Piel Pintada. Episodio 4

Piel Pintada. Episodio 4

¿Porque un encuentro casual se aferra tanto que no podemos olvidarlo?, ¿porqué el verano de Vivaldi se convierte en la perfecta representación de la tormenta y nos pone el vello de punta?, ¿porqué unos ojos apenas vistos y un cuello imaginado se incrusta en nuestro imaginario hasta obsesionarnos?

Cada día la buscaba en el andén, sin esperanza. Con pueril ilusión dejaba marchar trenes confiando en que ese rito bastase para traerla de nuevo.

Piel Pintada. Episodio 5

Piel Pintada. Episodio 3

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Piel Pintada. Episodio 3

Se encontraron en ese momento de extraña tranquilidad que ocurre entre el cierre de las puertas del vagón y la inevitable inundación de nuevos cuerpos somnolientos.

Extraños que han perdido un tren, desconocidos que esperan y se miran por azar.

Ella se fijó en sus ojos grises, tristes y tranquilos, bonitos a su manera. Giró la cabeza buscando dos luces en el túnel.

El prefirió imaginar, pensar como sería el cuello y la nuca que apenas ocultaba su corta melena.

La conexión se perdió en la repentina marea, extraños y desconocidos otra vez antes de ser devorados por el insaciable vagón.

Piel Pintada – Episodio 4

Piel Pintada. Episodio 2

Mis Niñas

Mis Niñas

Sopa de sobre, de verduras, y la tele-tienda. La mezcla perfecta antes de irse a la cama después de un día de duro trabajo. Si lo que quieres es no pensar y no te importa tragar basura.

En medio de un discurso mentiroso, la oigo, como todas las noches, llamarme: «papi», giro la cabeza y la busco en la puerta del pasillo, no está. Más tranquilo, o quizá menos ya no lo sé, vuelvo al plato y a las tonterías que no me dejan pensar, justo lo que necesito.

Un instante después, escucho de nuevo el «papi». Esta vez voy hasta su habitación, no la veo, me tranquiliza. Intento no hacer ruido y con cuidado me vuelvo a la cena, negando con la cabeza, juraría haberla escuchado. Demasiado cansancio quizá. Demasiadas cosas en la cabeza, pocas buenas.

Retomo la sopa interrumpida y las mentiras que no cesan. «¿Nene?», escucho lejos y bajito a la mujer, siempre igual. Me habrá escuchado andar arriba y abajo. Abandono la cuchara a su suerte y voy hasta nuestra habitación. Miro desde la entrada, no me vuelve a llamar y cierro la puerta con cuidado.

El camino de vuelta al plato pasa, sin que pueda evitarlo, por delante del pequeño mueble del comedor. Me paro delante y acaricio el marco con un dedo. La foto de mis niñas, la grande y la chica.

Tres puñeteras lágrimas aderezan el caldo, no importa. No me quedan ganas. Me gustaría saber cómo les cuento a mis chicas, el día que decidan volver, que no estoy solo en esta casa vacía.

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Contadores

Contadores

Prudencio nació con los sentimientos contados y las sensaciones limitadas. Lágrimas, risas, suspiros, orgasmos, todo aquello que los demás gastamos sin preocupación ni medida, tenía en él término y mesura.
Vivía Prudencio sin saberlo, hasta que un día Olegaria, después de reformar el amor, pego cariñosa la oreja en su pecho desnudo.
—Prudencio, aquí suena cómo si hubiese un contador.
—No mujer, será el corazón que renquea por la pasión, ya vamos siendo mayores.
—Si tú lo dices cariño, eso será.
Se durmieron después de un ratito. La orejilla bien pegadita a los pocos vellos de su cálido pecho y el sonido olvidado en el cansancio.
El día y sus trajines arrastró el extraño sonido, junto a la puerta que había que componer y la llamada que debía hacer a su cuñado, a ese extraño lugar al que llevamos todo aquello que, sin la firme voluntad de olvidarlo, si dejamos aletargar por falta de tiempo, porque no importa o no es verosímil.
Así habría quedado, tranquilo y adormecido, en el fondo del armario de la consciencia, si no hubiese sido por los continuos errores de sus anginas. Tantos fueron que acabaron con él, narcotizado y con la boca desmesuradamente abierta y sujeta por un arnés, en la silla de un cirujano.
Intentaba el galeno orientarse entre dientes, encías, humedades y paladar, cuando vio sus amígdalas. Presto y resuelto dirigía hacía ellas el filoso bisturí, cuando se percató. Conectados a sus humildes glándulas se aferraban dos diminutos cablecillos, rojo el uno y azul el otro. Extrañado y temeroso, dudo el honorable. Tuvo que ser su enfermera la que decidiese, «el rojo doctor, corte el rojo», y él que apreciaba su opinión, tanto como su figura escultural, lo cortó, y luego el azul, para que no impidiese cablecillo alguno la resección prevista.
Se recuperaba silencioso Prudencio de los efectos del éter, cuando el cirujano entró. Sin introducción y manifiesta falta de educación, le interpeló, «que sepa vd., buen señor, que tenía sus amígdalas conectadas, mediante cablecillos, a dios sabrá que. Yo que vd. me lo haría mirar». Se retiró sin más el doctor, sin esperar respuesta -Prudencio, con la garganta lacerada, no hubiese podido darla- o afirmación.
A pesar de la sorpresa de los cables y el recuerdo que trajo del sonido, no hay mayor fuerza que la costumbre ni más poderoso olvido que la rutina, y entre la una y el otro lo que parecía imposible se volvió increíble y Olegario olvidó, porque no cabía en su discurrir diario ni el contador, ni los cablecillos.
Lo imposible, que es testarudo cuando resulta no serlo, se aprovechó de una fuerte congestión y lo llevó, por precaución, a radiología.
Agotaba la espera Prudencio en la sala homónima. Salió el médico mirando, perplejo, el curioso esbozo que somos en radiografía.
—Prudencio, sé que no me creerá, pero justo al lado del corazón tiene un cuarto de contadores.
—Eso me suena imposible doctor.
—Imposible sonará, pero si lo mira. —Dijo el docto señalando— justo aquí, debajo del ventrículo, vera el cuartito, manómetros, relojes y medidores.
Extrañado, Prudencio se quedó mirando el esquelético retrato.
—¿Y que miden doctor?.
—Ni idea Prudencio, ni idea. Vaya a casa, descanse y ya veremos.
Tras descansar y mucho mirar el retrato, resultó que lo imposible ya no lo era y lo increíble estaba allí revelado. Había pues, la necesidad de diagnosticar lo que la imagen mostraba.
Incontables pruebas después, quedó claro que Prudencio donde los demás tenemos carnes y poco más, tenía una panoplia completa de diminutos instrumentos, conectados mediante cablecillos multicolores y diminutos a las asaduras y los despojos.
Avisados de su caso, los médicos de una universidad americana, de Winsconsin o por ahí, le llamarón y pesar de la dificultad –Prudencio no hablaba inglés y los de Winsconsin, al revés-, con buena voluntad y un intérprete, acordaron investigar. Sin inmiscuirse con pinchos o filos en sus interioridades, ni abrir para mirar.
Después de analizar, revisar, indagar y rebuscar, confirmaron los sabios que los aparatillos de su pecho medían, contaban y controlaban. Descontando imperturbables cada vez que sentía: Dos lágrimas y un manómetro bajaba un poquito. Tres risas y un contador, descontaba. Una noche de tranquila pasión con su Olegaria y los relojes se desplomaban.
Intrigados y excitados por la situación, le ofrecieron un buen puñado de dólares para poner una puertecilla, corredera y de titanio de la mejor calidad, por la que mirar y vigilar. Por otro puñado, querían desmontar uno de los controles, el de los suspiros -¿quién lo necesita?-, para saber cuántos de ellos tenía al empezar, cuantos le restaban para terminar y donde se conectaban los coloridos cablecillos.
Para convencerle, insistieron en hechos probados y de sobra conocidos. Que si habían llegado a la Luna, y vuelto qué fue lo difícil de verdad. Que si mataban a distancia y casi, casi sin mirar. Que si habían inventado esto, aquello y lo otro. En estas condiciones, seguro que podían desmontar un contador, por pequeño que este fuese, estudiar lo que tocase y volverlo a montar sin que ninguna pieza, esencial, sobrase. Más difíciles eran los cohetes y los Corn Flakes.
Prudencio, sería por desconfianza –que redujo en uno un elaborado termómetro-, o por vergüenza –que bajo en dos un reloj con filigrana- dijo que no y así se quedo con sus contadores y sus cablecillos y sin llevar un picaporte y una cerradura justo al lado de un pezón.
***
—Prudencio, el contador te sigue sonando. —Eso le dijo Olegaria, mientras rizaba con su dedillo inquieto los pelillos de su pecho, otro día de pasión.
—Y que dure Olegaria, y que dure. —Respondió.

Cajas

No se puede guardar la vida en cajas y a pesar de ello, Rómulo tiene 47 para hacerlo.

Colecciona instantes. Desde que tiene memoria, puede verse guardando pedazos de tiempo. Entradas de conciertos, billetes de metro y avión, cartas de restaurantes con menús del día que ya nadie come, facturas de hoteles que desaparecieron, una vieja y vacía botella de cerveza, la bola 8 de un billar mutilado, un viejo dardo sin punta, una cajita metálica, vacía siempre, en la que un medallón con un gato adorna la tapa, el viejo par de cordones que usó para unir dos camas pequeñas la primera noche que pasó con Raquel y cientos más. Todos ellos son irreemplazables, le unen a momentos de su pasado y rincones de su memoria, como cables que le conectan al ayer o hilos que mantienen atada su historia.

Hace tiempo que lo guardado ha sobrepasado el espacio y tiempo que, por derecho, le corresponde y cada día su pasado, igual que el polvo, se aventura más en su presente, como si quisiese hacerlo prisionero de algún instante anterior. Ya resulta casi imposible mirar a cualquier lugar sin encontrarse con un fantasma asomándose a su existencia.

En aquel “allí” y “entonces”, el tiempo, el espacio y la gente pueden moldearse como desee. Los lugares serán perfectos y preciosos cuando así lo decida. El tiempo, corto o largo obedeciendo a sus deseos y tan cálido o frío como quiera rememorar. Con la gente puede jugar como con muñecos y desnudarlos de lo que prefiere olvidar o adornarlos de lo que nunca tuvieron, pero él cree que merecieron. Tan ideal resulta la ensoñación que, poco a poco, lo va atrapando con su embrujo y reteniendo en su falso discurrir. Cada vez el esfuerzo de mirar adelante se hace más pesado, tanto que en ocasiones casi prefiere dejar de hacerlo y vivir en sus recuerdos, construyendo y rehaciendo, una y mil veces, lo que pasó, hasta que no sabe realmente que fue. Es por eso que cuando la mira, Rómulo ve un poco más de lo que fueron y un poco menos de lo que son. Enredándose un poco más cada vez en los jirones del tiempo.

Raquel, al contrario, no tiene polvorientos objetos para recordar todo aquello que fue importante. Sin aquella vieja entrada las canciones vuelven a sonar para ella. No conserva billetes que el tiempo, concienzudo como es, se empeña en borrar, para saber los lugares a los que escaparon juntos. No tiene polvorientas facturas de los hoteles donde compartieron cálidas noches.

Sabe que es imposible encontrar, entre todo aquello, algo que conserve sus perfiles recortados contra la luna, las palabras jugando en una terraza de chimeneas imposibles, la primera vez que beso su cabeza o el sonido de las promesas y el calor de tantos veranos. No entiende que Rómulo necesite aquellos pedazos para recordar lo que ella rememora sin esfuerzo. Le quiere y no está dispuesta a perderlo entre el polvo que tantos vanos objetos acumulan.

Ahora deben mudarse otra vez, trasladar su vida de lugar y allí todo aquello no cabe ni Raquel lo quiere. Deciden intentarlo, Rómulo tendrá 47 cajas, las mismas que años, deberá decidir que guardar en ellas. Lo que no quepa, no irá con ellos.

Rómulo siente el vértigo de la pérdida asomándose al vacío hueco de cartón. Sentado en el suelo, mira todo, trata de decidir que puede dejar y que debe llevar. Coge algo, lo mira y lo toca, bufa y toma lo siguiente.

Raquel pasa a su lado y, sin decir nada, se agacha, sonríe y le da un beso en el pelo cada vez más blanco. Él, sorprendido, levanta la cabeza y al ver su sonrisa, sonríe.

Una tras otra, con cuidado, va llenándolas y cerrándolas. Las coloca contra la pared en ordenadas torres.

Los operarios de la mudanza inundan la casa y comienzan a revolverlo todo. Joaquín se acerca al rincón de Rómulo y levanta una.

— “Hefe”, perdone que me meta donde no me llaman pero, ¿qué guarda aquí que pesa tan poco?, —pregunta.

—Recuerdos —responde Rómulo.

Joaquín, que ha visto de todo en 35 años moviendo vidas, se encoge de hombros, levanta tres cajas vacías y las baja hasta el camión.

Guarromántico

El débil sol de la mañana calentaba levemente las flores cubiertas de rocío. Sus manos deformes y, a pesar de todo, delicadas, acariciaban con suavidad los pálidos pétalos retirando con esmero las leves gotas teñidas de ámbar.

Limpiaba con cuidado las lágrimas que la mañana vierte, en un sencillo y vano intento de preservar parte de lo bello que el mundo ofrece y aliviar tanto su tristeza como la que parecía aquejar irremediablemente al mundo.

Sus dedos retorcidos cuidaban la sedosa fragilidad, de la misma forma que su corazón intentaba cuidar de sus inalcanzables sueños y anhelos. ¡Ojala fuese tan negro y malvado su corazón como terrible y grotesco era su aspecto!, no tendría entonces que sufrir, se comportaría como todos esperaban que lo hiciese un ser deforme y horroroso. Los hados o los dioses, intentando quizá aliviar su tedio, jugaron con él, poniendo sentimientos y corazón en una vasija rota y tarada, terrible.

Desde que nació, otros le enseñaron que sus sueños no tenían lugar ni sus deseos razón. Si su corazón amaba, su aspecto repugnaba. Si su alma deseaba, su faz cohibía. Si deseaba acariciar, sus manos asustaban. No pudo encontrar quién viese más allá y olvidase lo que mostraba para saber todo aquello que ocultaba. Por eso cada mañana se acercaba aquí y cuidaba de las flores  que no huían ni injuriaban. Quizá aquí encontrase algún día y, por ventura, quién pudiese atender aunque fuese uno sólo de sus deseos.

Retiraba preciosas gotas cuando la vio. El leve aleteo de sus alas multicolor apenas agitaba suavemente el aire sutil y ligero de la mañana. Indiferente a su aspecto y quizá cansada de revolotear sin destino, decidió posarse en su mano. El pensó que quizá era ella quién podía escuchar su deseo y transmitirlo a aquellos hados sarcásticos, que cansados tal vez de su juego banal lo atenderían en esta ocasión.  Acercó con cuidado su mano a la cara y susurro aquello que siempre había deseado.

La voz sonó grave y rotunda, estridente. Imposible en aquel cuerpo frágil y diminuto, el sonido a su espalda quebró el silencio y rompió la mañana.

—¡Eh tu bicho raro!, ¡otra vez!, ¿no has visto el cartel de “Las flores no se tocan”?. —El guardia urbano, vasto y bamboleante, se alejo rezongando “¡joer con el enano de los “cohones”, todas las mañanas igual!”

¡¡Hecho!!

Fortunato Martinez Irigoyen, “Lucky” desde que en segundo de EGB conoció a Lucas Fernandez alias “Coñón”, mantenía con la fortuna una relación asimétrica y desequilibrada. Desde que tenía uso de razón él la cortejaba con promesas y zalamerías y ella respondía siempre, para que luego hablen de inconstancia, con el más olímpico y absoluto desprecio.

Todo cambió aquella mañana de lunes. Lucky intentaba reducir la longitud de su vello facial a lo que comúnmente se entiende por aseado, cuando su mirada se posó en sus alegres michelines frontales. Estando tan cerca el verano y él tan lejos de su peso ideal, no pudo evitar uno de sus más recurrentes deseos “ojalá perdiese algunos kilitos”. Todo hubiese quedado en un inane deseo más,  de no haber sido por la femenina, tersa y turgente voz que respondió “¡¡hecho!!”. Habiendo salido su mujer media hora antes con su habitual “¡¡uf que tarde es, me voy que no llego!!” y estando su hijo durmiendo las consecuencias de la última noche de farra y desenfreno, no quedaban allí más alternativas que algún tipo de esquizofrenia o la presencia de algún ser intangible, femenino, terso y turgente que consideraba algo finalizado.

Con cierto desasosiego y, para que negarlo, algo más ligero procedió a preguntar en voz más susurrada que pronunciada “¿Qué está hecho?”, la respuesta impactó contundente, tersa y turgente en su cerebro “lo de los kilitos, diez menos para ser exactos. Puedes comprobarlo”. Y eso hizo, comprobarlo subido en su vieja, confortable y aborrecida báscula. Diez kilitos menos de los que preocuparse. Inexplicablemente la reducción de los unos, no había afectado a los otros, sus michelines continuaban, inmarcesibles y saludables en el mismo lugar y con el mismo tamaño que antes. Ya más confiado, o resignado, preguntó por los antedichos.

—¿Y esto?

—Eso, son michelines, son tuyos y tu deseo no los mencionaba, sólo hablaste de kilos y eso has perdido. —respondió la voz que además de femenina, tersa y turgente estaba comenzando a ser sugerente y sardónica.

—Ya, pero…

—Ni pero, ni leches. Expresa claramente lo que quieres y claramente lo recibirás. —en esta ocasión, además de todo lo anterior la voz tenía un claro tinte de reproche.

—Y ya que estamos —aprovechó Fortunato para preguntar y así esquivar el chaparrón—¿tu quién eres?, ¿mi mente desquiciada o una tía intangible, tersa, turgente y aparentemente cañón que cumple deseos?

—Yo soy Fortuna. Aciertas con los deseos, pero yerras miserablemente con lo demás, soy un tío más viejo que mear de pié y con más arrugas que él cañón del colorado. Si tengo nombre femenino y género, más o menos, masculino es por una cuestión de cuotas y si mi voz suena turgente, tersa y sugerente es porque Júpiter tiene un exacerbado sentido del humor, además de una libido incontrolable, un cachondo mental que decís vosotros. A mí me puso voz de tía y para compensar, a Diana, cazadora no la princesa, le otorgo una voz grave y profunda que hace pensar en Constantino Romero cada vez que abre el pico.

—Me queda claro —dijo Fortunato— ¿a qué debo el placer de tu visita?, ¿no podríamos arreglar lo de mi cintura?.

—Tu cintura no la arregla ni la Virgen de Lourdes. En cuanto a mi presencia, he revisado mis archivos para comprobar que estabas un poco abandonado en los últimos tiempos, ¿verdad Lucky? —el cariñoso mohín casi le produjo arcadas, oír la voz y pensar en una pasa era todo uno y más de lo que podía aguantar.

—Pasaré un tiempo cumpliendo tus más ocultos deseos pillín. Excluyendo mujeres, dinero y viajes, puedes pedirme cualquier cosa y te la concederé. Y ahora tengo que dejarte que me estoy meando, los años han respetado tan poco mi cutis como mi próstata.

Visto que resultaba imposible arreglar el tema de su cintura y tras comprobar que tenía el tiempo justo para terminar de afeitarse y salir corriendo hacía el metro decidió dejar sus deseos más ocultos para otro momento, tampoco tenía la seguridad de que Fortuna pudiese atenderle mientras se centraba en su vejiga.

Camino del metro volvió a detenerse en la agencia de seguros de la esquina y comprobó que el cartel todavía continuaba allí. “Se tramitan cambios de nombre”, la tentación le alcanzó, superó y entró jadeante por la puerta. Cuando escucho “¡¡Hecho!!” una vez más, supo que Fortuna estaba otra vez con él. Del antes silencioso interior de la agencia, se filtraban ahora dos voces a raudales.

—¿Está vd. seguro de querer tramitar este cambio? —llena de dudas y sorpresa una voz desconocida preguntaba.

—Por supuesto, siempre he querido llamarme así. Primero mis padres, luego mi mujer, mis hijos y hasta mi suegro han conspirado para impedirlo. ¡Hasta aquí hemos llegado, de hoy no pasa!, ¡tramite mi solicitud! —la inconfundible voz de su jefe pugnaba por imponerse a las dudas, la sorpresa y los avatares familiares.

—Si ese es su deseo, firme aquí y realizaremos la gestión Sr. Guillermo. —La desconocida voz había abandonado la sorpresa y se había llenado de retranca y chufla.

—¡Nada de Guillermo!, ¡¡Giliposhas, llámeme Sr. Giliposhas!!, ¡así con “sh”, como siempre he querido!. —Elevando el tono, el Sr. Giliposhas, su jefe, se sobreponía a decenas de años de frustración y cumplía, sin saberlo, el deseo de Fortunato y media oficina que ahora podría llamarle a la cara lo que llevaban años llamándole a la espalda.

Ocultándose tras una anciana de su eufórico, renovado y transmutado superior, alcanzó el metro justo en el momento en que la amable viejecilla comenzaba a blandir amenazadoramente su bastón.

Aprovechó el trayecto para pensar en su nueva situación y para probar, en reiteradas ocasiones, si las limitaciones mencionadas por Fortuna eran ciertas. Ni uno sólo de sus pensamientos recibió respuesta, menos el último que recibió un sonoro capón verbal “¡nada de chorbas Fortunato!, ¡nada de chorbas!”

Apresurado recorría el pasillo que une las líneas roja y verde en plaza Cataluña, cuando sufrió el asalto de una voz melosa, empalagosa y desafinada. El propietario, uno de los juglares contemporáneos que llenan el metro de odio hacía las bellas artes, entonaba “No puedo vivir si no estás a mi lado”. Berreaba acompañado, más a la fuerza que de buen grado, por una guitarra eléctrica de la  que extraía a tirones aterrorizadas notas. El pensamiento ladino, insidioso, fugaz y lleno de mala leche no se hizo esperar y estalló en su interior “no caerá esa breva”, suspiró su alma ahogada en azúcar.

“¡¡Hecho!!”, la voz tersa, turgente, sugerente y triunfal de Fortuna tronó en su cabeza y, por suerte, acalló el horrible alarido que prolongó postreramente el estribillo.

Oculto tras otra providencial anciana, giró en el andén en dirección a Fontana. El desafortunado cantor, más perecido ahora a un churrasco que a un galán, humeaba cuando pasó a su lado.