Nazismo y Literatura. Programa 24 Radio Cunit

DestacadoNazismo y Literatura. Programa 24 Radio Cunit

Que nos gustan los charcos lo sabe cualquiera que haya escuchado algunos de nuestros programas. No tenemos reparos en hablar de cualquier cosa, será porque nos encanta nuestra voz o será porque somos unos inconscientes, en cualquier caso si tenemos opinión y no tenemos problemas para expresarla. Cine, música, malvados, fantasía, personajes y ahora la influencia del Nacional Socialismo en la literatura.

Ucronias: The man in the high Castle -El hombre en el castillo de Philip K. Dick-, SS GB de Len Deighton, ambas convertidas en serie de mayor o menor éxito. Swastika Night, primera ucronía escrita incluso antes de que el nazismo se convirtiese en la pesadilla que finalmente fue. Aunque si tenéis interés en saber más sobre ucronias, os recomiendo contactar o asistir a alguna de las charlas de Alberto García, sin duda aprenderéis bastante al respecto y disfrutaréis de un rato diferente.

Y hablando de los totalitarismos que marcaron tan nefasta época no pudimos hurtarnos a revisar otros autores como Orwell y 1984. El paso desde ahí a Un Mundo Feliz de Huxley es corto y nosotros unos especialistas en la digresión.

No me gustaría dejar de nombrar a un par de autores que, particularmente, me encantan. Charles Stross que reinventa y conecta en El Archivo de Atrocidades, dos universos tan particulares como son la posible supervivencia del nazismo a través de la sociedad Thule y la Ahnenerbe con los mitos de Cthulhu y Hanns Heinz Ewers llamado a ser el escritor del Reich, autor de relatos tan interesantes como La Araña, y repudiado tanto por los nazis como por la historia.

Si queréis escucharnos, no tenéis más que ir aquí o buscarnos en el Canal de la PAE en ivoox.

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Curiosidad (II y Final)

DestacadoCuriosidad (II y Final)

Si no habéis leído la primera parte, debéis hacerlo, por aquí podéis encontrarla.

En todo este tiempo, he curioseado en salones, salitas y cuartos de estar, terrazas, comedores, comederos y cocinas, pero donde más y mejores secretos he encontrado ha sido siempre en los baños. Supongo que las alcobas deben guardarlos más interesantes, oscuros e inconfesables pero casi nadie te deja campar en su suite. Nadie te ofrece su catre pero todos te dejan su trono. Cortesías y convenciones.

Y hasta los baños pueden estar vedados, habitualmente debes apañarte con el aseo, ese cuchitril que nadie utiliza como tal, más bien como almacén y sólo en caso de visita para la función que fue diseñado: permitir a los ajenos al clan familiar miccionar -nunca he conocido a nadie que se permitiese el atrevimiento de pasar a mayores en estas estancias- sin hollar ni macular el verdadero templo de la higiene y hacer lo primero en relativa paz. Aunque siempre persista el temor a que se abra la puerta por sorpresa mientras te esfuerzas en mear rápido, sin chapoteos ni salpicaduras. Es por eso, por el temor, que todos echamos un vistazo por encima del hombro mientras nos aliviamos y no podemos evitar pensar si el pestillo desempeñará correctamente su función.

A pesar de los miedos y mientras dejas correr el agua en el lavabo como sonora maniobra de distracción, puedes encontrar cosas interesantes en estos cuartos de cortesía. Por ejemplo, esa colonia que ya ni utilizan ni recuerdan, cómo las viejas gomas de las salas de reuniones, generalmente solitaria y colocada en el centro del estante del espejo, cubierta de una profusa capa de polvo que en función de su grosor te permite estimar, cual carbono-14, el tiempo que lleva allí olvidada y abandonada. Y, sobre todo, el botiquín, esa agrupación de píldoras y remedios que dice a través de nuestras dolencias -crónicas o temporales- más de nosotros, nuestras costumbre y fobias, de lo que nos gustaría que otros supiesen. Que si tal tiene colesterol, así se explica lo de las ensaladas y la manía al cochino, y cual hemorroides, por eso no para quieto en la silla el cabrón. Es en estos lugares donde descubres que tu amiga la guapa, esa que siempre ha despertado envidias y tu has sabido lejana e inalcanzable cual diosa etérea, consume con voracidad -o eso parece por el volumen de ellos que atesora- carminativos, antidepresivos, ansiolíticos y una pléyade de ungüentos, afeites y panaceas que para si quisieran algunas boticas. Conocimientos estos que nos aproximan al ser humano que todos llevamos dentro y despiertan el cariño y la ternura como sólo pueden hacerlo las flaquezas y debilidades.

En contadas ocasiones la fortuna sonríe y te brinda la oportunidad de acceder al cielo, sucede cuando para ti se abren los baños en suite, antesala del placer más delicioso, custodios de secretos inconfesables y recónditos que para si quisieran los archivos del vaticano. Esos baños en los que da respeto evacuar aguas menores y por mucho que se revuelvan tus intestinos jamás utilizarías para mayores; sería peor que profanar el santo sepulcro y la meca en el mismo día, aunque después rascases con la escobilla hasta obtener deslumbrantes reflejos como nunca lo has hecho en tu propia casa. La mera idea de liberar un viento en templos sagrados, a mi particularmente me produce remordimientos y me altera el pulso. Si por desventura se produce el incidente -en ocasiones parece existir una conexión irremediable entre ambos alivios-, busco el pulsador del omnipresente ambientador y lo presiono reiteradamente hasta obtener una densa y tóxica neblina que confío en que no me mate y sirva para encubrir en su empalagoso y perfumado abrazo la pestilencia que dejaste escapar. Para evitar lo anterior, en estos casos me limito a liberar la cantidad mínima de fluido necesaria para no reventar mientras centro mi atención en mantener clausurados el resto de los esfínteres. Me lavo rápido, frotando a conciencia las manos sin enjabonar, hollar la impoluta pastilla de jabón -siempre hay pastilla de jabón en estos lugares-, me parecería más sacrílego que chapotear en la pila bautismal de la basílica de San Pedro y me las seco con el forro del bolsillo del pantalón para no humedecer esas límpidas toallas y desbaratar los primorosos dobleces, hacerlo me resulta más herético que atosigar a una Vestal.

Una vez terminado el alivio, toca el placer de la revisión. Esa bola de pelo que se refugia  tímida en el desagüe de la ducha, esa capa de restos fósiles que se oculta bajo la impoluta pastilla de jabón, ese cajón atestado de botecillos de champú y peines pacientemente sustraídos en cada visita de hotel, la histórica lata de gasas que contiene un solitario rollo de esparadrapo y esos que tienen cada frasco, bote y envase en perfecta formación, ordenados por alturas y alineados con escuadra, cartabón y sextante siguiendo la estrella polar, guardan también al fondo del segundo cajón, medio oculto detrás del guante de crin y entre una cuchilla de afeitar de la época victoriana y unas tijeras roñosas un consolador rosa, sales de miccionar con el ánimo reconfortado y una confianza renovada en la justicia poética.

El problema empieza cuando en una de estas incursiones descubres en casa de Bartolo, tu mejor amigo o así lo creías hasta entonces, en ese baño que tantas veces has visitado y revisado que te resulta tan familiar como el que usas cada día, algunas cosas que antes nos estaban y resultan sorprendentes. Una caja de guantes de vinilo -¿será alérgico al latex?- no empolvados, nada preocupante si tu amigo se tiñese el pelo, dificil creerlo cuando es tan calvo como tu, o fuese un tiquis-miquis hipocondríaco de la higiene. No siendo lo uno ni lo otro y sabiendo lo que ahora se lo mejor hubiese sido dejarlo ahí. Pero no, una cosa llama la otra y por algo tienes tus vicios y manías, así los guantes de vinilo te llevan inexorablemente a continuar husmeando y encontrar el rollo de cinta americana y la bobina de cuerda de nailon, extraño lugar para guardarlos, cuando habitualmente están en la caja de herramientas y en más casos de los que podéis pensar, en el cajón del mueble del recibidor, junto a una linterna con las pilas exhaustas, un par de destornilladores mellados y roñosos, una vela de la época de la restauración y una caja de fósforos para encenderla en caso de apagón, como ya pasaba con las gomas en los botes de los notarios, estos cajones deben ser los santuarios y refugios donde se resguardan estos restos de otras épocas. Y para terminar, un paquete de herramientas filosas, cortantes, posiblemente extirpantes y quizá mutilantes, que no encaja en ninguna de las tareas conocidas de un ejecutivo de cuentas, por difícil que este sea en muchas ocasiones. Si además las herramientas presentas manchas, manchas de un tono  ocre que te recuerda algo que por mucho que te esfuerces no pasa por óxido.

Es ese momento momento en el que se abre la puerta del baño que pensabas haber cerrado, aunque cualquiera sabe que basta un alfiler y la voluntad de abrir para franquear estos obstáculos, y te encuentras con las manos en la masa y una extraña mirada en los ojos de quién hasta ese preciso momento había sido tu mejor amigo, para tornarse por arte de birlibirloque y merced a estas cosillas en un perfecto desconocido y un probable peligro.

Contaros las vanas excusas, lo balbuceos y las trémulas sonrisas no cambiará ni mejorará la situación, tampoco sirvieron las menciones a nuestra vieja amistad. Me repugna la violencia, sobre todo la que puede ejercerse sobre mi y recordando lo que acababa de encontrar me temía que el ahora desconocido Bartolo era muy capaz de ejercerla y con contundencia. Acepté por tanto su cordial invitación a conocer el sótano, en cualquier otro momento me hubiese encantado, no lo conocía y estaba repleto de cajas, baules y sorpresas, hubiese pasado un buen momento revisando por allí.

Si algo de bueno hay en esta situación es que soy el primero en saber quién es el desmembrador de Legazpi, dudoso honor que no me gusta ostentar, pero no pudiendo renunciar a él, trato de disfrutarlo. A pesar de lo delicado de la situación, no puedo evitar una punzada de orgullo cuando pienso lo lejos que ha llegado el tímido Bartolo, seguro que con otro nombre y diferente carácter no hubiese acabado obteniendo a base de desmembraciones el placer que todos obtenemos con mayor o menor dificultad, pero siempre por medios menos sangrientos.

Creo escuchar que baja. Espero que en recuerdo de nuestra vieja amistad abrevié el trámite y no haya regodeos ni prolegómenos, hay cosas que mejoran con la brevedad.

Curiosidad (I)

Curiosidad (I)

“La curiosidad mató al gato”. Además de apenarme y lamentar la falta de cautela del anónimo y mil veces difunto minino, cada vez que este aforismo acude a mi memoria, no puedo evitar acordarme de mi madre.

En muchas ocasiones ella lo usó para reprenderme y tantas otras yo lo ignoré. En esto como en tantas otras cosas de las que quiso prevenirme, ni supe ni quise hacerle el menor caso. No se alegraría de saber que tengo ahora la oportunidad de lamentarlo. De haber atendido en alguna ocasión sus severas pero cariñosas admoniciones, quizá no me encontrase hoy en la delicada situación en la que me hallo.

Curiosear en la intimidades ajenas es fuente de múltiples satisfacciones y agradables sorpresas. Lo se porque llevo años fisgoneando, entregándome a tan placentera actividad siempre que tengo oportunidad, con menos frecuencia de la que sin duda me gustaría. Dependo para ello de ser invitado a residencia ajena y esta circunstancia se da cuando otros quieren y no cuando yo deseo.

Si otras cosas me costó mucho aprenderlas, por contraste en esto fui precoz. Comencé de niño rebuscando en el cajón de la máquina de coser de mi madre, el único fácilmente accesible para mi reducida talla de entonces, quizá si hoy sigo husmeando en otros cajones es consecuencia de todo lo que allí encontré y me resultó fascinante. Entre las cosas que todavía recuerdo está una púa de guitarra, nadie en casa la tocaba así que no tengo idea de como demonios llegó hasta allí semejante artefacto; viejas fotos de carnet de mi madre, padre y hermano, mías todavía no las había porque entonces no precisaba documento alguno de identidad. Sellos de correos, alfileres, grandes y pequeños botones; de estos me gustaban especialmente unos blancos con el borde afilado y que parecían hechos de nacar; un pequeño destornillador (para realizar ajustes en la máquina supongo), envases de plástico con aceite (¿para mantener lubricados los engranajes?). Lo más extraño, pua aparte, era un hueso al que mi madre llamaba “taba”, no puedo olvidarlo de tantas veces que lo repitió, al menos una por cada ocasión que me veía con él, mirándolo sin yo saber para que podía servir o que hacía allí. Insistía mi madre en que se utilizaba para jugar y en alguna ocasión intentó enseñarme como, no lo recuerdo así que no debí prestar mucha atención. Todo resultaba sorprendente a mis infantiles ojos, quizá por la novedad o quizá por la extrañeza de encontrarlo allí. A pesar de mi extrañeza, nada encontré que no fuese inocente, si mi familia guardaba oscuros secretos no lo hacía en el cajón de la singer.

Los dedos en los enchufes también fueron costumbre, pasajera esta, que os servirá para entender hasta donde llegaba mi curiosidad. Y no sólo los dedos, alguna horquilla del pelo sirvió también para aprender más sobre el funcionamiento de la electricidad, corriente la llamábamos entonces. Aprendí así que siempre se fundían entre chisporroteos a los que acompañaba un lejano chasquido que dejaba la casa oscuras. Lo mismo que a mí me divertía a mi padre le enfadaba, no sabiendo que yo y mis experimentos con los enchufes éramos los responsables de los apagones, no entendía porque se fundían “los plomos” tan a menudo en aquella casa.

Desde entonces no he podido hurtarme a curiosear. Cuando me citan para una reunión de trabajo, entrevista y en las contadas ocasiones que he acudido al notario, si me dejan solo un momento no puedo evitar echar un vistazo al bote de lapiceros que siempre hay en las salas de reunión. He tenido la oportunidad de fisgonear en multitud de estos receptáculos e indefectiblemente siempre he encontrado varios clips, de los que suelo llevarme uno como recuerdo; una mancha pegajosa y enorme de tinta, por lo general azul; un lápiz sin punta, diminuto de tanto afilarlo y mordisqueado, manchado de la tinta anterior; ocasionalmente un sacapuntas -presunto responsable de la reducción del lápiz- y siempre una goma de borrar reseca, sin el maravilloso olor y flexibilidad que caracteriza a las frescas, repleta de pinchazos y cráteres tallados por algún oficinista soberanamente aburrido.

La presencia de tales adminículos siempre me hace pensar en un santuario, imagino que es aquí donde se refugian estos artefactos para descansar tras una larga y fructífera existencia. Como los elefantes que caminan largos trechos hasta alcanzar sus cementerios. Pierdo así mi tiempo, imaginando a estos humildes borradores vagando de cajón en cajón, ofreciendo sus humildes servicios a cambio de cobijo a quién los precisa y demanda, hasta que ya gastadas y redondeadas encuentran uno de estos botes en los que ocultarse y reposar mientras van perdiendo la humedad, resecándose y endureciéndose, hechos estos que deben significar su desaparición, de la misma forma que nosotros nos arrugamos y amojamamos antes de morirnos.

Podría pensarse que se trata de una desviación, una obsesión. No es así, todos chafardeamos en mayor o menor grado, aprovechamos cualquier ocasión propicia y estiramos la oreja cuando otros hablan, nos enteramos así de la conversación ajena, o vamos dando casuales vistazos a los papeles que los demás dejan a la vista. Alguno he conocido que no tiene vergüenza ninguna en abrir cajones o husmear en bolsos ajenos si algo pueden sacar de la revisión.

No siendo obsesión, si reconozco que podría considerarse manía, como lo es hurgarse los dientes con un palillo, hacer prospección nasal en los semáforos, carraspear antes de hablar y leer el periódico o el libro del vecino por encima del hombro. Un tanto molesta quizá, para los curioseados principalmente, aunque no enterándose de mi actividad, no veo razón para la incomodidad. Volviendo a los aforismos: “Ojos que no ven, corazón que no siente”, por tanto si mis amigos ignoran que merodeo y me regodeo en sus cajones y estancias, no deberían padecer por ello, más aún cuando todo lo que descubro lo guardo para mí, no es mi intención compartir con otros lo que encuentro. Si rebusco es por propio placer y no para avergonzar, obtener ventaja o beneficio.

Nadie había sabido, hasta hoy al menos, a que me dedico cuando me ausento en cualquiera de esas reuniones sociales a las que me invitan. Hoy, que lo sepan o lo ignoren dejará de importar. De hecho, sería preferible que alguno lo supiese y lo hubiese ocultado para evitarme la vergüenza del público escarnio, así al menos habría sospechas y quizá mi desaparición fuese la última. Sería irónico que mi ilícita aunque inocua actividad sirviese al menos para una buena causa, diferente por supuesto a la de satisfacer mi voraz curiosidad.

El último

El último

Lo más sobrecogedor es el silencio. Absoluta, completa y sobrecogedora ausencia de sonidos, esos que el hombre genera inconsciente, continua e inevitablemente. Conversaciones, tranquilas unas, otras que asemejaban encendidas discusiones y las que se hacían a distancia; risas de adultos, llantos y berrinches de los niños, el petardeo de una moto, las ruedas del carro de la compra o las maletas; pisadas, de suelas de cuero en invierno y de chanclas con el buen tiempo. Todos han desaparecido y nada ocupa el tranquilo vacío.

Asomado a la barandilla del centro comercial, Yahvé es consciente no tanto de las ausencias como de la irreversible y eterna tranquilidad. Y con el silencio, el convencimiento de la obra acabada y la inutilidad de continuar. Los seres que lo habían soñado para controlarlos, castigarlos y guardarlos no estaban, ni volverían. Habían marchado, todos ellos. Resignado a volver al limbo del que nunca debió salir, la deidad saltó al vacío, deseando que el estruendo al estrellarse allá abajo no perturbase el velo de silencio más que un breve instante, al igual que las olas agitan levemente la piel del mar antes de desaparecer como si nunca hubiesen existido.

Agradecimientos: La foto, como hago habitualmente, la he encontrado en pixabay y pertenece a Andrea Palmieri

Este brevísimo texto lo imaginé en una barandilla. Al igual que Yahvé, con la diferencia de que yo fumaba, me asomaba al mundo que discurría, ajeno a mis pensamientos, debajo. En contraste a lo que le causa sorpresa, la mía no provenía del silencio sino del continúo estruendo que producimos. La Calle de la Carabela la Niña resonaba, a la luz de un claro día de sol, con todos los sonidos que he expresado y algunos que no he sido capaz de recordar, antes de desaparecer bajo el centro comercial de L’Illa. El propio centro comercial está siempre rebosante de sonidos. Incluso a primera hora de la mañana puedo escuchar mis pasos, los de un compañero o los del personal de seguridad, mientras camino a la oficina. De ahí a pensar que aspecto tendría en el más absoluto silencio, no hay más que un breve trecho. Me pareció adecuado completar la escena con un protagonista de excepción, un dios contemplando este paisaje silencioso y desolador y recordando a todos los seres que lo imaginaron y dieron vida. Esta deidad, que representa a todas las que hemos inventado a lo largo de los siglos, comprende que su existencia no tiene sentido sin la presencia de aquellos que lo crearon, todos nosotros.

Matías

Matías

Hoy los compañeros de la P.A.E. me han brindado la oportunidad de publicar en nuestro Blog , el mismo que con tanto cariño y esfuerzo mantienen limpio, pulido y en perfecto estado de revista Manuel Gris e Iván Albarracín

La entrada se corresponde a un relato “histórico”, podéis encontrarlo en nuestra web, para abreviaros el camino, aquí os dejo el enlace directo: Matías. Además de leerme, os recomiendo que dediquéis un rato a revisar las que me acompañan, a lo largo de las últimas semanas mis “hermanos” han ido escribiendo relatos y reflexiones que merecen ser leídas. Encontraréis diferentes estilos, sensibilidades y perspectivas, todas ellas de una calidad excelente.

En cuanto a mi relato, forma parte de un proyecto, inconcluso por el momento, que debía componerse de cuatro o cinco historias sobre otros tantos personajes. El nexo de unión entre todos ellos es la relación de amistad que mantienen, amistad nacida en la infancia y en el patio del colegio, donde los raros se unen porque no les queda otro remedio y ya se sabe que semejante atrae a semejante. Singulares todos ellos, aislados del resto en su desolación y tristeza, se reúnen en su peculiaridad y encuentran, aunque solo sea en los breves instantes del recreo, un lugar común en el que convivir y compartir el silencio y la soledad. Estoy seguro que todos hemos convivido en los patios con grupos semejantes y algunos de nosotros, entre los que me incluyo sin vergüenza, hemos formado tribus semejantes en uno u otro momento.

Confío que disfrutéis de su lectura y Matías no os resulte indeferente.

Preservación

Preservación

Conscientes de la extrema gravedad de la situación que venimos padeciendo en los últimos años, este ayuntamiento y el equipo que eventualmente lo gestiona se ve en la obligación de buscarle alivio, en la medida que los magros recursos a nuestra disposición lo permitan. Por ello, acordamos las medidas de preservación que a continuación se detallan: “Toda unidad familiar (sea esta mono, bi, tri o multiparental y tenga o no descendencia) empadronada en este municipio recibirá, en  un plazo máximo de 30 días contados a partir del presente, en depósito y custodia un ejemplar de mosca y otro de mosquito”. Junto a los especímenes, se hará solemne entrega de la obligación de su cuidado, sostén y salvaguarda.

Conocedores también del extremo cariño de esta localidad y sus habitantes hacia todo animal, sea vivo o guisado y aliñado, esta asamblea no puede considerar idea descabellada que sean muchos los clanes que ya posean, bien en propiedad bien en usufructo, uno o más ejemplares de las mencionadas bestezuelas. Conscientes de estos hechos y sabedores que no podemos permitir, más aún en estos tiempos repletos de corruptelas, apaños y componendas, que sombra alguna de inequidad o injusticia ensombrezca este magno y pionero conciliabulo, nos vemos por fuerza impelidos a salvaguardar la apariencia de justicia y equidad en este ilusivo y apasionante proyecto. Por todo lo expuesto, debemos considerar y consideramos que la posesión previa -sea esta voluntaria, involuntaria o accidental- de ejemplares de dichas raleas no es motivo suficiente en ningún caso, circunstancia o condición para cualquier alegación o eximente -sea este total, parcial o porcentual- en el cumplimiento de esta universal, si bien limitada al ámbito geográfico de nuestra urbe, obligación.

Los mentados ejemplares serán otorgados en guarda, amparo y tutela volubles; debiendo ser esos mismos y no otros parecidos, semejantes, sinónimos o análogos, retornados a esta institución en el plazo exacto de seis meses, naturalmente transcurridos, desde la fecha de su entrega. Dicha fecha será considerada a todos los efectos, sean estos deseables o secundarios, aquella que el honorable y augusto funcionario comisionado haga constar, mediante estampillado estruendoso y monocromo, en el albarán de erogación entregado en el momento de la toma de posesión de las aladas mercancías por parte del afortunado, eventual y putativo tutor.

Debiendo velar esta institución por el cuidado, bienestar y confort de los bichejos entregados en custodia; estima adecuado comisionar la manutención, higiene y mantenimiento en general de los mismos al beneficiario; debiendo este detraer -con manifiesto alborozo y regocijo- de sus haberes los dineros necesarios para proveer cabalmente de manduca, sustento, refugio, esparcimiento, aseo y cuantas necesidades se considerasen necesarias para su correcto acomodo. Si algún vecino considerase fundado alegar que su peculio no da para estos dispendios, podrá suplicar a este cabildo que se le dote con alguna de las becas, ayudas, subvenciones, suplementos o subsidios que a tal efecto han sido reservados. Dicha súplica deberá obligatoriamente tramitarse, por triplicado y con coda, a través de las instancias y ruegos que se pondrán a disposición de los demandantes en todas y cualesquiera de las oficinas de atención a la ciudadanía y asimilados.

Siempre al acecho de incumplimientos e infracciones, esta institución resuelve crear por la presente la agencia de Inspección y Revisión Especial del Bienestar, facultada por ley y por narices a realizar cuantas inspecciones se consideren necesarias para verificar el cumplimiento de lo antes acordado. Dichas inspecciones podrán ser presenciales o no, considerándose remotas en este último caso; intensivas, extensivas o mixtas (acompañadas de queso) y su cadencia o frecuencia mucha o poca, dependiendo del ánimo, disposición y temperamento de los agentes encargados de su realización. Los inspeccionados deberán mostrar la cooperación esperada siempre que se les solicite o demande, no pudiendo alegar, entre otros: desconocimiento, ausencia, apatía, abulia, soponcio, ajetreo o desmayo para hurtarse a las mismas. El procedimiento y contenido de dichas revisiones será objeto de una normativa específicamente especial y se desarrolla en documento separado, anexo y adjunto al presente, aunque por el momento no se incluya.

A efectos de identificación de los especímenes, se ha dispuesto dotar a cada ejemplar de una minúscula matrícula alfanúmerica e indeleble que se mantendrá solidariamente unida al mismo a través de una cadenilla sujeta a una de sus múltiples extremidades (comúnmente denominadas patitas). Será en el momento de la restitución cuando el funcionario a cargo de la entrega revise la identificación, confirmando que sea esta la correcta, se halle incólume y corresponda fielmente con la asignada al receptor, devenido en este acto devolutor, no permitiéndose cambios, trueques ni permutas inter-civium, sea cual sea el motivo alegado para estas. Además de la realizada a la identificación, el administrativo ejecutará también revisión preliminar y exhaustiva del estado general en que se reintegran los insectos, debiendo ser este similarmente idéntico a aquel en que fueron dispensados. De manera primordial, aunque no exclusiva, la revista se centrará en todo lo que hace relación a su salud, limpieza, aleteo y pesadez. De no ser el resultado general el anhelado, los responsables de cualquier tara, quebranto, merma o menoscabo deberán indemnizar cumplidamente a esta institución en la cuantía que marque el justiprecio que cada ejemplar llevará engominado en el reverso de la antes mencionada matrícula.  En ausencia, pérdida o ilegibilidad de dicho precinto, se reserva este concejo el derecho a fijar el precio basándose en la opinión experta que considere más adecuada a sus intereses o más le plazca en cada momento.

No podemos terminar el presente edicto sin señalar que el compromiso de nuestra ciudad con toda vida, animal o no, es ejemplar y ejemplarizante cual vida de santo. Sabemos que otras urbes en el orbe observan con celo, recelo y envidia el arquetipo que, sin duda, representa este novedoso advenimiento; lo aceptamos con resignación y alboroto, alguien debía tomar la iniciativa y nos complace ser una vez más los primeros en dar tan importante tranco, sin temor al traspiés. Podrían los más críticos argumentar que llegan demorados estos denuedos, tienen parte de razón en sus cuitas quienes así se expresan, cierto es que no podemos recuperar ya a todos aquellos mamíferos, reptiles y aves que hemos exterminado con entusiasmo, aunque sin aviesa intención, en estos años. No es menos cierto, empero, que nuestro compromiso con lo que resta: insectos, artrópodos, moluscos, equinodermos, crustaceos, gambas, centollos y bichos en general, es firme, inflexible e inalterable, rocoso incluso. Hoy comenzamos con las moscas y mosquitos, en Navidad serán los carabineros, ostras y percebes y con el amanecer del nuevo año les tocará a las cucarachas, arañas, ciempiés y escarabajos. Pronto nuestros paisajes volverá a poblarse de la asquerosa vida que nunca debió desaparecer.

Barcelona, 01 de marzo  de 2027.
La Alcaldesa, etc. etc. etc.

Postfacio (epílogo):

No tengo ni la más remota idea de porqué algunas imágenes se convierten en potenciales historias mientras otras pasan sin dejar rastro. En este caso, bastó una simple mosca para despertar, hace ya algún tiempo, el germen de esta.

Empezaba la primavera y me descubrí una mañana de sábado observando las erráticas evoluciones de uno de estos pesados, omnipresentes y contumaces bichos. Lo primero que pasó por mi cabeza es que empezaba el buen tiempo y ya teníamos en casa la primera de una serie que seguro continuaría hasta bien entrado el otoño. Quizá por aburrimiento la idea continúo su devenir y pasé entonces a pensar que tal vez cada casa y familia tuviese en ese preciso instante otra mosca rondando y alguien mirándola e imaginando lo mismo que yo ¿Y si alguna autoridad o ente superior fuese la responsable de la aparición de esta primera mosca? ¿y si tuviésemos que asegurar su supervivencia toda la temporada y devolverla en perfecto estado al finalizar el verano? De ese par de preguntas nació la idea de que fuese el Ayuntamiento el responsable de entregarnos cada año una mosca en custodia y nuestra la obligación de retornarla en perfecto estado de revista al final del verano.

Una vez planteada la historia, sólo restaba encontrar la forma de contarla. En esta ocasión he decidido hacerlo desde el más insensato de los absurdos y más como un juego con las palabras que cómo un verdadero relato. El resultado creo que es uno de los más estrambóticos y disparatados edictos que Ayuntamiento o autoridad alguna hubiese imaginado nunca promulgar. 

El Marchante del Carrer Petritxol -Parte III y FIN-

El Marchante del Carrer Petritxol -Parte III y FIN-

Parte I

Parte II

……. «Exactamente veintiún gramos, ni uno más ni uno menos, en el momento en que firme Vd. el contrato, pase por nuestro gabinete, completemos la transmisión y le entreguemos la cantidad pactada, abultada cómo seguro recordará. A parte de esta mínima pérdida de peso, esta transacción no tendrá ningún otro efecto para Vd. De esta forma, al menos obtiene una compensación. Somos la mejor, sino la única, alternativa a regalarla, aunque eso sea lo que Vds. vienen haciendo, por superstición, desde siempre. Nosotros le ofrecemos un beneficio, real y tangible, en esta transacción, hoy y aquí, no mañana y en el más allá» Decenas de veces repetí este discurso con éxito, Mefistófeles, de existir, se hubiese sentido sin duda orgulloso de nosotros, recogimos nosotros más de las que él y su jefe hubiesen soñado.

Caso aparte eran las tiernas y puras, por suerte no resulta imposible encontrarlas en esta Barcelona convulsa en la que he tenido la suerte de vivir. Junto a las brillantes avenidas, están aquí el Raval y Somorrostro. Todo está allí en venta y se puede comprar, basta con tener los conocidos oportunos y contar con el capital necesario, de los primeros teníamos suficientes y de lo segundo, de sobra. Con esto, es fácil convencer a quién vende su cuerpo por obligación día sí y día también, para que venda otras pertenencias menos tangibles, más todavía si las haces creer que lo obtenido de la transacción les permitirá vivir, un tiempo al menos, con holgura y sin los quebrantos que su oficio les impone. Si y también la de su prole, quienes no tienen reparo en prostituir a su progenie poco han de tener en poner precio a aquello en lo que ya no creen. Me complacía a menudo paseando por aquellas calles, cómo le complace al ranchero vigilar sus rebaños, lo mismo que él obtiene de sus reses obtenía yo de estas gentes, fortuna.

Jamás sentí remordimientos o pesar por aquellos a los que privaba de su esencia, así son las cosas, no creo que un lobo sienta pena por las ovejas que consume, la naturaleza es despiadada y no hay lugar para la piedad entre los depredadores, está en su naturaleza cazar cómo está en la de las presas ser abatidas. Mejor fortuna en otra ocasión, para estar en mejor lado de la mesa y con mejores naipes.

Podéis pensar que os miento, si es así, bastará con que os asoméis a cualquiera de estos barrios y os fijéis en los grupos de niños que por allí juegan, prestad atención también a los que duermen en brazos de sus madres. Aquellos que veáis apartados de los demás, inanes, indiferentes a la risa y al juego, apáticos, siempre dormidos y ajenos a los mimos, esos es probable que hayan pasado por nuestro gabinete. Espero que su madre haya sabido utilizar bien lo que de allí sacó.

Se llenaban así nuestros estantes con peonzas, pequeñas muñecas y pulserillas de brillantes colores.

Entre todos estos recogíamos, sin remordimientos ni pesares, pagando por la transacción, acordando el coste y el beneficio. Si tocaba, también las hurtábamos, bajo demanda o por propia iniciativa, siempre que considerásemos posible el negocio.

No es tarea sencilla este saqueo, precisa de una cercanía y confianza que no se otorga sin más, pocos conozco que se pongan a roncar en presencia de desconocidos y en cualquier lugar. Por fortuna contaba yo con características que se revelarían especialmente valiosas para estas lides y me permitirían entrar en alcobas y dormitorios. Desde que yo recuerdo, era capaz de atraer, casi por igual, a mujeres y hombres, siempre que estos tuviesen ciertas inclinaciones, no demasiado aceptadas, pero más extendidas de los que pudiera parecer. Me resultaba a mi completamente indiferente yacer con las unas y con los otros, siempre que obtuviese lo que deseaba con ello y no era mi placer el principal motivo para hacerlo.

Entre el sudor y otros humores más privados, hallaba yo el momento para mi tarea, en el descanso del contendiente encontraba yo el instante adecuado para obtener aquello que guiaba estas incursiones. Bastaba con aproximar la cajita con las florecillas seleccionadas al aliento del yaciente, recitar los versos escogidos y esperar unos breves instantes. En alguna ocasión despertó mi amante para descubrirme con la cajita y la flor cerca de sus labios y a mi recitando el grimorio, mintiendo siempre salí con bien. «Acepta la flor cómo un presente en pago a la noche y la oda, que no es más que un viejo verso que uso cómo ofrenda a la belleza, siendo la tuya incomparable te pertenecería por derecho, lástima no sea de mi propiedad para entregártelo a ti como dueña suya», con estos sencillos engaños bastaba. Perdí en esas ocasiones la oportunidad. Más pronto descubrí que era poco riesgo si lo comparaba con todas las ocasiones en que pude recogerlas sin contratiempo. Unos pocos salieron con bien y ahítos de placer, afortunado puñado si no encontraron después un desalmado -irónico el termino para usarlo aquí- que no se conformase con lo poco que yo me llevaba.

Marchaba luego con la intención de no volver jamás a encontrarme con ellos, hubiese sido la noche provechosa o baldía. Aunque no siempre fue así, en mi juventud me solazaba yaciendo con conocidos, amigos incluso, aunque les ocultase a los unos y a los otros que me complaciese con ellos, más pronto dejé de hacerlo. Descubrí que acariciar y penetrar cuerpos sin alma es cómo intentar saciar la sed con frutas sin jugos, secas y agostadas. Sólo alguien que cómo yo conociese los entresijos del alma podría descubrir que el placer, sea carnal o espiritual, no puede satisfacerse completamente en ausencia de la llama que sabiamente los antiguos llamaban vital.

¿Qué pasaba con ellos después?, nada que el tiempo no hubiese acabado trayéndoles. Nada resulta eterno, todo es efímero, aunque su tiempo sea prolongado, nos engañamos atribuyendo eternidad a todo aquello que anhelamos: belleza, amor, cariño, amistad, altruismo. Más no es cierto, todo acaba pudriéndose y ajándose, sólo adelantaba yo esta realidad y les permitía apreciar lo que otros no ven hasta la vejez. El impulso se tornaba en ellos apatía, lo fresco se revelaba marchito, lo terso se ajaba, se apagaban y nublaban los colores, el sol se enfriaba, en el amor hallaban aversión y en la pasión, indiferencia, hastío en el cariño y en la esperanza, incertidumbre. Nada que la experiencia no hubiese acabado enseñándoles.

En estos trances he pasado mi tiempo. Aunque os complazca creerlo, no somos tan diferentes. Como a vosotros, a mí no se me permitió escoger lugar, tiempo ni familia, tampoco inclinaciones. La fortuna me acompañó, la ciudad en que nací, creció y cambio de tal forma que me ha permitido medrar cómo ninguna otra, pude pasear por el Eixample y Passeig de Gracia, disfrutar del sueño de aquellos que deseaban cambiar la realidad.

Si me hace diferente la aceptación, asumo mis deformidades, me complace mi corrupción, no hallo motivo alguno para denostarla, más aún cuando contemplo los hermosos resultados que me ha proporcionado. Algo si me entristece, no tener con quién compartirla, pensar que mi cuidadoso trabajo y paciencia no tengan continuidad. Pero es inevitable, soy el último de mi estirpe y nadie continuará el oficio que desde hace siglos han ejercido los míos, conmigo termina todo. Y antes de terminar ¿Qué pasará si intento que la mía sea la última entrada del catálogo? He firmado el contrato, con el viejo apellido que llevamos décadas ocultando, que me autoriza a probar. Los Crisantemos en la caja, sin adornos ni oropeles, y un poema de Rimbaud.

FIN