de las que otro día debería hablar, los ruidillos y vibraciones, la inmediatez rampante, la sobreabundancia de datos (muchos de ellos inútiles y/o incorrectos y otros que aún no siéndolo se vuelven triviales e inapreciables sumergidos en la marea de los anteriores), la reiteración, la emisión impune y la recepción forzosamente acrítica, las conversaciones cruzadas cuando no directamente divididas, la continúa demanda de atención, la ubicuidad, la omnipresencia, la urgencia y algunas otras más, indeseables todas ellas. Todo lo anterior hace, paradojicamente, de la interferencia y el ruido elemento principal de la comunicación establecida a través de ellas.

Parece que por primera vez el canal se impone al mensaje y lo modula más allá de lo necesario. No exige la necesaria adaptación que todo canal precisa, necesita de nuestra sumisión, expresada esta en forma de vigilancia permanente y respuesta fulgurante, en caso contrario podemos acabar invadidos por una sensación de urgencia o frustración. Urgencia que nos lleva a contestar inmediatamente cuando tenemos la oportunidad de leer los mensajes en el momento que se producen, sin meditar la respuesta en muchas ocasiones, y frustración en caso de no haber atendido a tiempo los avisos, sentimos entonces el temor de habernos perdido algo importante (aunque se trate de un tema banal) que ha sucedido a nuestro alrededor y de lo que podíamos haber formado parte si nuestra atención y devoción hubiese sido mayor, pero por dejadez ha sucedido sin nuestra contribución.

Parece pues que el tiempo de la reflexión ha pasado y deja su lugar al tiempo del “tengo derecho” y la opinión. A favor, que la posibilidad de comunicación y expresión se ha extendido de manera notable, acercando a cada uno de nosotros (siempre que tenga la oportunidad de conectar a internet) la posibilidad de contar lo que sabe, ha aprendido o conoce. En contra el convencimiento de que los demás tienen la obligación de escucharnos, leernos, oírnos, vernos o amarnos (ya puestos a pedir, pidámoslo todo).

Será porque me encanta hablar, pero creo que todos somos portadores del legítimo derecho a expresarnos, también si lo que expresamos es una opinión, un pastiche o una verdadera tontuna -lo que suele suceder en la mayoría de las ocasiones-, cosa diferente es que hacen los demás con ello. De la misma forma que nos ampara el derecho a expresarnos, a los otros, les guarda uno que no es menor, el de no escucharnos, leernos, vernos o mandarnos a tierras ignotas con tal que los dejemos en paz.  Si bien nadie puede impedir que hables, si se mantiene el orden y el turno, lo que se haga de tu opinión no está regido por derecho o ley alguna.

Cada vez echo más en falta el sentido común, el de la prudencia y la reflexión. Nadie dice ahora “no se” o “no tengo opinión (formada al menos)”, será porque el acceso a todos los medios que he mencionado antes y otros nuevos que sin duda aparecerán han hecho del silencio un nuevo delito. Reos todos del delito de no-opinión, componentes irredentos y reincidentes del grupo de los “tibios” o “equidistantes”, aborrecible conjunto de moda y que daría para una entrada el solito.

Porque mi opinión no importa y no debe importar, salvo que aporte nueva información, conclusiones novedosas o puntos de vista inéditos. De la misma forma que el cirujano no me pidió opinión antes de intervenir la cadera de mi amigo Fernando, ni el juez me la pedirá antes de dictar sentencia (salvo que sea jurado y en este caso no es mi opinión lo que se pide sino que cumpla con una de mis obligaciones ciudadanas), quizá vaya siendo el momento de dejar al silencio recuperar el espacio que no debió perder y recordemos que es mejor no romperlo si no sabemos como mejorarlo.

La importancia de llamarse….

La importancia de llamarse….

Lo que no se nombra, no existe. O eso podemos llegar a creer llevados por nuestro antropocentrismo, nada innominado tiene existencia real y si algo es conocido debe tener nombre y descripción aunque sea esta somera o incompleta. Ergo, lo no bautizado sólo es potencia.

Una vez fijada la necesidad ontológica del nombre, podemos ocuparnos de la importancia de estos y la necesidad de escogerlos adecuadamente. Leía hace no mucho, en un periódico de prestigio, una noticia que hablaba del Guardián del Ano del Faraón -no entraré en más detalles, los interesados pueden preguntar al Oráculo Google al respecto- no cuidador, no vigilante, no limpiador, Guardian. Aplícándome el cuento, no es lo mismo hacer una Compilación de Cuentos (suena farragoso ¿verdad?) o una Antología (esta sabe a pastiche o revuelto), que una Historia en Etapas (aquí se nota el esfuerzo y la continuidad) o un Compendio de Sabiduría Breve (deja los proverbios morales a la altura del betún).

Conclusión: busca el nombre adecuado sin prisa, no corras para hallarlo

¿Por qué escribo?

¿Por qué escribo?

Por supuesto se trata de una pregunta retórica; cualquiera que haya tenido la increíble buena fortuna de deleitarse con la lectura de alguno de mis escritos, incluidas las listas de la compra o temas pendientes, sabría responder al menos tan bien sino mejor que yo mismo a esta cuestión. Si escribo, es para dar a todos los que me leéis la oportunidad de disfrutar y olvidaros, siquiera los instantes que necesitéis para agotar mis escritos, de vuestras mediocres y grises existencias.

La exquisita calidad de mis endebles construcciones, la excelente y correosa textura de mis personajes, el extraordinario ritmo de mis escasos diálogos y la espectacular tonalidad de mi breve paleta de sensaciones serían, cada una de ellas por separado e ineludibles en conjunto, motivaciones suficientes para dedicaros parte de mis escasos y raquíticos momentos libres. Es por todo esto que, pensando en vosotros, vierto en palabras los inabarcables pensamientos que atestan mi inagotable, aunque limitada, imaginación.

Estoy completamente seguro de que si me pongo a rebuscar y le dedico tiempo, imaginación y esfuerzo, encontraría algún “ex” más aplicable a lo que escribo, sería igual de falso y forzado que todos los anteriores, pero los haría encajar, basta un poco de maña un mucho de fuerza y un buen calzador, en el mejor de los casos, en el peor los martillazos hacen milagros.

Dejando de lado chuflas y retrancas, la verdad es otra y más simple, ¡son las historias! He pasado gran parte de mi vida imaginando historias y es probable que la razón se encuentre en mi infancia, Freud estaría orgulloso de mi. Una parte importante de mi tiempo libre lo pasaba entonces bastante solo; mis padres trabajaban como conserjes, porteros se les llamaba entonces, mi padre además compaginaba este trabajo con otro de noche; de camarero primero, de vigilante en unos grandes almacenes más tarde -el pluriempleo era algo muy común en aquellos no tan lejanos tiempos, los sueldos no daban para todo y no eran pocos los que compaginaban varios trabajos- Con tantas obligaciones, no andaban sobrados de tiempo y era poco el que podían dedicar al ocio, al suyo en primer lugar y al nuestro, mío y de mi hermano, tampoco. Se que confesar esto, llevará a todos aquellos que hoy ejercen como padres cicerone a tiempo completo a una santa indignación, inevitable reacción ante tamaña bestialidad. Les ruego desde aquí que no lo hagan, dejen la justa indignación para causas más nobles y posibles; lo hecho, hecho está y al fin y a la postre no era la mía una situación extraña o singular, muchos de nuestros vecinos y conocidos se encontraban en trance semejante y si de vale de excusa, no hemos salido tan mal; ni más ni menos tarados que otros tantos que recibieron y aún hoy reciben de sus progenitores más tiempo, de la atención, principios y calidad mejor hablamos otro día.

A lo anterior, se unía en mi caso la diferencia de edad de con mi hermano, me sacaba entonces y hoy continúa haciéndolo cinco años, apenas el 10% de lo que llevo vivido ahora, pero una enormidad en aquellos años 70. Esta diferencia nos situaba en momentos diferentes, cuando yo disfrutaba de la infancia estaba el en la adolescencia y por fuerza nuestros intereses y necesidades eran diferentes, difícil contar con un compañero de juegos en estas circunstancias. No me quedaba otra que aprender a divertirme, o aburrirme, por mis propios medios y a ello me puse con infantil entusiasmo. Por suerte contaba con mi imaginación y un magnífico escenario donde ejercerla; una vieja casona, casi palacete, sita en la calle Alcalá de Madrid, exactamente en el número 20, al lado del que todavía hoy es el Teatro Alcalá y frente a la iglesia de San José y lo que entonces era la agencia de viajes Wagon Lists. La una, la iglesia, todavía continúa siéndolo, no así la otra, el Wagon Lists dejó paso a no se que comercio que a su vez cedió el lugar que ocupaba a un VIPS. Con el cierre de estos establecimientos no se a que actividad dejará paso. La supervivencia del templo y, comparativamente hablando, la poca fortuna de los negocios nos da una idea de porque algo más de 2000 años después continuamos rezando y fiando en los dioses aunque no lo hagamos en los agentes de viajes.

Como porteros, mis padres tenían la obligación de cuidar, vigilar y guardar aquella enorme casona, asegurando que los magros servicios que prestaba a sus inquilinos no se interrumpiesen, fuese de día o de noche, laborable o fiesta de guardar -entonces las fiestas se guardaban y respetaban, no fuese que se agotasen y disolviesen. No ocurría como hoy, que gastamos y dilapidamos festivos y puentes como si en ello nos fuese la existencia- Vivíamos allí por tanto y el tiempo que yo no pasaba en la escuela, dedicado a mis tareas o fuera, en las pocas ocasiones que salíamos, lo empleaba en imaginar historias de las que siempre era yo el único protagonista y transcurrían invariablemente en aquellas seis enormes plantas, convertidas a mi antojo en castillo, selva, árido desierto o cualesquiera otro escenario que se acomodase a mis necesidades. En aquellas escaleras y rellanos, aprendí a ser pirata, vaquero, soldado, aventurero o explorador. Combatí a los indios en cada escalón de la majestuosa escalera de entrada, me embosqué en el hueco de las escaleras a la espera de las columnas que pretendían invadir mi reino imaginado. Exploré cada recodo y cada sombra, combatí monstruos y animales bajo la enorme lámpara de la entrada, me maravillé encontrando tesoros que sólo yo podía imaginar en viejos baúles y arcones. Con la ventaja de poder interrumpir cada combate y porfía para merendar, sabedor de que podría retomarlos en el punto exacto en que los dejé, fuese yo ganando o estuviese a punto de sucumbir, cuando tuviese a bien hacerlo y contase con el permiso necesario para volver a perderme en aquella enorme casona plagada de amigables fantasmas, antagonistas imaginarios e innumerables compañeros de aventura.

Hace mucho tiempo que dejamos aquella casona, cómo podéis suponer ya no se parece en nada al lugar que yo conocí y en el que tuve la oportunidad de vivir mis primeros años. Aún antes de marcharnos ya dejó de ser el paraje que yo recuerdo y en el que pase tanto tiempo viviendo historias imposibles. A principios de la prodigiosa década de los 80, un inversor de los que empezaban a despuntar por aquí, interesado en hacer dinero rápido y, sin él imaginarlo, perderlo más rápido aún, decidió convertirla en otro anodino y ampuloso edificio de oficinas.

No pudiendo arrancar de sus quicios las enormes puertas de entrada, las cortó y tiró, sustituyéndolas por otras de frágil vidrio que nunca llegaron a funcionar como se esperaba, o no cerraban bien o eran incapaces de abrirse como alguien pensó que debían hacer. La lóbrega entrada se tornó luminosa, perdiendo en el proceso además de las sombras, las posibilidades que estas brindaban a mis aventuras infantiles. La vieja lámpara de araña que colgaba en el hueco de la escalera lo largo de dos pisos e iluminaba pobremente cinco, aquella por la que más de una vez me imaginé descendiendo cual intrépido pirata -influencias sin duda de “El temible Burlón” y el “Halcón y la Flecha”- dejó su lugar a un horror que ocupaba todo la altura de aquel abismo, feísima columna de luz con más bombillas que la decoración navideña que  todos los años abrazaba los árboles de la calle Alcalá y ningún atractivo para mi imaginación. El viejo pasamanos de madera fue púlcramente cubierto por un abultado forró de terciopelo rojo, el forjado de las escaleras dorado a base de pintura y los chirriantes escalones cubiertos de hortera moqueta. Todos los pisos vacíos, pero llenos de aventuras para mi, se llenaron de bulliciosas oficinas.

Acabamos marchando de allí, mi padre ya no precisaba de dos trabajos, con uno y la ayuda de mi madre, que continúo algunos años más trabajando en uno de los pisos que sobrevivió a la transformación, bastaba.

Creo firmemente que serían aquellos años, aquellos espacios y ensayos los que me llevarían al convencimiento de que hay historias que sólo yo puedo imaginar y contar, cuentos que sólo yo conozco y puedo narrar.

¡Son las historias!. Porque todavía hoy creo que hay batallas que pelear, aunque ya no las combatan caballeros o soldados. Lugares y tiempos que descubrir, aunque ya no sean aventureros o exploradores los encargados de la tarea. Princesas que salvar, aunque las niñas prefieran vivir en sus torres y los príncipes anden ocupados con el Whatsapp. Monstruos que abatir, aunque ahora sean reales y más terribles que cualquiera de los que entonces hubiese podido imaginar o entrañables cómo nunca antes los fueron. Será por eso que escribo

Equilibrio.

Equilibrio.

Siempre me cayó bien Aristóteles. Si nos hubiésemos encontrado en Atenas, le habría invitado a unos botijos; de cerveza, no nos confundamos, de esos que por aquí llaman quintos y birras en todos lados. O no habiéndola, a lo que quiera que bebiesen en aquellos tiempos salvajes y remotos.

Hasta a unas tapitas, que siempre son un perfecto acompañamiento y excelente excusa para estas penosas tareas del trasiego alcohólico. De higos, olivas o queso feta, temo que por aquel entonces nosotros, los ibero-peninsulares (permitidme la licencia, así no se me ofende nadie y el toponímico incluye hasta a los hermanos portugueses) todavía no habíamos inventado el jamón -el de verdad, no el que llamamos de York aunque lo hagan en Girona-. Y si por ventura lo hicimos, me da en la nariz que no se exportaba; salvo que los vikingos, piratas y demás morralla que ya se paseaba por nuestras costas, además de violarnos a las mujeres y jodernos el urbanismo a base de incendios, nos esquilmasen los secaderos para financiarse las excursiones. O quizá si lo haciamos, vaya vd. a saber, que esto del Mare Nostrum parece que siempre ha sido un trajín morrocotudo de industriosos conquistadores, taimados mercaderes, pueblos fecundos y jaraneros, viajeros tarambana y diferencias irremediablemente semejantes.

Retomando el hilo que he perdido con tanta digresión, ¿de dónde viene mi simpatía por el filosófico personaje?, sin duda no se debe a mis profesores (sí, cuando yo estudiaba, la ESO era BUP y nos enseñaban -con poca fortuna, añado- filosofía, geografía, físicayquímica, lógica, latín, pre-tecnología y otras materias que ahora os sonarán a mandarín). No habiéndome transmitido tan insignes docentes (Masca, Platas, Canica, Mosca y tanto otros que motejábamos con infantil perfidia y no menos pueril impiedad) ese sentimiento, debe este por fuerza provenir de otras influencias. El tiempo quizá, el que he dedicado después y por mi cuenta a curiosear en todo aquello que tan ilustres e incompetentes próceres del saber fueron incapaces de traspasarme.

Si, por mi cuenta y por el placer de saber (y un poquito de mala leche, no lo voy a negar, que eso de apabullar a los demás con frasecillas y piezas sueltas de conocimientos vanos siempre me ha gustado, eterno aspirante a sabidillo que es uno), con el paso de los años he ido aprendiendo algunas cosas. Una de ellas, que además no he olvidado -junto a lo que es una cámara kirlian y porqué los huevos frescos no flotan-, es un pensamiento que se le atribuye al tal Aristóteles -os lo repito ahora, porque a estas alturas y con la cantidad de ramas que he transitado, lo más normal será que hayáis olvidado de quién hablábamos y porqué-. No es otro que aquel que dice: “la virtud se haya en el justo término medio”.

Si lo saco a colación, es porque en estos días de extremos me parece buen ejercicio repensarse el dicho y ya puestos al que lo parió. Nos vendría bien descansar de tanta red asocial y pensar un poco, con mesura no es malo y hasta produce cierto gustirrinin; meramente intelectual, lamento comunicar a quién espere resultados más lúbricos. Así quizá, podríamos recordar que si la tierra es habitable, se debe principalmente al hecho de encontrarse a medio camino entre la megalomaniaca estufa que es el sol y la aburrida, fría del carajo e inhóspita periferia planetaria. Si podemos joder al prójimo, engañar al vecino y fastidiar a nuestros conciudadanos es de chiripa, porque la casualidad decidió poner una nube de basura espacial en el preciso lugar, justo ahí en medio, en el que podía llegar a formar este monísimo planeta, plagado ahorabde aburridos insatisfechos, que nos han cedido en alquiler.

Y no sólo del local que habitamos se trata, en el fondo todo se refiere a puntos medios, a equilibrio, ese que tanto nos falta hoy. Esos puntos que nos permiten jugar al balancín y a la peonza, pesar las patatas, matar el rato construyendo castillos de naipes o haciendo girar una moneda. De ese sentido que nos permite andar erguidos y en línea recta. Mirar a uno y otro lado, arriba y abajo sin temer al vértigo de los extremos. Dormir como un bebé, no odiar al jefe ni gritarle al encargao, esperar nuestro turno en la cola, disfrutar de la poca armonía que seamos capaces de entonar, querer a la familia aunque no la hayamos escogido. Amar a tu pareja, incluso en esas ocasiones que no sabes que narices le pasa por las tripas. Entender que tu hija nunca será lo que habías pensado, porque tiene unos planes diferentes y mejores. Aceptar que irremediablemente, no serás aquello que soñaste, pero no ha quedado tan mal el resultado. Continuar queriendo a tus amigos, a pesar de que sea un infierno encontrar una hora para veros, tanto running, que ya no se parezcan un pijo a los que conociste y en ocasiones te crispen los nervios. Divertirte con cada partida de mus, sin importar que a veces sean los otros los que ganen y escribir lo que te apetece, sin la preocupación de que podría ser mejor, si lo hubiese escrito otro.

EPÍLOGO

Atendiendo a la definición de la R.A.E., el equilibrio es:

1. Estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente.

2. Situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse.

3. Peso que es igual a otro y lo contrarresta.

4. Contrapeso, contrarresto o armonía entre cosas diversas.

5. Ecuanimidad, mesura y sensatez en los actos y juicios.

6. Fís. Estado en el que se encuentra una partícula si la suma de todas las fuerzas que actúan sobre ella es cero.

En estos tiempos que corren (aunque en ocasiones más parece que se arrastren, por lo mucho que nos cuesta dejar atrás comportamientos caducos y rancios), casi todas ellas me resultan reconfortantes y algunas son casi proféticas. Un par, debieran ser de obligado conocimiento y cumplimiento para todo aquel que opte a la categoría de ciudadano.

Aunque en estos momentos tenga la tentación de quedarme con la primera, no habiendo quinto malo, es esta, la quinta, la que considero ideal.

Dioses y héroes

Dioses y héroes

Aciago podría ser el día, ahora sabemos que los dioses podrían repudiarnos ¿Qué será si abominan de nuestra compañía o desdeñosos ignoran nuestros legítimos anhelos y fundadas esperanzas?

Fiados en nuestros héroes magníficos, no ha mucho osamos ignorar el voluble carácter de los dioses. Ebrios de victoria, olvidamos los ritos y sacrificios. Ahítos de soberbia nos creímos inmortales gigantes, imbatibles guerreros casi divinos. Ofendimos a los dioses y olímpicamente despreciamos el azar.

Arrogantes, vestimos los trajes y pintamos las caras, entonamos los cánticos sin rubor y sin mesura. En nuestra alma no cabían ni la duda ni la modestia, menos aún el temor ¿Qué ha de temer quién siempre vence? ¿Qué ha de dudar quién cree poseer todas las respuestas? ¿qué incómoda modestia precisa quién se supone adornado de virtudes sin número e ignora la mácula y el error?

Hoy nos sentimos fatalmente equivocados y no encontramos las respuestas que, ahora sí, necesitamos. Los que otrora vimos inalcanzables colosos semejan hoy enanos temerosos. Cobardes, cuando no ha tanto los creímos osados y audaces, se cobijan cómo lo hacen los alfeñiques bajo las faldas de la excusa, la voluble fortuna y el cambiante sino; ese mismo que ayer, soberbios, despreciábamos por vacuo e inane.

Los bufones ridículos, los voceros a sueldo y los correveidiles, todos aquellos a los que siempre hemos despreciado, hieren ahora nuestros pobres oídos con afiladas burlas y crueles chanzas. Envalentonados en nuestra desgracia, cuestionan los laureles que, todavía hoy, adornan las egregias y nobles frentes de nuestros guerreros; osan decir que están mustios o fueron hurtados o son fatuos. De nuestra grandeza dudan sin rebozo, mostrándola inmerecida, pasada y caduca.

Ahora sí, buscamos a los dioses y clamamos a la fortuna, deseando merecer de ellos la misma atención que ayer despreciamos por vana, cambiante y ajena. Nos creímos felinos majestuosos y hoy lamemos nuestras heridas como perros.

Aciago podría ser el día, amargas libaciones y ácidos reproches nos acompañan en el ágora, mientras buscamos la víctima propiciatoria que ofrecer en el ara de la victoria. Confiamos en el próximo día santo, que los nuestros enjuguen con sangre inocente el descrédito ganado y nos hagan olvidar los amargos recelos y atroces padecimientos.

¡Ojalá nuestros delanteros no vean sus tiernas carnes devoradas por ávidos defensas y un mísero punto sea bastante para elevar el ansiado trofeo!

Nota: Esta historia, reflexión, chanza o cómo quiera llamarse lleva ya algún tiempo reposando en el cajón, un par de años quizá. Sorprende que sólo haya tenido que cambiar el número de puntos para que continúe siendo válida, el eterno retorno supongo.

Si la escribí, fue con la intención de quitarle hierro y solemnidad a la religión de nuestro tiempo y recordar a todos sus creyentes que los dioses suelen ser caprichosos y estar profundamente aburridos. Parece que la mejor forma que encuentran de divertirse es atormentar a sus sufridos acólitos. Por suerte, pase lo que pase esta semana, el próximo año los mismos héroes, u otros parecidos, os harán creer que sois felinos majestuosos… o perros temerosos, dependerá de cómo y quién reparta los naipes.