La importancia de llamarse….

La importancia de llamarse….

Lo que no se nombra, no existe. O eso podemos llegar a creer llevados por nuestro antropocentrismo, nada innominado tiene existencia real y si algo es conocido debe tener nombre y descripción aunque sea esta somera o incompleta. Ergo, lo no bautizado sólo es potencia.

Una vez fijada la necesidad ontológica del nombre, podemos ocuparnos de la importancia de estos y la necesidad de escogerlos adecuadamente. Leía hace no mucho, en un periódico de prestigio, una noticia que hablaba del Guardián del Ano del Faraón -no entraré en más detalles, los interesados pueden preguntar al Oráculo Google al respecto- no cuidador, no vigilante, no limpiador, Guardian. Aplícándome el cuento, no es lo mismo hacer una Compilación de Cuentos (suena farragoso ¿verdad?) o una Antología (esta sabe a pastiche o revuelto), que una Historia en Etapas (aquí se nota el esfuerzo y la continuidad) o un Compendio de Sabiduría Breve (deja los proverbios morales a la altura del betún).

Conclusión: busca el nombre adecuado sin prisa, no corras para hallarlo

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¿Por qué escribo?

¿Por qué escribo?

Por supuesto se trata de una pregunta retórica; cualquiera que haya tenido la increíble buena fortuna de deleitarse con la lectura de alguno de mis escritos, incluidas las listas de la compra o temas pendientes, sabría responder al menos tan bien sino mejor que yo mismo a esta cuestión. Si escribo, es para dar a todos los que me leéis la oportunidad de disfrutar y olvidaros, siquiera los instantes que necesitéis para agotar mis escritos, de vuestras mediocres y grises existencias.

La exquisita calidad de mis endebles construcciones, la excelente y correosa textura de mis personajes, el extraordinario ritmo de mis escasos diálogos y la espectacular tonalidad de mi breve paleta de sensaciones serían, cada una de ellas por separado e ineludibles en conjunto, motivaciones suficientes para dedicaros parte de mis escasos y raquíticos momentos libres. Es por todo esto que, pensando en vosotros, vierto en palabras los inabarcables pensamientos que atestan mi inagotable, aunque limitada, imaginación.

Estoy completamente seguro de que si me pongo a rebuscar y le dedico tiempo, imaginación y esfuerzo, encontraría algún “ex” más aplicable a lo que escribo, sería igual de falso y forzado que todos los anteriores, pero los haría encajar, basta un poco de maña un mucho de fuerza y un buen calzador, en el mejor de los casos, en el peor los martillazos hacen milagros.

Dejando de lado chuflas y retrancas, la verdad es otra y más simple, ¡son las historias! He pasado gran parte de mi vida imaginando historias y es probable que la razón se encuentre en mi infancia, Freud estaría orgulloso de mi. Una parte importante de mi tiempo libre lo pasaba entonces bastante solo; mis padres trabajaban como conserjes, porteros se les llamaba entonces, mi padre además compaginaba este trabajo con otro de noche; de camarero primero, de vigilante en unos grandes almacenes más tarde -el pluriempleo era algo muy común en aquellos no tan lejanos tiempos, los sueldos no daban para todo y no eran pocos los que compaginaban varios trabajos- Con tantas obligaciones, no andaban sobrados de tiempo y era poco el que podían dedicar al ocio, al suyo en primer lugar y al nuestro, mío y de mi hermano, tampoco. Se que confesar esto, llevará a todos aquellos que hoy ejercen como padres cicerone a tiempo completo a una santa indignación, inevitable reacción ante tamaña bestialidad. Les ruego desde aquí que no lo hagan, dejen la justa indignación para causas más nobles y posibles; lo hecho, hecho está y al fin y a la postre no era la mía una situación extraña o singular, muchos de nuestros vecinos y conocidos se encontraban en trance semejante y si de vale de excusa, no hemos salido tan mal; ni más ni menos tarados que otros tantos que recibieron y aún hoy reciben de sus progenitores más tiempo, de la atención, principios y calidad mejor hablamos otro día.

A lo anterior, se unía en mi caso la diferencia de edad de con mi hermano, me sacaba entonces y hoy continúa haciéndolo cinco años, apenas el 10% de lo que llevo vivido ahora, pero una enormidad en aquellos años 70. Esta diferencia nos situaba en momentos diferentes, cuando yo disfrutaba de la infancia estaba el en la adolescencia y por fuerza nuestros intereses y necesidades eran diferentes, difícil contar con un compañero de juegos en estas circunstancias. No me quedaba otra que aprender a divertirme, o aburrirme, por mis propios medios y a ello me puse con infantil entusiasmo. Por suerte contaba con mi imaginación y un magnífico escenario donde ejercerla; una vieja casona, casi palacete, sita en la calle Alcalá de Madrid, exactamente en el número 20, al lado del que todavía hoy es el Teatro Alcalá y frente a la iglesia de San José y lo que entonces era la agencia de viajes Wagon Lists. La una, la iglesia, todavía continúa siéndolo, no así la otra, el Wagon Lists dejó paso a no se que comercio que a su vez cedió el lugar que ocupaba a un VIPS. Con el cierre de estos establecimientos no se a que actividad dejará paso. La supervivencia del templo y, comparativamente hablando, la poca fortuna de los negocios nos da una idea de porque algo más de 2000 años después continuamos rezando y fiando en los dioses aunque no lo hagamos en los agentes de viajes.

Como porteros, mis padres tenían la obligación de cuidar, vigilar y guardar aquella enorme casona, asegurando que los magros servicios que prestaba a sus inquilinos no se interrumpiesen, fuese de día o de noche, laborable o fiesta de guardar -entonces las fiestas se guardaban y respetaban, no fuese que se agotasen y disolviesen. No ocurría como hoy, que gastamos y dilapidamos festivos y puentes como si en ello nos fuese la existencia- Vivíamos allí por tanto y el tiempo que yo no pasaba en la escuela, dedicado a mis tareas o fuera, en las pocas ocasiones que salíamos, lo empleaba en imaginar historias de las que siempre era yo el único protagonista y transcurrían invariablemente en aquellas seis enormes plantas, convertidas a mi antojo en castillo, selva, árido desierto o cualesquiera otro escenario que se acomodase a mis necesidades. En aquellas escaleras y rellanos, aprendí a ser pirata, vaquero, soldado, aventurero o explorador. Combatí a los indios en cada escalón de la majestuosa escalera de entrada, me embosqué en el hueco de las escaleras a la espera de las columnas que pretendían invadir mi reino imaginado. Exploré cada recodo y cada sombra, combatí monstruos y animales bajo la enorme lámpara de la entrada, me maravillé encontrando tesoros que sólo yo podía imaginar en viejos baúles y arcones. Con la ventaja de poder interrumpir cada combate y porfía para merendar, sabedor de que podría retomarlos en el punto exacto en que los dejé, fuese yo ganando o estuviese a punto de sucumbir, cuando tuviese a bien hacerlo y contase con el permiso necesario para volver a perderme en aquella enorme casona plagada de amigables fantasmas, antagonistas imaginarios e innumerables compañeros de aventura.

Hace mucho tiempo que dejamos aquella casona, cómo podéis suponer ya no se parece en nada al lugar que yo conocí y en el que tuve la oportunidad de vivir mis primeros años. Aún antes de marcharnos ya dejó de ser el paraje que yo recuerdo y en el que pase tanto tiempo viviendo historias imposibles. A principios de la prodigiosa década de los 80, un inversor de los que empezaban a despuntar por aquí, interesado en hacer dinero rápido y, sin él imaginarlo, perderlo más rápido aún, decidió convertirla en otro anodino y ampuloso edificio de oficinas.

No pudiendo arrancar de sus quicios las enormes puertas de entrada, las cortó y tiró, sustituyéndolas por otras de frágil vidrio que nunca llegaron a funcionar como se esperaba, o no cerraban bien o eran incapaces de abrirse como alguien pensó que debían hacer. La lóbrega entrada se tornó luminosa, perdiendo en el proceso además de las sombras, las posibilidades que estas brindaban a mis aventuras infantiles. La vieja lámpara de araña que colgaba en el hueco de la escalera lo largo de dos pisos e iluminaba pobremente cinco, aquella por la que más de una vez me imaginé descendiendo cual intrépido pirata -influencias sin duda de “El temible Burlón” y el “Halcón y la Flecha”- dejó su lugar a un horror que ocupaba todo la altura de aquel abismo, feísima columna de luz con más bombillas que la decoración navideña que  todos los años abrazaba los árboles de la calle Alcalá y ningún atractivo para mi imaginación. El viejo pasamanos de madera fue púlcramente cubierto por un abultado forró de terciopelo rojo, el forjado de las escaleras dorado a base de pintura y los chirriantes escalones cubiertos de hortera moqueta. Todos los pisos vacíos, pero llenos de aventuras para mi, se llenaron de bulliciosas oficinas.

Acabamos marchando de allí, mi padre ya no precisaba de dos trabajos, con uno y la ayuda de mi madre, que continúo algunos años más trabajando en uno de los pisos que sobrevivió a la transformación, bastaba.

Creo firmemente que serían aquellos años, aquellos espacios y ensayos los que me llevarían al convencimiento de que hay historias que sólo yo puedo imaginar y contar, cuentos que sólo yo conozco y puedo narrar.

¡Son las historias!. Porque todavía hoy creo que hay batallas que pelear, aunque ya no las combatan caballeros o soldados. Lugares y tiempos que descubrir, aunque ya no sean aventureros o exploradores los encargados de la tarea. Princesas que salvar, aunque las niñas prefieran vivir en sus torres y los príncipes anden ocupados con el Whatsapp. Monstruos que abatir, aunque ahora sean reales y más terribles que cualquiera de los que entonces hubiese podido imaginar o entrañables cómo nunca antes los fueron. Será por eso que escribo

Equilibrio.

Equilibrio.

Siempre me cayó bien Aristóteles. Si nos hubiésemos encontrado en Atenas, le habría invitado a unos botijos; de cerveza, no nos confundamos, de esos que por aquí llaman quintos y birras en todos lados. O no habiéndola, a lo que quiera que bebiesen en aquellos tiempos salvajes y remotos.

Hasta a unas tapitas, que siempre son un perfecto acompañamiento y excelente excusa para estas penosas tareas del trasiego alcohólico. De higos, olivas o queso feta, temo que por aquel entonces nosotros, los ibero-peninsulares (permitidme la licencia, así no se me ofende nadie y el toponímico incluye hasta a los hermanos portugueses) todavía no habíamos inventado el jamón -el de verdad, no el que llamamos de York aunque lo hagan en Girona-. Y si por ventura lo hicimos, me da en la nariz que no se exportaba; salvo que los vikingos, piratas y demás morralla que ya se paseaba por nuestras costas, además de violarnos a las mujeres y jodernos el urbanismo a base de incendios, nos esquilmasen los secaderos para financiarse las excursiones. O quizá si lo haciamos, vaya vd. a saber, que esto del Mare Nostrum parece que siempre ha sido un trajín morrocotudo de industriosos conquistadores, taimados mercaderes, pueblos fecundos y jaraneros, viajeros tarambana y diferencias irremediablemente semejantes.

Retomando el hilo que he perdido con tanta digresión, ¿de dónde viene mi simpatía por el filosófico personaje?, sin duda no se debe a mis profesores (sí, cuando yo estudiaba, la ESO era BUP y nos enseñaban -con poca fortuna, añado- filosofía, geografía, físicayquímica, lógica, latín, pre-tecnología y otras materias que ahora os sonarán a mandarín). No habiéndome transmitido tan insignes docentes (Masca, Platas, Canica, Mosca y tanto otros que motejábamos con infantil perfidia y no menos pueril impiedad) ese sentimiento, debe este por fuerza provenir de otras influencias. El tiempo quizá, el que he dedicado después y por mi cuenta a curiosear en todo aquello que tan ilustres e incompetentes próceres del saber fueron incapaces de traspasarme.

Si, por mi cuenta y por el placer de saber (y un poquito de mala leche, no lo voy a negar, que eso de apabullar a los demás con frasecillas y piezas sueltas de conocimientos vanos siempre me ha gustado, eterno aspirante a sabidillo que es uno), con el paso de los años he ido aprendiendo algunas cosas. Una de ellas, que además no he olvidado -junto a lo que es una cámara kirlian y porqué los huevos frescos no flotan-, es un pensamiento que se le atribuye al tal Aristóteles -os lo repito ahora, porque a estas alturas y con la cantidad de ramas que he transitado, lo más normal será que hayáis olvidado de quién hablábamos y porqué-. No es otro que aquel que dice: “la virtud se haya en el justo término medio”.

Si lo saco a colación, es porque en estos días de extremos me parece buen ejercicio repensarse el dicho y ya puestos al que lo parió. Nos vendría bien descansar de tanta red asocial y pensar un poco, con mesura no es malo y hasta produce cierto gustirrinin; meramente intelectual, lamento comunicar a quién espere resultados más lúbricos. Así quizá, podríamos recordar que si la tierra es habitable, se debe principalmente al hecho de encontrarse a medio camino entre la megalomaniaca estufa que es el sol y la aburrida, fría del carajo e inhóspita periferia planetaria. Si podemos joder al prójimo, engañar al vecino y fastidiar a nuestros conciudadanos es de chiripa, porque la casualidad decidió poner una nube de basura espacial en el preciso lugar, justo ahí en medio, en el que podía llegar a formar este monísimo planeta, plagado ahorabde aburridos insatisfechos, que nos han cedido en alquiler.

Y no sólo del local que habitamos se trata, en el fondo todo se refiere a puntos medios, a equilibrio, ese que tanto nos falta hoy. Esos puntos que nos permiten jugar al balancín y a la peonza, pesar las patatas, matar el rato construyendo castillos de naipes o haciendo girar una moneda. De ese sentido que nos permite andar erguidos y en línea recta. Mirar a uno y otro lado, arriba y abajo sin temer al vértigo de los extremos. Dormir como un bebé, no odiar al jefe ni gritarle al encargao, esperar nuestro turno en la cola, disfrutar de la poca armonía que seamos capaces de entonar, querer a la familia aunque no la hayamos escogido. Amar a tu pareja, incluso en esas ocasiones que no sabes que narices le pasa por las tripas. Entender que tu hija nunca será lo que habías pensado, porque tiene unos planes diferentes y mejores. Aceptar que irremediablemente, no serás aquello que soñaste, pero no ha quedado tan mal el resultado. Continuar queriendo a tus amigos, a pesar de que sea un infierno encontrar una hora para veros, tanto running, que ya no se parezcan un pijo a los que conociste y en ocasiones te crispen los nervios. Divertirte con cada partida de mus, sin importar que a veces sean los otros los que ganen y escribir lo que te apetece, sin la preocupación de que podría ser mejor, si lo hubiese escrito otro.

EPÍLOGO

Atendiendo a la definición de la R.A.E., el equilibrio es:

1. Estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente.

2. Situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse.

3. Peso que es igual a otro y lo contrarresta.

4. Contrapeso, contrarresto o armonía entre cosas diversas.

5. Ecuanimidad, mesura y sensatez en los actos y juicios.

6. Fís. Estado en el que se encuentra una partícula si la suma de todas las fuerzas que actúan sobre ella es cero.

En estos tiempos que corren (aunque en ocasiones más parece que se arrastren, por lo mucho que nos cuesta dejar atrás comportamientos caducos y rancios), casi todas ellas me resultan reconfortantes y algunas son casi proféticas. Un par, debieran ser de obligado conocimiento y cumplimiento para todo aquel que opte a la categoría de ciudadano.

Aunque en estos momentos tenga la tentación de quedarme con la primera, no habiendo quinto malo, es esta, la quinta, la que considero ideal.

Dioses y héroes

Dioses y héroes

Aciago podría ser el día, ahora sabemos que los dioses podrían repudiarnos ¿Qué será si abominan de nuestra compañía o desdeñosos ignoran nuestros legítimos anhelos y fundadas esperanzas?

Fiados en nuestros héroes magníficos, no ha mucho osamos ignorar el voluble carácter de los dioses. Ebrios de victoria, olvidamos los ritos y sacrificios. Ahítos de soberbia nos creímos inmortales gigantes, imbatibles guerreros casi divinos. Ofendimos a los dioses y olímpicamente despreciamos el azar.

Arrogantes, vestimos los trajes y pintamos las caras, entonamos los cánticos sin rubor y sin mesura. En nuestra alma no cabían ni la duda ni la modestia, menos aún el temor ¿Qué ha de temer quién siempre vence? ¿Qué ha de dudar quién cree poseer todas las respuestas? ¿qué incómoda modestia precisa quién se supone adornado de virtudes sin número e ignora la mácula y el error?

Hoy nos sentimos fatalmente equivocados y no encontramos las respuestas que, ahora sí, necesitamos. Los que otrora vimos inalcanzables colosos semejan hoy enanos temerosos. Cobardes, cuando no ha tanto los creímos osados y audaces, se cobijan cómo lo hacen los alfeñiques bajo las faldas de la excusa, la voluble fortuna y el cambiante sino; ese mismo que ayer, soberbios, despreciábamos por vacuo e inane.

Los bufones ridículos, los voceros a sueldo y los correveidiles, todos aquellos a los que siempre hemos despreciado, hieren ahora nuestros pobres oídos con afiladas burlas y crueles chanzas. Envalentonados en nuestra desgracia, cuestionan los laureles que, todavía hoy, adornan las egregias y nobles frentes de nuestros guerreros; osan decir que están mustios o fueron hurtados o son fatuos. De nuestra grandeza dudan sin rebozo, mostrándola inmerecida, pasada y caduca.

Ahora sí, buscamos a los dioses y clamamos a la fortuna, deseando merecer de ellos la misma atención que ayer despreciamos por vana, cambiante y ajena. Nos creímos felinos majestuosos y hoy lamemos nuestras heridas como perros.

Aciago podría ser el día, amargas libaciones y ácidos reproches nos acompañan en el ágora, mientras buscamos la víctima propiciatoria que ofrecer en el ara de la victoria. Confiamos en el próximo día santo, que los nuestros enjuguen con sangre inocente el descrédito ganado y nos hagan olvidar los amargos recelos y atroces padecimientos.

¡Ojalá nuestros delanteros no vean sus tiernas carnes devoradas por ávidos defensas y un mísero punto sea bastante para elevar el ansiado trofeo!

Nota: Esta historia, reflexión, chanza o cómo quiera llamarse lleva ya algún tiempo reposando en el cajón, un par de años quizá. Sorprende que sólo haya tenido que cambiar el número de puntos para que continúe siendo válida, el eterno retorno supongo.

Si la escribí, fue con la intención de quitarle hierro y solemnidad a la religión de nuestro tiempo y recordar a todos sus creyentes que los dioses suelen ser caprichosos y estar profundamente aburridos. Parece que la mejor forma que encuentran de divertirse es atormentar a sus sufridos acólitos. Por suerte, pase lo que pase esta semana, el próximo año los mismos héroes, u otros parecidos, os harán creer que sois felinos majestuosos… o perros temerosos, dependerá de cómo y quién reparta los naipes.

Dificil digestión.

Hace ya más de dos meses y todavía no he terminado la digestión. Alguién podría llamarlo “duelo”, pero como no se ha muerto nadie prefiero llamarlo así, para gustos los colores. Al fin y al cabo lo que resta por hacer después de más de 7’5 años dedicados al laboro y a intentar medrar, sin éxito, es meter entre pan todo lo que ha pasado y comérselo.

Después se puede hacer la digestión, aprovechar los nutrientes que haya en la experiencia, si alguno hay, y deshechar el resto como lo que es: heces.

Esperanzas frustadas

Supongo que intento atenuar mi frustacción. Si no es eso, no encuentro otra explicación para este rapto pasional por la escritura. Casi un año sin escribir ni palabra  y ahora, tengo la necesidad de volver.

Como decía en el primer párrafo, tal vez sea por la necesidad de atenuar la frustación y la desilusión. Ayer, como tantas otras veces aunque ahora no pueda recordarlo, algo que me hacía, realmente “nos” hacía a mi, a mi chica y a mi niña, ilusión se ha escapado. Como tantas otras cosas que ahora no quiero recordar, de entre nuestros dedos. Consecuencia, seguramente, de no haber apretado el puño con fuerza suficiente.

Algo que nos hacía ilusión ha pasado, en un breve instante, de ser posible a ser inalcanzable. Sutil la transformación y devastadores los efectos, contradictorio en apariencia pero terriblemente real. Tan sutil transformación, en ningún momento aquello que era objeto de nuestro deseo estuvo en nuestro poder, sólo pudo estarlo, tiene efectos reales y terribles. Ha llevado a mi chica a un estado de frustación, desilusión y casi depresión y a mi a estar mosqueado, más por las consecuencias que por el hecho en si mismo.
Si lo miro con frialdad, no nos resulta extraño, por suerte o por desgracia, nos ha pasado antes, y nos volverá a pasar. Confío en que, al menos en esta ocasión, hayamos aprendido algo. La reflexión está muy bien, pero si quieres algo, mucho, olvídate de la reflexión y hazlo… luego pensarás en las consecuencias.
En fin… a ver que nos trae mañana. Calor seguro… algo diferente.