Agua (νερό)

Agua (νερό)

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Nací en un lugar donde el mar es un viaje que debe emprenderse al menos una vez en la vida. Los oceanos allí son amarillos y la espuma, espigas mecidas por la brisa.

Ríos, arroyos y los charcos que de niños no podíamos pisar son allá la formas que adopta el agua.

Ahora se que hay otro horizonte compuesto por tonos de azul y donde la tierra no quiebra el cielo.

Gané en el viaje el azul de mar, a cambio entregué otro imposible de encontrar aquí; el del cielo que en las claras mañanas de verano, cubre mi tierra.

Prohibiciones

Prohibiciones

Al fin han prohibido en esta icónica plaza, además de aparcar motos en la acera, la presencia de Piolín.

Mucho hace que los incondicionales seguidores del injustamente denostado gato Silvestre venimos demandando medidas excepcionales contra este pájaro de cuenta. Parece que nuestras quejas han sido al fin escuchadas y atendidas, nuestros munícipes no han podido permanecer ajenos por más tiempo al clamor desatado contra esta ave aborreccible.

La presencia de este inmundo canario nunca ha sido bienvenida en nuestras calles y plazas; esperamos pués que la iniciativa que hoy comienza aquí se extienda con presteza al resto de la ciudad y más bien pronto que tarde podamos celebrar la total supresión de esta figura de la vida pública de nuestra amada urbe.

Si bien la abuelita lo tenía en alta estima, una muestra más y evidente esta de sus múltiples prejuicios y racismo rampante, siempre hemos sido mayoría los que consideramos odioso a este pajarraco; su hipertrófica cabeza y no menos desmesurados pies hacen de él un ser deforme, monstruoso y aborrecible; sin entrar en su dudosa catadura moral y actitud abusiva. Más despreciable es aún que el cariño que este adefesio despertaba en la vieja chocha, lo hiciese a costa de abusar sin medida de un ser ser tan entrañable y desprotegido como acabo siendo Silvestre. Hoy podemos reivindicar en esta prohibición la figura olvidada de aquel heroico y tenaz minino.

…Y esto sólo es el comienzo, si Piolín nos cae mal, el Corre-caminos nos resulta totalmente odioso; por eso esperamos que este pequeño éxito sirva como acicate y ejemplo al Coyote para atrapar a tan escuchimizado bicho y pueda por fin resarcirse de años de ignominia con su escasa y sin duda correosa carne.

Realidad

Realidad

Vivimos protegidos tras nuestras ventanas.

En ocasiones olvidamos una abierta y se nos cuela en la estancia un soplo de realidad; brisa suave que nos desordena las cuidadas hojas de nuestro plan, revuelve todos los propósitos y nos llena la vida de fuertes y olvidados olores olvidados, estridentes ruidos abandonados y polvo de lo que no pasó.

Enojados por el caos, nos apresuramos a cerrar la rendija mientras maldecimos a la terca existencia que insiste a nuestro pesar en endosarnos, cada vez que nos descuidamos, retazos de lo que no supimos ser.

Fuera dejamos el frío y el calor, el alboroto y la tranquilidad, los perfumes y los hedores; dentro nos sentimos a salvo arropados con la experiencia y educación, rodeados de viejos y cómodos éxitos y fracasos, ponemos el aire acondicionado y encendemos el extractor. Todos nuestros ordenados prejuicios nos observan con cariño desde las estanterias.

Miseria

Miseria

Habitaciones con vistas y bien ventiladas, sarcasmo cruel; homeless, sin techo, sense sostre: eufemismos cobardes. Miseria.

Otros nos dicen que debemos ser, pensar, creer, sentir, parecer. Tenemos la obligación de no creer y ver, mirar, buscar.

Y mirando aprendemos que nuestras ciudades son hermanas y en sus calles, diferentes pero iguales, encontramos, para nuestra vergüenza, miseria semejante e igual desamparo.

Ventanas

Ventanas

Las ciudades, como los hogares, tienen ventanas y miradores. En ellas puedes ver la vida pasar; la de los otros, la tuya se va consumiendo mientras observas.

Todavía hay tiempo, siempre hay tiempo para mirar. Y gastas un poquito más, otro ratito.

Porque se está bien a la fresca, porque debes sacar esta foto, porque no quieres volver a entrar a donde quiera que vayas todas las mañanas a estas horas. Porque la ciudad está preciosa vacia y tranquila. Porque estás cansado de correr y nunca llegar.

Las ciudades son ventanas y miradores, por ellas miramos y desde allí nos miran

Fortuna

Fortuna


«Como un sueño de loco sin fin. La fortuna se ha reído de ti»


No, no estás loco, al menos ayer te acostaste cuerdo. Sin hogar, techo ni suerte, pero cuerdo.

Quizá la noche ha cambiado algo y se haya operado la transformación. Despertarías entonces en el mismo sucio rincón en el que te acostaste, a la vista de todos, pero convertido por fin en orate. Sería entonces real la primera parte de la estrofa que lleva días atormentándote.

Serías entonces afortunado por primera vez en mucho tiempo. Mejor chiflado si has de continuar viviendo en la calle.

En tu cabeza, mientras recorres sin rumbo esta ciudad indiferente y moderna, se repite sin cesar ni respiro la misma letra y melodía. Te recuerda a cada instante cuanto disfruta la odiosa fortuna riendo a tu costa.

Los dioses sólo existen mientras pueden jugar con sus ignorantes creaciones.


La estrofa que encabeza esta pequeña historia no es mía ni tengo la intención de atribuírmela, quizá podría hacerlo, no se cuantos de entre los que lean esto serán capaces de identificar o recordar a sus autores, hace ya algún tiempo que la cantaron por primera vez.

Se trata de La Unión y la canción no es otra que: «Lobo Hombre en París», si queréis volver a escucharla, no tenéis más que dejar que vuestro ratón se pose en el enlace y seguirlo hasta donde os lleve, la magia del hipertexto hará el resto.

Aire (αέρα)

Aire (αέρα)

Brisa, tempestad, calma. Mil nombres inventados para la misma esencia.

Céfiro, Bóreas, Argestes, Euros, Notos. Tifón, dioses todos, imaginados para brindar existencia al movimiento.

Motor impetuoso cuando se agita. Cuando cesa, sosiego y reposo.

Susurro entre la hojas, grito en la garganta, leve soplo en el adios.

Abusones -Corolario-

Abusones -Corolario-

Probablemente Abusones no precise de este corolario, yo si. Allí, en la entrada original, la historia decidió seguir sus propios impulsos, de tal forma que cuando me acercaba al final me vi en la obligación de tomar una decisión: finalizarla con el maravilloso epílogo que finalmente incluí o poner este. Tal y como había desarrollado el escrito, esto no encajaba ni empleando un escoplo; eso me fastidiaba, creía que esta parte que ahora publico, completa lo descrito en la entrada original y la conduce desde el recuerdo de aquellos buenos viejos tiempos hasta nuestros días, tiempos en los que somos más viejos pero no más buenos. Por suerte para los que escribimos y desgracia de aquellos que nos leéis, hay varios recursos para encajar piezas dispares. Los capítulos son uno, poco apropiado en el caso que nos ocupa, ni la extensión soportaba los capítulos ni la temática los animaba. Se me ocurrió otro, el que empleó aquí: colocar un corolario después del epílogo y quedarse tan fresco. Yo os suelto lo que quiero y vosotros podéis ignorarlo olímpicamente, todos contentos.

No me disperso más y voy a lo que importa, terminar lo empezado.

Si vuelvo al principio de lo escrito en aquella entrada, leo lo siguiente: «Hoy continúo encontrando personajillos como aquellos». Abusones encontraremos a lo largo de toda nuestra vida, aunque el número de ocurrencias sea menor que entonces, por suerte. Sucede con estos lo mismo que con los imbéciles, descerebrados y desequilibrados, parece que todos ellos fuesen capaces no solo de sobrevivir a la infancia y juventud sino de medrar (reproducirse, protegerse y agruparse) en el tiempo, en estas condiciones resultarán inevitables los encuentros. Siendo semejantes los personajes, si existe alguna diferencia entre lo que sucede ahora y lo que entonces pasaba, debe estar en nuestro comportamiento. Nuestra cabeza ya no es tierna ni inmaduro el instinto, el aprendizaje y la madurez nos ha enseñado nuevas alternativas donde antes sólo veíamos tres: fuga, evasión o enfrentamiento.

De las tres originales, el enfrentamiento continúa siendo la última y menos deseable. El paso de los años nos vuelve más civilizados (cobardes también), ese tiempo y nuestra experiencia nos van puliendo hasta que creemos firmemente que liarnos e a guantazos, sean estos reales o metafóricos, además de ser cansado y doloroso, resuelven poco o nada. Parte de este convencimiento proviene de un hecho que antes desconocíamos por falta de experiencia y ahora sabemos: inflarte a bofetadas en el patio del cole tiene un coste aceptable, hacerlo a partir de los 18 años puede significar pasar a disposición judicial y que te arruine la vida el juez, el bolsillo tu abogado o ambas. Esto en el caso de que la mutua palpación de rostro sea tangible y apreciable el cambio de tono que produce en la piel magullada. Si la reyerta es metafórica, intelectual o semántica el juez poco tiene que decir, salvo cuando el calibre de los improperios canjeados supera ciertos límites recogidos en el código penal. Sea el enfrentamiento y los mamporros perceptible o no, el coste de afrontarlo se torna con la edad cada vez más elevado. En estos casos, liberamos alegremente chorros de adrenalina que, también pasa con el alcohol y los bollycaos, en la madurez nos dejan hechos unos zorros, ya no estamos hechos unos niños como entonces.

Si por extrema necesidad se da este caso, la mente moderna tiende a producir unos terribles remordimientos al reconocer en el furibundo ser en que nos convertimos durante la refriega a un neardental, individuo este que la evolución preserva a buen recaudo en el fondo de nuestra personalidad y sólo para usarlo en estas azarosas circunstancias (para los puristas, aclarar que se trata de una licencia poética, se que no podemos llevar un neardental dentro cuando se trata de una rama evolutiva diferente a aquella de la que provenimos). El saber que a pesar de deformar nuestros bolsillos con el último modelo de iphone, utilizar sin medida tarjetas contactless y visionar hasta la miopía series en Netflix o HBO, continuamos siendo en esencia y en el fondo de nuestro evolucionado encéfalo reptiles agresivos, violentos y territoriales, desencadena en nuestro cerebro conectado a internet la secreción indiscriminada de «buenrollina», esta conduce a una serie de reacciones químicas que culminan en vergüenza y remordimiento por haberte liado a bofetadas y haberle hinchado los morros al cagamandurrias de turno.

Si el reptil que guardamos oculto en la testa es más parecido a un Tiranosaurio que a una largartija, puede producirse además un efecto secundario más indeseable aún que el arrepentimiento, la satisfacción. Nos quedamos agustito siempre que las interacciones -sean estas palpables o enunciables- entregadas exceda en número y/o intensidad al de las recibidas. Remarcar aquí que esta sensación a pesar de que pueda parecer en primera instancia placentera y reconfortante es siempre y en su totalidad detestable.

Si el enfrentamiento continúa siendo la última de las opciones, la huida sería aún la más popular sino fuese porque ya no estamos para muchos trotes y menos aún galopes, salvo los que han prestado atención a su forma física, no es mi caso, si tengo forma es porque carecer de ella no es viable, así y todo me encuentro tan cerca del amorfismo como lo permite la supervivencia; tampoco podría asegurar que la poca que tengo sea física, más bien creo que es espiritual y contemplativa. Así planteado, si joven y en más plenitud física de la que estaré nunca, corría a cámara lenta, ahora que ya no corro ni para coger el autobús imaginad la velocidad a la que podría escapar. Si a mi ausencia de forma añadimos los lugares y circunstancias en los que se producen los encuentros, parece evidente que la tan habitual fuga se ha vuelto casi imposible. Lo que en esencia es natural en la infancia y en el patio del colegio, no lo es en la madurez y en un office, bar o local de asueto, perseguirse alrededor de la máquina de café es inaceptable. La huida ahora sólo es posible andando deprisa y siempre que el abusón no esté al tanto.

La mímesis es la única de las mencionadas en el artículo original que continúa siendo perfectamente aplicable y vigente, si bien con algunos cambios. Si entonces se basaba principalmente en el rebaño y en hacerse el tonto (aunque la súplica y el lagrimeo forzado también tuviesen amplío predicamento en la manada), ahora tiene su principal fundamento en el despiste, la adulación y la inevitable degeneración física asociada al paso del tiempo. Así podemos simular sordera, despiste, atontamiento, desconocimiento del idioma, interferencias debidas al ruido que nos acompaña en cualquier sitio, estupidez congénita, degeneración cerebral o reconocimiento de la superioridad moral, intelectual y evolutiva del abusón para tratar de engañarlo y evitar sufrir sus atenciones.

En las mencionadas circunstancias y estando en juego la propia supervivencia se agudiza el ingenio y el pensamiento lateral entra en juego para desvelarnos novedosas alternativas que nos permitan enfrentarnos a estos inefables y a pesar de todo entrañables individuos. Es así como se nos revelan nuevas opciones: externalización de la gestión de tan embarazosas situaciones (los guardaespaldas son la mejor opción pero no están al alcance de cualquier mindundi, los pobretones debemos buscar alternativas más baratas y consecuentemente menos efectivas, lo económico sabemos que produce efectos menores que lo oneroso), negociación, negociación con ofrecimiento de victima propiciatoria, intercambio de favores, pago compensatorio, practica de la asertividad (si la asertividad de acompaña con la exhibición de argumentos contundentes es mucho más efectiva), uso de señuelos, acogimiento a sagrado (la cantina o comedor suelen ser opciones accesibles y efectivas), distracción deportiva (el futbol es mano santa), mención de familiares o conocidos ubicados en posiciones más elevadas de la escala jerarquica y/o punitiva, subcontratación de sicarios (podría pensarse que esta alternativa es semejante a la primera y quizá lo sea, pero el corolario es mío y hago con el lo que me place), delación a la hacienda pública o autoridad fiscal competente (quién no haya defraudado al fisco y a su madre en alguna ocasión que levante la mano), denuncia a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, fortalecimiento muscular (realizado este en locales adecuados para tal actividad o en solitario) y práctica de la defensa personal (de mi persona en este caso). En última instancia y no habiendo otro remedio, puede recurrirse al asesinato (sea este ejecutado por uno mismo o mediante encargo al profesional competente), siendo esta una solución definitiva, pecaminosa en casi todas las religiones e irreversible, además de arriesgada, no es recomendable abusar de la misma.

Podría extenderme con la explicación de todas y cada una de estas alternativas, pero no es este el objetivo de este corolario, con mencionarlas doy descanso y satisfacción a mi espíritu. Si en otro momento siento la necesidad de ampliar lo expuesto ya me buscaré una alternativa para hacerlo.

Nota: Mientras buscaba una imagen para encabezar esta entrada que no perteneciese a los Simpsons (una vale, dos sería abusar) se produjo una afortunada coincidencia, Google me brindó la que finalmente incluyo. El titulo viene al pelo y me sirve para recomendaros un libro de obligada lectura. Aunque he leído poco al respecto, creo que debe ser muy difícil hacer divertida la antropología (como sucede con las matemáticas y el resto de las ciencias) conseguirlo está al alcance de pocos, Marvin Harris es uno de ellos y «Jefes, cabecillas, abusones» un perfecto ejemplo de como lograrlo (de propina conoceréis una interesante aproximación a como ha evolucionado la jefatura, dos pájaros por el precio de uno).

Piel Pintada. Episodio 6

Román, sin darse cuenta había comenzado a sonreír, nada fundamental había cambiado. Despertaba a la misma hora, comía a la misma hora y continuaba dedicando horas a pensar en todo lo que no iba bien en su vida.

Pero algo había cambiado, levemente, sonreía recordando el encuentro. Sus labios se curvaban hacia arriba sin forzarlos, porque así lo decidían los mismos pensamientos que antes los obligaban a curvarse en sentido contrario.

Piel Pintada. Episodio 5