Gritos

Gritos

IMG_20190227_080804_868.jpgNadie escoge la locura, más bien ocurre al contrario, sin pedir permiso te selecciona, se acerca sigilosamente, vence tus pobres defensas y conquista lo que alguna vez fue razón.

Vaya vd. a saber las razones; acaso de niño no bebiste suficiente leche o recibiste demasiadas. Quizá no desayunabas, o si lo hacías era entre gritos y barbaridades.

Tal vez tenías un padre que no sabía querer o estaba demasiado ocupado para hacerlo. Tal vez no fue tu padre quién te jodió y fue tu madre quién lo hizo, con la mejor de las intenciones por supuesto. Envolviéndote en capas y capas de cariño protector y asfixiante; “que nada le falte a mi niña”, “de grande serás buena chica y el dolor no te conocerá”. Mentira, el dolor existe y siempre te atrapa, mejor que estes preparada cuando te alcance. Lista para lidiar con mentirosos, aprovechados e hijos de puta, mejor saber que hacer con ellos, eso o acabar gritando en la Gran Vía.

Algunos te dirán que la suerte no existe, hasta que encuentras la mala y se lleva por delante tu trabajo, familia, amigos y te convierte a ser una figura alocada y vociferante; una chalada sin hogar.

O tal vez todo sea más sencillo y sólo sea un desequilibtio químico, una maldita enzima que no se decide a ser segregada, un error de diseño o un puñado de neuronas mal transcritas. Siempre hay piezas defectuosas, la fortuna está en no ser agraciado con demasiadas en el sorteo que nos trajo aquí.

Nota: Las fotografías y los textos pueden, en el mejor de los casos, emular sonidos; nunca podrán transmitirlos.

La mujer que aparece en la imagen no hacía más que proferir horrísonos gritos mientras se dedicaba con ahinco a su tarea de calceta o ganchillo. Sorprende sin duda el contraste entre la tranquila tarea que debiera ser el punto y la desazón que transmitían los sonidos que lanzaba.

Reducida al silencio en esta imagen, me tomo la libertad de hablar por ella, en su nombre y así me invento razones para aquellos alaridos, posibilidades que nunca sabré si son ciertas pero me inspiran. No conozco la razón de aquellos gritos, pero he imaginado algunas. Si lo hago es porque algo me dice que la suerte tiene mucho que ver en el hecho de que sea ella quién está allí y yo fotografiándola.

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Recuerdos.

Recuerdos.

68da319e9ed4b552d17de28190f72c28Si pudieses mirar tras ella, en el suelo encontrarías polvo, restos de tu juventud y recuerdos de la penúltima vez que la cruzaste.

Aquella noche fue una de las últimas que la acompañaste, casi os pillan. Demasiado mayores para caricias furtivas en un portal.

Veintiocho años después, basta cerrar unos instantes los ojos para recordar el cálido tacto. Preciosos y breves pechos que siempre recordarás deliciosos.

No importa que el día siguiente, a no más de cincuenta metros de aquí, te mandase al infierno, aquella noche el infierno no podía existir y el cielo era este portal.

No llamarás, no entrarás, no mirarás tras la puerta. No queda nada, fantasmas si acaso, recuerdos de todo aquello que nunca sucedió.

Fuego. Pulse Aquí

Fuego. Pulse Aquí

Bomberos, policía científica e investigadores del seguro no encontraban ninguna explicación, no de las lógicas al menos; aunque a esas alturas del embrollo todos ellos hubiesen aceptado cualquiera, una ilógica también, sobre todo si eso les hubiese permitido sortear el escollo y terminar todo el jodido asunto.

El meollo no era baladí; tenía nombre, dos apellidos y estaba muerto. Un difunto testarudo que se empeñaba en tumbar todas sus hipótesis. Sin victima ya habrían dado carpetazo al negocio, el seguro hubiese pagado de mala gana y aquí paz y después gloria, cada mochuelo a su olivo y todos para casa a cenar. Pero con un muerto en danza y además en extrañas circuntancias, no había lugar para la paz ni la gloria, ni cena que no fuese pizza o lo que trajesen los ciclistas aquella noche.

Los hechos que conocían (los que ignoraban les hubiesen arreglado el asunto pero no tenían ni idea, por eso los ignoraban) eran los siguientes, a saber:

  1. El día de los hechos se produjo un incendio en la localización indicada en el atestado
  2. La hora no se conocía con total exactitud (que no se sabía, la exactitud no puede ser parcial).
  3. En la fecha, hora -aproximada- y lugar reseñados se produjo algún tipo de deflagración, seguida de una violenta combustión (nada de unas llamitas y unos hilillos de humo, un fuego de tres pares de narices) que consumió parte de las instalaciones de CEPUSA S.A. y abrasó hasta reducir a Heliodoro Martínez Hernández.
  4. La autopsia practicada revela que Heliodoro murió abrasado (la tarea del fornese fue en este caso sencilla, todos los que le habían visto llegaron a la misma conclusión, el color y la consistencia del cadaver así lo atestiguaban). No se dió en este caso asfixia prevía al achicharramiento, los pulmones no presentaban signos de ahogamiento. Sólo un dato curioso se deprende del informe, el forense indica que el aspecto  y disposición de las quemaduras lleva a pensar en una incineración simultanea y homogenea del finado.
  5. Los datos apuntan a que el incendio se inició, exactamente, en el punto en el que Heliodoro pulsó la alarma y se encontró su cuerpo. Sorprende a los investigadores que redactan el informe la presencia de ánimo que debió mostrar Heliodoro para, a pesar del violento incendio que devoraba las instalaciones, acercarse hasta el pulsador y presionarlo.
  6. A pesar de la exhaustiva investigación, no se han encontrado orígenes probables para la deflagración, la instalación electrica se hallaba en perfecto estado y acababa de ser revisada. No se hallaron cerca del lugar restos de combustible ni elementos facilmente inflamables.  No se identifican rastros de artefactos, dispositivos o iniciadores que expliquen el siniestro o voluntad alguna de provocarlo.

Lo que nadie expresaba pero todos pensaban era que el fuego parecía haber comenzado de manera expontanea en el punto exacto donde se encontraba la victima y EN ella, aunque esto último sólo se atrevían a contarlo los inconscientes o aquellos que no dejaban de pensar en lo que podía leerse en el pulsador.

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Evolución

Evolución

evolución

Hoy, niño todavía, jugará. Buscará con su fusil a sus pequeños compañeros escondidos para abatirlos con inocuos proyectiles de gomaespuma. Quejas, gritos y risas resonarán en este juego sin consecuencias. Inocentes y fingidas víctimas que se levantarán, con más gritos y risas si cabe, cuando toque cambiar de entretenimiento.

Mañana jugará. Buscará entre las marcas del cristal de su mira las pequeñas, ignorantes y anónimas figuras que pretende abatir con inicua munición de plomo y acero. Quejas, gritos, alarma, estupor, sorpresa y miedo llenarán el ambiente. Inocentes, confiadas e ignorantes víctimas que permanecerán para siempre tiradas y desmadejadas en el suelo.

Nota:

Los créditos de la fotografía, sea esta buena o mala, me corresponden en su totalidad y podéis verla en instagram.

Por supuesto no creo que este chaval acabe disparando a nadie y estoy casi seguro de que no será así. Si me sorprende la contradicción que representa el que hace unos años fuese abominable regalar rifles y pistolas a los niños y ahora volvamos a ver como algo completamente normal que se haga lo mismo, siempre que estas armas no se parezcan a ninguna de aquellas que vemos día si y día también en películas, series y las noticias. Es decir, es aceptable mientra tengan un aspecto futurista y alejado de las armas reales,  disparen proyectiles de gomaespuma y estén respaldados por una excelente campaña de publicidad y modas o tendencias.

Confío que el chaval y sus compañeros disfrutasen en el cole con sus nuevos regalos, de la misma forma en la que yo lo hice, persiguiendo inexistentes e imaginarios indios y delincuentes sin más consecuencia que algún moratón y alguna bronca por extender el juego más allá de lo considerado permisible por parte de mis padres.

Miedo

Miedo

fear

¿Soy el único a quién inquietan estas hieráticas figuras? Temo que no, ¿porqué si no siempre se colocan en los escaparates o cerca de las puertas?, mirando siempre hacía el exterior, evitando de esta forma que puedan seguir nuestros movimientos aunque lo quisiesen, obligando a nuestras miradas a ser rápidas y descuidadas cuando no huidizas y fugaces.

Yo prefiero no mirar por encima del hombro siempre que las dejo atrás, continúo así  tranquilo, pensando que mis temores son pueriles e infantiles mis miedos.