Sierpes

Sierpes

Pasan su existencia sujetas a nuestros zapatos, pero en ocasiones alguna escapa aunque para ello deba quebrarse; sólo así pueden disfrutar de unos breves instantes de libertad, los que pasan antes de ser barridas
y descartadas como basura.

Anuncios

Gritos

DestacadoGritos

IMG_20190227_080804_868.jpgNadie escoge la locura, más bien ocurre al contrario, sin pedir permiso te selecciona, se acerca sigilosamente, vence tus pobres defensas y conquista lo que alguna vez fue razón.

Vaya vd. a saber las razones; acaso de niño no bebiste suficiente leche o recibiste demasiadas. Quizá no desayunabas, o si lo hacías era entre gritos y barbaridades.

Tal vez tenías un padre que no sabía querer o estaba demasiado ocupado para hacerlo. Tal vez no fue tu padre quién te jodió y fue tu madre quién lo hizo, con la mejor de las intenciones por supuesto. Envolviéndote en capas y capas de cariño protector y asfixiante; “que nada le falte a mi niña”, “de grande serás buena chica y el dolor no te conocerá”. Mentira, el dolor existe y siempre te atrapa, mejor que estes preparada cuando te alcance. Lista para lidiar con mentirosos, aprovechados e hijos de puta, mejor saber que hacer con ellos, eso o acabar gritando en la Gran Vía.

Algunos te dirán que la suerte no existe, hasta que encuentras la mala y se lleva por delante tu trabajo, familia, amigos y te convierte a ser una figura alocada y vociferante; una chalada sin hogar.

O tal vez todo sea más sencillo y sólo sea un desequilibtio químico, una maldita enzima que no se decide a ser segregada, un error de diseño o un puñado de neuronas mal transcritas. Siempre hay piezas defectuosas, la fortuna está en no ser agraciado con demasiadas en el sorteo que nos trajo aquí.

Nota: Las fotografías y los textos pueden, en el mejor de los casos, emular sonidos; nunca podrán transmitirlos.

La mujer que aparece en la imagen no hacía más que proferir horrísonos gritos mientras se dedicaba con ahinco a su tarea de calceta o ganchillo. Sorprende sin duda el contraste entre la tranquila tarea que debiera ser el punto y la desazón que transmitían los sonidos que lanzaba.

Reducida al silencio en esta imagen, me tomo la libertad de hablar por ella, en su nombre y así me invento razones para aquellos alaridos, posibilidades que nunca sabré si son ciertas pero me inspiran. No conozco la razón de aquellos gritos, pero he imaginado algunas. Si lo hago es porque algo me dice que la suerte tiene mucho que ver en el hecho de que sea ella quién está allí y yo fotografiándola.

Dedicatoria

Dedicatoria

¿Será cierto que nuestro pasado nos persigue, paciente e incansable, hasta alcanzarnos? Creo que si y la razón se debe a que en realidad no precisa seguir nuestros pasos, nunca lo dejamos por completo atrás.

Tiempo agotado, consumido, quemado y del que a pesar de todo nos afanamos en conservar las cenizas. Cenizas, restos que nos obligamos a acarrear; abundantes en ocasiones, exiguos casi siempre. Así transformados nos acompañan y forman parte velada de nuestro presente, completan el equipaje con el que inevitablemente viajamos hacía adelante. Recuerdos en el mejor de los casos, sombras casi siempre, pesadillas en el peor. Experiencia y sabiduría si hemos aprendido a destilar de lo acontecido la esencia, dejando evaporar todo lo demás.

Restos de la travesía o naufragio si por desventura no hallamos en aquella ocasión ruta segura a puerto conocido.

Basta con acercarnos a la orilla del mar que es nuestro tiempo, el ya vivido y el que nos resta por vivir, para ver como alcanzan la orilla los pedazos de aquellas olvidadas jornadas. En eso estaba hace unos días, paseando por la orilla de mi propio océano, cuando las olas decidieron dejarme un regalo, uno en forma de vieja dedicatoria. Una que recuerdo haberla escrito en papel blanco y ahora leo en otro que amarillea, caprichos del tiempo, incansable también en la búsqueda de colores.

Lo que decía aquella dedicatoria ya no importa, la escribió alguien que el tiempo ha cambiado y aquella a quién estaba dirigida tampoco está ya, el mismo tiempo que amarilleó el papel y cambió a quien la redactó la hizo crecer.

Lo único que si permanece y no es un recuerdo es la historia que cuenta la dedicatoria. La misma historia que hoy escribiría si encontrase el libro adecuado y las palabras precisas para narrarla.

Créditos: Fotografía de U. Leone

Abusones -Corolario-

Abusones -Corolario-

Probablemente Abusones no precise de este corolario, yo si. Allí, en la entrada original, la historia decidió seguir sus propios impulsos, de tal forma que cuando me acercaba al final me vi en la obligación de tomar una decisión: finalizarla con el maravilloso epílogo que finalmente incluí o poner este. Tal y como había desarrollado el escrito, esto no encajaba ni empleando un escoplo; eso me fastidiaba, creía que esta parte que ahora publico, completa lo descrito en la entrada original y la conduce desde el recuerdo de aquellos buenos viejos tiempos hasta nuestros días, tiempos en los que somos más viejos pero no más buenos. Por suerte para los que escribimos y desgracia de aquellos que nos leéis, hay varios recursos para encajar piezas dispares. Los capítulos son uno, poco apropiado en el caso que nos ocupa, ni la extensión soportaba los capítulos ni la temática los animaba. Se me ocurrió otro, el que empleó aquí: colocar un corolario después del epílogo y quedarse tan fresco. Yo os suelto lo que quiero y vosotros podéis ignorarlo olímpicamente, todos contentos.

No me disperso más y voy a lo que importa, terminar lo empezado.

Si vuelvo al principio de lo escrito en aquella entrada, leo lo siguiente: “Hoy continúo encontrando personajillos como aquellos”. Abusones encontraremos a lo largo de toda nuestra vida, aunque el número de ocurrencias sea menor que entonces, por suerte. Sucede con estos lo mismo que con los imbéciles, descerebrados y desequilibrados, parece que todos ellos fuesen capaces no solo de sobrevivir a la infancia y juventud sino de medrar (reproducirse, protegerse y agruparse) en el tiempo, en estas condiciones resultarán inevitables los encuentros. Siendo semejantes los personajes, si existe alguna diferencia entre lo que sucede ahora y lo que entonces pasaba, debe estar en nuestro comportamiento. Nuestra cabeza ya no es tierna ni inmaduro el instinto, el aprendizaje y la madurez nos ha enseñado nuevas alternativas donde antes sólo veíamos tres: fuga, evasión o enfrentamiento.

De las tres originales, el enfrentamiento continúa siendo la última y menos deseable. El paso de los años nos vuelve más civilizados (cobardes también), ese tiempo y nuestra experiencia nos van puliendo hasta que creemos firmemente que liarnos e a guantazos, sean estos reales o metafóricos, además de ser cansado y doloroso, resuelven poco o nada. Parte de este convencimiento proviene de un hecho que antes desconocíamos por falta de experiencia y ahora sabemos: inflarte a bofetadas en el patio del cole tiene un coste aceptable, hacerlo a partir de los 18 años puede significar pasar a disposición judicial y que te arruine la vida el juez, el bolsillo tu abogado o ambas. Esto en el caso de que la mutua palpación de rostro sea tangible y apreciable el cambio de tono que produce en la piel magullada. Si la reyerta es metafórica, intelectual o semántica el juez poco tiene que decir, salvo cuando el calibre de los improperios canjeados supera ciertos límites recogidos en el código penal. Sea el enfrentamiento y los mamporros perceptible o no, el coste de afrontarlo se torna con la edad cada vez más elevado. En estos casos, liberamos alegremente chorros de adrenalina que, también pasa con el alcohol y los bollycaos, en la madurez nos dejan hechos unos zorros, ya no estamos hechos unos niños como entonces.

Si por extrema necesidad se da este caso, la mente moderna tiende a producir unos terribles remordimientos al reconocer en el furibundo ser en que nos convertimos durante la refriega a un neardental, individuo este que la evolución preserva a buen recaudo en el fondo de nuestra personalidad y sólo para usarlo en estas azarosas circunstancias (para los puristas, aclarar que se trata de una licencia poética, se que no podemos llevar un neardental dentro cuando se trata de una rama evolutiva diferente a aquella de la que provenimos). El saber que a pesar de deformar nuestros bolsillos con el último modelo de iphone, utilizar sin medida tarjetas contactless y visionar hasta la miopía series en Netflix o HBO, continuamos siendo en esencia y en el fondo de nuestro evolucionado encéfalo reptiles agresivos, violentos y territoriales, desencadena en nuestro cerebro conectado a internet la secreción indiscriminada de “buenrollina”, esta conduce a una serie de reacciones químicas que culminan en vergüenza y remordimiento por haberte liado a bofetadas y haberle hinchado los morros al cagamandurrias de turno.

Si el reptil que guardamos oculto en la testa es más parecido a un Tiranosaurio que a una largartija, puede producirse además un efecto secundario más indeseable aún que el arrepentimiento, la satisfacción. Nos quedamos agustito siempre que las interacciones -sean estas palpables o enunciables- entregadas exceda en número y/o intensidad al de las recibidas. Remarcar aquí que esta sensación a pesar de que pueda parecer en primera instancia placentera y reconfortante es siempre y en su totalidad detestable.

Si el enfrentamiento continúa siendo la última de las opciones, la huida sería aún la más popular sino fuese porque ya no estamos para muchos trotes y menos aún galopes, salvo los que han prestado atención a su forma física, no es mi caso, si tengo forma es porque carecer de ella no es viable, así y todo me encuentro tan cerca del amorfismo como lo permite la supervivencia; tampoco podría asegurar que la poca que tengo sea física, más bien creo que es espiritual y contemplativa. Así planteado, si joven y en más plenitud física de la que estaré nunca, corría a cámara lenta, ahora que ya no corro ni para coger el autobús imaginad la velocidad a la que podría escapar. Si a mi ausencia de forma añadimos los lugares y circunstancias en los que se producen los encuentros, parece evidente que la tan habitual fuga se ha vuelto casi imposible. Lo que en esencia es natural en la infancia y en el patio del colegio, no lo es en la madurez y en un office, bar o local de asueto, perseguirse alrededor de la máquina de café es inaceptable. La huida ahora sólo es posible andando deprisa y siempre que el abusón no esté al tanto.

La mímesis es la única de las mencionadas en el artículo original que continúa siendo perfectamente aplicable y vigente, si bien con algunos cambios. Si entonces se basaba principalmente en el rebaño y en hacerse el tonto (aunque la súplica y el lagrimeo forzado también tuviesen amplío predicamento en la manada), ahora tiene su principal fundamento en el despiste, la adulación y la inevitable degeneración física asociada al paso del tiempo. Así podemos simular sordera, despiste, atontamiento, desconocimiento del idioma, interferencias debidas al ruido que nos acompaña en cualquier sitio, estupidez congénita, degeneración cerebral o reconocimiento de la superioridad moral, intelectual y evolutiva del abusón para tratar de engañarlo y evitar sufrir sus atenciones.

En las mencionadas circunstancias y estando en juego la propia supervivencia se agudiza el ingenio y el pensamiento lateral entra en juego para desvelarnos novedosas alternativas que nos permitan enfrentarnos a estos inefables y a pesar de todo entrañables individuos. Es así como se nos revelan nuevas opciones: externalización de la gestión de tan embarazosas situaciones (los guardaespaldas son la mejor opción pero no están al alcance de cualquier mindundi, los pobretones debemos buscar alternativas más baratas y consecuentemente menos efectivas, lo económico sabemos que produce efectos menores que lo oneroso), negociación, negociación con ofrecimiento de victima propiciatoria, intercambio de favores, pago compensatorio, practica de la asertividad (si la asertividad de acompaña con la exhibición de argumentos contundentes es mucho más efectiva), uso de señuelos, acogimiento a sagrado (la cantina o comedor suelen ser opciones accesibles y efectivas), distracción deportiva (el futbol es mano santa), mención de familiares o conocidos ubicados en posiciones más elevadas de la escala jerarquica y/o punitiva, subcontratación de sicarios (podría pensarse que esta alternativa es semejante a la primera y quizá lo sea, pero el corolario es mío y hago con el lo que me place), delación a la hacienda pública o autoridad fiscal competente (quién no haya defraudado al fisco y a su madre en alguna ocasión que levante la mano), denuncia a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, fortalecimiento muscular (realizado este en locales adecuados para tal actividad o en solitario) y práctica de la defensa personal (de mi persona en este caso). En última instancia y no habiendo otro remedio, puede recurrirse al asesinato (sea este ejecutado por uno mismo o mediante encargo al profesional competente), siendo esta una solución definitiva, pecaminosa en casi todas las religiones e irreversible, además de arriesgada, no es recomendable abusar de la misma.

Podría extenderme con la explicación de todas y cada una de estas alternativas, pero no es este el objetivo de este corolario, con mencionarlas doy descanso y satisfacción a mi espíritu. Si en otro momento siento la necesidad de ampliar lo expuesto ya me buscaré una alternativa para hacerlo.

Nota: Mientras buscaba una imagen para encabezar esta entrada que no perteneciese a los Simpsons (una vale, dos sería abusar) se produjo una afortunada coincidencia, Google me brindó la que finalmente incluyo. El titulo viene al pelo y me sirve para recomendaros un libro de obligada lectura. Aunque he leído poco al respecto, creo que debe ser muy difícil hacer divertida la antropología (como sucede con las matemáticas y el resto de las ciencias) conseguirlo está al alcance de pocos, Marvin Harris es uno de ellos y “Jefes, cabecillas, abusones” un perfecto ejemplo de como lograrlo (de propina conoceréis una interesante aproximación a como ha evolucionado la jefatura, dos pájaros por el precio de uno).

Rebelión (Parte 2)

Rebelión (Parte 2)

Rebelión (Parte 1)

Aquel 4 de marzo no pude tener peor idea que aquella. En mi defensa y si de algo sirve, estaba cansado de discutir y tampoco sería esta la primera vez dijese aquello, de hecho lo repetía siempre que la discusión se alargaba y no veía como finalizarla, en esos momentos cuando ya ni recordábamos porqué discutíamos en esa ocasión. Nunca pasó por mi cabeza llevarlo a cabo, ni ella imaginaba que yo fuese a cumplirlo. Como tantas otras frases que repetimos y repetimos por costumbre o como muletilla, respuestas que hemos vuelto automáticas ante un estímulo familiar, volvemos a usarlar sin pensar en las consecuencias porqué sabemos que no las tendrá, nunca las ha tenido.

—«¡Un día me lío la manta a la cabeza, cojo la puerta y me voy!».
«¡No se que estás esperando. Ahí tienes la puerta!»

Como ya he dicho, tantas veces lo habíamos repetido antes de aquella, sin imaginar siquiera que esta sería la última y definitiva, que sabíamos que nada cambiaría, unos instantes de silencio tras pronunciarlas si acaso y después cada uno se daría media vuelta y marcharía a cualquier sitio, a perdernos de vista y descansar. Discusión finalizada.

Pero algo diferente sucedió en aquella ocasión, aún antes de pronunciarla completa y sin yo saber el porqué, me sentí impulsado al dormitorio. Imagino que mi esposa respondería lo mismo de siempre, no escuché en esta ocasión la réplica. Mientras ella debía estar pronunciándola yo me ocupaba de arrancar con un elegante tirón la fea manta que habitualmente reposaba a los pies de nuestra cama, recuerdo de dios sabe quién -su madre probablemente- y cómo pude me la líe en torno a la cabeza. Si alguna vez habéis llevado una toalla enrollada al pelo, imaginad la misma sensación con algo que pesa y abulta diez veces más, incómodo en el mejor de los casos. Una vez terminé esta primera tarea, tocaba la segunda. De camino a la puerta una parada para buscar herramientas, así que mientras con una mano sujetaba el enredo de mi cabeza, rebuscaba a tientas con la otra en el cajón del mueble del recibidor, el lugar habitual donde guardamos las herramientas a falta de una caja adecuada.

Por lo que pude escuchar mientras rebuscaba y farfullaba, la parte del farfullo no era atribuible a lo dicho sino al desorden que siempre reinaba en aquel templo de la ferretería en que habíamos convertido el cajón, no sólo yo tenía problemas con las frases hechas. Mi vecino del 3º 3ª parecía tenerlos semejantes sino mayores a los míos. Mientras me pinchaba un dedo con dios sabrá que, bajar la cabeza cuando tienes un turbante que abulta el doble que tu cabeza es harto complicado, pude escuchar a mi vecino proferir a grandes voces, presumo que acompañadas de considerables aspavientos aunque esto último sólo puedo suponerlo, otra frase hecha que a poco le pasese como a mi se tornaría fatídica: «¡El día que se me hinchen las narices, te vas a enterar!». Dicho y hecho, o eso parecía por los angustiados berridos y juramentos que comenzó a soltar la señora y los lamentos del presunto narigón.

Terminada la tarea de desmontar la puerta, la empotré como pude bajo el brazo y me dirigí a las escaleras, el ascensor hubiese sido mejor opción pero entre mi súbito incremento de altura y el estorbo de la puerta no me ví capaz de esperar su llegada y menos aún entrar en él. Me marchaba sin desearlo, pero sin poder evitarlo, como si me empujasen físicamente a hacerlo. Camino al exilio pase delante del 3º 3ª y a través de la puerta entreabierta, supongo que la bronca sucedió justo después de entrar o antes de salir, pude confirmar la certeza de la expresión que no hacía mucho mi vecino oso emplear y ¡por dios que estaban hinchadas!, puedo asegurar que su esposa se estaba enterando de ello, además de media vecindad, si estaban por estos menesteres y no ocupados en sus propios problemas. A pesar de todos mis problemas, pensé por un momento que afortunadamente no formaba parte de mis costumbres mencionar inflamaciones o hinchazones, yo era más de excursiones. Y ya pensando, al hilo de las narices, pasó por mi cabeza mi gerente, aficionado como era a recordarnos a todos que nuestro trabajo o mera presencia, si el día estaba siendo especialmente malo, tenían la capacidad de producirle inflamación en los bajos, ¿estaría sufriendo ahora una creciente opresión en el boxer?. Espero que si.

No se como terminaría el apéndice de mi vecino ni, ya puestos a imaginar, los colgantes de mi gerente. Pero si como a mi me pasaba, todavía continúo marchando puerta en ristre y manta encasquetada, no se detuvo la inflamación, a buen seguro aquello tuvo un fin exuberante y trágico cuando no explosivo.

A pesar de haber visto las consecuencia en mi vecino, no estaba preparado para lo que me esperaba en la calle. El espectáculo era sin duda dantesco, centenares de capullos alfombraban las aceras cómo si el día del corpus se hubiese adelantado aquel año. Visto lo visto después, el final de aquellos pobres desgraciados convertidos en adornos no fué lo peor que podía haberles pasado. Aquí y allá se veían perros y cerdos de los que colgaban prendas a medio poner, o quizá a medio quitar quién sabe. Los perros aullaban, desconsolados unos, apremiados por encontrar un árbol libre los otros. En esta búsqueda coincidían con los cerdos, aunque si estos los buscaban era para ponerse a hozar ruidosamente en los alcorques, quizá esperasen encontrar allí, entre las colillas y resto de basuras que suelen acumular estos lugares, trufas.

Aterrados hombres de mediana edad huían de ancianas arpías que los seguían esgrimiendo fiambreras, de estas escapaban exquisitos aromas que llenaban el aire de perfume a comida casera. Tantos eran y tan atribulados estaban que casi me atropellaban en sus frenéticas carreras, entre estos penitentes y los cerdos que trotaban calle arriba y abajo mi marcha hacía ningún sitio, cuando en mala hora solté el dicho de marrás olvidé indicar donde tenía intención de marchar, no hacía más que verse entorpecida, aumentando así la incomodidad que ya portaba y por partida doble.

La puerta no hacía más que molestarme la pusiera como la pusiese, en posición horizontal mis dedos no alcanzaban a sujetarla bien, sólo llegaba con las puntas de los dedos y esto a costa de mucho esfuerzo y casi descoyuntarme el hombro. En vertical no podía cargarla a la espalda y debía llevarla frente a mi, cuando así lo hacía mi única visibilidad quedaba reducida a lo que podía verse a través de la mirilla que por fortuna decidimos colocar. Si a estos engorros añadimos las decenas de payasos que se paraban a preguntarme si era yo del gremio y los graciosos que todavía había, esos que en mitad de tanta tragedia, o comedía vaya vd. a saber, aún tenían tiempo y ánimo para golpear con los nudillos la hoja que yo con tanto trabajo cargaba. Debían saber lo que estaba pasando porque ninguno acompañó la llamada con el consabido: «¿Se puede?». Si esperaban que yo respondiese a la chufla con algún “adelante” o “pase”, no fue el caso, no sabía yo las consecuencias de aquellas convenciones y no tenía intención de agravar mi precaria situación. Me resultó harto dificil no apostrofar a ninguno de ellos con el “joputa”, “mecagontusmuertos” o “cabronazo” que se pasaron por mi cabeza y se asomaron a mis labios, el primero y el último por no convertirlos en desgraciados y el de en medio por no tener que desplazarme yo hasta sabe dios que necrópolis a ensuciar a sus difuntos.

La manta anudada en mi cabeza, que además de hacerme parecer un fakir megalómano me obligaba a realizar extraños movimientos con el cuello para mantenerla en su lugar, el peso y tamaño de la puerta y el resto de estorbos que antes he mencionado me obligaban a realizar frecuentes paradas. En varias de ellas intenté abandonar al menos la puerta, imposible, la fuerza que me obligaba a marchar no me impedía pararme a descansar, pero no me permitía alejarme un paso de mis obligados acompañantes. Estas interrupciones y mi continúo deambular me permitieron ver de primera mano decenas de escenas perturbadoras, aunque no tengo intención, ánimo ni ganas de compartirlas todas.

Los bares resultaban en estas nuevas circunstancias lugares infernales, debido quizá a la confianza que en ellos exhiben los clientes habituales y la desinhibición que produce la ingesta de alcohol, los efectos de las palabras incontraladas eran allí múltiples, evidentes y terribles sin duda. En casi todos se podían encontrar esponjas rebosantes de cerveza manteniendo un precario equilibrio sobre los taburetes que habían ocupado en su forma anterior. A un tipo regordete, un aburrido camarero intentaba embutirle en el gaznate y a presión, ayudándose para ello con el palo de una escoba, un gargantuesco pincho de tortilla. Mientras esto sucedía, al otro extremo de la barra otro mozo insistía, sin atender a las quejas, en ataviar a un atildado ejecutivo con un ínfimo bikini que a todas luces no le sentaba nada bien. Muchos eran los que escapaban de estos locales con cañas puestas en diferentes lugares, los más afortunados entre la ropa o sujetas mediante algún otro artificio, los menos con ellas insertadas en diferentes lugares, dolorosos todos ellos. Peor suerte tuvieron los que llevados por sus apetitos habían pedido un pincho. Otros intentaban, sin éxito, deglutir diferentes artefactos: tapas de inodoro, de latas de conserva e incluso de esas que embellecen las llantas de los automóviles. A partir de aquel día una actividad tan usual como acompañar con sólidos una bebida sería un riesgo. En otro bar cercano al primero, además de las esponjas y el uso indiscriminado de cañas y pinchos que ahora parecía habitual en estos establecimientos, un mesero se afanaba, sin atender los atroces gritos del parroquiano, en cobrarse -ayudado en la tarea con una cucharilla de café- la cuenta extrayendo uno de los ojos del infeliz.

Pero en estos nuevos tiempos, no sólo en los bares se fraguaban tragedias, podías encontrarlas en cualquier lugar. Sin ir más lejos el concesionario de coches de la esquina, allí un atildado vendedor se arremangaba mientras se acercaba, empuñando con firmeza un destornillador, a uno de sus clientes firmemente sujeto a un escritorio por dos de sus adláteres. Hoy el desgraciado abonaría con uno de sus riñones el anhelado 4×4 por el que ayer hubiese tenido que empeñarse hasta las cejas para adquirir, afortunado de él hoy bastaría un organo redundante para saldar la deuda.

Mientras descansaba sentado en un lateral de la que había portal de mi hogar y cerca del concesionario donde en esos momentos se realizaba la evicerasción parcial, tuve la oportunidad de contemplar otro de los efectos de la maldición que nos asolaba sin tregua. En otro momento ver aquello hubiese resultado cómico, la expresión de cansancio y temor de los obligados a realizarla eliminaban ese efecto. En un banco cercano, un grupo de personas realizaba una sencilla acción: entraban para volver a salir momentos después, esperaban un instante en la puerta y repetían la acción, una vez tras otra, sin pausa ni descanso. Como sucedió con los demás desventurados que fui encontrando aquel día, no se que sería de aquellos, una vez hube descansado lo que me dejó mi propia tarea volví a vagabundear, allí los dejé empeñados en sus idas y venidas.

Aquel día todas nuestras expresiones, incluso las que debían ser hermosas y reconfortantes, se tornaban horribles y descorazonadoras acciones. Como sucedió con aquella muchacha que encontré en el parque a la caída de la tarde, cuando ya todos debían saber que no podíamos jugar con lo que antes era habitual. Hurgaba entre llantos en el pecho abierto del que debió ser su novio, sólo paro cuando encontró allí lo que buscaba. Tras arrancarlo a tirones, lo guardo pringoso y goteante como estaba en un pequeño bolso, en el que casi no pudo encajarlo, y marchó llorando y gimiendo. Es lo que pasa desde entonces, debemos ser precavidos en nuestros ofrecimientos, sobre todo si ofreces tu corazón a quién, por obligación, está dispuesto a reclamarlo.

Dejo a vuestro cargo la tarea de imaginar todo lo que sucedió aquel aciago día y los que habrían de seguirle. Pensad en cualquiera de las barbaridades que expresamos diariamente sin pensar, todas esas que hasta entonces deciámos sin preocupación, pensad luego que ya no son meros sonidos o ideas sino sentencias que se cumplen inexorablemente. Lo que hasta entonces habíamos creido banal e inocuo, chanza y fanfarronería, se había tornado inicuo en un instante y se estaba cobrando un abultado peaje.

Cargado con la puerta que en mi ignorancia había invocado y con un terrible dolor de cuello, continué caminando hacía el horizonte lamentando a cada instante no haber expresado un destino cuando decidí, sin yo saberlo, pronunciar mi maldición.

***

Que llevó a esta rebelión es algo que me temo nunca sabremos. Parece que las humildes palabras se cansaron de nuestros abusos, aborrecieron de las mentiras y engaños en los que las hicimos partícipes, rechazarón nuestra pretensión de usarlas para causar dolor y tristeza o acaso nunca creimos en su verdadero poder. Ahora casi las hemos perdido, salvo por las pocas cartas que podemos escribir y mientras decidan dejarnos hacerlo, con su ausencia, poco a poco, vamos olvidando lo que somos, nuestras ideas y nuestros sueños.

Créditos: Agradecer a StarzySpringer la imagen y a pixabay que la comparta.

Epílogo:

¿Que hace que unos proyectos prosperen y otras se agosten?, ¿de donde viene la inspiración?. Respecto a esto, no lo se, no tengo ni las más remota idea. Si supiese como hacerlo y donde encontrarla, todos los bosquejos que llenan varios cuadernos, cuadernillos y libretas acabarían convertidos en historias, me temo que no será así. Lo siento porque a todas les tengo mucho cariño y algo me dice que un puñado serían realmente buenas en manos de otro con más maña que la mía.

Es probable que lo que acabo escribiendo en estas páginas no sea lo más brillante o novedoso, sólo aquello a lo que soy capaz de encontrarle forma. Escribo las ideas para que las soy capaz de encontrar desarrollo, las otras deben esperar su turno, continúan un lento proceso de fermentación neuronal que a veces da fruto, por mi parte, me toca aceptar que muchas quizá nunca pasen la prueba y no puedan crecer como me gustaría.

En este caso, Rebelión, lleva esbozado en papel casi dos años. La primera tentación fue darle salida en su formato original, en torno a un 25% de su extensión final. Si me dejase llevar por los impulsos, así habría sido, como me cuesta hacerlo, lo dejé reposar, tenía la sensación de que podía sacar algo más de la historia y ahora que sale a la luz, continúo teniéndola, creo que la historia da para más. Si es así, volveré a ella, si no encuentro la forma, al menos sale a la luz.

Por si alguien no ha entendido algunos de los usos que he ido haciendo aquí de frases hechas, en particular de una, decirles que aquellos desgraciados obligados a entrar y salir eternamente de un banco o comercio cualquiera, lo hacen a consecuencia de una excusa que todos hemos empleado para dejar el coche mal aparcado “un momento”, sobre todo si precisábamos de una explicación rápida a la autoridad o al propietario del garaje que hemos bloqueado y lleva diez minutos tocando el claxon porque no le dejamos marchar: “será (o era, si ya nos han pillado) un momento, entrar y salir”. Aunque originalmente fuese esa nuestra intención, que no siempre lo es, tampoco podemos saber que vaya a ser así cuando la empleamos, forma como tantas otras, parte de los pequeños engaños, frases oportunistas y convenciones que empleamos a diario sin pensar si quiera en su verdadero significado. En esta ocasión aquellos que la emplearon, como tantas otras veces, no podías pensar que fuese a volverse completamente real y les obligase a entrar y salir, esta vez sí, hasta la extenuación.

Creo que no debería haber demasiadas dudas con el resto, si no es así, estaré encantado de explicar a quién me lo solicité el significado que tiene para mi aquello que he ido empleando aquí.

Confío que nunca suceda lo aquí descrito, creo que me resultaría muy complicado vivir en un mundo en el que no pudiese emplear el sarcasmo o la ironía.