Rebelión (Parte 2)

DestacadoRebelión (Parte 2)

Rebelión (Parte 1)

Aquel 4 de marzo no pude tener peor idea que aquella. En mi defensa y si de algo sirve, estaba cansado de discutir y tampoco sería esta la primera vez dijese aquello, de hecho lo repetía siempre que la discusión se alargaba y no veía como finalizarla, en esos momentos cuando ya ni recordábamos porqué discutíamos en esa ocasión. Nunca pasó por mi cabeza llevarlo a cabo, ni ella imaginaba que yo fuese a cumplirlo. Como tantas otras frases que repetimos y repetimos por costumbre o como muletilla, respuestas que hemos vuelto automáticas ante un estímulo familiar, volvemos a usarlar sin pensar en las consecuencias porqué sabemos que no las tendrá, nunca las ha tenido.

—«¡Un día me lío la manta a la cabeza, cojo la puerta y me voy!».
«¡No se que estás esperando. Ahí tienes la puerta!»

Como ya he dicho, tantas veces lo habíamos repetido antes de aquella, sin imaginar siquiera que esta sería la última y definitiva, que sabíamos que nada cambiaría, unos instantes de silencio tras pronunciarlas si acaso y después cada uno se daría media vuelta y marcharía a cualquier sitio, a perdernos de vista y descansar. Discusión finalizada.

Pero algo diferente sucedió en aquella ocasión, aún antes de pronunciarla completa y sin yo saber el porqué, me sentí impulsado al dormitorio. Imagino que mi esposa respondería lo mismo de siempre, no escuché en esta ocasión la réplica. Mientras ella debía estar pronunciándola yo me ocupaba de arrancar con un elegante tirón la fea manta que habitualmente reposaba a los pies de nuestra cama, recuerdo de dios sabe quién -su madre probablemente- y cómo pude me la líe en torno a la cabeza. Si alguna vez habéis llevado una toalla enrollada al pelo, imaginad la misma sensación con algo que pesa y abulta diez veces más, incómodo en el mejor de los casos. Una vez terminé esta primera tarea, tocaba la segunda. De camino a la puerta una parada para buscar herramientas, así que mientras con una mano sujetaba el enredo de mi cabeza, rebuscaba a tientas con la otra en el cajón del mueble del recibidor, el lugar habitual donde guardamos las herramientas a falta de una caja adecuada.

Por lo que pude escuchar mientras rebuscaba y farfullaba, la parte del farfullo no era atribuible a lo dicho sino al desorden que siempre reinaba en aquel templo de la ferretería en que habíamos convertido el cajón, no sólo yo tenía problemas con las frases hechas. Mi vecino del 3º 3ª parecía tenerlos semejantes sino mayores a los míos. Mientras me pinchaba un dedo con dios sabrá que, bajar la cabeza cuando tienes un turbante que abulta el doble que tu cabeza es harto complicado, pude escuchar a mi vecino proferir a grandes voces, presumo que acompañadas de considerables aspavientos aunque esto último sólo puedo suponerlo, otra frase hecha que a poco le pasese como a mi se tornaría fatídica: «¡El día que se me hinchen las narices, te vas a enterar!». Dicho y hecho, o eso parecía por los angustiados berridos y juramentos que comenzó a soltar la señora y los lamentos del presunto narigón.

Terminada la tarea de desmontar la puerta, la empotré como pude bajo el brazo y me dirigí a las escaleras, el ascensor hubiese sido mejor opción pero entre mi súbito incremento de altura y el estorbo de la puerta no me ví capaz de esperar su llegada y menos aún entrar en él. Me marchaba sin desearlo, pero sin poder evitarlo, como si me empujasen físicamente a hacerlo. Camino al exilio pase delante del 3º 3ª y a través de la puerta entreabierta, supongo que la bronca sucedió justo después de entrar o antes de salir, pude confirmar la certeza de la expresión que no hacía mucho mi vecino oso emplear y ¡por dios que estaban hinchadas!, puedo asegurar que su esposa se estaba enterando de ello, además de media vecindad, si estaban por estos menesteres y no ocupados en sus propios problemas. A pesar de todos mis problemas, pensé por un momento que afortunadamente no formaba parte de mis costumbres mencionar inflamaciones o hinchazones, yo era más de excursiones. Y ya pensando, al hilo de las narices, pasó por mi cabeza mi gerente, aficionado como era a recordarnos a todos que nuestro trabajo o mera presencia, si el día estaba siendo especialmente malo, tenían la capacidad de producirle inflamación en los bajos, ¿estaría sufriendo ahora una creciente opresión en el boxer?. Espero que si.

No se como terminaría el apéndice de mi vecino ni, ya puestos a imaginar, los colgantes de mi gerente. Pero si como a mi me pasaba, todavía continúo marchando puerta en ristre y manta encasquetada, no se detuvo la inflamación, a buen seguro aquello tuvo un fin exuberante y trágico cuando no explosivo.

A pesar de haber visto las consecuencia en mi vecino, no estaba preparado para lo que me esperaba en la calle. El espectáculo era sin duda dantesco, centenares de capullos alfombraban las aceras cómo si el día del corpus se hubiese adelantado aquel año. Visto lo visto después, el final de aquellos pobres desgraciados convertidos en adornos no fué lo peor que podía haberles pasado. Aquí y allá se veían perros y cerdos de los que colgaban prendas a medio poner, o quizá a medio quitar quién sabe. Los perros aullaban, desconsolados unos, apremiados por encontrar un árbol libre los otros. En esta búsqueda coincidían con los cerdos, aunque si estos los buscaban era para ponerse a hozar ruidosamente en los alcorques, quizá esperasen encontrar allí, entre las colillas y resto de basuras que suelen acumular estos lugares, trufas.

Aterrados hombres de mediana edad huían de ancianas arpías que los seguían esgrimiendo fiambreras, de estas escapaban exquisitos aromas que llenaban el aire de perfume a comida casera. Tantos eran y tan atribulados estaban que casi me atropellaban en sus frenéticas carreras, entre estos penitentes y los cerdos que trotaban calle arriba y abajo mi marcha hacía ningún sitio, cuando en mala hora solté el dicho de marrás olvidé indicar donde tenía intención de marchar, no hacía más que verse entorpecida, aumentando así la incomodidad que ya portaba y por partida doble.

La puerta no hacía más que molestarme la pusiera como la pusiese, en posición horizontal mis dedos no alcanzaban a sujetarla bien, sólo llegaba con las puntas de los dedos y esto a costa de mucho esfuerzo y casi descoyuntarme el hombro. En vertical no podía cargarla a la espalda y debía llevarla frente a mi, cuando así lo hacía mi única visibilidad quedaba reducida a lo que podía verse a través de la mirilla que por fortuna decidimos colocar. Si a estos engorros añadimos las decenas de payasos que se paraban a preguntarme si era yo del gremio y los graciosos que todavía había, esos que en mitad de tanta tragedia, o comedía vaya vd. a saber, aún tenían tiempo y ánimo para golpear con los nudillos la hoja que yo con tanto trabajo cargaba. Debían saber lo que estaba pasando porque ninguno acompañó la llamada con el consabido: «¿Se puede?». Si esperaban que yo respondiese a la chufla con algún “adelante” o “pase”, no fue el caso, no sabía yo las consecuencias de aquellas convenciones y no tenía intención de agravar mi precaria situación. Me resultó harto dificil no apostrofar a ninguno de ellos con el “joputa”, “mecagontusmuertos” o “cabronazo” que se pasaron por mi cabeza y se asomaron a mis labios, el primero y el último por no convertirlos en desgraciados y el de en medio por no tener que desplazarme yo hasta sabe dios que necrópolis a ensuciar a sus difuntos.

La manta anudada en mi cabeza, que además de hacerme parecer un fakir megalómano me obligaba a realizar extraños movimientos con el cuello para mantenerla en su lugar, el peso y tamaño de la puerta y el resto de estorbos que antes he mencionado me obligaban a realizar frecuentes paradas. En varias de ellas intenté abandonar al menos la puerta, imposible, la fuerza que me obligaba a marchar no me impedía pararme a descansar, pero no me permitía alejarme un paso de mis obligados acompañantes. Estas interrupciones y mi continúo deambular me permitieron ver de primera mano decenas de escenas perturbadoras, aunque no tengo intención, ánimo ni ganas de compartirlas todas.

Los bares resultaban en estas nuevas circunstancias lugares infernales, debido quizá a la confianza que en ellos exhiben los clientes habituales y la desinhibición que produce la ingesta de alcohol, los efectos de las palabras incontraladas eran allí múltiples, evidentes y terribles sin duda. En casi todos se podían encontrar esponjas rebosantes de cerveza manteniendo un precario equilibrio sobre los taburetes que habían ocupado en su forma anterior. A un tipo regordete, un aburrido camarero intentaba embutirle en el gaznate y a presión, ayudándose para ello con el palo de una escoba, un gargantuesco pincho de tortilla. Mientras esto sucedía, al otro extremo de la barra otro mozo insistía, sin atender a las quejas, en ataviar a un atildado ejecutivo con un ínfimo bikini que a todas luces no le sentaba nada bien. Muchos eran los que escapaban de estos locales con cañas puestas en diferentes lugares, los más afortunados entre la ropa o sujetas mediante algún otro artificio, los menos con ellas insertadas en diferentes lugares, dolorosos todos ellos. Peor suerte tuvieron los que llevados por sus apetitos habían pedido un pincho. Otros intentaban, sin éxito, deglutir diferentes artefactos: tapas de inodoro, de latas de conserva e incluso de esas que embellecen las llantas de los automóviles. A partir de aquel día una actividad tan usual como acompañar con sólidos una bebida sería un riesgo. En otro bar cercano al primero, además de las esponjas y el uso indiscriminado de cañas y pinchos que ahora parecía habitual en estos establecimientos, un mesero se afanaba, sin atender los atroces gritos del parroquiano, en cobrarse -ayudado en la tarea con una cucharilla de café- la cuenta extrayendo uno de los ojos del infeliz.

Pero en estos nuevos tiempos, no sólo en los bares se fraguaban tragedias, podías encontrarlas en cualquier lugar. Sin ir más lejos el concesionario de coches de la esquina, allí un atildado vendedor se arremangaba mientras se acercaba, empuñando con firmeza un destornillador, a uno de sus clientes firmemente sujeto a un escritorio por dos de sus adláteres. Hoy el desgraciado abonaría con uno de sus riñones el anhelado 4×4 por el que ayer hubiese tenido que empeñarse hasta las cejas para adquirir, afortunado de él hoy bastaría un organo redundante para saldar la deuda.

Mientras descansaba sentado en un lateral de la que había portal de mi hogar y cerca del concesionario donde en esos momentos se realizaba la evicerasción parcial, tuve la oportunidad de contemplar otro de los efectos de la maldición que nos asolaba sin tregua. En otro momento ver aquello hubiese resultado cómico, la expresión de cansancio y temor de los obligados a realizarla eliminaban ese efecto. En un banco cercano, un grupo de personas realizaba una sencilla acción: entraban para volver a salir momentos después, esperaban un instante en la puerta y repetían la acción, una vez tras otra, sin pausa ni descanso. Como sucedió con los demás desventurados que fui encontrando aquel día, no se que sería de aquellos, una vez hube descansado lo que me dejó mi propia tarea volví a vagabundear, allí los dejé empeñados en sus idas y venidas.

Aquel día todas nuestras expresiones, incluso las que debían ser hermosas y reconfortantes, se tornaban horribles y descorazonadoras acciones. Como sucedió con aquella muchacha que encontré en el parque a la caída de la tarde, cuando ya todos debían saber que no podíamos jugar con lo que antes era habitual. Hurgaba entre llantos en el pecho abierto del que debió ser su novio, sólo paro cuando encontró allí lo que buscaba. Tras arrancarlo a tirones, lo guardo pringoso y goteante como estaba en un pequeño bolso, en el que casi no pudo encajarlo, y marchó llorando y gimiendo. Es lo que pasa desde entonces, debemos ser precavidos en nuestros ofrecimientos, sobre todo si ofreces tu corazón a quién, por obligación, está dispuesto a reclamarlo.

Dejo a vuestro cargo la tarea de imaginar todo lo que sucedió aquel aciago día y los que habrían de seguirle. Pensad en cualquiera de las barbaridades que expresamos diariamente sin pensar, todas esas que hasta entonces deciámos sin preocupación, pensad luego que ya no son meros sonidos o ideas sino sentencias que se cumplen inexorablemente. Lo que hasta entonces habíamos creido banal e inocuo, chanza y fanfarronería, se había tornado inicuo en un instante y se estaba cobrando un abultado peaje.

Cargado con la puerta que en mi ignorancia había invocado y con un terrible dolor de cuello, continué caminando hacía el horizonte lamentando a cada instante no haber expresado un destino cuando decidí, sin yo saberlo, pronunciar mi maldición.

***

Que llevó a esta rebelión es algo que me temo nunca sabremos. Parece que las humildes palabras se cansaron de nuestros abusos, aborrecieron de las mentiras y engaños en los que las hicimos partícipes, rechazarón nuestra pretensión de usarlas para causar dolor y tristeza o acaso nunca creimos en su verdadero poder. Ahora casi las hemos perdido, salvo por las pocas cartas que podemos escribir y mientras decidan dejarnos hacerlo, con su ausencia, poco a poco, vamos olvidando lo que somos, nuestras ideas y nuestros sueños.

Créditos: Agradecer a StarzySpringer la imagen y a pixabay que la comparta.

Epílogo:

¿Que hace que unos proyectos prosperen y otras se agosten?, ¿de donde viene la inspiración?. Respecto a esto, no lo se, no tengo ni las más remota idea. Si supiese como hacerlo y donde encontrarla, todos los bosquejos que llenan varios cuadernos, cuadernillos y libretas acabarían convertidos en historias, me temo que no será así. Lo siento porque a todas les tengo mucho cariño y algo me dice que un puñado serían realmente buenas en manos de otro con más maña que la mía.

Es probable que lo que acabo escribiendo en estas páginas no sea lo más brillante o novedoso, sólo aquello a lo que soy capaz de encontrarle forma. Escribo las ideas para que las soy capaz de encontrar desarrollo, las otras deben esperar su turno, continúan un lento proceso de fermentación neuronal que a veces da fruto, por mi parte, me toca aceptar que muchas quizá nunca pasen la prueba y no puedan crecer como me gustaría.

En este caso, Rebelión, lleva esbozado en papel casi dos años. La primera tentación fue darle salida en su formato original, en torno a un 25% de su extensión final. Si me dejase llevar por los impulsos, así habría sido, como me cuesta hacerlo, lo dejé reposar, tenía la sensación de que podía sacar algo más de la historia y ahora que sale a la luz, continúo teniéndola, creo que la historia da para más. Si es así, volveré a ella, si no encuentro la forma, al menos sale a la luz.

Por si alguien no ha entendido algunos de los usos que he ido haciendo aquí de frases hechas, en particular de una, decirles que aquellos desgraciados obligados a entrar y salir eternamente de un banco o comercio cualquiera, lo hacen a consecuencia de una excusa que todos hemos empleado para dejar el coche mal aparcado “un momento”, sobre todo si precisábamos de una explicación rápida a la autoridad o al propietario del garaje que hemos bloqueado y lleva diez minutos tocando el claxon porque no le dejamos marchar: “será (o era, si ya nos han pillado) un momento, entrar y salir”. Aunque originalmente fuese esa nuestra intención, que no siempre lo es, tampoco podemos saber que vaya a ser así cuando la empleamos, forma como tantas otras, parte de los pequeños engaños, frases oportunistas y convenciones que empleamos a diario sin pensar si quiera en su verdadero significado. En esta ocasión aquellos que la emplearon, como tantas otras veces, no podías pensar que fuese a volverse completamente real y les obligase a entrar y salir, esta vez sí, hasta la extenuación.

Creo que no debería haber demasiadas dudas con el resto, si no es así, estaré encantado de explicar a quién me lo solicité el significado que tiene para mi aquello que he ido empleando aquí.

Confío que nunca suceda lo aquí descrito, creo que me resultaría muy complicado vivir en un mundo en el que no pudiese emplear el sarcasmo o la ironía.

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El cuarto de las ratas

DestacadoEl cuarto de las ratas

Caía la noche de Agosto mientras yo miraba a través de las rendijas de la vieja persiana, nada se movía al contraluz de la otra ventana del cuarto de las ratas.

Hasta donde yo sé, y llevo viviendo más de 15 años en esta casa, nunca han habido ratas en ese cuarto.

La primera vez que entramos nos pareció el lugar perfecto para hacer un estudio, el espacio que le faltaba a la casa para ser perfecta.

Todos aquellos que me conocéis sabéis bien que soy muy imaginativo, no me importa hablar de fantasmas, escribir sobre ellos o dedicar una tarde a contar historias con ellos como protagonistas, aunque jamás he sido capaz de asustar con ellos. Pero no creo que existan, contradicciones.

Por eso, la primera vez que me pareció ver una sombra moviéndose contra la ventana sin persianas que ocupa la pared trasera del cuarto, descarté cualquier explicación no racional. La segunda vez, además era de noche, hice lo mismo. Aunque esta vez lo comenté durante la cena con la familia, el resultado fue que ninguna de mis niñas entró nunca más en aquel cuarto cuando estaba oscuro. Me tocaba a mi y como hacemos cuando somos niños, entraba con la intranquilidad que siempre producen las creencias, ¿y si estás equivocado?, por suerte no había interruptor y me evitaba el pensamiento de otra mano aferrado la mía al intentar encenderlo.

Al final, no reformamos el cuarto, continúa igual que la primera vez que lo vimos, la única diferencia es que la porquería que lo atesta es nuestra y antes había otra que no nos pertenecía.

Mis niñas ya no están, mi chica murió hace un par de años y el trasto dejó de serlo hace mucho y se ha ido a vivir con su propia pareja. Ley de vida lo llaman.

Continúo aquí, aunque me cueste subir los quince peldaños de entrada y las plantas que cuidaba mi niña haga tiempo que han muerto. Costumbre supongo, ¿donde voy a ir sólo?.

Ahora que tengo fantasmas propios y nadie a quién asustar con mis historias inventadas, continúo sin creer en ellos.

Pero he vuelto a ver la sombra en la misma ventana sin persianas y cada vez me cuesta más entrar en el cuarto de las ratas.

Rebelión (Parte 1)

DestacadoRebelión (Parte 1)

Algo bueno debía salir de todo esto. Quizá lo sea que hemos recuperado las cartas, y no me refiero a los naipes, hablo de misivas y epístolas. Los carteros que hacía mucho dejaron de repartirlas para llenar nuestros buzones con publicidad, propaganda electoral y notificaciones oficiales, correspondencia que nadie quería, vuelven a traer noticias y son esperados con ilusión, llamen una o más veces.

Ahora no precisan sellos, el reparto se hace sin franqueo. Volvemos, tanto tiempo después, a escribirlas y enviarlas, al menos quienes alguna vez lo hicimos y recordamos como era. Antes de que los correos electrónicos, whatsapps, mensajes instantáneos (que siempre fueron a la comunicación lo mismo que el soluble es a un café, un sucedáneo) y las redes sociales, las enviasen al olvido y la prehistoria.

Es gracias a ellas que podemos mantener un simulacro de comunicación, es lo único que nos queda. Casi nadie habla ya, no nos atrevemos y las pocas veces que lo hacemos empleamos el menor número de palabras posible y aún estas pocas las usamos con extremo cuidado. Estas interacciones tan comunes antes, se limitan ahora a inofensivos saludos (de los que el tan habitual “hola” ha quedado desterrado) o vacías cortesías. Lo mismo que hacemos al hablar, sucede con cualquiera de los medios electrónicos antaño tan exitosos.

Sin embargo y por el momento al menos, continúan siendo inofensivas si están escritas en papel, a mano o en las viejas máquinas de escribir que como por arte de magia han ido apareciendo aquí y allá, dios sabrá donde las guardaban los que ahora otra vez pueden usarlas. Quizá suceda lo mismo si las imprimimos, pero la verdad es que tenemos miedo de encender los ordenadores y no conozco a nadie que se haya atrevido a probarlo. Podemos escribir cualquier cosa, siempre que lo hagamos por lo medios antes mencionados, y no sucede nada. Si nada cambia, si continúan siendo inofensivas, podréis leer lo que sigue. Si no es así, si la enfermedad ha llegado también al papel, supongo que no importará que sepáis o ignoréis.

El cuatro de marzo fue el día, el año no lo recuerdo, se que desde entonces han pasado algunos aunque no sabría decir cuantos, en silencio parece que el tiempo pasa más lentamente y podrían parecerme cien cuando sólo diez han transcurrido. Tampoco tiene mayor importancia conocer la fecha exacta, saberlo no cambiará nada y esta historia si ha de escribirse, seguro que encontrará testigos más disciplinados que yo, alguno que tomase nota exacta del momento. Si lo hizo en papel quizá no se olvide el momento en que todo esto comenzó.

Aquel día mi padre cansado de discutir con su esposa, mi madre, repitió lo que tantas veces había dicho antes, sin más consecuencia hasta entonces que una bronca conyugal, un periodo más o menos amplío de caras alargadas por el enfado e incómodos silencios, antes de pasar página. Supongo que las relaciones, las que perduran al menos, se basan también en eso, en la capacidad de pasar página. «¡Un día me lío la manta a la cabeza, cojo la puerta y me voy!», eso fue lo que mi padre profirió, nada que no hubiese oído yo antes. La diferencia en esta ocasión fue que resultó ser cierta el adagio, y no sólo en lo que hacía referencia a la marcha, visto lo que vendría después hubiese sido este mal uno menor, sino de manera literal. Y marcho, pero no sin antes enrollarse, cual enorme y abultado turbante, en la cabeza la manta que habitualmente cubría la cama de mis padres y desmontar trabajosamente, el enredo en la cabeza sin duda no fue de ayuda, la puerta de entrada. Por suerte para él, nunca a pesar de las muchas veces que lo habían hablado, se decidieron a cambiar la de contrachapado que teníamos por una blindada, la desidia y la tacañería sirvieron para que no se lesionase al cargarla.

De esta guisa, con una manta mal arrollada en la cabeza y sujetando con dificultad una puerta bajo el brazo, fue la última vez que vi a mi padre. Que fue de él y donde terminó su viaje, no lo se, nunca recibimos noticias suyas, tampoco mi madre y yo hablamos mucho, ni de esto ni de nada, desde entonces. Si sé, en cambio, que aquello no fue más que el principio de una ordalía que aún durando poco, acabó con el mundo tal y como lo había conocido hasta entonces.

Rebelión (Parte 2)

 

Nazismo y Literatura. Programa 24 Radio Cunit

Nazismo y Literatura. Programa 24 Radio Cunit

Que nos gustan los charcos lo sabe cualquiera que haya escuchado algunos de nuestros programas. No tenemos reparos en hablar de cualquier cosa, será porque nos encanta nuestra voz o será porque somos unos inconscientes, en cualquier caso si tenemos opinión y no tenemos problemas para expresarla. Cine, música, malvados, fantasía, personajes y ahora la influencia del Nacional Socialismo en la literatura.

Ucronias: The man in the high Castle -El hombre en el castillo de Philip K. Dick-, SS GB de Len Deighton, ambas convertidas en serie de mayor o menor éxito. Swastika Night, primera ucronía escrita incluso antes de que el nazismo se convirtiese en la pesadilla que finalmente fue. Aunque si tenéis interés en saber más sobre ucronias, os recomiendo contactar o asistir a alguna de las charlas de Alberto García, sin duda aprenderéis bastante al respecto y disfrutaréis de un rato diferente.

Y hablando de los totalitarismos que marcaron tan nefasta época no pudimos hurtarnos a revisar otros autores como Orwell y 1984. El paso desde ahí a Un Mundo Feliz de Huxley es corto y nosotros unos especialistas en la digresión.

No me gustaría dejar de nombrar a un par de autores que, particularmente, me encantan. Charles Stross que reinventa y conecta en El Archivo de Atrocidades, dos universos tan particulares como son la posible supervivencia del nazismo a través de la sociedad Thule y la Ahnenerbe con los mitos de Cthulhu y Hanns Heinz Ewers llamado a ser el escritor del Reich, autor de relatos tan interesantes como La Araña, y repudiado tanto por los nazis como por la historia.

Si queréis escucharnos, no tenéis más que ir aquí o buscarnos en el Canal de la PAE en ivoox.

Curiosidad (II y Final)

Curiosidad (II y Final)

Si no habéis leído la primera parte, debéis hacerlo, por aquí podéis encontrarla.

En todo este tiempo, he curioseado en salones, salitas y cuartos de estar, terrazas, comedores, comederos y cocinas, pero donde más y mejores secretos he encontrado ha sido siempre en los baños. Supongo que las alcobas deben guardarlos más interesantes, oscuros e inconfesables pero casi nadie te deja campar en su suite. Nadie te ofrece su catre pero todos te dejan su trono. Cortesías y convenciones.

Y hasta los baños pueden estar vedados, habitualmente debes apañarte con el aseo, ese cuchitril que nadie utiliza como tal, más bien como almacén y sólo en caso de visita para la función que fue diseñado: permitir a los ajenos al clan familiar miccionar -nunca he conocido a nadie que se permitiese el atrevimiento de pasar a mayores en estas estancias- sin hollar ni macular el verdadero templo de la higiene y hacer lo primero en relativa paz. Aunque siempre persista el temor a que se abra la puerta por sorpresa mientras te esfuerzas en mear rápido, sin chapoteos ni salpicaduras. Es por eso, por el temor, que todos echamos un vistazo por encima del hombro mientras nos aliviamos y no podemos evitar pensar si el pestillo desempeñará correctamente su función.

A pesar de los miedos y mientras dejas correr el agua en el lavabo como sonora maniobra de distracción, puedes encontrar cosas interesantes en estos cuartos de cortesía. Por ejemplo, esa colonia que ya ni utilizan ni recuerdan, cómo las viejas gomas de las salas de reuniones, generalmente solitaria y colocada en el centro del estante del espejo, cubierta de una profusa capa de polvo que en función de su grosor te permite estimar, cual carbono-14, el tiempo que lleva allí olvidada y abandonada. Y, sobre todo, el botiquín, esa agrupación de píldoras y remedios que dice a través de nuestras dolencias -crónicas o temporales- más de nosotros, nuestras costumbre y fobias, de lo que nos gustaría que otros supiesen. Que si tal tiene colesterol, así se explica lo de las ensaladas y la manía al cochino, y cual hemorroides, por eso no para quieto en la silla el cabrón. Es en estos lugares donde descubres que tu amiga la guapa, esa que siempre ha despertado envidias y tu has sabido lejana e inalcanzable cual diosa etérea, consume con voracidad -o eso parece por el volumen de ellos que atesora- carminativos, antidepresivos, ansiolíticos y una pléyade de ungüentos, afeites y panaceas que para si quisieran algunas boticas. Conocimientos estos que nos aproximan al ser humano que todos llevamos dentro y despiertan el cariño y la ternura como sólo pueden hacerlo las flaquezas y debilidades.

En contadas ocasiones la fortuna sonríe y te brinda la oportunidad de acceder al cielo, sucede cuando para ti se abren los baños en suite, antesala del placer más delicioso, custodios de secretos inconfesables y recónditos que para si quisieran los archivos del vaticano. Esos baños en los que da respeto evacuar aguas menores y por mucho que se revuelvan tus intestinos jamás utilizarías para mayores; sería peor que profanar el santo sepulcro y la meca en el mismo día, aunque después rascases con la escobilla hasta obtener deslumbrantes reflejos como nunca lo has hecho en tu propia casa. La mera idea de liberar un viento en templos sagrados, a mi particularmente me produce remordimientos y me altera el pulso. Si por desventura se produce el incidente -en ocasiones parece existir una conexión irremediable entre ambos alivios-, busco el pulsador del omnipresente ambientador y lo presiono reiteradamente hasta obtener una densa y tóxica neblina que confío en que no me mate y sirva para encubrir en su empalagoso y perfumado abrazo la pestilencia que dejaste escapar. Para evitar lo anterior, en estos casos me limito a liberar la cantidad mínima de fluido necesaria para no reventar mientras centro mi atención en mantener clausurados el resto de los esfínteres. Me lavo rápido, frotando a conciencia las manos sin enjabonar, hollar la impoluta pastilla de jabón -siempre hay pastilla de jabón en estos lugares-, me parecería más sacrílego que chapotear en la pila bautismal de la basílica de San Pedro y me las seco con el forro del bolsillo del pantalón para no humedecer esas límpidas toallas y desbaratar los primorosos dobleces, hacerlo me resulta más herético que atosigar a una Vestal.

Una vez terminado el alivio, toca el placer de la revisión. Esa bola de pelo que se refugia  tímida en el desagüe de la ducha, esa capa de restos fósiles que se oculta bajo la impoluta pastilla de jabón, ese cajón atestado de botecillos de champú y peines pacientemente sustraídos en cada visita de hotel, la histórica lata de gasas que contiene un solitario rollo de esparadrapo y esos que tienen cada frasco, bote y envase en perfecta formación, ordenados por alturas y alineados con escuadra, cartabón y sextante siguiendo la estrella polar, guardan también al fondo del segundo cajón, medio oculto detrás del guante de crin y entre una cuchilla de afeitar de la época victoriana y unas tijeras roñosas un consolador rosa, sales de miccionar con el ánimo reconfortado y una confianza renovada en la justicia poética.

El problema empieza cuando en una de estas incursiones descubres en casa de Bartolo, tu mejor amigo o así lo creías hasta entonces, en ese baño que tantas veces has visitado y revisado que te resulta tan familiar como el que usas cada día, algunas cosas que antes nos estaban y resultan sorprendentes. Una caja de guantes de vinilo -¿será alérgico al latex?- no empolvados, nada preocupante si tu amigo se tiñese el pelo, dificil creerlo cuando es tan calvo como tu, o fuese un tiquis-miquis hipocondríaco de la higiene. No siendo lo uno ni lo otro y sabiendo lo que ahora se lo mejor hubiese sido dejarlo ahí. Pero no, una cosa llama la otra y por algo tienes tus vicios y manías, así los guantes de vinilo te llevan inexorablemente a continuar husmeando y encontrar el rollo de cinta americana y la bobina de cuerda de nailon, extraño lugar para guardarlos, cuando habitualmente están en la caja de herramientas y en más casos de los que podéis pensar, en el cajón del mueble del recibidor, junto a una linterna con las pilas exhaustas, un par de destornilladores mellados y roñosos, una vela de la época de la restauración y una caja de fósforos para encenderla en caso de apagón, como ya pasaba con las gomas en los botes de los notarios, estos cajones deben ser los santuarios y refugios donde se resguardan estos restos de otras épocas. Y para terminar, un paquete de herramientas filosas, cortantes, posiblemente extirpantes y quizá mutilantes, que no encaja en ninguna de las tareas conocidas de un ejecutivo de cuentas, por difícil que este sea en muchas ocasiones. Si además las herramientas presentas manchas, manchas de un tono  ocre que te recuerda algo que por mucho que te esfuerces no pasa por óxido.

Es ese momento momento en el que se abre la puerta del baño que pensabas haber cerrado, aunque cualquiera sabe que basta un alfiler y la voluntad de abrir para franquear estos obstáculos, y te encuentras con las manos en la masa y una extraña mirada en los ojos de quién hasta ese preciso momento había sido tu mejor amigo, para tornarse por arte de birlibirloque y merced a estas cosillas en un perfecto desconocido y un probable peligro.

Contaros las vanas excusas, lo balbuceos y las trémulas sonrisas no cambiará ni mejorará la situación, tampoco sirvieron las menciones a nuestra vieja amistad. Me repugna la violencia, sobre todo la que puede ejercerse sobre mi y recordando lo que acababa de encontrar me temía que el ahora desconocido Bartolo era muy capaz de ejercerla y con contundencia. Acepté por tanto su cordial invitación a conocer el sótano, en cualquier otro momento me hubiese encantado, no lo conocía y estaba repleto de cajas, baules y sorpresas, hubiese pasado un buen momento revisando por allí.

Si algo de bueno hay en esta situación es que soy el primero en saber quién es el desmembrador de Legazpi, dudoso honor que no me gusta ostentar, pero no pudiendo renunciar a él, trato de disfrutarlo. A pesar de lo delicado de la situación, no puedo evitar una punzada de orgullo cuando pienso lo lejos que ha llegado el tímido Bartolo, seguro que con otro nombre y diferente carácter no hubiese acabado obteniendo a base de desmembraciones el placer que todos obtenemos con mayor o menor dificultad, pero siempre por medios menos sangrientos.

Creo escuchar que baja. Espero que en recuerdo de nuestra vieja amistad abrevié el trámite y no haya regodeos ni prolegómenos, hay cosas que mejoran con la brevedad.

Curiosidad (I)

Curiosidad (I)

“La curiosidad mató al gato”. Además de apenarme y lamentar la falta de cautela del anónimo y mil veces difunto minino, cada vez que este aforismo acude a mi memoria, no puedo evitar acordarme de mi madre.

En muchas ocasiones ella lo usó para reprenderme y tantas otras yo lo ignoré. En esto como en tantas otras cosas de las que quiso prevenirme, ni supe ni quise hacerle el menor caso. No se alegraría de saber que tengo ahora la oportunidad de lamentarlo. De haber atendido en alguna ocasión sus severas pero cariñosas admoniciones, quizá no me encontrase hoy en la delicada situación en la que me hallo.

Curiosear en la intimidades ajenas es fuente de múltiples satisfacciones y agradables sorpresas. Lo se porque llevo años fisgoneando, entregándome a tan placentera actividad siempre que tengo oportunidad, con menos frecuencia de la que sin duda me gustaría. Dependo para ello de ser invitado a residencia ajena y esta circunstancia se da cuando otros quieren y no cuando yo deseo.

Si otras cosas me costó mucho aprenderlas, por contraste en esto fui precoz. Comencé de niño rebuscando en el cajón de la máquina de coser de mi madre, el único fácilmente accesible para mi reducida talla de entonces, quizá si hoy sigo husmeando en otros cajones es consecuencia de todo lo que allí encontré y me resultó fascinante. Entre las cosas que todavía recuerdo está una púa de guitarra, nadie en casa la tocaba así que no tengo idea de como demonios llegó hasta allí semejante artefacto; viejas fotos de carnet de mi madre, padre y hermano, mías todavía no las había porque entonces no precisaba documento alguno de identidad. Sellos de correos, alfileres, grandes y pequeños botones; de estos me gustaban especialmente unos blancos con el borde afilado y que parecían hechos de nacar; un pequeño destornillador (para realizar ajustes en la máquina supongo), envases de plástico con aceite (¿para mantener lubricados los engranajes?). Lo más extraño, pua aparte, era un hueso al que mi madre llamaba “taba”, no puedo olvidarlo de tantas veces que lo repitió, al menos una por cada ocasión que me veía con él, mirándolo sin yo saber para que podía servir o que hacía allí. Insistía mi madre en que se utilizaba para jugar y en alguna ocasión intentó enseñarme como, no lo recuerdo así que no debí prestar mucha atención. Todo resultaba sorprendente a mis infantiles ojos, quizá por la novedad o quizá por la extrañeza de encontrarlo allí. A pesar de mi extrañeza, nada encontré que no fuese inocente, si mi familia guardaba oscuros secretos no lo hacía en el cajón de la singer.

Los dedos en los enchufes también fueron costumbre, pasajera esta, que os servirá para entender hasta donde llegaba mi curiosidad. Y no sólo los dedos, alguna horquilla del pelo sirvió también para aprender más sobre el funcionamiento de la electricidad, corriente la llamábamos entonces. Aprendí así que siempre se fundían entre chisporroteos a los que acompañaba un lejano chasquido que dejaba la casa oscuras. Lo mismo que a mí me divertía a mi padre le enfadaba, no sabiendo que yo y mis experimentos con los enchufes éramos los responsables de los apagones, no entendía porque se fundían “los plomos” tan a menudo en aquella casa.

Desde entonces no he podido hurtarme a curiosear. Cuando me citan para una reunión de trabajo, entrevista y en las contadas ocasiones que he acudido al notario, si me dejan solo un momento no puedo evitar echar un vistazo al bote de lapiceros que siempre hay en las salas de reunión. He tenido la oportunidad de fisgonear en multitud de estos receptáculos e indefectiblemente siempre he encontrado varios clips, de los que suelo llevarme uno como recuerdo; una mancha pegajosa y enorme de tinta, por lo general azul; un lápiz sin punta, diminuto de tanto afilarlo y mordisqueado, manchado de la tinta anterior; ocasionalmente un sacapuntas -presunto responsable de la reducción del lápiz- y siempre una goma de borrar reseca, sin el maravilloso olor y flexibilidad que caracteriza a las frescas, repleta de pinchazos y cráteres tallados por algún oficinista soberanamente aburrido.

La presencia de tales adminículos siempre me hace pensar en un santuario, imagino que es aquí donde se refugian estos artefactos para descansar tras una larga y fructífera existencia. Como los elefantes que caminan largos trechos hasta alcanzar sus cementerios. Pierdo así mi tiempo, imaginando a estos humildes borradores vagando de cajón en cajón, ofreciendo sus humildes servicios a cambio de cobijo a quién los precisa y demanda, hasta que ya gastadas y redondeadas encuentran uno de estos botes en los que ocultarse y reposar mientras van perdiendo la humedad, resecándose y endureciéndose, hechos estos que deben significar su desaparición, de la misma forma que nosotros nos arrugamos y amojamamos antes de morirnos.

Podría pensarse que se trata de una desviación, una obsesión. No es así, todos chafardeamos en mayor o menor grado, aprovechamos cualquier ocasión propicia y estiramos la oreja cuando otros hablan, nos enteramos así de la conversación ajena, o vamos dando casuales vistazos a los papeles que los demás dejan a la vista. Alguno he conocido que no tiene vergüenza ninguna en abrir cajones o husmear en bolsos ajenos si algo pueden sacar de la revisión.

No siendo obsesión, si reconozco que podría considerarse manía, como lo es hurgarse los dientes con un palillo, hacer prospección nasal en los semáforos, carraspear antes de hablar y leer el periódico o el libro del vecino por encima del hombro. Un tanto molesta quizá, para los curioseados principalmente, aunque no enterándose de mi actividad, no veo razón para la incomodidad. Volviendo a los aforismos: “Ojos que no ven, corazón que no siente”, por tanto si mis amigos ignoran que merodeo y me regodeo en sus cajones y estancias, no deberían padecer por ello, más aún cuando todo lo que descubro lo guardo para mí, no es mi intención compartir con otros lo que encuentro. Si rebusco es por propio placer y no para avergonzar, obtener ventaja o beneficio.

Nadie había sabido, hasta hoy al menos, a que me dedico cuando me ausento en cualquiera de esas reuniones sociales a las que me invitan. Hoy, que lo sepan o lo ignoren dejará de importar. De hecho, sería preferible que alguno lo supiese y lo hubiese ocultado para evitarme la vergüenza del público escarnio, así al menos habría sospechas y quizá mi desaparición fuese la última. Sería irónico que mi ilícita aunque inocua actividad sirviese al menos para una buena causa, diferente por supuesto a la de satisfacer mi voraz curiosidad.

El último

El último

Lo más sobrecogedor es el silencio. Absoluta, completa y sobrecogedora ausencia de sonidos, esos que el hombre genera inconsciente, continua e inevitablemente. Conversaciones, tranquilas unas, otras que asemejaban encendidas discusiones y las que se hacían a distancia; risas de adultos, llantos y berrinches de los niños, el petardeo de una moto, las ruedas del carro de la compra o las maletas; pisadas, de suelas de cuero en invierno y de chanclas con el buen tiempo. Todos han desaparecido y nada ocupa el tranquilo vacío.

Asomado a la barandilla del centro comercial, Yahvé es consciente no tanto de las ausencias como de la irreversible y eterna tranquilidad. Y con el silencio, el convencimiento de la obra acabada y la inutilidad de continuar. Los seres que lo habían soñado para controlarlos, castigarlos y guardarlos no estaban, ni volverían. Habían marchado, todos ellos. Resignado a volver al limbo del que nunca debió salir, la deidad saltó al vacío, deseando que el estruendo al estrellarse allá abajo no perturbase el velo de silencio más que un breve instante, al igual que las olas agitan levemente la piel del mar antes de desaparecer como si nunca hubiesen existido.

Agradecimientos: La foto, como hago habitualmente, la he encontrado en pixabay y pertenece a Andrea Palmieri

Este brevísimo texto lo imaginé en una barandilla. Al igual que Yahvé, con la diferencia de que yo fumaba, me asomaba al mundo que discurría, ajeno a mis pensamientos, debajo. En contraste a lo que le causa sorpresa, la mía no provenía del silencio sino del continúo estruendo que producimos. La Calle de la Carabela la Niña resonaba, a la luz de un claro día de sol, con todos los sonidos que he expresado y algunos que no he sido capaz de recordar, antes de desaparecer bajo el centro comercial de L’Illa. El propio centro comercial está siempre rebosante de sonidos. Incluso a primera hora de la mañana puedo escuchar mis pasos, los de un compañero o los del personal de seguridad, mientras camino a la oficina. De ahí a pensar que aspecto tendría en el más absoluto silencio, no hay más que un breve trecho. Me pareció adecuado completar la escena con un protagonista de excepción, un dios contemplando este paisaje silencioso y desolador y recordando a todos los seres que lo imaginaron y dieron vida. Esta deidad, que representa a todas las que hemos inventado a lo largo de los siglos, comprende que su existencia no tiene sentido sin la presencia de aquellos que lo crearon, todos nosotros.