Cómo estropear una historia (nn formas de joder una buena idea)

Cómo estropear una historia (nn formas de joder una buena idea)

Cuando hablo de historia en este contexto, estoy haciendo referencia a un cuento, relato, novela (aunque estas pueden contar más de una, es seguro que si fastidias cualquiera de ellas el resto quedarán igualmente jodidas, es el principio de la manzana podrida), obra de teatro o cualquier cosa que escribimos entre un “Érase una vez…” y “Colorín, Colorado, esta historia ha terminado” o cualquier otra variedad de comienzo y final que os parezca. Historias hay otras: de amor, de viajes, de aventuras, fotografiadas, contadas, vividas o sólo imaginadas. Yo por aquí me centraré en las escritas, desbaratar las otras queda a vuestro buen cuidado y mejor hacer.

En lugar de nn, indicativo se un número indeterminado de dos cifras, originalmente tenía intención de colocar un número definido, 10 por ejemplo, pero pasando revista a las diferentes actividades defenestradoras que se me ocurrían a veces imaginaba 10 (de martes a jueves generalmente), otras veces sólo encuentraba 5 (en fin de semana, festivos o vísperas) y en los peores momentos 100 (los lunes y algunos domingos por la tarde). Por todo ello finalmente me he decidido por el nn, el número definitivo lo tendremos al final, para ello bastará sumar o contar el número de artículos de la serie.

La siguiente pregunta es: ¿porqué “joder” y no “10 formas de escribir una historia primorosa”?, fácil, en primer lugar y salvo honrosas excepciones, todo lo que encontrarás estará relacionado con el como hacer “bien” las cosas, allá tu si te lo crees, mi experiencia dice que sigues las instrucciones con cuidadosamente y con tu mejor voluntad y en vez de un pulitzer acabas obteniendo un truño largo e insoportable y ve a quejarte al maestro armero. Aquí no pasará, si seguimos todas -o un conjunto suficiente- de las recomendaciones que cuento el fracaso está asegurado, obtendrás el mismo truño que en el caso anterior pero con una importante diferencia, en esta ocasión el truño está hecho a conciencia y es tu objetivo. Empeñó mi palabra en ello, tengo amplía experiencia estropeado buenas ideas. Puedo asegurar que todo lo que iré contando por aquí lo he puesto en práctica, casi siempre de manera involuntaria, obteniendo siempre resultados nefastos.

Para terminar esta introducción, que debemos restar del número total para obtener la cuantía definitiva de anti-consejos, indicaros que no es mi intención deciros que es lo que no debéis hacer, nada más lejos de mi intención, haced lo que os de la real gana que para eso sois mayorcitos y tenéis criterio y un ego hiperdesarrollado, pero si lo hacéis tened en cuenta que el bodrio resultante será producto de un duro trabajo y una ardua tarea, nadie dijo que hacer algo mal fuese fácil y sencillo.

La próxima entrada, esta si primera de la serie, tengo intención de dedicársela a la extensión, longitud o duración. Como todo el mundo sabe, el tamaño si importa y más vale relato grande, ande este o no ande.

Agradecimientos: La foto es de Luctheo y podéis encontrar más como esta en Pixabay.

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Back to the Past – Vuelta al pasado

Back to the Past – Vuelta al pasado

No, no he inventado ninguna máquina del tiempo ni he caído en un agujero de gusano, tampoco me he comido uno, sencillamente y arrastrado por las circunstancias, mi blog vuelve a su segundo nombre.

Nacido como “El Rincón del Fumador”, cambió a “Ex-Fumador” tras mi primer intento de abandono de tan nefando vicio. Vencido por mi debilidad, tuve que volver a cambiarlo al recaer en los pecados de la carne, más exactamente de las vísceras -pulmones y cerebro particularmente-. En aquella ocasión me resistí a volver al pasado y me permití hacer uso de la regla matemática de los signos, colocando un Ex adicional obtenía el mismo resultado que eliminando el existente, me hizo gracia la ocurrencia -todavía me río pensándolo- y así mi blog pasó a llamarse “El Rincón del Ex-Ex-Fumador”. Ahora que vuelvo a dejar de lado los humos, malos todos ellos menos los que se elevan de la barbacoa o ahúman el salmón, y alcanzar en la tierra el cielo que sólo los justos merecen, se planteaban dos opciones evidentes, a saber: añadir un “Ex” a los dos que ya cargaba el nombre o volver al pasado y dejarlo en uno sólo. Visto que Ex-Ex-Ex-Fumador podría causar problemas respiratorios a quién intentase pronunciarlo y no teniendo claro que los pocos incautos que pasan por aquí supiesen que hacer con tres signos “-“, me he decidido por lo sencillo, vuelvo a ser Ex-Fumador, no tiene el Glamour de ser Ex-Ex-Ex-Fumador (Ex al cubo), pero simplifica la situación.

El título es un sentido homenaje a un film que sin duda todos conocéis… “El tiempo en sus manos” aunque pueda pensarse que homenajea a otro “Regreso al Futuro” en su original en inglés, cual de las afirmaciones sea la correcta lo dejo en vuestras sabias y siempre limpias manos.

Curiosidad (I)

Curiosidad (I)

“La curiosidad mató al gato”. Además de apenarme y lamentar la falta de cautela del anónimo y mil veces difunto minino, cada vez que este aforismo acude a mi memoria, no puedo evitar acordarme de mi madre.

En muchas ocasiones ella lo usó para reprenderme y tantas otras yo lo ignoré. En esto como en tantas otras cosas de las que quiso prevenirme, ni supe ni quise hacerle el menor caso. No se alegraría de saber que tengo ahora la oportunidad de lamentarlo. De haber atendido en alguna ocasión sus severas pero cariñosas admoniciones, quizá no me encontrase hoy en la delicada situación en la que me hallo.

Curiosear en la intimidades ajenas es fuente de múltiples satisfacciones y agradables sorpresas. Lo se porque llevo años fisgoneando, entregándome a tan placentera actividad siempre que tengo oportunidad, con menos frecuencia de la que sin duda me gustaría. Dependo para ello de ser invitado a residencia ajena y esta circunstancia se da cuando otros quieren y no cuando yo deseo.

Si otras cosas me costó mucho aprenderlas, por contraste en esto fui precoz. Comencé de niño rebuscando en el cajón de la máquina de coser de mi madre, el único fácilmente accesible para mi reducida talla de entonces, quizá si hoy sigo husmeando en otros cajones es consecuencia de todo lo que allí encontré y me resultó fascinante. Entre las cosas que todavía recuerdo está una púa de guitarra, nadie en casa la tocaba así que no tengo idea de como demonios llegó hasta allí semejante artefacto; viejas fotos de carnet de mi madre, padre y hermano, mías todavía no las había porque entonces no precisaba documento alguno de identidad. Sellos de correos, alfileres, grandes y pequeños botones; de estos me gustaban especialmente unos blancos con el borde afilado y que parecían hechos de nacar; un pequeño destornillador (para realizar ajustes en la máquina supongo), envases de plástico con aceite (¿para mantener lubricados los engranajes?). Lo más extraño, pua aparte, era un hueso al que mi madre llamaba “taba”, no puedo olvidarlo de tantas veces que lo repitió, al menos una por cada ocasión que me veía con él, mirándolo sin yo saber para que podía servir o que hacía allí. Insistía mi madre en que se utilizaba para jugar y en alguna ocasión intentó enseñarme como, no lo recuerdo así que no debí prestar mucha atención. Todo resultaba sorprendente a mis infantiles ojos, quizá por la novedad o quizá por la extrañeza de encontrarlo allí. A pesar de mi extrañeza, nada encontré que no fuese inocente, si mi familia guardaba oscuros secretos no lo hacía en el cajón de la singer.

Los dedos en los enchufes también fueron costumbre, pasajera esta, que os servirá para entender hasta donde llegaba mi curiosidad. Y no sólo los dedos, alguna horquilla del pelo sirvió también para aprender más sobre el funcionamiento de la electricidad, corriente la llamábamos entonces. Aprendí así que siempre se fundían entre chisporroteos a los que acompañaba un lejano chasquido que dejaba la casa oscuras. Lo mismo que a mí me divertía a mi padre le enfadaba, no sabiendo que yo y mis experimentos con los enchufes éramos los responsables de los apagones, no entendía porque se fundían “los plomos” tan a menudo en aquella casa.

Desde entonces no he podido hurtarme a curiosear. Cuando me citan para una reunión de trabajo, entrevista y en las contadas ocasiones que he acudido al notario, si me dejan solo un momento no puedo evitar echar un vistazo al bote de lapiceros que siempre hay en las salas de reunión. He tenido la oportunidad de fisgonear en multitud de estos receptáculos e indefectiblemente siempre he encontrado varios clips, de los que suelo llevarme uno como recuerdo; una mancha pegajosa y enorme de tinta, por lo general azul; un lápiz sin punta, diminuto de tanto afilarlo y mordisqueado, manchado de la tinta anterior; ocasionalmente un sacapuntas -presunto responsable de la reducción del lápiz- y siempre una goma de borrar reseca, sin el maravilloso olor y flexibilidad que caracteriza a las frescas, repleta de pinchazos y cráteres tallados por algún oficinista soberanamente aburrido.

La presencia de tales adminículos siempre me hace pensar en un santuario, imagino que es aquí donde se refugian estos artefactos para descansar tras una larga y fructífera existencia. Como los elefantes que caminan largos trechos hasta alcanzar sus cementerios. Pierdo así mi tiempo, imaginando a estos humildes borradores vagando de cajón en cajón, ofreciendo sus humildes servicios a cambio de cobijo a quién los precisa y demanda, hasta que ya gastadas y redondeadas encuentran uno de estos botes en los que ocultarse y reposar mientras van perdiendo la humedad, resecándose y endureciéndose, hechos estos que deben significar su desaparición, de la misma forma que nosotros nos arrugamos y amojamamos antes de morirnos.

Podría pensarse que se trata de una desviación, una obsesión. No es así, todos chafardeamos en mayor o menor grado, aprovechamos cualquier ocasión propicia y estiramos la oreja cuando otros hablan, nos enteramos así de la conversación ajena, o vamos dando casuales vistazos a los papeles que los demás dejan a la vista. Alguno he conocido que no tiene vergüenza ninguna en abrir cajones o husmear en bolsos ajenos si algo pueden sacar de la revisión.

No siendo obsesión, si reconozco que podría considerarse manía, como lo es hurgarse los dientes con un palillo, hacer prospección nasal en los semáforos, carraspear antes de hablar y leer el periódico o el libro del vecino por encima del hombro. Un tanto molesta quizá, para los curioseados principalmente, aunque no enterándose de mi actividad, no veo razón para la incomodidad. Volviendo a los aforismos: “Ojos que no ven, corazón que no siente”, por tanto si mis amigos ignoran que merodeo y me regodeo en sus cajones y estancias, no deberían padecer por ello, más aún cuando todo lo que descubro lo guardo para mí, no es mi intención compartir con otros lo que encuentro. Si rebusco es por propio placer y no para avergonzar, obtener ventaja o beneficio.

Nadie había sabido, hasta hoy al menos, a que me dedico cuando me ausento en cualquiera de esas reuniones sociales a las que me invitan. Hoy, que lo sepan o lo ignoren dejará de importar. De hecho, sería preferible que alguno lo supiese y lo hubiese ocultado para evitarme la vergüenza del público escarnio, así al menos habría sospechas y quizá mi desaparición fuese la última. Sería irónico que mi ilícita aunque inocua actividad sirviese al menos para una buena causa, diferente por supuesto a la de satisfacer mi voraz curiosidad.

Sueño y Locura

Sueño y Locura

“The stuff that dreams are made of” (“El material con el que se forjan los sueños”)

Sam Spade (Humphrey Bogart) en “El Halcón Maltés”

Si habéis visto la película que termina con la frase que encabeza esta entrada, quizá podáis aclararme algo, ¿de que está hecho?. Desde que la vi por primera vez, he creído que plomo es la respuesta a esa pregunta, quizá porque en ocasiones nuestros sueños pesan tanto o más que ese material.

Cada uno de nosotros cargamos, como si de plomo se tratase, con algunos de nuestros sueños y un puñado de locura. El equilibrio lo encontramos cuando dejamos que los primeros nos impulsen un poquito más allá de los límites y la segunda nos invite a imaginar algunos de los primeros, sin dejar que ni los unos ni la otra nos arrastren más allá del punto sin retorno, ese donde sabemos que nos faltarán las fuerzas para volver a la orilla.

De no hacerlo así, quizá acabemos como modernos orates tirando de un carro aparentemente atestado de basura y realmente repleto de sueños sin cumplir, pesadillas encarnadas, trabajados fracasos e insatisfacciones. Locura en definitiva.

Agradecimientos: En esta ocasión, la foto es mía, no hace falta que me lo agradezca.

Mientras escribía el título, pensé en atemperarlo buscando un sinónimo de locura que fuese más amable, menos áspero. Finalmente ha quedado como lo pensé inicialmente, áspero o no.

La foto pertenece al carro de un sin techo, este lo transporta arriba y abajo por los alrededores de mi oficina de tal manera que raro es el día que no me lo encuentro en un lugar u otro. Desde la primera ocasión, he sacada varias fotografías, me sorprendió el tamaño y que en apariencia, hasta donde puede verse, lo que guarda en el carro en lo que muestra la fotografía. Me resulta intrigante que alguien sienta la necesidad de arrastrar todos los días y a todas horas tamaña carga. Si a lo anterior añadimos que desde siempre me ha preocupado no saber que conduce a algunos de nosotros a terminar así, arrastrando un enorme carro lleno de dios sabe que, para mi era evidente desde que lo vi por primera vez que terminaría escribiendo algo al respecto, aunque sólo sea esta breve nota.

Días de Radio

Días de Radio

Hace algo menos de dos años Gemma Solsona nos propuso participar en la programación de Radio Cunit con un programa literario. Como siempre la propuesta se realizó a través de Whatsapp y como siempre las respuestas comenzaron a llegar en tromba, todas ellas a favor de hacerlo. Y nos lanzamos, encontrar el nombre no recuerdo si fue sencillo o complicado, si se que resultó acertado, nacía Adictos a las letras/Adictes a les lletres y la aventura de la P.A.E. en la radio.

Desde entonces, con mayor o menor frecuencia y con participaciones dispares (en alguna ocasión el estudio parecía el camarote de los Marx y en otras parecía la sala de estar de una familia monoparental) hemos sacado adelante 17 programas, que pronto serán 22, en los que hemos tratado temas relacionados con las letras, la música, el cine y todo aquello que pensamos forma parte del universo literario.

Hoy, Día Internacional de la Radio, no nos queda más que agradecer a este fascinante medio a Radio Cunit y Jaumix Assens Raveman la oportunidad que nos brinda de participar en una actividad tan gratificante. Espero que el año que viene la lista de programas haya crecido y continuéis disfrutándola.

Si no nos habéis escuchado, este es sin duda un buen momento para empezar: Adictos a las letras, la P.A.E. en Radio Cunit

Agradecimientos: La foto es de Annca y podéis encontrarla en pixabay

Hacer y Comunicar

Hacer y Comunicar

Pasé mi infancia escuchando que las cosas había que hacerlas “bien”; creo que mi madre no concebía otra forma de hacerlas. Creía también, que existía una forma correcta y universal de actuar en todos los ámbitos; suponía también que era reconocida por todos, esperada e insoslayable. Aceptar este comportamiento inevitablemente correcto y adaptar nuestras acciones a él, conducía necesariamente a buenos resultados, fuesen estos aprobar un examen, encontrar un buen trabajo o ganar el cielo. No hacerlo debía conducir por fuerza a lo opuesto.

Desde este punto de vista, si hubiese sido cierto, lo que está bien debe ser universal y necesariamente reconocido como tal, no precisa de explicación, comunicación ni explicación alguna, darlas hubiese sido como si cada mañana anunciásemos lo evidente: que es de día. No lo hacemos porque es evidente y no precisa anuncio. Algo semejante pensaba ella que sucedía con lo bien realizado.  De esta forma la valoración de la bondad y corrección de toda acción o actividad, tenía para ella un fuerte contenido que podría llamar moral. Todo lo anterior resulta sin duda muy valioso desde el punto de vista del comportamiento y las relaciones, pero es completamente inútil cuando se aplica a otros ámbitos de la vida. A pesar de lo anterior, creo sin duda que acertó enseñándome lo que pudo, si no supo o no pudo enseñarme la diferencia se que no fue responsabilidad suya.

Ahora se que lo que olvido decirme es sencillo, tan importante, si no más, que hacer algo bien es comunicarlo a quién corresponde y asegurarnos de que ese alguien, lo sabe y lo entiende. En caso contrario estaremos trabajando casi en balde.

Trabajar duro y no comunicar, de una forma u otra, los resultados de nuestro trabajo es como cantar en la ducha, correr sólo o bailar delante del espejo, si pretendemos ganarnos la vida con alguna de estas actividades tenemos que asegurarnos de que aquellos que nos pagarán por ellas saben y son conscientes de que lo hacemos bien. En caso contrario lo hacemos por el “placer” de hacerlo y no como medio para ganarnos la vida. Lamentablemente parece que en muchas ocasiones con nuestro trabajo hacemos lo mismo y en vez de comportarnos como los profesionales que somos, lo hacemos como amateurs, trabajamos bien y duro, hasta tarde y los días de fiesta por el “placer” de hacerlo.

Si no queremos que sea así, necesitamos poner en marcha el adecuado plan de comunicación que nos asegure que todos aquellos que tienen intereses en nuestro trabajo, nuestros stakeholders, estén puntual y correctamente informados de aquello que hacemos, las dificultades con las que nos encontramos y como las resolvemos, las ideas que tenemos y nos permiten enfrentar nuevas situaciones, cómo trabajamos o gestionamos el grupo y como, en definitiva, resolvemos las situaciones a las que nos enfrentamos día si y día también.

Durante mucho tiempo he insistido a mis equipos sobre la importancia de comunicar al cliente aquello que hacemos, más aún cuando se finaliza en plazo, coste y calidad. En muchas ocasiones he olvidado, sin embargo, hacer lo mismo conmigo. En esto hice demasiado caso a mi madre y creí que hacer las cosas bien hechas tenían la virtud de ser reconocidas per se. La próxima prometo no olvidarme de hacéroslo saber.

Agradecimientos: La foto está sacada de pixabay y pertenece a Robinson , gracias por la contribución.

Esta entrada lleva tanto tiempo en reposo que si fuese vino sería, como mínimo, una gran reserva. Ni recuerdo la razón para escribirla, probablemente fue la convicción, en contra de las creencias de mi madre, de que no sólo basta con hacer las cosas bien, tan bien como eres capaz al menos, hay que comunicarlas. Sin este componente de comunicación falla una parte fundamental de la acción, hasta dios se encargó de comunicarnos que su más importante obra finalizó en seis días, ¿porqué no hacemos nosotros lo mismo?.

El último

El último

Lo más sobrecogedor es el silencio. Absoluta, completa y sobrecogedora ausencia de sonidos, esos que el hombre genera inconsciente, continua e inevitablemente. Conversaciones, tranquilas unas, otras que asemejaban encendidas discusiones y las que se hacían a distancia; risas de adultos, llantos y berrinches de los niños, el petardeo de una moto, las ruedas del carro de la compra o las maletas; pisadas, de suelas de cuero en invierno y de chanclas con el buen tiempo. Todos han desaparecido y nada ocupa el tranquilo vacío.

Asomado a la barandilla del centro comercial, Yahvé es consciente no tanto de las ausencias como de la irreversible y eterna tranquilidad. Y con el silencio, el convencimiento de la obra acabada y la inutilidad de continuar. Los seres que lo habían soñado para controlarlos, castigarlos y guardarlos no estaban, ni volverían. Habían marchado, todos ellos. Resignado a volver al limbo del que nunca debió salir, la deidad saltó al vacío, deseando que el estruendo al estrellarse allá abajo no perturbase el velo de silencio más que un breve instante, al igual que las olas agitan levemente la piel del mar antes de desaparecer como si nunca hubiesen existido.

Agradecimientos: La foto, como hago habitualmente, la he encontrado en pixabay y pertenece a Andrea Palmieri

Este brevísimo texto lo imaginé en una barandilla. Al igual que Yahvé, con la diferencia de que yo fumaba, me asomaba al mundo que discurría, ajeno a mis pensamientos, debajo. En contraste a lo que le causa sorpresa, la mía no provenía del silencio sino del continúo estruendo que producimos. La Calle de la Carabela la Niña resonaba, a la luz de un claro día de sol, con todos los sonidos que he expresado y algunos que no he sido capaz de recordar, antes de desaparecer bajo el centro comercial de L’Illa. El propio centro comercial está siempre rebosante de sonidos. Incluso a primera hora de la mañana puedo escuchar mis pasos, los de un compañero o los del personal de seguridad, mientras camino a la oficina. De ahí a pensar que aspecto tendría en el más absoluto silencio, no hay más que un breve trecho. Me pareció adecuado completar la escena con un protagonista de excepción, un dios contemplando este paisaje silencioso y desolador y recordando a todos los seres que lo imaginaron y dieron vida. Esta deidad, que representa a todas las que hemos inventado a lo largo de los siglos, comprende que su existencia no tiene sentido sin la presencia de aquellos que lo crearon, todos nosotros.