Porcentajes

Porcentajes

IMG_20190326_090519_697.jpgEn la red todo es más sencillo. Sin hormonas ni química. Diáfano todo, contado y medido, sin malos entendidos.

Nos enfadamos, sólo si el equilibrio del conjunto así lo demanda. Cuando lo hacemos, sólo el tiempo y con la intensidad justas: 63,48% durante 35,2 segundos.

Con el miedo sucede lo mismo, y con la alegria, la tristeza o la sorpresa. Siempre el porcentaje adecuado de cada una de ellas durante la cantidad justa y precisa de tiempo, así se crea el equilibrio, así dotamos de personalidad.

Equilibrio, el que aportan los números y las emociones entendidas como especias y aderezos, nutritivamente irrelevantes pero irreemplazables en la construcción del temperamento.

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Ilusión

Ilusión

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—¡Es increible, parece tan real!

—¿Que eran mamá?, ¿donde vivían?, ¿eran tan grandes?, ¿que comían?

—Ballenas las llamaban, creo que en el mar; probablemente hija mía, en el cartel pone a escala real. No lo se niña, no lo pone en el folleto.

—Ponté ahí, a su lado y te sacaré una foto ¡No toques que puede romperse y nos reñirán!

Pérdidas

Pérdidas

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En un momento nos acompaña, al siguiente ya no está. Quedamos solos y abandonados en nuestro cochecito. El desamparado, perdido y asustado en la acera. Pequeños y sometidos a los designios de otros no podemos volver a rescatarlo. Son nuestros padres los que deciden no llegar tarde a la guardería a cambio de un objeto, ese que para nosotros es imprescindible e incondicional y para ellos sólo uno más.

Clavado en nuestra memoria empezaremos así el aprendizaje, ese que nos enseña que el camino que nos toca recorrer está jalonado de pérdidas: amores, sueños, ilusiones, amigos, familiares, adversarios. Terribles todas ellas, pero la mayor durante mucho tiempo será sin duda la de nuestro primer peluche extraviado.

Gritos

Gritos

IMG_20190227_080804_868.jpgNadie escoge la locura, más bien ocurre al contrario, sin pedir permiso te selecciona, se acerca sigilosamente, vence tus pobres defensas y conquista lo que alguna vez fue razón.

Vaya vd. a saber las razones; acaso de niño no bebiste suficiente leche o recibiste demasiadas. Quizá no desayunabas, o si lo hacías era entre gritos y barbaridades.

Tal vez tenías un padre que no sabía querer o estaba demasiado ocupado para hacerlo. Tal vez no fue tu padre quién te jodió y fue tu madre quién lo hizo, con la mejor de las intenciones por supuesto. Envolviéndote en capas y capas de cariño protector y asfixiante; “que nada le falte a mi niña”, “de grande serás buena chica y el dolor no te conocerá”. Mentira, el dolor existe y siempre te atrapa, mejor que estes preparada cuando te alcance. Lista para lidiar con mentirosos, aprovechados e hijos de puta, mejor saber que hacer con ellos, eso o acabar gritando en la Gran Vía.

Algunos te dirán que la suerte no existe, hasta que encuentras la mala y se lleva por delante tu trabajo, familia, amigos y te convierte a ser una figura alocada y vociferante; una chalada sin hogar.

O tal vez todo sea más sencillo y sólo sea un desequilibtio químico, una maldita enzima que no se decide a ser segregada, un error de diseño o un puñado de neuronas mal transcritas. Siempre hay piezas defectuosas, la fortuna está en no ser agraciado con demasiadas en el sorteo que nos trajo aquí.

Nota: Las fotografías y los textos pueden, en el mejor de los casos, emular sonidos; nunca podrán transmitirlos.

La mujer que aparece en la imagen no hacía más que proferir horrísonos gritos mientras se dedicaba con ahinco a su tarea de calceta o ganchillo. Sorprende sin duda el contraste entre la tranquila tarea que debiera ser el punto y la desazón que transmitían los sonidos que lanzaba.

Reducida al silencio en esta imagen, me tomo la libertad de hablar por ella, en su nombre y así me invento razones para aquellos alaridos, posibilidades que nunca sabré si son ciertas pero me inspiran. No conozco la razón de aquellos gritos, pero he imaginado algunas. Si lo hago es porque algo me dice que la suerte tiene mucho que ver en el hecho de que sea ella quién está allí y yo fotografiándola.

Recuerdos.

Recuerdos.

68da319e9ed4b552d17de28190f72c28Si pudieses mirar tras ella, en el suelo encontrarías polvo, restos de tu juventud y recuerdos de la penúltima vez que la cruzaste.

Aquella noche fue una de las últimas que la acompañaste, casi os pillan. Demasiado mayores para caricias furtivas en un portal.

Veintiocho años después, basta cerrar unos instantes los ojos para recordar el cálido tacto. Preciosos y breves pechos que siempre recordarás deliciosos.

No importa que el día siguiente, a no más de cincuenta metros de aquí, te mandase al infierno, aquella noche el infierno no podía existir y el cielo era este portal.

No llamarás, no entrarás, no mirarás tras la puerta. No queda nada, fantasmas si acaso, recuerdos de todo aquello que nunca sucedió.